PRESENTACIÓN

Anualmente cuando nos reunimos los antiguos alumnos de Corias, bien sea en grupos minoritarios por promociones en diferentes lugares del Principado y alrededores, o de forma general en el encuentro de Corias a finales de cada mes de septiembre, siempre solíamos comentar al sentir la alegría de juntarnos de nuevo que, era una pena el que hubieran pasado tantos años sin comunicarnos y sin saber unos de otros.

Afortunadamente, en estos tiempos eso está subsanado gracias a los medios informáticos disponibles que tenemos a nuestro alcance. Aprovechando la oportunidad que nos brinda BLOGGER para poder crear un espacio cibernético común, en la nube, donde se pueda participar y expresar los recuerdos que cada uno de nosotros guardamos celosamente de aquellos años, es cuando surge el Blog de los antiguos alumnos de Corias.

Esta elemental presentación lo único que pretende y persigue es reavivar la amistad y la armonía que hemos trabado entre todos nosotros durante los años de convivencia en el Instituto Laboral San Juan Bautista de Corias y, que a pesar del tiempo transcurrido, aún perviven frescas en nuestro recuerdo.

Otro de los objetivos del blog es recordar y compartir las peripecias vividas por aquellos jóvenes que coincidimos bajo las mismas enseñanzas, disciplinas, aulas, comedores, dormitorios, juegos, etc., durante varios años en el convento de Corias y que aún las tenemos muy presentes.

La mejor forma que tenemos para rememorarlo es ir contando en este blog todos los pasajes que cada uno de nosotros recuerde, expresados con la forma y estilo propios de cada uno pero, siempre supeditados a los principios del buen gusto, el respeto y a la correcta educación que nos han inculcado los padres dominicos. El temario en principio aún siendo libre, sí debiéramos procurar en general, que tengan preferencia los temas relacionados con el colegio y su entorno, ya que es el vínculo y denominador común entre todos nosotros.

Como es lógico, cada colaborador es el único responsable de sus opiniones vertidas aquí en el blog; las cuales pueden ser expresadas libremente sin condicionantes ni cortapisa alguna por parte de la dirección; tan solo debemos atenernos todos, a las premisas mencionadas anteriormente del respeto y el buen gusto.

Una vez hecha esta breve presentación, se pide la colaboración y aportación de todos los antiguos alumnos pues, seguro que todos tenemos algo ameno e interesante que contar. Unas veces serán relatos agradables y divertidos, y otras no tanto; pero así es la realidad de la vida.

Al blog le dan vida una serie de antiguos alumnos que colaboran de forma fehaciente y entusiasta con Benjamín Galán que es el bloguero administrador. A este galante caballero el cargo de administrador no le fue asignado por méritos propios, más bien por defecto, de forma automática; simplemente, por ser el titular del blog. Pero podría delegar el cargo en cualquier otro colaborador que así lo deseara.

De antemano, muchas gracias a todos los participantes y colaboradores. Tanto a los antiguos alumnos y profesores que deseen intervenir, como a todos nuestros amigos lectores.

¡A colaborar y a disfrutarlo!

(21 de noviembre de 2009)

B. G. G. (BLOGUERO PRIOR)

jueves, 22 de junio de 2017

ADIÓS A UNA AMIGA DEL BLOG



Nuestro más sentido pésame a los familiares de Marta Rodríguez por su fallecimiento. Dada  la simpatía  que sentía esta amiga hacia los antiguos alumnos de Corias,  que mientras tuvo salud, procuró sacar tiempo de donde fuese para  visitar con frecuencia este blog y participar en él con sus poéticos y nostálgicos comentarios. Sobre todo, siempre que saliese a relucir algo relacionado con: Corias, el convento, los frailes,  la juventud de aquellos años, etc. Los amigos del blog siempre la recordaremos y le quedamos muy agradecidos por sus colaboraciones. Te echaremos de menos amiga Marta. D. E. P.

