sábado, 15 de noviembre de 2014
¡FUEGO!
“Al español, cuando
escasea el pan, lo primero que se le ocurre es pegar fuego a las panaderías. En
España de cada diez cabezas, una piensa y los otras nueve embisten”. “Es
español, el que, para su desgracia no puede ser otra cosa”.
La primera de las frases pertenece a Ortega y Gasset y fue
escrita hace casi un siglo. Nadie duda, de que Ortega ha sido el intelectual
más prestigioso que ha dado España en los últimos doscientos años. Libros como
“La Rebelión de las masas” han sido traducidos a casi todos los idiomas del
mundo. Ortega no era precisamente un hombre indocumentado y tampoco era un
fanático de nada.
Yo admito que las frases citadas, son una caricatura, solo
una caricatura, pero una caricatura al fin y al cabo. La caricatura siempre
refleja los rasgos fundamentales de la realidad. Quiero decir que esa querencia
al incendio seguramente es consustancial con nuestra idiosincrasia, con
nuestros genes, con nuestro ADN.
Desde el año 1836 al 1936, España fue una continua hoguera:
tuvimos cuatro guerras civiles, cuatro jefes del gobierno asesinados, un
intento de asesinar al Rey, dos repúblicas, varias intentonas de golpe militar,
más analfabetos en 1900 que en 1800 etc, etc…
Yo, inocente de mi, creí que, definitivamente, toda esta
triste realidad era algo del pasado. Pero no. Lo llevamos en la sangre, no hay
modo de evitarlo. Desde el advenimiento de la democracia hasta hoy, creíamos
vivir la realidad de lo que significan las palabras: libertad, democracia,
partidos políticos, sindicalismo, progreso, etc…
Las palabras, todas estas palabras, no significan nada
concreto, es puro nominalismo. Esas palabras son vividas en su plenitud y
llenas de su mejor definición o son un puro engaño. Justicia, división de
poderes, estado de derecho, etc, pueden
ser una simple burla o algo a un tiempo maravilloso e imprescindible en un
país.
Confieso mi decepción, que comparten conmigo multitud de españoles,
tristemente una dolorosa realidad.
Debe de ser que los hispanos, para su desgracia, tienen una
irremediable vocación de incendiarios. La historia de España y la historia de
los países Iberoamericanos es un continuo desfile de despropósitos, de
alucinaciones, de adhesión a utopías baratas.
La utopía es por definición, algo irrefutable. Lo malo que
tienen las utopías es que, como las pistolas, las carga el diablo (comunismo y
nazismo).
¿Cuándo si es que, alguna vez lo conseguimos nos percatemos
los españoles de que todas esas realidades que antes citaba se consiguen
siempre día a día, mes a mes, año a año y nunca son perfectas?
¿Cuándo dejaremos de seguir en actitud borreguil e
irreflexiva al primer salvapatrias de mercadillo que se nos presente cuando las
cosas van mal?
Definitivamente soy pesimista. Y ya sabéis que un pesimista,
es un optimista bien informado.
Bien. Hala amigos, corramos tras el último utópico y el
último salvapatrias, cojamos la antorcha para empezar a pegar fuego a la
patria.
Pepe Morán.
Dominico-ex
viernes, 14 de noviembre de 2014
Una vuelta por El Pardo
El otoño, fiel a la cita de todos los años,
sesteaba sobre Madrid. Como un etéreo gigante alargaba indolente sus manos; con
una sujetaba lánguidamente el calor del estío mientras la otra ofrecía tenue
resistencia a la llegada del invierno frío. Nada que ver con la otra estación
del año rival suya en la disputa de las siempre efímeras bellezas. La primavera
en Madrid es una alocada doncella que, pletórica de vida y flores, parte rauda
desde el gélido frío para entregar sus encantos, pronto marchitos, al abrasador sol de verano. Todo ello en el
tiempo que dura un suspiro.
La pugna se repite año tras año; la
primavera, lujuriosa, alarga los días, el otoño, recatado, los recoge
Aunque ambas estaciones resultan igual de
gratas, tal vez sienta predilección por esta última, magnífica para disfrutar
de cualquier lugar en el que uno se encuentre. Las retinas conservan prendidas
imágenes de paisajes cuyo recuerdo siempre invita a volver.
En los alrededores de Madrid, por los
cuatro puntos cardinales, abundan los rincones llamando a perderse en ellos.
Además de los propios madrileños, no por tantas veces desconocidos menos
impactantes, están al alcance de la mano los campos castellanos. Campos pálidos
de rastrojos ociosos en espera de simiente para hacer germinar el trigo
haciendo vivo contraste con los tonos ocres de las tierras recién desveladas
por la reja de un arado. Por las riveras, en otoño, llamaradas amarillas
devoran el verdor de las alamedas.
Sin embargo, debo admitir, existe un lugar
a las mismas puertas de Madrid que nunca, en ninguna de las estaciones, fue
santo de mí devoción. Escasas fueron, en los cincuenta años que llevo viviendo
en esta ciudad, las veces que estuve allí. Me refiero a El Pardo.
