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lunes, 19 de diciembre de 2016
Adiós a la fardelina
Esto ocurrió
cuando una gallina costaba 4 pesetas y una docena de huevos 2,50. En aquella
época la carretera que unía Campomanes con La Frecha -dos kilómetros– tenía tantos baches que
ninguno de ellos se distanciaba de otro más de dos cuartas. Por increíble que
parezca, había circulación, poca, pero la suficiente como para que resultara
milagroso que circularan vehículos por semejante calzada.
Jesús Fernández
García, más conoció como Suso el Molineru una noche que regresaba a casa con
una borrachera monumental, se precipitó al fondo de uno de estos baches y no
fue hasta casi el medio día del día siguiente que se le pudo extraer de allí
con vida. Era la postguerra y no había en Asturias ni un bidón de alquitrán con
que reparar tantos cientos de kilómetros que estaban como aquel.
Yo era conocido
entonces como Pepín y reconocido como un elemento de cuidado. Debido a un
sangriento incidente que tuve con el maestro de Campomanes. Mi madre, que era
muy resolutiva, decretó que con tan estrepitoso suceso, tenía que cambiar para
la escuela de la Frecha. Fue ahí cómo uní mi destino al de un maestro
magnífico.
Desde el
primer momento se generó una evidente
empatía entre aquel hombrecillo y yo. Mi intuición infantil me advirtió de que
estaba ante un hombre competente y respetable, es decir, ante un buen
profesional de la docencia y hombre que era acreedor del mismo respeto que
tenía por mis padres. El maestro, a su vez, intuyó que en aquel rubito de 10
años tan travieso, había algo aprovechable, mi devoción por la letra escrita,
mi afán, mi bulimia lectora. Me tenía en clase siempre dopado con novelas
(Julio Verne, Víctor Hugo etc…) Me relegaba a un rincón al fondo, separado de
todo y no le generaba ningún problema.
La escuelina,
tenía en su frontal y en uno de los laterales, un espacio cubierto, similar a
los soportales, llamado “cabildu”(Cabildear,
reunirse para debatir temas que conciernen a un colectivo). En un clima
como el asturiano en el que tanto abundan los días de lluvia, esos espacios
exteriores, resultaban indispensables y, de hecho, cumplían un cometido
importante. En la escuela cubrían una necesidad obvia: tener un sitio donde los
niños pudieran estar al aire libre, pero
resguardados de la lluvia. En el cabildu dejábamos cada crío sus madreñas.
Todas alineadas en una larga fila. Allí nos esperaban serias, formales,
ordenaditas toda la mañana. A final, cada chico calzaba sus dos madreñas. Nunca
nadie confundió sus madreñas con las de otro. Había una especie de fidelidad
conyugal que identificaba a cada crío con sus madreñas. Todas parecían iguales
pero todas eran diferentes.
A la hora en
que yo me levantaba mi madre estaba atendiendo su negocio (una carnicería).
Encomendaba a una vecina el despertarme para salir camino de La Frecha. Calzado
con mis madreñas echaba a andar por aquella carretera llena de baches. A poco
de dejar Campomanes atrás, había una recta de unos 300–400 metros que tenía un
desnivel que presagiaba ya las pendientes del cercano Puerto de Pajares. La
recta comenzaba al salir de una curva cerrada. La circulación era poca y los
pocos que circulaban eran vehículos viejos, asmáticos, silicóticos. Cuando uno
de aquellos trastos llegaba a la curva que precedía a la recta empinada, casi
se detenía para cambiar – reducir la marcha. Ese era el momento exacto de
encaramarse por detrás… Para un
individuo de 10 años era una tentación irresistible abalanzarse a la trasera del
camión y con una agilidad de ardilla subir a él. No importaba el ir calzado de madreñas. A esa
edad nada es imposible. Vamos a ser serios. Aquello estaba prohibido, era
peligroso y podía ser traumático. Además significaba viajar sin billete…
demasiadas cosas para detener a un guaje inclinado a desafiar peligros casi a diario.
El asunto
resultaba más divertido cuando el conductor del vehículo se percataba de la
presencia del crío. Si era impulsivo y mal humorado sacaba la cabeza por la
ventanilla y producía unas palabrotas terribles. Pero claro, como no podía
detener el camión, su mal humor producía un suplemento de regocijo en el guaje
polizón.
La maniobra de
abalanzarse contra la trasera del vehículo y luego izarse para subir, ofrecía,
a veces, la dificultad de llevar las manos ocupadas con una fardelina en la que
llevábamos la enciclopedia y la pizarra. Había que lanzar el bulto y ya con las
manos libres, agarrarse y arriba.
Una vez
terminada la pendiente, a donde llegaba el camión agonizante, era necesario
apearse en marcha, pues allí se iniciaba un largo trozo de carretera llana y el
camión cogía cierta velocidad. Al apearse, convenía dar unos pasos a favor de
la marcha del camión. De no hacerlo así, el batacazo estaba asegurado. Una vez -día
aciago aquel- a la hora de tirarme no
encontraba la fardelina con la enciclopedia. En unos instantes el camión empezó
a circular más veloz. En un segundo se planteó el problema de lanzarse, pues la
siguiente oportunidad no se presentaría hasta las primeras rampas de Pajares.