B.G.G. bloguero"Prior"

miércoles, 21 de junio de 2017

LA DÉCIMO SEGUNDA





Este grupo de talludos “pimpollos” que vemos posando  en la tercera foto, tras los rosales enanos repletos de lucidas y atractivas rosas rojas, son  antiguos alumnos de Corias,  restos de la promoción: 1959-1966. Aunque por ley natural el grupo va mermando,  pues, ya sufrimos tres bajas entre nosotros; la última muy reciente todavía  pues, apenas hace tres semanas que nos dejó el amigo Juanma de Pola de Lena.  La foto en la que estamos todos de pie,  recoge el momento del brindis en  su honor y memoria por buen amigo y excelente compañero.

A pesar  de estos reveses que da la vida, el resto de compañeros seguimos reuniéndonos al menos una o dos veces anualmente. La de este año ha hecho  la décimo segunda cuchipanda. El número de asistentes a estos encuentros suele oscilar entre ocho  como máximo y como pocos seis, como ha sido el caso de este año.  Lo que sí ha cambiado esta vez fue el  lugar de celebración, que ha sido en La Cruz de Lena en una preciosa casita de recreo, propiedad de Raúl, con trazas de hórreo y enclavada en un paisaje  de montaña idílico. Pero el cambio afectó principalmente, a las coordenadas del lugar pues, en cuanto a bonitos y acogedores lugares y esmerada atención por parte de los anfitriones son a cual más, entre los cuatro “refugios” que caritativamente,   han ido acogiendo  al grupo a lo largo de estos diez últimos años.

 Estos sufridos amigos que se brindan gustosamente  para atender y asistir a este maduro grupo, la mayoría  septuagenarios, tienen mucho mérito y les estamos todos muy agradecidos por ello, pues,  queramos  o no, vamos muy mayores  y ya damos mucha lata. Bueno, en cuanto a lata, no nos quejaremos demasiado pues podría ser la cosa mucho peor si la asistencia fuera al completo.  

También es de justicia  decir que algunos de estos “mesoneros” improvisados,   se les hace la carga un poco más llevadera gracias a la  veteranía adquirida en prestar este servicio una y otra vez, como es el caso de Fidel en Baselgas, en el concejo de Grado, que llevamos recayendo por allí,  ya cinco veces. No sería nada de  extrañar  que   la próxima vez que por allí aparezca la comitiva,   se encuentre en la fachada de la casa con un letrero que diga más o menos esto: “CERRADO POR TIEMPO INDEFINIDO DEBIDO A  REFORMAS ESTRUCTURALES MUY IMPORTANTES EN EL EDIFICIO. LA PROPIEDAD SOLO ATIENDE  ON LINE, Y VISITAS  NO SE  RECIBEN  HASTA NUEVA ORDEN”.

Bromas aparte, es justo decir que pasamos un estupendo día y que regresamos todos a casa con ganas de volver a repetirlo en cualquier momento: bien sea en cualquiera de estos privilegiados lugares, o en el albergue municipal más próximo si hiciese falta; eso daría lo mismo. El caso es poder seguir juntándose todos, y celebrándolo así de bien. Hasta pronto.

B. G. G. bloguero “Prior”

viernes, 16 de junio de 2017

CANÍCULA Y CEREZAS



Continuando con las diversiones propias de nuestra infancia,  durante los calurosos meses de julio y agosto, los que fuimos criados en pueblos con río cercano, hay que reconocer que tuvimos mucha fortuna pues, ya siendo pequeños, como dicen los argentinos, apenas unos soretes,  llegados los calores caniculares  nuestra mayor distracción a la hora de la siesta era ir al río y meternos en los pozos más remansados para, a base de insistencia y de algún que otro trago involuntario de agua, y de sufrir mofas y repetidas “aguadichas” por parte de los “xabardus” (brutos) mayores, lográbamos  aprender a nadar.