Cierto que recién llegado de Asturias solía,
en verano, ir algunos fines de semana a sus inmediaciones, a las piscinas del
Parque Sindical- también llamado entonces en castiza resistencia al Régimen “el
charco del obrero”- para darme un chapuzón, o, en contadas ocasiones, a las más
elitistas, en aquellos años, piscinas de Somontes con el mismo fin. Este último
complejo deportivo comparte acceso desde la carretera de El Pardo con del
Palacio de la Zarzuela, residencia oficial de los Reyes. Solo el primer tramo
de acceso es compartido, después el Manzanares y muchas cosas más los separan.
Con
posterioridad a aquellas andanzas acuáticas solo me aventuré por El Pardo para
dar algún paseo por las zonas libres del Monte, o por compromiso con compañeros
de trabajo, a comer o tomar algo, casi siempre en la terraza de El Cristo. Por
cierto quienes la llevaban, no sé si ahora la llevan, eran asturianos, de la
zona de Cangas y parientes de familiares míos.
En esas contadas ocasiones siempre procuraba pasar de largo ante
Palacio,como mucho mirando hacia él solo de reojo. Incluso años después de la
muerte y posterior desalojo de los allegados del infausto inquilino.
Hasta este otoño en el que, al fin,
despojado de escrúpulos y con ánimo
dispuesto decidí visitar el Palacio de El Pardo. Un lugar que durante largos años
concitó oleadas de temor o veneración.
Era un radiante día de mitad de semana el
elegido. Buena ocasión para cerrar una de las más inquietantes puertas de un ya
imposible retorno al pasado.
El pueblo de El Pardo, - se suele
llamar así aunque desde hace muchos años forma parte de Madrid - a pesar de las
horas transcurridas desde que la noche había sido rasgada por el día, permanecía
bajo el quedo silencio de pueblo dormido, y, al acceder al recinto, se recibía
una primera y agradable impresión por la limpieza y cuidado de accesos y
jardines, algo inusual en los últimos tiempos por Madrid y sus alrededores,
incluida la zona abierta al público del cercano Monte de El Pardo. Brigadas de
trabajadores recortaban setos, podaban y recogían hojas y ramas.
No
parece, sin embargo, resultar muy atractivo este Palacio para turistas y
madrileños en general; éramos solo cuatro los que esperamos para entrar y
cuatro fuimos los visitantes.
Las visitas, previo pago de la
correspondiente entrada - 9€ la normal y 4 la reducida- son acompañadas. En
nuestro caso por una guía eficaz y
sobria que relataba las vicisitudes del lugar ciñéndose a la historia y huyendo
de anécdotas folclóricas, tan usuales en otros lugares visitados.
El
Palacio de El Pardo, aunque sea más conocido por haber alojado a Franco durante
35 años, atesora más de seis siglos de historia. Su origen estuvo en un pabellón
de caza mandado construir por el rey Enrique III a comienzos del siglo XV.
Sobre ese pabellón, a mediados del XVI, Carlos I y su hijo Felipe II hicieron levantar el llamado Palacio de los
Austrias, a él corresponde el primer patio. Posteriormente por mandato de
Carlos III - en su empeño por trasladar reflejos de Versalles a sus Reinos,
testigo es Caserta y otras múltiples edificaciones - se edificó el Palacio de
los Borbones, en él tiene cabida un segundo patio. Ambas construcciones,
formando un mismo cuerpo, es lo que se conoce por el Palacio de El Pardo.
La visita comienza en el patio de los
Austrias. Los dos espaciosos patios fueron cubiertos no hace muchos años por
una burbuja de cristal térmico y en la actualidad son utilizados para celebrar
banquetes de alto nivel. Por regla general el de los Austrias es utilizado para
la recepción de invitados y en el de los Borbones se instalan las mesas dónde sirven el ágape. Uno de los banquetes más
sonados de los últimos años tuvo lugar con motivo de la petición de mano de la
futura reina Leticia por el entonces príncipe Felipe. Según la prensa dada la
numerosa afluencia de invitados fue necesario montar mesas en los dos patios.
Eran los dulces años de bonanza económica y
barra libre.
Se asciende a la planta superior de los
Austrias por una amplia escalinata. Del mobiliario y obras de arte originales
quedan escasos vestigios. En el año 1604
un pavoroso incendio destruyó todo el interior. Sí se conservan, en uno
de los techos, valiosos frescos, obra de Gaspar Becerra. También se salvó la
pintura de Tiziano “La Venus de El Pardo” Cuentan que Felipe III al ser
informado de esto había exclamado: Si se salvó ese cuadro lo demás no importa.
