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jueves, 29 de junio de 2017
A VUELTAS CON LA MEMORIA
El paso del tiempo y la pérdida de memoria suelen ser circunstancias propicias para que el
olvido tienda sus mortales emboscadas.
Esta semana se celebraron los 40 años de la legislatura constituyente con actos en los que fueron
homenajeados, y condecorados, algunos de los miembros que formaron parte de
ella. Éstos, junto a otros hombres y mujeres ya fallecidos, son
reconocidos, unos con más justicia que otros, como protagonistas
de la Transición democrática en nuestro país.
Sin embargo son muchos más los protagonistas olvidados, o solo recordados en esta ocasión por algunos de los actuales diputados en un acto celebrado al
margen del boato oficial. Duele que tantos sacrificios personales y colectivos
por una sociedad más justa hayan sido, y sean hoy, aprovechados por quienes detentan
el poder político y económico para perpetrar el saqueo del bienestar de todos.
Al seguir estas celebraciones a través de los medios de comunicación experimenté la misma sensación que había
experimentado hace más de dos décadas,
cuando, al cumplirse los 20 años de la muerte de Franco y del inicio de
la Transición, se prodigaron fastos parecidos.
Entonces sentí la
necesidad de rescatar la memoria de uno, de uno al menos entre los miles de
olvidados. De un compañero y amigo. Era noviembre - diciembre de
1995 y escribí
una carta al director de El País con el título “La otra
Transición” La carta fue publicada (algo que
dudo hubiera hecho hoy el actual Director teniendo en cuenta la deriva
informativa y editorial mantenida por este periódico durante
los últimos tiempos)
Ahora, igual que entonces, para que el paso
del tiempo y la pérdida de memoria no nos lleve a olvidar, he sentido la necesidad de
recuperar ese recuerdo, y después de bucear en los archivos de Cartas al
Director de la edición impresa de El País recuperé aquella
carta. Hoy la transcribo aquí:
-La
otra Transición - (El País -15 de diciembre 1995)
Un tema de moda: la Transición. ¿Quién, quiénes fueron sus artífices, sus
protagonistas? Unos se ponen medallas, otros las ponen a señores importantes ahora, algunos también lo eran entonces. Pero de los otros protagonistas ¿quién se acuerda? Yo recuerdo uno, uno más entre miles.
Comenzó a luchar
por la libertad y la democracia y muy joven se hizo comunista. Muy joven también un tribunal militar, año 1962, le
encarceló
en el penal de Burgos. Cuando salió, día a día, mes a
mes, año a año, se dedicó tenazmente a continuar esa lucha visitando periódicamente nuevas cárceles.
Los trabajadores de Madrid, especialmente
los metalúrgicos, recordamos una empresa, Taybesa, donde entonces (años 70) trabajaba, y una zona, Ventas, en la cual desarrollaba su
actividad sindical y política. Después años de trabajo agridulce para crear la
estructura capaz de transformar lo que era un movimiento obrero en un sindicato
democrático y de clase.
Una vez cumplida esa etapa, y ya en los años 80, retomó su oficio de siempre, mecánico de automóviles. Pero ya había cumplido 40 años. Su edad y militancia sindical y política no eran buena compañía para
encontrar nuevos empleos: La Transición permanece
detenida ante la puerta de muchas empresas.
Transcurre entre el paro y contratos
temporales (antecedentes de los hoy oficializados contratos basura) ese periodo
de su vida. Hasta una mañana de principios de agosto de 1988.
Muchos partíamos de vacaciones, él se dirigía a un nuevo empleo (temporal, por supuesto). Su vehículo se salió de la carretera y dejó de existir. Aún no tenía 50 años. Este protagonista de la Transición se llamaba Emilio Alcaraz.
Fdo. ulpiano rodríguez calvo.
viernes, 3 de febrero de 2017
LA DÉCADA DE LAS LUCES… Y DE LAS SOMBRAS
Solemos mirar atrás, a los comienzos de nuestra vida, para evitar, quizá, aquello que escribió Malraux en La
condición humana: “Cuando un hombre ya está hecho; cuando ya no
queda en él nada de la
infancia y de la adolescencia; cuando, verdaderamente ya es un hombre, no sirve
nada más que para morir”
Tampoco era una década fácil aquella de los
cincuenta del pasado siglo para la inmensa mayoría de españoles.
Sin embargo se podría decir, dicho en
plan exquisito y tal vez de forma pretenciosa, que para quienes ahora frisamos
la setentena esa fue nuestra década
de las luces… y también
de las sombras. En ella abandonamos la inocencia o inconsciencia propia de la
infancia para adentrarnos en los albores de una juventud, y de una consciencia,
que nos llevaría paulatinamente a
percibir la realidad de la vida. Primero como adolescentes y solo años después como personas adultas.
Es posible que aquella nos pareciera una década interminable, de años lentos y hojas de calendario que se
demoraban en las paredes hasta ennegrecerse, permitiendo, incluso, que las
moscas depositaran sobre ellas sus diminutas heces hasta convertirlas en
curiosas, y dudosas, obras de puntillismo pictórico. Solo mucho tiempo después nos dimos cuenta de que la vida es una montura que cabalgamos en
una única dirección, y que aún sabiendo que la velocidad de su andadura es siempre la misma, la
percepción que de ella
tenemos suele ser muy diferente. Al comienzo, durante el primer tramo de vida,
su trote resulta cansino, indiferente a los esfuerzos por espolearla para que
nos adentre en el atrayente futuro que nos aguarda. Después, al bordear el abismo de la vejez, su
trote se desboca y son vanos los intentos por frenarla, por demorar la llegada
del cada día más cercano final. Es el ciclo de la
naturaleza imposible de eludir.
Durante aquellos años cincuenta los Reyes se transformaron
en padres y, en la noche mágica,
sustituyeron los carros hechos con recias tablas, los caballitos de cartón o las pequeñas camionetas de hojalata por zapatos, la Enciclopedia Álvarez o un cabás de madera para el colegio. En lo relativo al sexo los infantiles
y retozones juegos a padres y madres
entre la hierba del pajar fueron dejando paso a las miradas furtivas y a
las sonrisas del quiero pero no puedo. Dogmas y prejuicios, implacablemente
inculcados, invadieron la inocencia para
empujarnos en brazos del inevitable confesor. A él debíamos confiarle
nuestros más recónditos e inexistentes secretos, mentirijillas
ocasionales y peleas con amigos, únicos
pecados al alcance de un niño.
Peor era años después, ya bajo el influjo del deseo, cuando
arrebolados de vergüenza había que responder al consabido “cuantas veces”.