Otro entretenimiento, muy valorado por todos nosotros en estas fechas, consistía en por las noches ir a visitar los cerezos vecinos que había en el pueblo y si estaban bien cargados de fruto les aligerábamos un tanto  de peso. Esta diversión conllevaba cierto riesgo físico pues,  a veces,  a pesar de cobijarnos la  oscuridad de la noche, no resultaba nada fácil el esquivar  los cantazos que llegaban a la “caramiecha” (cima) de los árboles, estando como estábamos, sin nosotros saberlo, bajo  la atenta vigilancia y puntería de los astutos y recelosos dueños de los  cerezos.

Volviendo a la primera diversión, conviene resaltar que en aquella etapa de nuestra adolescencia, el  adquirir la capacidad de poder comportarse como un  “bilaxu” (trucha pequeña) en el agua,  durante al menos unos momentos, suponía  todo un reto y  era una de las formas de poder compartir de igual a igual con los mayores  las sesiones de baño,   ya que  ellos eran más veteranos en esas lides y se manejaban con cierta soltura, tal como el lanzarse de cabeza al agua desde un risco  elevado de la orilla y bucear hasta tocar con la punta de los dedos el  fondo del pozo. Para los más novatos  el poder llegar a hacer esas mismas proezas que hacían los mayores,  era como alcanzar un rango, un estatus superior dentro de la jerarquía de la pandilla pues, entrañaba una de las mejores formas de divertirse y de que los mayores te respetaran y te tuvieran en cuenta. Sin embargo, las muchachas era más raro que fueran al río a bañarse junto con nosotros. De ir, iban algunas veces, pero ellas solas y medio escondidas, para procurar que los rapaces no las viésemos en traje de baño, ya que  para ellas aquella pudorosa y generosa vestimenta resultaba poco menos que estar en paños menores.

No hace mucho he hecho un comentario en Facebook relacionado con los baños en la playa, que por cierto, como apreciación diré que a pesar de haber tantas piscinas al aire libre y climatizadas en todas las ciudades,  todavía se ve bastante gente que no sabe nadar.  En dicho comentario reconocía y agradecía el haberme criado en un pueblo ribereño con río cercano pues, gracias a eso, a partir de los 10 o 12 años, aproximadamente, ya sabíamos nadar lo que nos facilitó a lo largo de la vida el poder disfrutar de los relajantes baños veraniegos en los ríos y ocasionales en el mar.

Recuerdo siendo niño  que de vez en cuando, en verano, se organizaba en el pueblo alguna que otra excursión a Luarca, gracias a los servicios de ALSA, pues,  era la única forma de que los de interior pudiésemos  disfrutar, al menos por un día,  de los reconocidos efectos beneficiosos que la brisa marina y  el agua del mar producen en el cuerpo humano. Era curioso comprobar que la mayoría de nuestros progenitores, a pesar de ser ribereños,  no sabían nadar;  pero una vez en la playa,  se remangaban la ropa como podían, tanto hombres como mujeres, y se metían en el agua hasta que les cubría por la rodilla  para disfrutar de las caricias del oleaje y también para que el salitre marino les aliviase los frecuentes dolores musculares y reumáticos que les solían acompañar.

Por el contrario,  los zagales nada más que pisábamos arena fina, ya  nos despojábamos a la carrera de la ropa y nos quedábamos  con el calzón de baño, de marca Meyba, el cual, la mayoría de las veces,  no  estaba para muchos trotes pues, entre lo descolorido y desgastado que lo teníamos, era como si lleváramos encima puesto un tul,  (más o menos como el que se vio que llevaba puesto Rodrigo Rato, de color amarillo, estando a bordo de un yate), pero como tampoco teníamos mucho que tapar, esas minucias a nosotros apenas nos condicionaban ni nos coartaban a la hora de tener la oportunidad de meternos en el mar. Al instante, ya nos adentrábamos con cierto recelo en el agua  hasta donde hubiese calado suficiente y que las olas no fuesen muy grandes,  para poder demostrar que nuestras habilidades natatorias adquiridas clandestinamente en aguas dulces,  también eran igual de válidas para la mar salada.