Este valioso cuadro tiene una tortuosa y
ajetreada historia que podría ser la trama de una novela histórica. Años después
del incendio Felipe IV lo regaló a Carlos I de Inglaterra. Después de que este
rey inglés fuera ejecutado se hizo con la pintura el cardenal Mazarino. A la
muerte de éste sus herederos se la regalaron a Luis XIV. Desde entonces,
Revolución Francesa por medio, pertenece a las colecciones francesas. Hasta
hace pocos años -fue retirado para someterlo a una compleja restauración -
compartía sala en el Louvre con La Mona Lisa de Leonardo. Está previsto que
vuelva a ser expuesto a lo largo de este año.
Las salas de los Austrias están lujosamente
equipadas con mobiliario de los siglos XVIII y XIX, sus vitrinas albergan vajillas manufacturadas por las firmas más
prestigiosas de Europa, también de La
Real Fábrica del Buen Retiro. De La Granja son las lámparas, espectaculares y
armoniosas cascadas de cristal, que cuelgan de los techos. Relojes, muchos
relojes de época, según parece a Carlos III le apasionaban aquellos
ornamentados medidores de tiempo. Valiosas pinturas de autores españoles y
flamencos y magníficos tapices colgados en las paredes. En ellas lucen espléndidos,
sin nada que envidiar a los tan afamados flamencos que allí también existen,
cinco series de tapices elaborados por La Real Fábrica de Madrid sobre cartones
de Goya. Cartones que en la actualidad se encuentran en El Prado. Goya vivió en
El Pardo, no en Palacio, buena parte de su vida.
Está prohibido hacer fotos dentro del Palacio, éstas fueron tomadas de la Red
Por las estancias de los Austrias nada
recuerda al franquismo. Su rastro solo aparece al llegar a la zona más sombría
de los Borbones. Si bien tampoco de forma muy visible. La Ley de Memoria Histórica
ha sido aplicada con rigor, con la ayuda previa me temo de su inquilina, tan conocida como mujer del
dictador como por su atracción hacia los objetos de valor. Con acierto no se
muestran fotografías, tampoco objetos personales, que pudieran incitar a un ya
minoritario culto.
A esta parte del Palacio se accede a través
de un salón ricamente decorado, antiguo comedor real. Pinturas, espejos y lámparas
de la Fábrica de la Granja adornan techos y paredes. Una larga mesa rodeada de
sillones tapizados en rojo es ahora recuerdo mudo de los Consejos de Ministros
de Franco. Era en torno a esa mesa donde se celebraban. A quienes tenemos más
de sesenta años nos basta cerrar los ojos para ver las caras, fantasmas del
pasado, de muchos de los que allí se sentaron.
Se
visitan otras dos estancias, aledañas a este salón, dedicadas a la actividad
oficial de aquel Régimen. Una, también lujosamente decorada, estaba destinada
para sala de espera de los ministros que acudían a Consejo y demás
prebostes que aguardaban audiencia. La
otra, más pequeña, era el despacho de Franco. Mirando al sillón situado tras el
imponente escritorio no resultaba difícil imaginar la figura menuda y decrépita,
a menos de dos meses de su muerte, empuñando la pluma con mano temblorosa para
estampar su firma y confirmar así otras cinco penas de muerte.
Solo dos de las habitaciones privadas de la
familia Franco, además de un vestidor con algunos uniformes del extinto
general, se ofrecen a la visita; el comedor y el dormitorio. La decoración en éstas
no es tan recargada, resulta evidente que todo lo de valor atesorado durante el largo periodo
de estancia se lo llevaron. Es perceptible la mano de la, durante aquellos años, señora de El Pardo, a sus gustos parecen corresponder las paredes forradas de seda
verdosa, las camas o el baño.
El dormitorio usado por el matrimonio
Franco-Polo dispone de dos camas gemelas - camas de orden, para dormir, no es
imaginable, menos en su edad tardía, que en ellas se celebrase algún tipo de
juego amoroso - y un amplio baño recubierto, suelo y paredes, de piedra noble
color marrón- rojizo según me parece recordar. Tanto dormitorio como baño tienen aspecto de casa
burguesa años sesenta del pasado siglo con ribetes de pretendida nobleza.
El dormitorio no tiene ventana o balcón a
los jardines exteriores, se asoma a un patio interior, el de los Borbones, y le
confiere una atmósfera un tanto sombría.
Todo
el recorrido de la visita se realiza en medio de una penumbra mitigada por luz
artificial, las contraventanas permanecen entornadas permitiendo solo el paso a
un fino rayo de luz natural. La explicación es preservar el color de los
tapices. Sin embargo esta circunstancia me recuerda algo leído en alguna parte; la extrañeza expresada
por el embajador británico después de ser recibido, la primera vez, por Franco
en este palacio después de la guerra. No comprendía que la audiencia se hubiese
celebrado con postigos cerrados y luz encendida en un luminoso día soleado. Al
embajador siempre le quedó la duda de si esa circunstancia se debía al deseo de
proteger los tapices o al temor del anfitrión a algún otro peligro exterior.
Claro que mantener los ventanales cerrados puede obedecer a una tradición
antigua. Al ser éste lugar ideal para que los reyes retozaran con sus amantes,
como parece que así era, en la medida en que fueran un poco discretos, no
siempre lo eran, tomarían unas mínimas precauciones.