Sin pretender herir las creencias de nadie
no deja de resultar admirable la capacidad
inventiva de la Iglesia al instaurar, a través de la confesión,
el más poderoso sistema
de información pre-cibernético que se pueda imaginar. Poco valor
informático podían tener aquellas confesiones de niños. Su único valor, y explicación,
tal vez se inscribía en el
educacional, esto es, crear el hábito
para cuando se tuviera capacidad de “pecar”. Quién dispone de información
tiene poder y capacidad de someter, según nos han explicado ya muchas veces. La confesión, desde un punto de vista jurídico, puede albergar otra cierta anomalía; un mismo poder, la Iglesia, establece
las normas, legisla, y al tiempo juzga y condena su incumplimiento. Pero este
es un terreno resbaladizo y mejor dejarlo a la conciencia de cada cual.
Puede resultar ilusorio intentar abordar
estos temas en unos tiempos en los que impera ese concepto llamado posverdad;
donde la mentira puede ser asumida como verdad, o la mentira, como tal mentira,
suele transformarse en creencia compartida por la sociedad. Ejemplos de esa
posverdad nos asaltan a diario. Basta con escuchar, o leer, a no pocos
personajes públicos y creadores
de opinión. Sobre todo a los
que detentan el poder. Solo un botón
de muestra que afecta directamente a los jubilados; cuando la ministra, Sra. Báñez, se ufana en televisión, y en carta personal, de haber subido
las pensiones, ese mísero
0,25%, nos está diciendo una posverdad. En realidad su gobierno las ha reducido en
un 2,75 %. La diferencia entre esa subida y el incremento experimentado por el
IPC según los datos de este
enero.
Como
escribía hoy mismo Adolfo
Muñoz en la sección de Opinión de El País:
“Para mentir no es
necesario caer en el bulo. Se puede mentir diciendo solo una parte de la
verdad. Se destaca una pequeña
parte de la verdad, se la ilumina, se la descontextualiza, se carga de notas
sentimentales…y ya tenemos esa
pequeña parte de la
verdad convertida en una descomunal mentira”.
Pero aunque resulte una osadía por mi parte no es a ese tipo de
mentira, o posverdad, a la que me quería referir aquí
sino a la mentira blanca que en ocasiones torturaba
las aún impúberes conciencias en el amanecer a la
vida. Mentiras dictadas por la inocencia que, en realidad, eran una especie de
autodefensa para poner a salvo incipientes parcelas íntimas de libertad. Tiernas mentiras que bajo la amenaza de
castigos infernales solían
provocar ataques de terror y largas noches de insomnio, más cuando se acercaba la fecha de rendir
cuentas al temido confesor. Puede parecer
transgresor pero también
lícito afirmar que en
aquellos años cincuenta
encorsetaron nuestros raciocinios y comportamientos con dogmas y anatemas que
ligaban de forma indisoluble mal y bien con
mentira y verdad, ignorando que la sabia naturaleza ofrece siempre una
infinita gama de matices y modos de vida.
Ningún ser humano debiera nacer, y crecer, bajo sospecha. Son sus
hechos, buenos y malos, de adulto consciente los que se debieran juzgar.
El protagonismo de aquella cruzada
catequizadora, no podía
ser de otra manera, la llevaron a cabo algunos curas vestidos con sotanas
negras que habían cursado el
seminario en una de las trincheras de la reciente guerra.
Por eso tal vez la llegada a Corias, con
independencia de estar más
o menos llamados por las cuestiones religiosas, pudo representar un soplo de
aire fresco. Allí, bajo el hábito blanco, estaban personas que, salvo
algunas excepciones poco gratas, habían
estudiado y asimilado una vasta cultura que les permitía ver más allá de dogmas y anatemas. No solo habían leído a San Agustín o Santo Tomás, también
a otros clásicos desde Kant
hasta Hegel. Ellos nos enseñaron
que existían más colores que el blanco y el negro. También diferentes graduaciones entre la
mentira y la verdad o entre el bien y el mal. Algunos recordareis como un
profesor, fraile, nos hablaba de la posibilidad de mentir sin mentir con un
ejemplo clásico: Él,
decía, estaba situado
en mitad de un camino aislado por el que veía pasar a un buen hombre huyendo de unos malhechores, no recuerdo
que especificara si esos perseguidores eran el brazo ejecutor del poder o no.
Al llegar éstos a su altura le
preguntaban si había visto pasar por
allí al huido. El fraile, al responder, apuntaba subrepticiamente, sin
que nos percatáramos, con el dedo índice al interior de la amplia manga de
su hábito y respondía que por allí no había pasado nadie. Después
nos preguntaba si él había mentido, y, ante nuestras dudas,
desvelaba que por el interior de su manga nadie había pasado. De esa forma sencilla nos desvelaba que verdades y mentiras
tienen muchas vueltas.
Después, a lo largo de la vida, fuimos descubriendo que la mentira, y en
justa correspondencia también
la verdad, es poliédrica. Por eso
suele resultar tan difícil
averiguar el sentido de su orientación
y la cara en que se asienta.
ulpiano rodríguez calvo
martes, 27 de diciembre de 2016
ENTRE RECUERDOS Y OLVIDOS
No sé si, tal
como afirma Gera, el blog emula al llano mejicano, lo que sí es cierto es que está vivo. Después de la fértil sementera de adviento, nueve
entradas hasta la fecha, alcanza ya las cincuenta y nueve. Además han vuelto a florecer los
comentarios como en sus mejores tiempos.
Aunque
Hemingway, Fitzgerald y tantos otros brillantes autores lo hayan desmentido escribiendo grandes obras,
los excesos y ajetreos, propios de estos días de
fiestas navideñas, no suelen ser buenos compañeros para ponerse a escribir. Más aún cuando trata de hacerlo un aficionado pedestre, no un escritor.
Consciente de ello, pero
aprovechando la permisividad que
confiere la víspera del día de los inocentes, me dispongo a rellenar uno o dos folios con un
declarado propósito: que el blog en 2016 alcance, o
supere con la aportación de otros participantes, las sesenta
entradas.
Invierno 63/64.- El primer trimestre era
siempre difícil. Impregnado por el dulce regusto a las recientes vacaciones
veraniegas avanzaba lentamente hacia la oscuridad a medida que se acortaban los
días. El segundo y el tercero ya resultaban diferentes, buscaban la
luz y el buen tiempo a la par que se alargaban los días, y, en el
horizonte, el final de curso cada vez más cercano se
veía.