No podía irme a seis kilómetros. Dejé la fardelina y me eché afuera. Al
quedarme sentado en la carretera vi al dichoso camión… alejarse raudo con mi
enciclopedia y mi pizarra. En dos segundos se presentó el problema en toda su
terrible realidad, a ver cómo explicaba yo aquello a mi maestro y sobre todo, a
mi madre… El maestro no se enteró. Nada más entrar, me dio la novela de turno y
me envió al fondo del aula.
Al medio día me
quedaba a comer con mi abuela materna, como de costumbre. La abuela tenía
bastante hacienda y se la trabajaba una mujer hombruna que lo mismo atendía al
ganado que araba las tierras.
La abuela se
dio cuenta de que algo me pasaba. Le costó un minuto escaso el hacerme confesar
mi tragedia. “Bendita mujer”. Vio que mi problema era la reacción de mi madre y
tomó cartas en el asunto. Vivía con ella todavía el menor de sus hijos que trabajaba
en las oficinas de fábrica de Mieres. Le dio orden de traer al día siguiente
una nueva enciclopedia y otra pizarra. Así fue. El maestro ni se enteró, y mi
madre seguramente lo notó pero guardó un caritativo silencio.
Fue así como me
vi separado de aquel genial libro donde yo había leído que existió Viriato,
Pelayo, que 3 no es lo mismo que 3 al cubo y que la capital de Finlandia se
llama Helsinki.
La enciclopedia
era de Dalmau Carles Pla, estuvo vigente
hasta finales de los años 40. Luego la sucedió la Enciclopedia Álvarez, si
alguien conserva una Dalmau Carles por
casa de esa época que sepa que vale 1500 euros.
Era más
catalana que Jorge Pujol y era el texto obligado de la época de Franco en todas
las escuelas de España… ¡Igual que hoy!
Hace poco me he
comprado una edición facsímil de dicha Enciclopedia. Ella es más vieja que yo.
La conservo con el mismo amor que dedico a la media docena de libros que han
constituido parte de mi ser. Unas por fundamentar mis criterios intelectuales,
la Dalmau Carles Pla, Los Evangelios, La sociedad abierta y sus enemigos, de
Karl Popper, La rebelión de las masas de Ortega y Gasset, y en el plano
estético: El bosque animado, de Fernández Flórez y El amor en los tiempos del
cólera, de García Marquez.
Pepe
Morán. Dominico-ex
martes, 22 de noviembre de 2016
Va de ángeles
No
me digáis que no sería maravilloso que se inventara algún artilugio para
detener el tiempo. Quiero decir que sería genial poder echar el ancla justo en
el momento en que casi tocamos el cielo con las manos. Prolongar esos minutos,
horas, quizá días que nos sentimos absolutamente felices. No es posible
quedarnos, instalarnos en ese momento mágico. Estamos destinados a recorrer
otros minutos, otros días, unas veces venturados y otros desventurados.
El
tiempo se lleva todo consigo, lo grato y lo ingrato. No cabe dolerse de la
crueldad que significa poner fin a los momentos maravillosos, porque
por contrapartida, el tiempo se lleva también lo adolorido, lo triste. Es más, nos hace la caridad de mantener una
memoria gozosa al recordar lo bueno y nos ayuda, y mucho al ir dejando lo
ingrato entre las nieblas del pasado. Sólo los enfermos mentales logran
instalarse en el pasado doloroso. Y lo llevan como un insoportable fardo a sus
espaldas.
Los
sanos mentales, rebuscamos en el pasado lo momentos felices para seguir
gozándonos con ellos.
Con
frecuencia me viene a la memoria aquella Navidad del ochenta y pico. Trabajaba
yo en aquella época 11 horas al día. A las nueve de la noche terminaba en el
centro donde impartía inglés comercial. A las nueve y cuarto llegaba a casa.
Mis dos niñas, una de cuatro años, Rosa y otra de cinco, Ida, llevaban cinco
minutos acostadas pero no dormidas, pues esperaban a despedirse de papá. Yo
rendido, exhausto, les dedicaba un cuarto de hora entrañable para mí. Las
tomaba de la mano y las llevaba al mundo mágico de los cuentos, donde todo lo
imposible resultaba posible y, en la penumbra de la habitación mi voz
convertida en susurro, las transportaba suavemente al país de los sueños.
Cientos
de cuentos improvisados que lamento no recordar. Eran como un dulce somnífero a
dosis diaria… En alguna ocasión me quedé dormido yo mismo a la par que ellas.
Sólo recuerdo alguno que me veía obligado a repetir una y otra vez. A petición
del público.
En
esas estábamos cuando un incidente de mi salud me llevó al hospital Gregorio
Marañón donde estuve encamado mes y medio.