Algunos de los objetos o muebles usados por el
matrimonio, no rapiñados por la familia o vendidos a un chamarilero,que
permanecen en el dormitorio llaman la atención; un televisor, tal vez en blanco
y negro, instalado dentro de un mueble con puertas y ruedas, un aparato de
radio, al parecer de largo alcance y fabricación soviética, y, sobre todo, un
mueble relicario adosado a una de las paredes dónde guardaban el brazo
incorrupto de Santa Teresa.
Ante la hornacina de la reliquia, por
fortuna ya vacía, vienen a la memoria los acosos y abusos sufridos por esa
inteligente e ilustrada mujer. Adelantada a su tiempo en opinión de documentados
historiadores. Acoso y abuso perpetrado por el mismo poder eclesiástico que
después la elevó a los altares. Acoso en vida por parte de altos dignatarios de
la Iglesia persiguiéndola con la Inquisición y tachándola de “fémina inquieta y
andariega” , entre otras peores cosas. Abuso
tras su muerte, cuando descuartizaron su cadáver para repartir las
partes del cuerpo por conventos de España y del extranjero, en un ritual mucho
más cercano al atavismo supersticioso que a una práctica religiosa civilizada.
Sin pretender entrar en camisas de once varas, y desde el respeto a las
creencias de cada cual, intuyo compleja la tarea de lograr hacer consustancial
la veneración practicada hacia un ser supremo, sobrenatural y la dispensada a
un inerte resto humano.
Contigua a ese dormitorio se encuentra una
pequeña capilla. Es la habitación donde murió Alfonso XII y que su mujer, María
Cristina, transformó en oratorio. Cuentan que Franco la utilizaba con
asiduidad.
Próximo también el Teatro de Corte de
influencia napolitana. Conserva éste gran parte de sus decorados y el palco real. Franco lo hizo habilitar para
sala de cine, dicen que solía ver dos sesiones semanales, la última a finales
de octubre de 1975, a menos de un mes de su muerte. La película, ironías de la
vida, llevaba por título el Veredicto.De sus gustos como cinéfilo circularon
abundantes, algunas jugosas, anécdotas.
Buena parte de la zona de los Borbones está en la actualidad dedicada a residencia
de Jefes de Estado extranjeros en visita oficial a España. Pocos días después
de nuestra visita se alojó allí la presidenta Bachelet. De ese área solo se
visita un espacioso salón- recibidor. Tiene apariencia un tanto suntuosa, como
un cinco estrellas al que se nota la
huella del tiempo y ya va requiriendo una remodelación para continuar dándole
ese uso.
Salimos después de echar una ojeada a la
Iglesia que se encuentra en el acceso al Palacio. Solo estaba permitido
contemplar su interior desde la entrada.
El día otoñal continuaba espléndido.
Invitaba, tras la obligada visita a La Casita del Príncipe, a adentrarse por la
zona abierta al público del Monte de El Pardo para atisbar, aunque fuera de lejos,
la riqueza de flora y fauna que atesora, también a sentarse y tomar el aperitivo en una de las soleadas
terrazas del pueblo mientras se decidía
un lugar adecuado para reponer fuerzas con la comida de mediodía.
Pero contar todo eso tendrá que esperar,
hasta aquí ya me alargué demasiado.
… ¿CONTINUARÁ?
Ulpiano Rodríguez Calvo
martes, 11 de noviembre de 2014
VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA * (Con la venia de J. Verne)
Por jrFRANCOS **
NOTA (preliminar).-Pudiera haber escrito este reportaje
desde un punto de vista más objetivo, más distante y técnico. Pero tanto como
informar he querido haceros partícipes de mi filosofía sobre los viajes y
también dejar asomar sensaciones y emociones. Por eso es personalista, porque
me he metido dentro.
Hay gente que se hace grandes viajes a
lugares exóticos a base de muchas horas de vuelo e incluso transbordos. Y también
de cartera . Unas veces organizados por agencias y otras de programación
propia. No voy a negar que tal vez me gustaría hacerlos, pero
como no los hice -cuando era joven y derrochaba deseo de aventura por
todos y cada uno de los poros de mi piel- (un solo sueldo y cuatro niños
que "comían" como limas tienen algo que ver en ello), ni los hago
(porque como decía aquel: "ahora que sé hacer el amor no tengo con
quien", léase, ganas de viajar, aunque puedo), por eso digo "tal
vez". (De hecho pude ir a Las Vegas, a gastos pagos sin límite de tiempo,
donde mi hija trabajó durante tres años, y no fui). He ido, eso sí, dos
veces a Marruecos por varios días, otras dos a Gibraltar y mucho a
Portugal, país que me gusta, habiendo entrado por vez primera en en 1989 por el
río Guadiana a borde de una piragua y cámara en ristre con ojo avizor. Una
singularidad de la que no todos pueden presumir.