Tal vez llovía o solo hacía viento aquel desapacible anochecer. Las vacaciones de navidad
recién estrenadas habían dejado al instituto-convento de Corias
sumido en un aletargado y melancólico silencio. Los alumnos internos,
fulgurantes los ojos y henchidos de gozo, regresaban a sus hogares después de un primer trimestre de clases interminables y días carentes de final. Los externos, con no menor gozo, deambulábamos por la Calle Mayor. Unos, con el más o menos
disimulado propósito de ver aparecer las chavalas que cursaban bachillerato en
Oviedo y regresaban de vacaciones a casa. Otros, esperando el comienzo de la
función en el Toreno. Imposible ahora recordar si en la cartelera
anunciaban “Horizontes de grandeza” con Gregory Peck, Charlton Heston y Jean
Simmons, actores-ídolos de entonces, o “Rocco y sus hermanos” interpretada por la magnífica Annie
Girardot, un atractivo Alain Delon que levantaba arrebatadores suspiros entre
el público femenino y una deslumbrante Claudia Cardinale que los
provocaba si cabe aún mayores entre el masculino. Al menos así parecían manifestarse las inclinaciones dentro de su “orden natural”. Si alguien tenía esas inclinaciones diferentes más le convenía ocultarlas en aquella época… y temo que también en ésta.
Terminada la función, con las
estudiantes recién llegadas recluidas en sus casas y el resto de cangueses
esperando la cena caliente en torno a la mesa, la calle Mayor, todo Cangas, era
solo inhóspito silencio. También la hora de regresar a casa de quienes
vivíamos en los pueblos de alrededor.
La bicicleta, con el sillín perlado por la primera lluvia de la noche, aguardaba
pacientemente apoyada en la farola donde la había dejado,
lista para emprender un no fácil regreso a Limes. La carretera, más o menos como la de Morán cuando iba
a la escuela portando la fardelina, era
un mosaico de profundos baches, alcanzando algunos la categoría de socavones, rebosantes
de recientes lluvias. Sus bordes, afilados como navajas, tendían sucesivas trampas haciendo peligrar las precarias cubiertas
neumáticas de la bicicleta. Dejadas atrás las últimas luces de Santa Catalina la oscuridad era absoluta. Solo la
parpadeante y débil luz generada por la dinamo, su inestable intensidad dependía de la velocidad de la rueda, rasgaba con timidez las tinieblas.
De cuando en cuando una ráfaga de viento descorría una nube como si fuera una
cortina y por la rendija abierta
asomaba la luna colgada del cielo y escoltada por dos o tres estrellas.
Entonces su lechosa luz convertía
la carretera en engañosa pista de plata y los árboles emergían desnudos desde la oscuridad
transformados en inquietantes y fantasmales sombras chinescas. Las afiladas
cuchillas que bordeaban los baches permanecían
emboscadas bajo el brillo plateado, listas para cercenar cubiertas y llantas,
incluso dar con los huesos del incauto ciclista, yo en este caso, en el
maltrecho asfalto. Menos mal que ya estaba avezado y conocía casi al dedillo todas las trampas tendidas en un recorrido
memorizado cientos de veces al año.
Pero aquella
noche ningún obstáculo, ni siquiera el fuerte viento que se abalanzaba desde las
cimas de Leitariegos para encajonarse en el valle y golpear de frente, disminuía la euforia al pedalear. No solo era el comienzo de las
vacaciones, también me aguardaba un acontecimiento singular que se repetía solo una vez al año.
Dos días atrás se había llevado a cabo la matanza, una matona y
tres gochus las víctimas, y era el día de partir. Salvo para sujetar las víctimas en el momento del sacrificio nadie me había pedido colaborar en las tareas posteriores de partir, picar,
embuchar, salar y demás propias del sanmartín, tal vez pensando que serviría más de estorbo que de ayuda. Así pues con la
conciencia tranquila podía llegar a mesa puesta y participar en la
opípara cena que año tras año se celebraba con motivo
de la matanza. Ocasión que reunía a
familiares, vecinos y amigos alrededor de la mesa.
Los
callos, lavados escrupulosamente en el río por manos
de mujer enrojecidas de frío, hervidos durante horas con repetidos
cambios de agua y cocinados después, ligerísimos y
perfumados de laurel, estaban siempre
deliciosos; las chuletas, doradas por fuera, jugosas por dentro, con el
perceptible toque dulce del último engorde a base de castañas eran auténticos manjares. Estos platos nunca
faltaban en aquellos pantagruélicos banquetes regados con el primer
vino del año que chispeaba en las jarras, hacía cosquillas
en la garganta y dejaba un agradable sabor afrutado en la boca.
Aquellas cenas, con ciertos aires saturnales
que hacían palidecer incluso a los festejos de las cercanas navidades, se
prolongaban, entre dulces caseros, cafés orujos,
animadas charlas, antiguos cuentos, chistes, risas y algunos pellizcos
clandestinos por debajo de la mesa, hasta altas horas de la noche. Incluso
hasta unas sopas de ajos si el amanecer ya despuntaba.
Estos son recuerdos de una tarde-noche
lejana. Recuerdos rescatados de entre otros muchos olvidados. De recuerdos y
olvidos, positivos y negativos, se compone ese mosaico dejado atrás en el ya largo recorrido por el corto camino de la vida.
Si el recuerdo instalado en el consciente
configura buena parte de la personalidad, y ayuda a la percepción de la realidad; el olvido, ese conjunto de vivencias ocultas
pero no ausentes que permanecen ancladas en el subconsciente, también puede estar condicionando esa misma personalidad y realidad percibida.
Este blog, su enunciado lo dice, es de
recuerdos de Corias, pero tal vez va más allá. En el olvido de cada cual habitan episodios, quizá no menos importantes que algunos de los recordados, que también pueden estar incidiendo en el vínculo de
cada antiguo alumno con Corias, y con este blog incluso después del largo tiempo transcurrido.
Al despedir el año, a la par
que no pocos de los episodios de la vida buscan y encuentran refugio en el
olvido, puede resultar lícito, al margen de toda pretensión filosófica,
elucubrar y tomarse licencia para reivindicar la importancia de ese
olvido. De los espacios en blanco existentes en la memoria que no emergen, aparentemente,
en el blog ni en ninguna parte pero que
sería injusto, además de erróneo,
minusvalorar.
Es posible que nuestra vida, al menos la
pasada, vista desde el cerro bajo el cual se apilan muchos años, ofrezca cierta similitud con la escritura. Si en la escritura
los signos, letras, y los llamados no-signos, espacios en blanco
que separan las palabras, son determinantes para dar sentido a lo escrito;
también los hechos recordados, signos, y los hechos olvidados, no
signos, puedan contribuir de igual manera a configurar la personalidad y la
particular percepción de realidad de cada persona.
A la importancia del espacio en blanco, no-signo,
en la escritura se refiere con frecuencia el escritor y lingüista Alex Grijelmo (a qué espera la
Academia de la Lengua para nombrarle académico)
ilustrando esa importancia con frases del tipo “un barco
chino” frente a “un bar cochino” o “dígalo, sin vergüenza” en
contraposición a “dígalo,
sinvergüenza”
Frases que cambian radicalmente de sentido según se sitúe el espacio en blanco o no-signo. Advierte que en estos
casos ese espacio en blanco o no signo
adquiere incluso la categoría de signo.