Nada más comenzar a nadar  nuestros mayores se quedaban estupefactos al comprobar que no solo nos manteníamos a flote del agua, sino  que sabíamos nadar y bucear casi tan bien como lo hacen las anguilas. En ese momento se preguntaban entre ellos: ¿y dónde aprendieron a nadar estos diablecos? La duda no duraba mucho pues, siempre había alguno  del grupo con cierta incontinencia  verbal,  que descubría el intríngulis al momento, diciendo que habíamos aprendido en el Narcea mientras nuestros padres dormían la siesta, y que la mayoría de nosotros la siesta la pasábamos  metidos en el río,  y cuando salíamos al prado a secarnos estábamos ya blancos como la leche, tiritando y dando diente con diente,  de lo fría que solía estar el agua.

Recuerdo que algunas madres y padres de los amigos del pueblo, gracias a las esporádicas excursiones a Luarca,  descubrieron  que sus retoños sabían nadar sin su consentimiento y sin que ellos les hubieran enseñado. De ahí que se mostrasen algo más tolerantes a la hora de aplicar castigo pues,  a pesar de haber  burlado las horas impuestas de siesta, tampoco era como para decir que habían desperdiciado el tiempo pues,  mientras los padres se creían que los  “diablecos” estaban reposando en la piltra, para que luego afrontaran los trabajos de la labranza con mayor ímpetu y ganas,  lo que estaban haciendo era chapotear  en los pozos del Arca o de  Souto como si fueran auténticas “tsóndrigas” (nutrias).

La verdad es que no era de extrañar que nos prohibieran el ir solos a bañarnos al río, ya que, algunos  de los pozos que frecuentábamos encerraban mucho peligro por los remolinos que en ellos se formaban,  sobre todo, en los situados en profundos recodos o meandros del río Narcea y también de sus tributarios, el Gillón y el Moal, principalmente, en las inmediaciones de Ventanueva.

Pero no todo eran parabienes por el sorprendente aprendizaje adquirido, no; a más de uno y de dos,  cuando sus madres descubrieron la  desobediencia  y el rechazo de  las horas de la siesta,  les costó  algún que otro disgustillo, como el tener que asumir, día tras día, el realizar ellos solos, sin la ayuda de nadie,  ciertas tareas engorrosas de la ganadería, que no resultan muy gratas en sí, pero que son obligatorias para la higiene y desarrollo de los animales estabulados: como era la limpieza y barrido de la cuadras,  sacar el cuito de las cortes de gochos y vacas, el abastecimiento de mullido para el ganado, etc.

Lo positivo de todo esto es que,  a base de mentir un poco a los padres, mentiras piadosas,  no sin riesgo de recibir unas buenas “xostradas” (bofetadas) si nos descubrían, y  a tener que chapotear incansablemente en el agua por nuestra propia cuenta,   primero solo con las manos, imitando a los perros, y después ya con brazos y piernas, tipo rana,  aprendimos a movernos dentro del río  con cierta soltura, sin gastar un duro y sin necesidad de tener que adquirir excesivos tecnicismos en las formas y en las poses, ni soportar reproches de monitores, demasiado estrictos y académicos.


B. G. G. bloguero “Prior”

domingo, 11 de junio de 2017

AQUELLOS VERANOS…DE AYER



Los veranos de nuestra recién estrenada juventud discurrían al compás del fluir del agua en las fuentes. Comenzaban en junio como un torrente y terminaban, acabado septiembre, cuando solo un lánguido hilo de agua manaba en las fuentes.

Si las notas finales del curso en Corias habían sido benignas, que lo eran, las vacaciones llegaban como un maná y sabían a gloria bendita. No solo por los meses de libertad lejos de libros y frailes,  significaban también subir un peldaño más en la escalera de la vida. Una escalera que un día, antes o después, habría que bajar. Pero entonces ese día parecía muy lejano y poco importaba.