Más de una vez me he preguntado por qué
esa inercia mía de salir al extranjero. Tal vez si una compañía me hiciese un
poco de lazarillo, empezando por decirme cuántos calzoncillos, camisas y
pantalones debo meter en la maleta y no arrastrar auténticos baúles de los que
la mitad no te pones, como me sucede, y se metiese en internet para sacar
los billetes de avión con antelación para coger las mejores ofertas y se
encargase de conducirme por ese maremagnun que se da en todos los aeropuertos,
donde muchedumbre y pantallas luminosas me emborrachan, así como de buscar
hoteles y demás, pues no voy a decir que tirase del carro, pero sí que no
pondría palos en la rueda. De hecho soy una persona curiosa con el saber, y
viajando se aprende mucho; soy una especie de esponja que me gusta preguntar y
enterarme, tanto que más de una vez me tomaron por periodista realizando algún
trabajo de campo o policía investigando.
Por si alguien piensa que soy un
"zuño" apegado a su madriguera, se equivoca. Mi familia, mujer y
cuatro hijos, fue de las primeras, por no decir que la primera -a juicio
de mis hijas que sabían lo que hacían los padres de sus amigas, gente de
posición saneada- en salir de camping, incluso con niños en cuna, hace más de
treinta años. Así recorrimos, los seis más un perro (Neva, recogida de la
calle) el del Puerto de Santa María, Caños de Meca y el de Chipiona (Cádiz) el
camping Cata-Pun en el Andévalo (Huelva), el de Proserpina en Mérida (Badajoz)
y los campings de El Brao en Llanes y el Costa Verde en Lastres (ambos en
Asturias). Y varias veces uno que está a cinco kilómetros de Melides
(Portugal), entre un pinar y cuyo nombre no recuerdo. Todos en la costa, menos
el de Proserpina que está junto a un lago artificial. Turismo barato, sí,
pero de gran calidad ambiental, de grandes posibilidades de relaciones
humanas con los otros campistas, y aventurero y viajero. Es decir, que
entrenado estoy, a lo que añado que viajé mucho por España en auto-stop. Pero
al extranjero, no. Bueno está.
Los viajes que sí me gustan son aquellos
de pocos días a rincones de la Iberia, fuera de los circuitos turísticos y que
me suponen un desembolso mínimo. Me revienta el hígado que me estafen
cobrándome tres euros por una caña y veinte por un plato de jamón ibérico,
cuando en mi entorno habitual sacio mi sed y hambre con la tercera parte: una
caña un euro, plato de jamón ibérico, ocho.
Es que eres de la cofradía del puño. El dinero
es redondo para darle curso, para rodarlo. No, no; no te confundas.
Precisamente los que tienen es porque no lo derrochan, saben administrarlo y no
caen en las garras del préstamo.
De Picasso, al decir de un enmarcador de
cuadros, conocido por haber trabajado para pintores de renombre, en un
artículo sobre cuestiones que hay que tener en cuenta a la hora de escoger un
marco para una pintura, era de los que "miraba mucho por la peseta",
yéndose siempre a los más económicos. Y el multimillonario... (¡ay, me patina
la memoria!)..., instaló en su mansión teléfonos de meter moneda, para que sus
múltiples amistades y visitas no le engordaran la factura del teléfono. Ambos
vivieron bien (Picasso en lo carnal incluso fue de unos brazos de mujer en
otros) y al morir dejaron una fortuna.
Pues en esa línea de viajes que a mí me
gustan y que en términos militares habría que decir que no son los propios de
soldado de batallas que duran días, sino miembro de un comando que da
golpes de mano tipo relámpago (entiéndase el símil), estaban algunos de
los que publiqué aquí en el Blog, como Turismo y gastronomía por la
Raya (la frontera con Portugal), Por las Rutas del bajo
Guadiana (Mértola-Ayamonte) , Alcantilados, Cuevas y Turismo de
alpargata en Portimao, Parada y Fonda en Pola de Allande (que recuerdo
tuvo muchos comentarios), y algún otro que se me escapa, viajes de dos,
tres, cuatro días a lo sumo.
Hoy voy a hablaros del viaje cultural
que un grupo de gente de Zafra, al que me sumé, hizo a las Cuevas de Fuentes de
León, población de unos 2.500 habitantes fundada por la Orden de Santiago.
El aglutinante y la iniciativa partió de
José Antonio Amador Redondo, un inquieto investigador y "pateador de la
naturaleza", como él mismo se define, con varios libros escritos, de los
cuales tengo dos dedicados. Nos conocemos desde que enseñó a nadar a mi hijo...
que ya pasa con creces de los treinta años. Miembro fundador del G CAEM de
Zafra (Grupo Cultural de Arqueología, Espeleología y Montaña), en 1985, quienes
desde entonces y durante cinco años exploraron, fotografiaron, filmaron y
estudiaron estas cuevas cuando tenían que ir con machete en mano y canoa
inflable y cuerdas para descolgarse, pues estaban solo localizadas, no
acondicionadas como ahora para recibir a los visitantes.