Pero escribir sobre los conceptos recuerdo
y olvido no resulta fácil, más cuando
trata de hacerlo un lego en la materia como es el caso. Son conceptos
juguetones y traviesos que mutan, de motu proprio o por injerencia externa, de
condición adquiriendo la personalidad del otro con sutil fluidez. Claro
que siempre existirán recuerdos irreductibles que jamás mutarán en olvido. Éstos son los pilares básicos del armazón que sustenta cada personalidad y cada
visión propia de la realidad.
En fin… divagaciones
a brochazos que espero encuentren justificación por
despedir de nuevo un año para recibir otro nuevo. Un 2017 que espero
y deseo sea, menos con los enfilados por la justicia y por Samuel, magnánimo con todos.
ulpiano rodríguez calvo
domingo, 4 de septiembre de 2016
CINCUENTA Y CINCO AÑOS DESPUÉS
Con este septiembre un nuevo verano se va
por el sumidero del tiempo. Antes de despedirse me deja antiguas imágenes aún vivas, no
importa que sobre ellas hayan transitado, y dejado sus huellas, otros cincuenta
y cinco veranos.
En junio las notas en Corias llegaban con
olor a hierba recién cortada. Mientras las guadañas con su
característico sonido, mitad silbido mitad rugido, atacaban por los prados
la alta hierba que se tornaba dorada, nuestros profesores afilaban los lápices para fijar las notas de fin de curso y, también a veces, los convertían en guadañas. Los lápices no segaban hierba, sí las cabezas
de algunos alumnos, al menos su futuro de estudiante. Los decapitados, al no
poder disponer ya de beca, casi siempre eran arrojados extramuros del
Instituto. Solo un hálito de esperanza, una especie de
purgatorio a penar durante todo el verano, quedaba depositado en los exámenes de septiembre. Si entonces los lápices
continuaban siendo inclementes las puertas del Instituto se cerraban para
siempre y su futuro, en muchos casos, decidido; cuidar unas pocas vacas y
trabajar unas tierras, si las había, o
entrar por el agujero negro de la bocamina.
No debía resultar fácil (Morán se ha referido a ello repetidas veces),
para aquellos profesores ejercer de juez y verdugo. De su lápiz –guadaña- podía depender el futuro de un alumno. Hoy podemos imaginar sus dudas
y desasosiego entre el fatídico cuatro y el salvador cinco. Algunos
profesores, aunque la responsabilidad no fuera en buena parte suya, ante el
desastroso examen que estaban corrigiendo se culparían de su
fracaso como docentes. Otros se regodearían (palabra
muy de moda en el
instituto-convento) calificando con un
cuatro o nota menor y tomar así una alambicada venganza contra aquel
proyecto de individuo incapaz de atender a las explicaciones, elemento
perturbador y graciosillo incluso, durante las interminables horas lectivas del
curso. De estos últimos existían dos tipos con muy diferente suerte:
Los que hacían gracia, y su cuatro se podía
transformar en cinco, y los que no, condenados a convivir durante el verano con
el estigma del cuatro.
Poco podíamos
disfrutar entonces, con aquellos lápices convertidos en guadañas sobre nuestras cabezas, de la maravillosa eclosión de vida multicolor, con predominio de todas las tonalidades del
verde, que se enseñoreaba de uno a otro confín del
concejo de Cangas. Escaso era el tiempo para, extasiados, contemplar cómo el agua y el sol vestían con hilos de plata las laderas de desnuda roca. O ver la folguera surgir de la tierra como un fino
violín antes de desplegar su voluta sobre el grácil mástil para
formar la fronda. Miles de frondas. Bajo ellas se cobijarían los animales más pequeños del
monte.
En contadas ocasiones, entre examen y examen,
un profesor se apiadaba de nosotros y nos llevaba, para desanudar los nervios,
a dar una vuelta por el monte. Si se trataba del P. Castaño era a la parte más alta, a los confines de la finca del
instituto-convento. Allí nos ordenaba rebuscar entre las
xiniestas, ya vestidas de deslumbrantes amarillos o blancos y perfumadas de
penetrante olor, hasta encontrar los más raros
especímenes de la fauna del lugar. Los seleccionados, una vez disecados,
completarían las colecciones del Museo de Ciencias Naturales, gran afición de aquel profesor. Si era el rector, P. Jesús Martín, quien nos pastoreaba solía
permitir acercarnos al bosquecillo de
cerezos situado a media ladera. Las cerezas de mayo son de las primeras frutas
que maduran en Cangas y por ello las más ansiadas.
Admirados contemplábamos cómo los rayos de
sol, al penetrar entre las verdes hojas, arrancaban de aquellos frutos ya rojizos destellos de rubí. Con consentimiento de nuestro guardián o a
hurtadillas tomábamos alguna de aquellas tempranas cerezas que al llegar a la boca
se tornaban en carnosos y dulces labios de novia enamorada.
Terminados los exámenes
llegaba la estampida. El silencio se adueñaba de aulas
y claustros castigando con estruendosos y múltiples ecos
cualquier indicio de vida. Solo algunos días, como nos
contaba el recordado Carlos Lobato, la magnanimidad de un guardián permitía acceder al patio del frontón a los chavales de Corias. Jugaban al fútbol y sus
gritos junto al sonido sordo del balón rompían ese
silencio en mil añicos.
La suerte de los estudiantes ante las
vacaciones era dispar. Unos podían haraganear y divertirse desde el
primer al último día. Otros, sobre todo quienes proveníamos de casas de labranza, teníamos que
arrimar el hombro en las tareas de la casa: ayudar a terminar de pañar la hierba, cuidar vacas y ovejas, echar el agua a los praos
cuando correspondía la vecera, enramar y ayudar a sulfatar y azufrar las viñas, segar el trigo y el centeno además de otras múltiples tareas requeridas por una casa de labranza. Esto, en Limés al menos, no impedía bajar al río después de comer a bañarnos con las chavalas del pueblo.
Tampoco, hasta ahí
podíamos llegar, ir a todas las fiestas que
se celebraban en la zona.
El verdor de los campos adquiría tonos dorados mientras los días de
vacaciones transcurrían raudos, arrastrados por voraz
torbellino. Alcanzábamos finales de agosto embriagados por el olor de la manzanilla
en las cumbres. Entonces la tarea se multiplicaba, había que mayar el trigo y el centeno. No solo el de casa, también ayudar a familiares y amigos. Durante una o dos semanas el
rugido de la máquina, al devorar los manoyos para separar el grano de la paja,
inundaba todo el valle. Al terminar la faena, en cada casa éramos obsequiados con pantagruélicas
comidas regadas con abundante vino. Éste limpiaba bien el gaznate del polvo de
la paja.