Se
trataba de una grave dolencia de la vista que me obligó a guardar reposo
durante mes y medio con los ojos vendados y sin poder mover la cabeza ni un
centímetro todo el tiempo. Fue terrible. Me encamé el día de Nochebuena y di
orden de que no llevaran a las niñas a verme, pues la estampa era patética y
demasiado impresionable para su corta edad.
La
única información que recibieron fue: “Papa está malito en el hospital”.
Rosa
de tres años y medio, fue quien primero reaccionó ante mi ausencia. Según me
explicaba mi mujer se pasaba el día diciendo –viniera o no a cuento– “Bueno, yo
como no quería a papá”, “Mamá, yo a papá no le quería”, “Yo no quería a papá”.
Así
mes y medio.
Cuando
retorné a casa ofrecía un aspecto lastimoso. Pálido, con el pelo alborotado,
vacilante, con unas gafas en la que los cristales habían sido sustituidos por
dos cartones negros con un minúsculo orificio en el centro. Llegué y me derrumbé
en una butaca con el cansancio de haber corrido un maratón.
Rosa
no se separaba de mí y me decía: “Papá, qué guapo eres”, “Papá, guapo, te
quiero mucho”.
No
aguanté más allá de diez minutos. El cansancio era tal que tuve que acostarme
en la cama.
Allí
estaba yo, en la penumbra y sin ver… cuando oí que alguien andaba junto a la
cama.
- - ¿Quién
anda por ahí? Pregunté.
- - Papá,
soy yo, Rosa. Contestó una vocecita y prosiguió, Papá ¿Me dejas acostarme un
ratito contigo?
- - Sí,
mi vida, ven y acuéstate. Respondí.
Pronto
la sentí apretarse contra mí, al tiempo que me decía:
- - Qué guapo eres Papá.
- - Ya
hija, lo sé, gracias.
Un
silencio.
- - ¿Papá?
- - ¿Qué
cariño?
- - ¿Quieres
que te cante algo o te cuente un cuento?
La
oferta me deslumbró. Quería darme lo mejor, según sus valores, una canción o un
cuento. Sentí una emoción inenarrable. En oscuridad mis quebrados ojos se me
llenaron de lágrimas. Apenas si pude susurrar.
- - Un
cuento cariño. Dije.
- - Una
vez, una ardilla que vivía…
Fui
consciente de que ni antes ni después de aquello iba a vivir algo tan bello,
tan maravilloso como aquello.
Di
gracias a Dios por facilitarme una prueba palpable de que, en efecto, existen
los ángeles. Y uno estaba allí a mi lado. Luego, reconozco que le pedí a Dios
un imposible; que detuviera el tiempo, que no terminasen aquellos minutos de
ensueño.
Y
no terminaron. Casi cuarenta años después, sigue el ángel a mi lado. La niña
creció, se hizo mayor, hizo dos carreras universitarias, aprobó dos
oposiciones, se casó y actualmente vive en Bruselas donde trabaja en la
European School 4.
El
roxín de la foto es su hijo, que, haciendo honor a su prosapia angelical es
otra prueba ineludible de que existen ángeles.
Mirad
la foto, y comprobaréis que es un ángel. Es un ángel trilingüe, ya sabe cómo se
dice: cuento, canción, soñar y cariño en tres lenguas, en francés, inglés y en
la lengua de los ángeles, o sea, el español.
Quizás
todo esto ha sido un regalo que me dio la Providencia por bautizar a mi hija
Rosa con sidra.
Sí,
sí, con sidra.
Pedí
permiso al cura de Pola, donde nació la niña para que me permitiera echar unas
gotas de sidra en el agua bautismal. Ya que la niña había nacido en Asturias y
aquí se cristianaba yo quería que saliera una criatura explosiva, exuberante,
chispeante, rubia, alborotada y alegre como la sidra que cae sobre el vaso. Y
así salió.
Pepe Morán. Dominico-ex
martes, 4 de octubre de 2016
De nada hombre, de nada…
Hace
poco aludía yo en este blog a la trascendencia que puede tener en una vida la
toma de decisiones que sobrevienen en un momento determinado e irrepetible.
Citaba el caso de un alumno al que orienté y reorienté su vida dos veces… Por
lo original del caso me decido a contarla a sabiendas de que en forma alguna
será identificado por nadie. Es un secreto que sólo yo he tenido para mí, como
muchos otros.
Allá
por los 60, el ingreso en Corias lo determinaba un examen que no hacíamos
nosotros si no funcionarios del Estado, una vez al año en Julio y en Oviedo.
Se
llamaba el P. I. O (Principio de Igualdad de Oportunidades). Una vez aprobado
el examen, las familias decidían donde enviar a sus hijos. A Corias iban unos
100 cada año. Los que por no hacer el examen en Oviedo, no tenían beca, tenían
que ir por libre, o sea, pagando el internado y previa superación de un examen
que les hacía Pepe Morán, que era el secretario.