Este hombre se conoce todas las cuevas
de España, incluida la que descubrió ahí en Asturias nuestro compañero
cauriense Tito Bustillo y que lleva su mismo nombre. Y la de Valporquero en
León. Y la de... Sentí un poco de vergüenza porque esas son dos que tengo ganas
de visitar y que no he hecho pese a tenerlas a mano (la primera está a pocos
kilómetros de Oviedo, donde me quedo, y la otra la veo anunciada en una
desviación de media hora cuando subo a Asturias). Solo cuento en mi haber de
visitas a la de Nerja (Málaga) y a la llamada "gruta de las
Maravillas" o Gruta de Aracena (Huelva). Bueno también entré en la Cueva
de Montesinos, en Ruidera (Ciudad Real), hace más de treinta años, nombrada en
el Quijote. Y si una mina de carbón es una cueva, que lo es, durante un año, de
lunes a viernes, bajé hasta la cuarta planta de la mina "Tres
Hermanos" en Armayán, concejo de Tineo (Asturias).
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Las Cuevas de Fuentes de León son
varias, y serán aún más cuando se acondicionen para ser visitadas. Nosotros lo
hicimos a tres. La primera, Cueva del Agua, así llamada por el lago que tiene
al fondo, tiene interés espeleológico, arqueológico (por los restos
encontrados) y Zoológico, en concreto en la rama denominada Quiroptorología,
por la colonia de miles de murciélagos que alberga.
La segunda, denominada Cueva de los Postes,
por las columnas que a veces en forma de portería presenta, tiene interés
arqueológico. A parte de huesos largos que se ven asomando en el tajo de las
excavaciones, tiene un cuenco romano del siglo I calcificado.
Con los estratos y restos hallados
en estas dos cuevas, los investigadores trazan el mapa de la flora y
fauna de hasta nueve mil años a. de C., así como de los seres humanos que las
habitaban. Por ejemplo, se han encontrado restos de pino piñonero negro, propio
de zonas frías, lo que lleva a deducir que la Iberia de entonces estaba
sometida a un clima riguroso. Por eso sus gentes y en concreto los de estas
cuevas, ante la dificultad de encontrar alimentos con la generosidad que se
darían en un clima más benigno, no perdían puntada, practicando la
antropofagia, es decir, se comían a sus muertos. (El canibalismo, y conviene
establecer la diferencia, es la acción de matar a un semejante, y
enemigo, es de suponer, porque sino, malo, para comérselo).
Algo curioso encontrado y que sirvió
para determinar aspectos de su cultura médica, fue un cráneo bastante
deformado, con la frente huida y un agujero. Convinieron los investigadores que
ante alguna enfermedad, esa persona llevaba como una especie de turbante
de piel (tenía que ser piel de los animales que cazaban, ya que aún no se había
inventado la tela) comprimiendo el frontal contra en occipital. (A una de mis
hijas, la melli, que nació con la cabeza ahuevada, le pusieron una especie de
gorro durante unos peses para redondeársela). Y para que saliesen los malos
espíritus, tal vez, le habían hecho una trepanación, pues presenta un agujero.
¿Y los chillos de dolor, hasta donde se oían?, pregunté yo. Y José Antonio
Amador, me dice: "Los anestesiaban dándoles a comer o beber brebajes de
plantas alucinógenas, como por ejemplo...". Vaya, me vuelve a patinar
la memoria y no la recuerdo en español, pero en portugués si: la
Figueira do Inferno, que habréis leído en la prensa que hace poco salió la
sentencia contra unos jóvenes que dieron de beber a otros ese mismo brebaje y
se pusieron a morir.
También se han encontrado restos de
animales que aún existen hoy en día y de otros que están extinguidos.
En fin, que estas cuevas, que
reutilizaron romanos y gente más recientemente, donde hicieron fogatas que
ennegrecieron el techo, constituyen un laboratorio para los investigadores del
pasado de la especie humana.
Cada vez que estoy en un lugar con peso
de pasado, como unas cuevas de éstas, un castillo, el lugar donde tuvo lugar una
batalla, etc. me gustaría tener un caleidoscopio para viajar en el túnel del
tiempo y sentado en una atalaya contemplar como era la vida o la acción de
aquellas gentes o hechos. ¿Quién no pagaría por ver cómo fue la batalla de
Covadonga, el gesto del rey visigodo Guzmán el Bueno arrojando el cuchillo para
que matasen a su hijo, cautivo de los invasores musulmanes, si no entregaba
Tarifa... o el grito de Fabila, hijo del rey Pelayo, cuando se lanzó cuchillo
en mano contra aquel gran oso que lo terminó matando?
Igual deseo me asalta cuando alguien
interesante me cuenta algo de su vida y sospechas que se calla otra mucha. Me
gustaría también ahí tener el ojo de Gran Hermano proyectado a su pasado y
husmear en su vida. Pero eso entraría dentro de la invasión de la privacidad de
la persona. O sea, puro morbo, puro alcahueteo. Pero, ¿quién no pagaría, y
probablemente la cotización estuviese más alta, por ver cómo fue la noche de
bodas de Aznar y Ana Botella, el momento en que Rodrigo Rato se gastaba unos milejos
de euros comprando no sé qué con la tarjeta oculta de Bankia o las miradas de
soslayo de Franco, cuando Evita Perón visitó España y de quien, según una amiga
mía argentina, se enamoró?