Con la llegada de septiembre el final del
verano se precipitaba, la fiesta del Acebo, como un mojón, marcaba su fin. El desfile de autocares rebosantes de
veraneantes rumbo a Madrid se intensificaba hasta que, pocos días después, partía el último. Montañas y valles de Cangas quedaban envueltos
por un profundo silencio disturbado solo por el sonido metálico de la esquila de una vaca. Silenciosos también maduraban los racimos en los viñedos de las
laderas del valle. Llegaba la hora de la vendimia y de nuevo se multiplicaba la
tarea, vendimiar para casa y para familiares y amigos. Se repetían las comilonas y se trasegaba abundante vino.
El
final de las vacaciones, y regreso a Corias, llegaba cuando los castaños abrían sus erizados ojos mostrando miles de iris dorados.
Al llegar nos encontrábamos con antiguos y nuevos compañeros, también con el olor a tinta y cola de los nuevos libros. Hacíamos recuento de los compañeros
ausentes, unos víctimas del lápiz-guadaña de algún profesor, otros por los más diversos
motivos. Si se había intimado con alguno en el curso anterior, independiente de cual
fuera la circunstancia, el pesar por la pérdida no era
menor.
Dentro de unos días antiguos
alumnos volverán a encontrarse en el convento-instituto hoy convertido en
flamante parador. Con pesar, por circunstancias, este año tampoco podré acudir. Pero quienes acudan volverán a hacer recuento de los ausentes, ausencia trágica ahora, para recuperar su memoria y para que esa memoria
acompañe a todos los presentes durante
muchos encuentros más.
ulpiano rodríguez calvo.
viernes, 20 de mayo de 2016
JORDANIA ( II )
20 de Septiembre -3º día – Ammán.
Tras un copioso desayuno y algunas
dificultades en la distribución de los viajeros en los autobuses, a las 8.30 de
la mañana, bajo una luz cegadora, iniciamos la marcha. Atravesamos la
abigarrada y bulliciosa Ammán y tomamos dirección N.O. para dirigirnos a la
fortaleza de Ajlún, a unos 50 km de la capital. El paisaje es árido, semidesértico,
solo se ven algunos olivos y frutales en las pequeñas parcelas a las que el
agua, siempre escasa, llega. Los pueblos ofrecen un aspecto desolado y mísero,
acentuado por las casas sin terminar. En efecto: suele ser un matrimonio quien
inicia la construcción de la planta baja, en la que habita, pero no la remata
con un tejado sino con un techo plano del que sobresalen las columnas de los
forjados (“al aire”, dicen aquí)
para que, en el futuro, se pueda seguir construyendo en altura a medida de las
necesidades de la familia.
A medio camino entre Ammán y Ajlún
atravesamos un campamento de refugiados palestinos. Un estremecimiento sacude a
los viajeros. Nuestro guía explica que las primeras oleadas de ellos llegaron a
Jordania en el año 67, a raíz de La Guerra de los 6 Días. Sucesivamente han ido
llegando más y más, al compás
de los acontecimientos políticos. Lo que en origen fue un campamento se ha
convertido -sin perder por ello su aspecto de provisionalidad, de pobreza, de
anarquía y suciedad- en establecimiento. La vida sigue incluso bajo estas penosas
condiciones y podemos ver cómo han proliferado míseros negocios de alimentación
o talleres inmundos de reparación de coches. Observando el mapa de la región el
cronista advierte que Israel –a la que los jordanos jamás aluden por ese nombre
sino por Palestina- tiene forma de punta de flecha. Jordania, de hacha de
guerra. El Jordán parece una larga cicatriz entre ellas y se diría que ambos países
están condenados a vivir sobre la misma tierra sin entenderse jamás.
La silueta de la fortaleza de Ajlún se
recorta sobre el horizonte a varios km de distancia sobre el Monte Auf y fue
construida en 1.184 por orden de Saladino. Desde su imponente altura se
contempla una hermosa vista del Valle del Jordán, larga cinta verde ceñida por
el desierto. La fortaleza recuerda los castillos españoles con sus espesos
muros de sillería, fosos, torreones, saeteas y barbacanas. Ha sido destruida y
reconstruida tantas cuantas veces cambió de amo esta atormentada tierra.
A muy pocos km al este de Ajlún está Jerash.
No es fácil resumir en pocas palabras la belleza de esta extraordinaria “Pompeya
Oriental”. El Emperador Trajano ocupó todo lo que hoy es Jordania en el año 106
d. C. y esta región es incorporada a la provincia romana de Arabia. Su antigua
capital, Rabat-Amón (hoy Ammán) se convirtió en Philadelphia, y Jerash, una de
las ciudades más importantes de la región, en Gerasa. De su esplendor da idea
el primer monumento que recibe al viajero, fuera de la ciudad propiamente
dicha: el Arco de Adriano, levantado en honor del sucesor de Trajano con motivo
de su visita a esta ciudad en el año 129 d. C. A partir de aquí vamos de sorpresa en sorpresa: la magnífica
Plaza Ovalada, antiguo foro de la ciudad; el Hipódromo; el Templo de Zeus,
grandioso; el de Artemisa; la preciosa fuente pública llamada Ninfeo que aún
conserva restos de frescos; los tetrápilos, en el cruce de las antiguas calles
principales…Y, sobre todo, el Teatro, perfecto, armónico, bellísimo, que
conserva íntegra su cávea capaz para 3.000 espectadores, su orquesta y su
escena decorada con columnas, hornacinas y frontones. Comprobamos su
extraordinaria acústica oyendo a un trío musical que toca gaitas y tambores.
El calor es terrible, pero continuamos
recorriendo el Cardo Máximo que conserva columnas, capiteles corintios e
incluso entablamentos. Las gruesas losas del pavimento conservan la huella de
los carros que contemplaron hace 2.000 años aquella grandeza cuyas ruinas
admiramos nosotros hoy. Ni siquiera los terremotos han logrado destruir una de
las ciudades más perfectas que Roma nos ha legado.
Nos refugiamos en un restaurante de la
moderna Jerash huyendo del aplastante calor. Algunos viajeros aún tienen
fuerzas para comer. Otros, solo beben agua helada y se abanican. Tras un
descanso volvemos al autobús para regresar a Ammán.
Ya en la capital visitamos “La Ciudadela”
situada en lo alto de una colina desde la que se contempla una espectacular
vista de Ammán. En esta “acrópolis” se conservan restos de antiguas
fortificaciones romanas y las columnas corintias, aún en pie, del Templo de Hércules
(sg. II d C.). Un equipo de arqueólogos españoles está sacando a la luz restos de
construcciones árabes y bizantinas. Pero lo más sorprendente es la vista de Ammán
cuyas casas, pálidas y cúbicas, se extienden por las colinas circundantes hasta
donde la vista alcanza.