Un
año, se me presentó un hombre con su hijo, para tal prueba. Se conoce que no
habían tenido noticias del P. I. O y venían por libre. El muchacho era un tipo
fuertote y con cara de buena persona. El padre me indicó que tanto el cura como
el maestro estaban empeñados en que estudiara pues le veían sumamente capaz. De
paso debo indicar, que aquel hombre era muy mayor, con ciertas evidentes
minusvalías físicas y además, viudo. Era campesino. A mí me llamó la atención
que tuviera la grandeza de espíritu de renunciar a la ayuda del chaval por el
bien de éste. Le hice una prueba y quedé impresionado. El chaval sabía todo y
no había forma de cogerle en un fallo. El tema, por ese lado, estaba resuelto.
Pero todo se torció cuando, al ir a tomar
los datos personales del chaval, me percaté de que ya tenía los 14 años
cumplidos. ¿Y qué…? Pues que el consejo de profesores había decidido en el Junio anterior, no admitir a ningún
chico que tuviera los 14 cumplidos. Ello era debido a que nos pareció que en el
primer curso había una disparidad de edad que iba de los 10 a los 16 y tratamos
de corregirlo.
Cuando
le dije al hombre que no podía admitirle se me
derrumbó. Casi lloraba del disgusto.
Yo
me conmoví ante aquel extraño fenómeno de desprendimiento paterno en un hombre
de campo y minusválido. Yo no podía pedir una reunión urgente del Consejo de
Profesores para explicar el caso. Entonces
tomé la decisión de pasar por encima de la ley. Yo ya sabía entonces (no
todo lo aprendí en la Biblioteca Nacional) que existía algo llamado epikeya,
inventado por Aristóteles siglos antes de Cristo. Es decir, que hay que aplicar
la ley siempre, pero no se debe de aplicar si su aplicación va a producir un
perjuicio o un mal irreparable.
Era
evidente que por la edad era imposible subsanar el caso al año siguiente. Luego
estaba en mis manos decidir si estudiaba o volvía a l pueblo a cuidar vacas. Y,
claro, le dije que yo le admitía. ¿Cuánto costaba al mes un interno? Creo
recordar que eran unas 1300 pesetas. El hombre que lo oye se viene abajo de
nuevo. No disponía de ese dinero mensual. Y, el que conocía esa realidad, sabía
que era normal que no dispusiera del dinero. Ese mismo verano, un amigo mío
bastante adinerado me había dicho que si veía algún caso de un chico capaz pero
pobre, él se ofrecía a pagarle los estudios. Con una sola condición, que nadie
supiera jamás quien lo pagaba. Que era
un asunto entre los dos.
A
estas alturas de la reunión yo ya estaba lanzado. Le dije al hombre:
- - No
se preocupe, que venga sin pagar.
- - ¿Quién
lo paga? Quiso saber.
- - Señor,
eso no puedo decirlo. Lo he prometido.
- - Entonces
no puedo aceptarlo.
- Bien,
es usted libre de aceptarlo o no, pero no puede pedirme que falte a mi palabra
de no revelar su nombre.
- - Bueno,
venga, lo acepto.
Así
ingresó el chaval en Corias. Fue durante siete años y extraordinario alumno.
Al
terminar Corias pidió una beca salarial para estudiar en Madrid. Se la
concedieron. El importe no sé cual era, pero si sé que el Doctor Avanzas, tenía
una beca para estudiar medicina en Salamanca de una cuantía mensual mayor que
el sueldo de su padre.
Fue
en esa época cuando yo cambié para la vida seglar y me fui a Madrid, una amiga
mía de Ujo entró un día a un bar y oyó al camarero hablar con un cliente.
Hablaban de Corias. Esperó un momento y le preguntó al camarero:
- - ¿Has
estudiado en Corias?
- - Sí,
todo el bachillerato.
- - Entonces
conocerás a un tal Pepe Morán.
¡ - ¡Ay! No me diga que le conoce y que sabe dónde encontrarlo.
- - Pues
sí -dijo mi amiga– le diré que estás
aquí y que venga a verte.
- - Fui.
No faltaba más.
Me
contó que al terminar el primer año de la carrera sacó una nota media de 6,6 y
para conservar la beca pedían un 7 de media. Entonces ante la alternativa de
volver avergonzado al pueblo o ponerse a trabajar optó por esto último. No
encontró nada mejor. Trabajaba doce horas al día, dormía en un camastro en la
trastienda y rezaba todas las noches para que su suerte le cambiara.
Pues
mira, ya te ha cambiado.
Ese
mismo día llamé a un amigo mío que presidía la delegación de una empresa en
Madrid:
- - Oye,
tengo un chaval que tú necesitas.
- - Pepe,
y no necesito a nadie ahora.
- - Escucha,
te lo ofrezco a ti por amistad.
- - Que
no necesito a nadie.
B - Bueno,
mira, mañana irá a verte a tu despacho. Y te digo más, no pasará ni una semana
sin que me llames para darme las gracias.