Para el final, la guía, una chica
muy linda que hablaba con una finura que no es propia del extremeño (su padre,
me dijo, era... de no recuerdo qué país, donde se crió y pasó muchos años), y a
quien me empeñé en llamar Sidney hasta que me corrigió, con invitación amable
de que visitase al otorrino, pues ella había dicho que se llamaba Sindy, nos
llevó a la cueva de matrícula de honor, denominada Cueva de Masero. La
supercueva, que no envidia en nada a las dos que dije conocía. Es más, en
algunos aspectos las supera. A parte de las estalagtitas y estalamitas y las
columnas y las banderolas dentadas, los gour, marmitas y pisolitos (las
llamadas perlas de las cuevas), tiene formaciones y en cantidad que yo no había
visto nunca ni siquiera sabía que existían, como banderolas dentadas y alas de
mariposa que penden del techo. Y también tiene una geoda, que es como una
hornacina donde están presentes todas esas formaciones artísticas y caprichosas
que he mencionado. Es el bonsai de la cueva.
Una maravilla, en suma, que incrementa
su encanto cuando la guía de nombre parecido al de la ciudad australiana apaga
la mayor parte del alumbrado y lo deja reducido al mínimo para poder contemplar
cómo, todas aquellas estalagtitas y estalagmitas y demás en forma de
flecha o de punta de lanza o de verga de toro o de pene o de cabeza pelada o de
dedo o de gato negro (proyección de una sombra) o de ... qué se yo: la
imaginación se puede echar a volar y encontrar mil parecidos. Pues cuando Sindy
alias "Sidney" hace un medio apagón, esas esculturas calcáreas de la
naturaleza y los milenios se dejan ver cual luciérnangas. Son fosforecentes.
Ganas dan de ponerse de rodillas y con las manos en postura beatífica hacer
aquello que no haces por mucho que desde púlpitos te prediquen: orar.
Tras más de tres horas viajando al
centro de la tierra, en el bar que hay allí mismo -donde una caña vale un euro,
un café un euro, una copa de vino de marca un euro, parece el bar del todo a un
euro -, compramos la bebida y en las mesas del merendero que tiene bajo encinas
tiramos de mochila: bocadillos -cada uno el suyo-, pero a partir de ahí,
el chocolate, los higos pasos, las nueces, el turrón... todo para todos. Ya sé
que hijosdeputa los hay hasta en los confesionarios, pero la experiencia me
enseña que la gente que anda en bicicleta por la ciudad, villa o pueblo
(pudiendo hacerlo en el autobús), hace senderismo (pudiendo ir en coche),
acampada (pudiendo dormir en hotel); la gente que anda por la naturaleza
(pudiendo andar por las calles mirando escaparates), pues esa gente suele ser gente
sana de espíritu, que es tanto como decir noble y compañera. O cuando menos es
una gente que tiene otra concepción y filosofía de la vida, lo cual la hace muy
interesante.
Para remate visitamos el castillo de
Segura de León, allí cerca, en perfecto estado, por cuyos muros almenados
hicimos la ronda del vigilante disfrutando de unas estupendas vistas.
Un buen día, donde lo único en contra
fue el sol, que se dejó ver poco. Y todo por cuatro euros para gasolina al que
ponía el coche, más uno de una caña y otro de un café al del bar. Y otro más
para poder acceder al castillo. Total, siete euros. Rajoy, no nos cuentes
milongas sobre la salida de la crisis y los brotes verdes. Con nosotros, ni en
tres legislaturas.
Me encantan estos cortes de manga al
consumismo.
De lo que acabo de decir sobre la gente
que vive de otra manera, es elocuente este intercambio de guasas que tuve con
una amiga, ya de noche en casa, y que después del viaje fue a visitar a un
familiar muy directo que permanece en cama aquejado de una enfermedad
incurable. Yo le pregunto qué tal después de la visita, si le afectaba
mucho el ver a un ser querido enfermo. Y me contesta: "Pues ya menos,
hasta al dolor se termina acostumbrando una y lo voy llevando. Además he pasado
un día muy agradable. Me habéis parecido unas personas maravillosas y espero no
perderme ninguna excursión".
Pues nada, amiga, nos vemos ya mismo en
el Torcal de Antequera (Málaga), que aunque lo conozco, sus caprichosas y
fantasmagóricas rocas calizas del Cámbrico en forma de torrecillas con
abundantes fósiles marinos incrustados; como un museo al aire libre de
catedrales a cual más artística, donde las cabras monteses te comen casi de
mano, como sucede también en la Peña de Francia. Pues aunque lo/la conozco,
merecen una segunda visita. Y al retorno, Estepa ( Sevilla), la
capital del polvorón y otros dulces navideños, para aprovisionarse. Que la
Navidad ya está ahí. Y si no nos habíamos dado cuenta, pasear por Badajoz, que
ya luce desde hace días alumbrado. Gastad, gastad malditos, que diría Sidney
Polack en versión baile en su famosa película.