En el autobús hacemos un recorrido por
los barrios elegantes de la ciudad. Vemos la Embajada de EEUU, protegida por
doble muro, calle cortada e incluso un tanque con soldado metralleta en ristre
frente a la única puerta que parece la de un bunker. Vemos casas lujosísimas,
algunas de arquitectura notable; otras, simplemente ostentosas. Desde cualquier
punto de la ciudad es visible una enorme bandera jordana que ondea en lo alto
de una colina. George, nuestro guía, comenta que se trata de la bandera más
grande del mundo, más de 100 m. cuadrados de tela, y que por ello figura en el
libro Guiness de los records. (“el que no se conforma…” piensa, sarcástico, algún viajero…).
Hacia las 6 de la tarde estamos de
regreso en el hotel, cansados, acalorados y satisfechos. Tras el imprescindible
aseo aún conservamos fuerzas para dar un paseo por las cercanías, charlar en el
bar antes de la cena y, después, contemplar la puesta de sol, que cubre de
sangre las colinas de Ammán mientras el “sagrado lamento” estremece la mágica
atmósfera del anochecer.
21 de Septiembre – 4º día - Ammán.
Salimos del hotel a las 8 de la mañana en
dirección Este, hacia la frontera siria, para visitar la fortaleza de Azraq. El
paisaje es llano, árido y desolado, una extensa estepa solo interrumpida por
las tiendas de campaña de los pastores de cabras. La carretera es recta, con
intenso tráfico de camiones, casi todos “Mercedes” de modelos antiguos, que
transportan petróleo desde la cercana Siria. Vemos numerosas canteras de donde
procede esa caliza pálida que da a Ammán su particular apariencia.
La fortaleza de Azraq es maciza, sólida,
tosca, achaparrada, de oscura piedra basáltica. Incluso sus puertas son gruesas
losas de piedras a prueba de llamas. En su patio central hay una humilde
mezquita colocada de través para orientar su mihrab hacia La Meca. La fortaleza
fue en origen un castra romano; luego fue adaptado a las nuevas necesidades por
los omeyas y más tarde por los ayyubíes…
pero debe su fama y leyenda a Lawrence de Arabia que se hospedó en ella en 1.917
mientras organizaba la rebelión de los árabes contra los turcos y preparaba la
batalla de Aqaba.
De nuevo en el autobús volvemos sobre
nuestros pasos y tomamos dirección Oeste para visitar Qasr-Al-Amra, edificio sólido
y sin vanos cubierto por tres bóvedas de
medio cañón y una pequeña cúpula lateral . Lo sorprendente es el interior. Fue
construido en el sg. VIII como pabellón de caza y descanso de un califa que,
pese a ser el representante de Alláh en la tierra, parece que no tomaba muy en
serio los dictados del Profeta. Todas las paredes están cubiertas de frescos en
los que prolifera la figura humana en escenas de caza y danza. Los desnudos son
muy numerosos y las actitudes notablemente “desenfadadas”. Estas pinturas son patrimonio de la
Humanidad con todo merecimiento pues, por su temática, son únicas en el arte árabe.
La siguiente visita es otro castillo, muy
distinto del anterior. Qasr-el-Kharana es cuadrado, macizo e imponente y se
alza en medio de la nada en la desértica llanura. Probablemente sus orígenes
son romanos, luego sería bizantino y más tarde omeya. En sus 4 esquinas se
levantan 4 torreones semicirculares y otros 4, más bajos, en el centro de cada
muro. Se trata de un caravasar, es decir, un establecimiento en un cruce de
rutas comerciales cuya finalidad es dar cobijo y protección a las caravanas. En
un gigantesco patio central descansarían los animales de carga, mientras que
comerciantes y camelleros se distribuirían por las estancias en torno a ese
patio, en donde hay, además, pozo, almacenes, cisterna e incluso baño. Un hotel de la época.
Continuamos en dirección Oeste para
acercarnos al Mar Muerto. En determinado punto de la carretera un cartel nos
indica que estamos a nivel del Mar Mediterráneo. A partir de ahí comenzamos a descender.
El paisaje se vuelve sumamente árido e inhóspito y solo la línea oscura del Jordán
interrumpe la monocromía. Al otro lado del río adivinamos Jericó, la ciudad más antigua de Occidente,
Jerusalén, Betania, Hebrón y tantos otros lugares de resonancias bíblicas y evangélicas.
Llegamos al Mar Muerto a medio día. El sol brilla inclemente sobre este lago
salado y percibimos un olor peculiar, desconocido para nosotros, que lo
impregna todo. Después de la comida en uno de los confortables hoteles de la zona
los viajeros, bajo un sol de justicia y un calor sofocante, se dirigen a la
cercana playa donde experimentan la sensación de flotar incluso contra la
propia voluntad en esa agua terriblemente salada y densa y del contacto con el
barro. Acerca del baño y sus placeres hay diversidad de opiniones.
Hacia las 5 de la tarde regresamos a Ammán
tras parar en uno de los almacenes de carretera para comprar cremas y jabones,
muy famosos por las propiedades que las sales del Mar muerto les confieren, y
otros recuerdos de la región. A las 7.30 llegamos al hotel y el día termina
tranquilamente después de la cena y la animada sobremesa.
ulpiano rodríguez calvo
sábado, 28 de noviembre de 2015
POR QUÉ ME HICE DEL BARÇA (nada tiene que ver con el reciente 0-4)
Sí, ya sé que es un
hecho trivial y no importa a nadie, incluso ya ni me importa a mí, pero…Durante las clases en Corias, en escasas ocasiones por cierto,
algunos profesores entablaban diálogos con los alumnos sobre temas que
poco tenían que ver con la materia que estaban dando. Escasos eran los
profesores que se avenían a permitir esos debates, menos aún aquellos que los alentaban. Eran liberadoras ocasiones para
abordar temas interesantes no recogidos en los libros de texto. Permitían dejar de lado, durante ese siempre corto espacio de tiempo, la
aridez de la asignatura con la que estábamos
ocupados.
Se debatía sobre casi
todo, si bien dos temas no tenían cabida: el sexo, que aunque latente
estaba reservado para charlas más intimas o tímidas, pues,
además de vetado, allí se tenía por
ausente; y la religión, que, al tener su propia y obligatoria
asignatura, resultaba superflua por
omnipresente.
Uno de los temas más
socorridos, junto a otros de mayor enjundia, era el fútbol. Éste nos ocupaba en uno de aquellos recesos. Por aquellas fechas el
Real Madrid visitaba Asturias para enfrentarse al Real Oviedo, equipo que
entonces, incluso ahora de forma mucho más tibia,
gozaba de mi simpatía. El profesor, no diré el nombre por si falla la memoria, solo
que era dominico no catalán, participaba animando el debate
futbolero, y, en determinado momento, vino a decir: “Los del
Madrid son prepotentes y engreídos, cuando vienen a jugar se burlan de
las costumbres asturianas, se ríen de los paisanos por calzar madreñas; al contrario, los del Barça, son más cercanos y respetuosos con las
tradiciones y sentimientos regionales”.