- - Pepe,
por Dios, que yo…
- - Nada,
nada. Mañana irá a verte.
No
se cumplió la semana, pero sí mi pronóstico de que me llamaría para darme las
gracias.
De
nada hombre. Si necesitas media docena más, te los mando. De Corias,
naturalmente.
Una
vez encarrilado me desentendí de él. Sé por mi amigo, que se matriculó en
derecho, que hizo la carrera, que ganó unas oposiciones y que llegó a un alto
cargo en la Administración Pública.
Y
nada más. Nunca recibí noticias suyas. Ni una llamada, ni un Christmas, ni
recuerdo de…
Confieso
que me afectó. Tanto que me prometí no volver a hacer favores así. Pero, claro,
no lo cumplí. Hice muchos. Es inevitable.
Cómo
estoy convencido de que nadie puede identificarlo aquí.
Y
como consejo: Haz el bien y que no se entere tu mano izquierda de lo que haces
con la derecha.
Pepe Morán. Dominico-ex
miércoles, 14 de septiembre de 2016
DOMINICOS
En
plena escalada de la edad cuando uno ya ha dejado atrás casi todo, resulta
inevitable, y a veces divertido hacerse una reflexión retrospectiva. Como todos
estamos hechos del mismo barro, no seré yo el único que se interpele a sí mismo
con esta pregunta: Y ¿Qué hubiera sido de mi sin…? ¿Sin qué? Por ejemplo sin
tal persona que -para bien o para mal– ha sido decisiva en mi biografía, si tal
libro cuya lectura fue la simiente de una vocación posterior, tal encuentro
fortuito que vino a orientar o reorientar toda mi vida, tal oportunidad que se
me ofreció justo en el momento decisivo, tal decisión que marcó toda mi vida
con un antes y un después de haberla tomado. El hecho de que, en mi pasado, se hayan producido determinados
acontecimientos y otros han conducido a que hoy seamos lo que y como somos.
En
mi caso concreto (para qué voy a buscar otro ejemplo estando yo aquí y ahora)
tengo por seguro que soy lo que soy por el efecto de cuatro cosas: mi madre, mi
maestro, la Orden Dominicana y la Biblioteca Nacional.
Lo
de mi madre fue un regalo del destino.
El
primer día que asistí a la escuela en Campomanes, el maestro me pegó en la
cabeza con una vara metálica. Eché mano al pelo y saqué la mano llena de sangre.
No lo pensé dos veces. Cogí el tintero que había sobre la mesa y se lo arrojé a
la cara. Acto seguido recogí mis bártulos y me fui para casa. Mi madre, después
de oírme sentenció: “A partir de mañana vas a la escuela de la Frecha”. Así fue
como caí en las manos de un maestro extraordinario.
En
el año 72 se me planteó una difícil disyuntiva cuando acudí a mi amigo Máximo
Aza, diplomático en Asuntos Exteriores para que me buscara una plaza de
profesor de español en Canadá.
- -¿Lo
dices en serio?
- -Sí,
te lo digo en serio.
- -Antes
de una semana me llamó:
- -Pepe,
tienes una plaza de profesor en Vancouver.
No
lo acepté. Me incliné por la Biblioteca Nacional.
Si
lo hubiera aceptado… hoy sería un anciano canadiense, jubilado en una casita al
lado de un lago en un bosque de abedules de tronco plateado, con tres nietos
canadienses jugando por allí, tendría cierta amistad con un oso pardo que
frecuentaría mi trato. Me vería libre de la estúpida pesadilla de acudir a
contestar por tercera vez en un año quien quiero yo que gobierne.
Os
invito a que hagáis un ejercicio mental similar al mío. Quitad de vuestra
biografía uno o varios factores que fueron decisivos e imaginad sabe Dios qué
delirantes vidas habríais vivido. Los que lo miramos desde una de las últimas
curvas que restan para meta, ya sabemos que somos lo que somos y cómo somos
porque fuimos lo que fuimos.
Al
final del año 71 entré un día en un bar de mala muerte en el Madrid de los
Austrias. Allí me encontré, por casualidad, con un camarero que había sido
alumno mío en Corias y al que la mala suerte le había llevado a una situación
precaria. Una semana más tarde entró a trabajar en una empresa de reconocido
prestigio. Ello le permitió hacer la carrera de derecho y terminar en un alto
puesto de la administración.
Cuando
este chico ingresó en Corias tuve que hacer una trampa para matricularle, pues
tenía 14 años cumplidos y además de la trampa, le facilité el ingresar en
Corias sin pagar ni un céntimo el primer año.
El
resto ya fue cosa suya.
Por
cierto, nunca volví a tener noticias suyas desde entonces. Ni una humilde llamada.
Si
le veis por ahí -que seguramente le veréis-
decidle que estoy esperando que me invite a un café. Descafeinado.