La percepción del tiempo es muy diferente en cada etapa de la vida. En los titubeantes inicios de  juventud suena a falso que veinte años no son nada de Gardel. Veinte años, para quién comienza a medir su tiempo, es una eternidad. Quizá la vida parece larga hasta percibir que el futuro es el ayer, y solo entonces se es consciente de su inmediatez, de su brevedad.

Aquellos años, a caballo de los cincuenta y sesenta del pasado siglo, eran años de gritos, risas y silencios. Silencios de nuestros mayores y gritos alborozados de quienes éramos adolescentes o niños. Nuestros gritos y  risas  nacían del goce de abrir las puertas a la vida, y reflejaban el desconocimiento de realidades ocultas o tal vez solo parcialmente desveladas. El silencio de nuestros mayores tenía su origen en acontecimientos pasados, aún recientes para ellos, que les habían  mostrado la cara más terrible de la realidad humana.

 Aquella era una época con demasiados ausentes. Apenas dos décadas habían transcurrido desde la dramática contienda que había dejado muchos, demasiados, muertos por los valles y las sierras de Cangas. Unos yacían bajo  lápidas que les rendían honores de Caídos por Dios y por España; otros bajo la tierra anónima de tapias, trincheras y cunetas. Víctimas todos de una Cruzada sangrienta perpetrada contra el sistema de gobierno que la mayoría del pueblo español, democráticamente, había elegido. Víctimas todavía recordadas y lloradas, pública o secretamente.

Eran años oscuros en los que la miseria y el hambre asolaban muchos hogares del concejo de Cangas y de toda España. Una época en la que, a pesar de ser común el saludovaya usted con Dios, Dios parecía ir con muy pocos.

Pero nada de esto, inmersos en la inconsciencia y alienados por la Formación del Espíritu Nacional, disminuía las expectativas creadas por alcanzar, al fin, las ansiadas vacaciones veraniegas.

Las vacaciones de verano llegaban, y con ellas las fiestas y los baños en el río. La primera romería que se celebraba en los alrededores de Cangas era la de San Antonio del Pando, en la pequeña ermita que se asienta sobre la grupa de la montaña que tiene por cola las casas del Cascarín y traza el parteaguas entre el Luiña y el Narcea. Para entonces  las praderas ya comenzaban a cambiar el color de su  vestido sustituyendo el verde de primavera por el dorado de verano. La fiesta de S. Antonio del Pando olía a rosquillas, avellanas tostadas y hierba recién cortada.

Los baños en el río ocupaban las horas quietas que sucedían al mediodía. Los mayores, después de realizar duras tareas en el campo desde antes de amanecer, dormían la siesta y un silencio espeso se apoderaba del pueblo, hasta los pájaros callaban. Solo algún animal, molesto con las moscas, hacía sonar su esquila como una campanilla oficiando misa.

Mientras la cálida brisa de verano susurraba entre  las hojas de los castaños y las estremecía una bulliciosa algarabía se elevaba desde el cauce del río. Los juegos y sobre todo las zambullidas en el agua  helada que bajaba desde los últimos neveros del Cueto de Arbas y Chao de los Bueyes arrancaban alaridos más que gritos.
Las truchas sesteaban a contracorriente en su acuática morada hasta huir sobresaltadas por los primeros intrusos.  Abundaban entonces en el Luiña. A veces alguna remolona se quedaba en la zona más profunda y oscura del pozo para, juguetona y valiente, hacer cosquillas en el pie de un bañista que solía salir despavorido del agua creyendo haber encontrado la siempre temida culebra.

Las ropas de baño, igual que el resto de vestuario, eran precarias en aquellos tiempos. Quienes disponían de él  usaban bañador, (tal vez entonces ya se llamaban meyba por la marca comercial que los fabricaba), para otros el calzoncillo  era su traje de baño. Y no pocas veces, si no había público femenino, se vestía el traje conocido vulgarmente como pelota picada. Entonces, como cualquiera puede suponer, el jolgorio se originaba por los devastadores efectos provocados por el agua fría en la parte del cuerpo que aquí quizá no convenga nombrar.