Desde aquel día comencé a mirar con recelo y cierta antipatía a los del
equipo de color blanco, por mucho que lucieran ese color jugadores tan
populares como Di Stéfano, Puskas o Gento, mientras mi simpatía se
inclinaba hacia el color blaugrana de los catalanes, sin importar a esa nueva
filiación futbolística que si bien en la defensa del Barça abundaban catalanes: Ramallets, Segarra, Gensana y otros, en la
delantera predominaban húngaros, Kubala, Kocsic o Czibor o
suramericanos, Evaristo, Martínez… y un gallego, Luisito Suárez. Ya se sabe, todo sentimiento tiene un componente irracional,
y esta atracción futbolera, complementada por una naciente simpatía hacia lo catalán y
distanciamiento del centralismo
representado por el Madrid, no iba a estar exento de él.
Recordaba este hecho anecdótico, más de cincuenta años después, paseando hace unos días por La Rambla de Barcelona, al tratar de explicarme la actual
efervescencia independentista asentada en Cataluña con la
impresión de comprender, no necesariamente de compartir, una parte de los
motivos que la sustentan. La poderosa
capacidad de influencia que se puede ejercer sobre quienes se encuentran en el
albor de la adolescencia, incluso entre quienes ya están alejados de ella, cuando alguien influyente, de forma
persuasiva, les indica que están menospreciando aquello que perciben como
parte de sus raíces.
Se
dirá que mi caso no constituye un dato empírico,
desconozco, o no recuerdo, el impacto causado por las palabras del profesor
entre mis compañeros de curso, pero, si observamos los movimientos gregarios que
se producen en torno a los más variados fenómenos
sociales, se puede afirmar que sí es así. No es
casualidad que en Cataluña el cambio generacional juegue a favor
del independentismo.
En
aquel lejano entonces de Corias no conocía que, casi
siempre, los movimientos independentistas o centralistas no surgen de los
pueblos, éstos tienen intereses mucho más
inmediatos, sino de los intereses particulares de la élites que
los dirigen. Tampoco conocía, con el tipo de historia adulterada que
se estudiaba no podía conocer, que el encaje de Cataluña en España nunca fue fácil a través de los
siglos.
La
sobrevalorada unificación de los reinos de Castilla y Aragón llevada a cabo por Isabel y Fernando fue poco más que un matrimonio de conveniencia. Una vez muerta Isabel, Fernando, casado al poco tiempo con Germana
de Foix, se instaló
de nuevo en Aragón y los dos
reinos funcionaron en la práctica por separado. Concesiones
posteriores, por parte de Carlos I, a la nobleza catalana permitieron que se
lograra una cierta reunificación. Situación que, a
través de distintos episodios de confrontación -aunque
valencianos, aragoneses y baleares, también
integrantes de aquel reino, fueran abandonando la causa separatista- se mantuvo
hasta nuestros días. Episodios de confrontación que
alcanzaron su punto álgido durante la Guerra de Sucesión, cuando los catalanes impulsaron una insurrección en favor del Archiduque Carlos y la dinastía austriaca, más proclive ésta a
reconocer sus leyes y derechos históricos, frente a Felipe V y los Borbones,
partidarios de un sistema absolutista y centralista. Esta guerra, una guerra
civil con intervención extranjera, terminó con la retirada de apoyo a la causa austriaco-catalana,
principalmente por parte inglesa, y la entrada a sangre y fuego de las tropas
borbónicas en Barcelona el 11 de septiembre de 1714.
Puede parecer anacrónico y fuera de lugar recordar esto, pero sería ignorar que buena parte del mensaje independentista hunde sus raíces, junto acontecimientos más recientes,
en esos hechos históricos. No es casual que la Diada, cada año con mayor
poder de convocatoria, se celebre un 11 de septiembre. Y no se debe desdeñar a un pueblo capaz de conmemorar su derrota.
Pero
estos hechos históricos no explican por sí mismos el auge actual del independentismo. La sociedad catalana
actual, incluso el origen de buena parte de ella, es muy diferente de aquella a
la que nos remite la historia. Diferente es el contexto europeo, una Europa
que, con contradicciones y no siempre en sentido favorable a los ciudadanos,
avanza en el derribo de fronteras. También diferentes
son los principales actores del movimiento secesionista. Si en el pasado éste estaba encabezado y dirigido por la nobleza y los poderes
feudales apegados a su tierra y sus derechos ancestrales, en la actualidad
quienes lo impulsan son partidos políticos de raíz
nacionalista, cada uno con sus particulares intereses. El antiguo poder feudal,
al menos buena parte de él, convertido hoy en pujante capitalismo,
parece haberse echado a un lado. El dinero no entiende de sentimientos ni
fronteras; hace cálculos para, de una u otra forma, siempre ganar.
Quizá sean otros,
dos principalmente, los factores que han dado alas al independentismo: La
crisis económica, y las torpezas del Gobierno del Estado, sobre todo del
partido que sustenta el Gobierno actual, en su relación con Cataluña.
Recientemente, J.Stiglitz, Nobel de Economía 2001, afirmaba en una entrevista: “El auge
independentista catalán se debe a la austeridad”. Es evidente que la política económica pilotada por la UE y aplicada por el Gobierno español, su alumno aventajado, ha provocado una quiebra social, un
descontento generalizado que las fuerzas soberanistas catalanas han sabido
convertir en caldo de cultivo independentista.
Aunque el actual Gobierno de la Generalitat,
fiel a sus planteamientos ideológicos en materia económica, aplicó en el ámbito de su
competencia medidas de recortes en prestaciones y servicios públicos similares a las practicadas por el Gobierno central, está logrando, situándose de perfil y parapetándose tras la estelada, señalar como
responsables de “su”
crisis a
otros, ajenos a Cataluña. El déficit en la
balanza fiscal se utiliza para hacer calar eslóganes, no
expresados explícitamente pero sí de forma más o menos
sibilina, tan eficaces como el “España nos roba”, obviando, interesadamente, que quienes roban a los catalanes son
los mismos que se lucran del resto de españoles, o con
mensajes falsos como “en una Cataluña
independiente no se hubieran producido recortes”
Esos factores, el económico y, quizá en menor medida, el histórico sentimental, han hinchado las velas al fenómeno independentista. Causa perplejidad, si la económica es razón principal, el extraño maridaje de las fuerzas políticas que
impulsan el proceso: desde la derecha liberal-capitalista hasta los
anticapitalistas.