Hay
teorías que defienden que lo esencial de la persona, aquello que constituye la
base y fundamento que lo configura para siempre, sucede en lo que vivimos entre
los 0 y los 12 años. Que a partir de los doce, solo vamos adaptando lo que
somos al paso del tiempo y sus vicisitudes. Es decir que yo sería irreconocible
sin esos 12 años primeros pero también seria inexplicable sin los sucesos que
luego terminaron por diseñarme tal como soy.
La
famosa teoría que define la filosofía de Ortega, es decir: “Yo soy yo y mis
circunstancias”. Sería la explicación condensada en cinco palabras, de la
complejidad de nuestra vida.
El
tiempo y avatares de la vida, han sido el artista que fue cincelando lo que
soy. ¿Es posible explicar nuestro presente sin conocer nuestro pasado?
Rotundamente, no. Para bien o para mal somos así porque fuimos así.
Yo
no sería tal cual soy sin uno de los episodios más básicos de mi vida: la
pertenencia a la Orden Dominicana. Me satisface reconocer que sin la orden, hoy
sería otro. Reconozco agradecido lo que para mi supuso la pertenencia a la
orden. Fue, lisa y llanamente, una segunda madre.
Y
ahora mamá cumple 800 años. Eso es lo que celebramos hace días en Oviedo un
ingente número de dominicos ex e in. La comunidad de Oviedo nos invitó a todos
a una reunión fraternal. Primero rezamos juntos y luego nos invitaron a comer
en el convento.
Acompaño
las dos fotos que allí me hice. En una estoy con el padre Ricardo, prior del
convento. En la otra con el padre Galán, director del colegio.
Debo
aclarar algo que sería insólito en la vida civil. Los dominicos de la comunidad
de Oviedo nos sirvieron a la mesa.
Con
el prior a la cabeza. Que el anfitrión sea también el camarero es algo que solo
se puede dar y comprender en una institución tan antigua, venerable, virtuosa y
noble como es la orden.
Quedamos
citados para el 900 centenario.
Pepe Morán. Dominico-ex
viernes, 26 de agosto de 2016
La del pelo azul
Creo
recordar que ya en una ocasión dije en este blog que yo, cuando sea mayor,
quiero ser antropólogo. Quizás sea algo tarde pero he descubierto que mi
verdadera vocación es la antropología. No es que reniegue de las anteriores:
fraile, profesor y bibliotecario. De las tres estoy orgulloso. Pero echo en
falta un profundo conocimiento de la citada ciencia porque –os lo confieso en
secreto– sufro mucho por carecer de su ayuda. Me explico.
Según
Ortega –y antes que el Aristóteles–
asombrarse es el primer paso para llegar a la sabiduría. Sorprenderse,
asombrarse y luego formular la pregunta fundamental que precede a toda ciencia,
o sea, ¿Por qué? Os aseguro que ir por la vida preguntándose a todas horas ¿Por
qué? Es un tormento. Ocurre que casi todo, cuando concierne al hombre, al ser
humano, es un enorme misterio. Y se le va a uno la vida en el intento de
aclarar las cosas. El diario asombro que algunos pasamos, es una fuente
constante de sufrimiento.
Sin
ir más lejos… llevo una semana intentando averiguar algo que me asombró. Estaba
yo sentado en una terraza con unos amigos cuando un grupito de 6 – 7
adolescentes se detuvo frente a
nosotros. Para ser exacto cuatro adolescentes y adolescentas que diría
un giliprogre del feminismo. Una de las adolescentas exhibía una melena color
azul. Azul añil, azul casa de pueblo astur, azul camiseta del Oviedo ¿Veis por
qué sufrimos tanto los antropólogos? Yo me di cuenta que me esperaban unos días
terribles porque al momento, se disparó mi vocación de científico. “Por qué,
Dios mío, por qué esa mocina lleva el pelo azul”.
Ya,
ya sé. Porque le da la gana. Pero nosotros los antropólogos vamos más al fondo “¿Por qué le da la gana de
teñirse de azul? ¿Qué secreta llamada interior la incitó a teñirse de azul?
¿Por qué a los 16 años, bonita y bien hecha necesita esta chica cometer una
extravagancia semejante?
La
observé y me pareció una chica normal. Ningún rasgo de su fisionomía delataba
un deterioro mental.
Pero
los antropólogos sabemos que todo en la conducta humana tiene por fuerza una
motivación, nada ocurre por azar. Tiene que haber algo, que probablemente
escapan a su consciente que la incita a transgredir lo normal.
Ya
sé que no es una cuestión moral, ni siquiera una cuestión ética.
Esto
es un sinvivir. Hace un mes entré en una cafetería y allí estaba, sentado en un
taburete alto, acodado en el mostrador, un chico joven, vestido íntegramente de
negro y con un collar de cuero entorno al cuello. De una anchura como de 6
centímetros y erizado por completo de unos largos pinchos hasta el exterior.
Algo que sé que los pastores de los montes astures les colocan alrededor del
cuello a sus perros para que los lobos se destrocen la dentadura al pretender
morderles el cuello. Pero este chico… ¿Por qué?