Mozas y muchachas, un poco alejadas, lavaban ropa en el río y la tendían al sol sobre el verde del prado, eficaz forma de quitar las manchas según decían. Con miradas furtivas y disimulando seguían nuestras evoluciones en el agua.
 En cuestión de vestuario ellas estaban más o menos igual que nosotros. No era ningún secreto que no pocas mujeres  de los pueblos, jóvenes y menos jóvenes, utilizaban ropa interior, la llamada lencería, solo los días de fiesta, ir a la villa o acudir a misa los domingos.

Nuestra indocumentada juventud solía confundir frivolidad con necesidad, pero ellas, junto a otras muchas mujeres, nos enseñarían tiempo después que la dignidad de la mujer no depende, y nada tiene que ver, con vestir lujosa ropa interior de La Perla o no llevar nada debajo.

Comprar ropa resultaba caro cuando se disponía de tan exiguos ingresos. Quedaba lejos la sociedad de consumo actual, la moda de usar y tirar, que por módicos precios permite vestir de forma aparente, al tiempo de proporcionar fabulosas fortunas a los dueños de Zara, H&M, Primark y demás supermercados del vestir. Cómo se obtienen esas fortunas sería tema de diferente relato.

Cuando ellas se aventuraban a dar un baño nos obligaban a salir del pozo. El posible contacto físico en el agua, tan  escasos de ropa, se tenía por peligroso y era prohibitivo. Las que disponían de traje de baño lo traían puesto de casa. Otras carecían de él y al no llevar ropa interior entraban en el agua cubiertas solo por unas enaguas. Podía entonces acontecer algo mágico para nuestras indiscretas y ávidas miradas. Alguna chavala, al penetrar  en el río entretenida con una amiga, no prestaba atención a los vuelos de su enagua y  ésta, como una mariposa traviesa, cobraba vida propia y flotaba alrededor de su cintura desvelando bajo el espejo del agua cierta turbadora sombra en la zona más secreta del cuerpo. Solo era cuestión de segundos, los imprescindibles para que la azorada muchacha lograra hundir con premura las faldas y cubrirse con ellas. Suficiente para que entre los fisgones, arriesgándose a recibir una pedrada de las enfurecidas bañistas, se levantara un clamor de risas, codazos y hasta el  agudo silbido del más osado.

Situación similar se daba cuando aquellas xanas del Luiña salían del agua y apresuradas despegaban las ropas que adheridas a la piel realzaban y marcaban indiscretamente las formas de su cuerpo. El jolgorio y algún comentario lascivo se repetía entre los mirones y mientras algunas más vergonzosas buscaban refugio entre las demás, otras, decididas y desafiantes, brazos en jarras gritaban: ¡De qué os reís, babayos! Eso o algo así.

En ocasiones aquel aire cargado de electricidad propiciaba que saltara la chispa. Cogidos de los pelos uno y otra se enzarzaban en aguerrida pelea que solía terminar en el agua donde sus cuerpos se atraían y rechazaban con igual intensidad. Para los  regocijados  espectadores resultaba difícil discernir a veces cuánto de aquello era producto del odio o de secreta pasión. Era difícil saber si aquellos cuerpos que se entrelazaban y retorcían, avivaban o apagaban rescoldos de una llama encendida tiempo atrás, impúberes y desnudos, entre la hierba de un pajar. Quizá aún desconocíamos la permeabilidad de la frontera entre el odio y el amor.

Al final solo eran escaramuzas, más o menos inocentes, libradas entre una sensualidad emergente y las férreas costuras morales que la encorsetaban.

Estas incursiones  por el río finalizaban cuando los mayores, concluidas sus siestas y tal vez otras placenteras ocupaciones, hacían apremiantes llamadas, incluso con estridente silbato, para que  regresáramos a los poco gratos trabajos que teníamos encomendados.