Se pueden entender las razones, y el interés, de Convergencia -partido que en distintas legislaturas fue el cómodo bastón en el que se apoyaron los gobiernos de
la nación, tanto del PSOE como del PP, cuando éstos se encontraron
en minoría- para acelerar el proceso en eludir las responsabilidades de su
gestión económica que le estaba provocando la pérdida de
apoyo electoral, o tapar el que ya parece demostrado saqueo del 3% asociado a
la financiación del partido, además del escandaloso enriquecimiento de la
familia Pujol, pero no parece que se pueda entender, al menos desde
planteamientos de izquierda, la sumisión de quienes
así se definen a esa estrategia. Se supone que uno de los pilares
ideológicos de la izquierda es la solidaridad y no resulta creíble que quienes se oponen al trasvase de recursos entre
comunidades y colectivos de población en función de su
nivel de desarrollo y riqueza -sin entrar en la más que
discutible política fiscal desarrollada por el actual Gobierno central, algo que
debiera ser tarea de catalanes y del
resto de españoles cambiar- vayan a desarrollar una política solidaria con las comarcas y los sectores populares más desfavorecidos de la sociedad catalana.
No parece razonable que el independentismo
aparque o difumine el conflicto o confrontación entre esos
diferentes intereses. No es propio de quién se define
de izquierdas el “sálvese quién pueda”, más cuando con el que intenta compartir salvavidas es quien le arrojó al mar. Menos se entiende aún cuando el
poder financiero abatió toda frontera situando a los ciudadanos
ante el reto de unirse, saltando también las
fronteras, para hacer frente a la voracidad de ese poder.
Soy
de los que piensan que la única patria que merece la pena es aquella
que no tiene fronteras.(aunque esto solo sea un oxímoron, esa
palabreja tan de moda en los últimos tiempos)
Si miramos atrás no todos
los movimientos de rebelión en Cataluña han tenido
como objetivo la independencia. La izquierda catalana no ha sido independentista.
Ésta, uno de las principales arietes contra la Dictadura, alcanzó su máxima expresión con La Asamblea de Cataluña. Sus reivindicaciones, aún pueden
resonar en los oídos de quienes tenemos más de
cincuenta años, eran Llibertat, Amnistía, Estatut d’Autonomía. El PSUC primero y el PSC después fueron el crisol en el que se fundían y amalgamaban
las culturas y sensibilidades que mayoritariamente componían la sociedad catalana, independientemente de su origen o
procedencia. Muy mal se han tenido que hacer las cosas para que fuerzas políticas llamadas de izquierda, marginales durante los cuarenta años de democracia, ocupen hoy la centralidad de la política y puedan embarcarse junto a la derecha catalana de siempre en
esta insolidaria aventura soberanista.
Resulta chocante ver ondear al viento
banderas esteladas de triángulo amarillo con estrella roja junto a
otras de triángulo azul y estrella blanca unidas por el alborozo de la
independencia, como si en Cataluña, también en el
resto de España, no hubiese graves problemas que las separan
Difícilmente
estos factores, el histórico-sentimental y el económico, hubieran calado en la sociedad catalana de no estar acompañados de otro decisivo: la
actuación, por acción u omisión, del
Gobierno central y del partido que lo sustenta. La torpeza demostrada con el
Estatuto, votado en referéndum en Cataluña y aprobado
por el Parlamento español, echó en brazos
del independentismo amplios sectores de la sociedad catalana que como mucho
eran federalistas. La sentencia del Tribunal Constitucional, actuando a
instancias del Partido Popular, que anuló partes
sensibles de ese estatuto, contribuyó a que las instituciones del estado
fueran miradas con mayor recelo. No se puede olvidar que este Tribunal, y la
mayoría del poder judicial, actúa bajo la
influencia del poder político que es el que, en buena parte, le
nombra. (Sospechoso resulta que sea precisamente ahora, y no hace años, cuando se aceleren las causas por el enriquecimiento de la
familia Pujol y “mordidas” del 3%. Estos hechos con todos los visos
de delictivos, conocidos desde hacía largo tiempo, inducen a pensar que,
desde el Gobierno, se puso freno a la actuación de la
justicia a cambio de mantener dormido el independentismo)
Junto a la torpeza con relación al Estatuto, y otras actuaciones, el Gobierno de la nación ha permanecido impasible, tal vez por interés electoral, ante la realidad cambiante en Cataluña.
Una realidad que, me temo, está dando buenos réditos electorales tanto al Sr. Rajoy como
al Sr. Mas. Se podría decir que, mutuamente, se están haciendo
su respectiva campaña electoral. Son ellos, desde el poder político que representan, quienes, envueltos en las banderas que dicen
defender, alimentan las calderas de la confrontación.
El
Gobierno que salga de las urnas el próximo 20-D
tiene ante sí difíciles retos: las rupturas, cuando se solapan las causas que las
provocan, son mucho más difíciles de
soldar. Lograr que los apoyos a la causa independentista no continúen creciendo y ganar a sectores que hoy le dan su apoyo a través de soluciones de entendimiento, desde el respeto mutuo, debiera
ser objetivo prioritario. Aunque siempre habrá una parte
de irreductibles, respetables si actúan democráticamente, el independentismo no es monolítico, tiene fisuras izquierda/derecha independentistas/
federalistas.
Ayudaría a ello
entablar un diálogo partiendo del reconocimiento de las diferencias y trabajar
por eliminar los prejuicios, recelos y
anti que, interesadamente, se han sembrado y han tomado arraigo entre
amplios sectores de la sociedad catalana, y, también,
contrapuestos, en buena parte fuera de Cataluña.
Imprescindible resultaría echar a los talibanes políticos, personajes cuyo
medio de subsistir es la confrontación nacionalista, y que pululan por todo el
Estado. Eliminar el lenguaje tabernario, chula tú, chulo yo,
de esta confrontación política.
El próximo
Gobierno debería actuar con valentía, con visión amplia de
futuro, de todo el conjunto, no con la miopía de
intereses particulares cortoplacistas. Ilusionando a una gran mayoría de la sociedad con un solidario proyecto común.
Retos de similar o mayor envergadura se han
superado, al menos transitoriamente, actuando con ciertas dosis de cordura
democrática, en Quebec y más recientemente en Escocia.
Claro que éstas solo
son algunas opiniones personales, plagadas de lugares comunes, formuladas con
la vana ilusión de que, al menos parte de ellas, sean compartidas por quienes
salgan elegidos para formar gobierno el 20-D.
Antes de terminar las ya demasiado largas y
tediosas divagaciones, regreso al principio para reafirmar aquí mi agradecimiento a aquél profesor de Corias. Él propició, aunque para ello utilizara cierto
maniqueísmo, que comenzara a
valorar la pluralidad, la diversidad de los pueblos de España, y fuera creciendo en mí el interés hacia la cultura y la historia catalana.
El fútbol siempre
lo seguí a cierta distancia, nunca fui lo que se conoce como forofo.
Reconozco que el Barça me permitió distraer
durante ratos buenos y malos, los últimos años más bien buenos. Pero ya
sabemos, este tema, como tantos otros, mientras en algunos despierta pasiones
para otros solo es una solemne tontería.
ulpiano rodríguez calvo
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