Pero
bueno, tanto a la mocina como a este erizado individuo vamos a hacerles la
caridad de descartar en ambos casos el
deterioro mental como explicación.
Sería
demasiado fácil la explicación. Llegados a este punto me veo obligado a tirar
de memoria y revisar mis lecturas de antropología que puedan arrojar algo de
luz:
Primera hipótesis: La teoría de T. Veblen. Según
este hay en los humanos un afán siempre tenso en busca de una mejor posición
dentro de los demás. En las tribus primitivas era acumular más alimentos que
los demás, más mujeres, más de todo. O sea, colocarse en un status superior a
la masa.
La
teoría de Veblen no nos ayudaría en el caso de la del pelo azul. Veblen era más
bien economista y lo analizaba todo
desde supuestos económicos. No me salen las cuentas en este caso. No veo yo a
la moza ansiando de forma compulsiva ponerse a la cabeza de los que más
riquezas acumulen y para ello recurrir al pelo. No.
Segunda hipótesis: Lipovetsky, este filósofo
francés, nos ofrece una visión de la sociedad actual como una masa de consumidores, desprovistos de
cualquier vínculo con valores tradicionales. Para él los humanos han devenido
en simples compradores de cosas, en consumidores patológicos. Leitmotiv de las
masas es comprar por comprar. No existe otra razón de ser que comprar. Después
de consumir cuanto se nos ofrezca queda el hombre exhausto, vacío y sin
encontrar motivos para vivir. Es lo que él llama “La sociedad de la decepción”.
Tampoco
veo yo a nuestra azulada moza como paradigma de una sociedad así. Aunque no sea
más que porque la pobre no ha tenido tiempo para estar hastiada de la vida.
Tercera hipótesis: El canadiense Heats, ha
escrito páginas clarividentes sobre cuales son las razones psíquicas que mueven
a las personas a lanzarse a lo nuevo, lo diferente y hasta lo extravagante con
tal de que sea el símbolo de diferenciación que algunos necesitan. Proveerse de
algo que los separe de la masa.
Hay
algo de innato en las personas, en la mayoría, que les hace desear no ser
tenido por uno más, por un ser irrelevante, alguien destinado a ser ignorado
por todos. Poseer lo que poseen todos, hacer lo que hacen todos, exhibir lo que
exhiben todos, lucir lo que ya lucen todos te convierte en uno más de la masa.
En
este punto aparecen los más osados, los más ansiosos de notoriedad y deciden
usar algo nuevo, diferente y, a ser posible, impactante. Toda transgresión de
lo normal llama la atención necesariamente. Así empieza todo. Otros, igualmente
ansiosos de originalidad, se unen al cambio. Y luego más y más… hasta que lo
que comenzó siendo una transgresión se hace lo habitual. Otra vez surge la
uniformidad de la masa y de nuevo surgirán los que no son felices siendo masa.
Tal corte de pelo, tal prenda de vestir, tal calzado, signo externo de ruptura
con la masa se convierte en una obsesión de cuantos no tienen otro modo más
personal de sobresalir. Se llega a crear una psicosis colectiva que conlleva la
enfermiza necesidad de poseer lo nuevo, lo diferente, lo último. Su carencia
convierte en infeliz a quien no lo consigue.
El
año 1970 me fui para Madrid. Ese invierno se puso de moda una prenda absurda,
infame, fea. Le llamaban el “maxiabrigo”, pues llegaba hasta los tobillos. Fui
testigo del calvario que les supuso a algunas mujeres que conocía que se
negaban a acudir a ninguna invitación por carecer de semejante bodrio. Era tan absurda la moda que duró solo ese
invierno, duró solo un año.
Los
adolescentes y los que ya han superado esa etapa pero siguen inmaduros tienen
una dependencia enfermiza de los dictámenes de una moda para –así lo creen– exhibir una
personalidad que fascine. Parece de broma pero es verdad –y lo vemos a diario- hay mucha gente que no ve otro modo de
presentarse atrayente que poniendo encima de la mesa el móvil de última
generación. Un conocido mío se compró una moto que excedía mucho a sus
necesidades y a sus posibilidades. Al preguntarle por qué había comprado
semejante moto, me dijo que él necesitaba una moto “rompecuellos”. Ya sabéis
que todo el mundo se volverá a mirar al oír rugir a su moto.
Como
tengo por seguro que nunca accederá a este blog os confieso que el tal es
rotundamente tonto.
La
del pelo azul. No la he vuelto a ver, seguramente procedía de otras latitudes
donde a lo peor ya todas las niñas de 15 se tiñen de azul, de verde, de
granate. Ellas no iban a ser menos.
Está
claro que según mi criterio cuanto más dependiente es una persona de una moda,
de lo último, menos inteligencia demuestra tener. O, cuando menos, es indicio
de falta de madurez y falta de confianza en sí mismo.
Me
quedan un sinfín de aspectos que analizar en este tema, pero los trataré en un
próximo artículo que dedicaré, íntegramente a comentar el tema del uniforme
escolar. Casi con toda seguridad, puedo afirmar que de los infinitos tópicos y
tonterías que me ha tocado vivir a lo largo de la vida, el asunto del uniforme
escolar, es quizá el más característico de la giliprogresía de los años 80.