Luego quedaba la noche con la reunión de mozos y mozas en el llamado Paredón. Allí, bajo la única farola pública del pueblo, durante las noches de verano se celebraba una especie de filandón mientras los murciélagos cenaban la nube de mosquitos servida por la mortecina luz. Aquellas reuniones o filandones tenían algo de misterio para quienes aún no éramos considerados suficientemente mayores. Cuando intentábamos participar siempre había alguien que con cajas destempladas nos mandaba para casa. Pero esas noches tal vez sea otra historia que ahora  no tiene cabida aquí.

Algunos días no se podía disfrutar de las gozosas incursiones acuáticas. Con cierta frecuencia, desde Leitariegos o los altos de Santa Ana, se abatían sobre Limes tremendas tormentas acompañadas de lluvias y aire frío. Entonces, durante las horas de la siesta, vagábamos por el pueblo como pollos mojados, o nos refugiábamos en un pajar husmeando algún entretenido quehacer.

Aunque no siempre era el mal tiempo el que nos impedía disfrutar del río. A veces los dueños de las minas mandaban desembalsar los lavaderos y el río se convertía durante dos o tres días en negro crespón de luto. Desde la orilla, melancólicos, veíamos discurrir el agua anegada de polvo de carbón. Las truchas salían a la superficie boqueando desesperadas, con las agallas cegadas por el mortal carbón, para después mostrarnos sus inmóviles vientres de lunares multicolores hasta que la corriente las arrinconaba en un remanso o las arrastraba río abajo.

Atentados contra la naturaleza, contra la fuente de vida que es el río, perpetrados con impunidad y ante nuestra impotente y resignada indignación.

Así, entre luminosos días divertidos y alguno desafortunado y oscuro, comenzábamos las vacaciones como si nunca fueran a terminar. El tiempo de las castañas que marcaría el regreso a Corias quedaba lejano, y en eso mejor era no pensar.

ulpiano rodríguez calvo


domingo, 4 de junio de 2017

NOTA NECROLÓGICA



En el día de hoy, 4 de junio, ha fallecido nuestro amigo y compañero de Corias,  Juan Manuel González Rodríguez (cuarto por la izquierda en la foto). De los diez que formamos  la primera promoción que cursó bachiller laboral superior en Corias,  ya  quedamos solamente siete. Descanse en paz nuestro buen amigo Juanma.


sábado, 3 de junio de 2017

“ENCINAS”



Encinas colocaditas
en medio del campo abierto
como muchachas bonitas
paseando por el pueblo.

Formáis parejas y tríos
o grupos más numerosos
charlando animadamente
¿en espera de los mozos?

Eternas adolescentes
vencedoras de los años,
las penas, los desengaños,
cuando yo sea viejecita
y apenas os pueda ver
sé que vendréis a mi cita
en el campo, al atardecer.

Y sentiré, como ahora,
vuestros pasos poderosos
bajo las faldas de vuelo,
pasar una y otra vez
sentada en el pardo suelo.

.....


MGM

viernes, 26 de mayo de 2017

ESCAPADA



                Si alguien piensa que va obtener una recompensa por alguna que se ha fugado de la cárcel, está muy equivocado.

                Nada de eso, es mucho más sencillo.

                El 18 de febrero pasado, día que se celebró el funeral por el compañero Pepe Morán, alguien, creo fue Maribel, apuntó la posibilidad de hacer una escapada parecida a la que habíamos hecho al Acebo ya hace bastante tiempo.

                Estuve haciendo cálculos y llegué a la conclusión que una visita a la central hidráulica de Salime bien merece la pena y cuya programación quedaría de la siguiente forma.

                Está hecha la reserva para el 13 de julio (jueves) a las 11 de la mañana.

                La visita dura algo más de una hora, yo diría, por experiencia, que cerca de dos. A continuación sería la comida, cerca del embalse o en Grandas, y por la tarde la visita al museo etnográfico de la localidad, más conocido como el de Pepe el Ferreiro.

                Las personas interesadas en esta escapada que vayan dándose de alta en este mismo espacio y, a ser posible, sin tardar ya que las plazas no son ilimitadas.

                Espero que resulte tan animada y entretenida como fue la del Acebo.