Pepe Morán. Dominico-ex
miércoles, 10 de agosto de 2016
LO BELLO, LO SUBLIME Y LO VULGAR
De camino a la sede de la Comunidad Europea en
Bruselas, nos detuvimos, hace unos días en una de las varias iglesias góticas
de la ciudad. Un gótico llamado flamígero en el que todo él, marcos, bóvedas,
ventanales, tienden hacia lo alto con una declarada intención de verticalidad,
una exaltación de lo esbelto cómo símbolo de un sentimiento religioso que busca
rendir devoción a un ser celestial. Pocas veces se ha utilizado la piedra tan
bellamente como en estas iglesias. Se puede decir que el hombre, en ellas,
convierte la piedra en una oración vertical. La piedra, la palabra o el sonido
son susceptibles de ser transformados en arte, arquitectura, literatura,
música.
¿Qué sentimiento arrebatador impulsaba a
aquellos hombres de hace 600 años a transformar la piedra en oración? Las
simples gárgolas, que no son otra cosa que una vía de desagüe, se ven
convertidas en una oración horizontal y a la vez vertical. ¿Qué tenían aquellas
gentes, para necesitar expresar tan bellamente sus sentimientos? De la iglesia
pasamos a la Gran Plaza, enorme, cuadrangular y las sedes de los diversos
gremios de la época, curtidores, panaderos, albañiles…
Da la impresión de que competían entre sí a ver
quien presentaba un edificio más alto e impactante. Habrá pocas cosas en Europa
que testimonien de forma tan grandiosa lo mejor del espíritu europeo. Son
necesarias, muchas horas para digerir tanto arte. Miles y miles de turistas
abarrotan a diario esta plaza. Sin duda una de las más bellas del mundo.
Aquellos gremios nacidos en Europa en los siglos
XI–XII llegaron en el siglo XV a su esplendor como vertebración de la vida
ciudadana. Cuando la vida de la sociedad se organiza de abajo hacia arriba se
crea una sociedad libre, responsable, laboriosa, enriquecedora: esos gremios
fueron al fin y al cabo la simiente de lo que fueron los estados europeos.
La cuatro fachadas de la plaza, con alrededor de
8000 metros cuadrados, reflejan un sentimiento colectivo de propia estima, de
exaltación del trabajo y la iniciativa privada, del orgullo que aquellos
hombres sentían de la grandeza de su labor en la sociedad. Nunca, y menos
ahora, hubo una sociedad europea tan ufana de su propia valía.
Luego los estados europeos, totalitarios,
acabaron con aquel maravilloso invento de gestión de la vida ciudadana,
laboral, económica y social.
Dentro de otros 500 años, allá por 2400 volverán
las multitudes a visitar esta plaza y quedarán deslumbrados de tanta belleza.
Lo peor, para nuestra desgracia, es que no les vamos a dejar prácticamente nada
que les emocione, como a nosotros nos emociona lo que hicieron los hombres del
siglo XV.
Porque los edificios de la Comunidad Europea, no
tienen nada que despierte la mínima admiración, ninguna emoción estética.
Enormes cubos de cemento, cristal. Una vulgaridad muy funcional y muy útil,
pero vulgaridad. Es triste tener que reconocer que nosotros, hombres del siglo
XX- XXI no hemos sido capaces de superar, sino de acercarnos al sentido humano
y estético de nuestros antepasados. Da pena pensar qué pensarán de nosotros,
que teniendo más medios, no hemos sabido dejar nada que en el futuro refleje la
grandeza que admiramos en los hombres del siglo XV.
Por no hablar del espléndido hallazgo que
supusieron los gremios de aquella época, en que supieron gestionar la vida
económica, laboral y social que supuso el germen de todos los adelantos que
tenemos en Europa.
En España
seguirán millones de turistas visitando Toledo y ni uno solo irá a
admirar los Nuevos Ministerios.
En otra jornada llena de emoción y de goce
estético fuimos a visitar la sala de juntas del Ayuntamiento de Gante. Un
fabuloso recinto de insuperable belleza.
(El público se limitaba a mi hija Rosa)
Tuve un recuerdo también agradecido hacia unos
hombres más cercanos a nosotros que con gran sabiduría política crearon, en los
años 50 la Comunidad Económica Europea: Schuman, Adenauer, De Gasperi, Spaak,
Monnet…
Por cierto estos grandes políticos eran hombres
de una edad ya avanzada, ninguno con menos de 50 años y casi todos en los 70
años.
¡Igual que ahora…! ¿Cómo comparar estos
políticos nuestros con su idiosincrasia de adolescentes, gente que jamás fue
gerente ni de una tienda de barrio, con aquellos hombres que supieron
transformar el viejo continente en la sociedad próspera y libre jamás conocida!
Pepe
Morán. Dominico-ex
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