* Este reportaje aparecerá también en el periódico
digital ww.lagacetaindependiente.es en
el plazo de una-dos semanas.
** José Rodríguez Francos "jrFRANCOS" fue
profesional de la enseñanza (E.F. y Dibujo). Fotógrafo de la Naturaleza, con
cuatro exposiciones itinerantes en su haber, trabaja la fotoliteratura. La
escritura es una de sus aficiones. Nacido en Asturias, vive desde 1974 en Los
Santos de Maimona (Badajoz).
domingo, 9 de noviembre de 2014
SINDO, MEMORIAS DE UN CABALLO (I)
1950.
Cuando el dueño de la fábrica de gaseosas se sumergió definitivamente en las
tinieblas del alcohol, su caballo de reparto, Sindo, comprendió que había
llegado el momento de que él se hiciera cargo de la empresa. En realidad, Sindo llevaba una temporada
constatando que su dueño estaba lejos de poder controlar el negocio,
inevitablemente se dormía y el pobre caballo nunca sabía en qué bar del camino
tenía que parar para dejar mercancía y en qué bar no.
Sindo
había tenido un empleo anterior a este, con seis años estuvo trabajando ya en
una mina acarreando vagonetas con material para llevarlas a una escombrera que
estaba a trescientos metros. No era un trabajo que le gustara, más bien todo lo
contrario, pues era tratado con una detestable rudeza, a gritos, blasfemias y
latigazos innecesarios. No era feliz en ese empleo, cuando en la mina lo
pusieron a la venta, nadie reparaba en él, porque hay que reconocerlo, su
aspecto era de lo menos atractivo que cabía esperarse de un caballo. Tenía una
oreja caía, la derecha, de tal manera que parecía no tener más que una oreja.
El belfo era más, lo que daba a la cabeza unas proporciones casi ridículas. Le
habían recortado el rabo. Su color andaba entre el blanco niebla y el blanco
humo. Varios chafarrinones negros cambiaban el blanco por el negro en forma
caprichosa en su piel.
¿Por
qué Nemesio, el duelo de la fábrica de gaseosas se fijó en él? Nemesio era un
hombre joven, jovial, bien humorado, afectuoso y cabe pensar que por una
secreta empatía intuyó que aquel esperpento de caballo habría de tener, por
fuerza, algún valor que compensase su extravagante figura. Y no se equivocó.
Sindo aprendió en tres o cuatro días cual era su nuevo oficio. Cada mañana
cargaba en carromato, tipo oeste, varias cajas de gaseosas y solía recorrer un
día hacía el norte, al día siguiente hacía el sur, al siguiente hacía el oeste,
quedando así la tarde del sábado para repartir dentro del pueblo. Aunque el
tráfico rodado era casi inexistente Sindo comprendió que él debería circular
siempre, sin excepción, pegadito a la derecha, sin meter la rueda en la cuneta.
Paraban en los bares que habían hecho un pedido. El dueño del bar salía con una
caja de botellas vacías y la cambiaba por otra caja de botellas llenas.
De
un gancho que había a la derecha, en el interior del carromato sacaba un
albarán que, tras firmarlo, incrustaba en un gancho paralelo que había a la
izquierda. La mayor parte de las veces Nemesio no controlaba el trueque, pues
dormía plácidamente.
Cuando
a las diez de cada mañana se iniciaba la ruta de reparto, Nemesio ya había
ingerido el suficiente alcohol que, sumado al del día anterior, le inutilizaban
para cualquier labor.
Sindo
empezó a ganarse la admiración de la gente. Todo el mundo empezó a percatarse
de que en realidad era él solo quien hacía el reparto, era él quien tras cada
parada recibía un manotazo cariñoso en su anca, aceptaba un pedazo de pan y oía
decir “Tira Sindo” y Sindo seguía hasta el siguiente bar y luego hasta el
siguiente y hacía todo el recorrido hasta que por no haber más bares a la
derecha daba la vuelta y empezaba a despachar a los bares que antes había
dejado a su izquierda.
La
fama del caballo fue progresivamente extendiéndose por toda la comarca, él
recibía orgulloso, pero sin pizca de vanidad, los saludos cariñosos de todo el
mundo “Hola, Sindo”, “Muy buena, Sindo”, “Así se hace, Sindo” “Tú sí que sabes,
Sindo”.
Esto colmaba su felicidad, pues, aparte de lo poco oneroso de su
trabajo, hizo que se reafirmara en su autocomplacencia y en la tranquilidad de
verse en un trabajo en el cual se ganaba cómodamente la vida.
Por
las tardes y noches le tenían en una pomarada al borde del pueblo, que tenía un
tendejón, donde Sindo se recluía si llovía mucho. Era sin duda alguna un
caballo feliz.
Cuando
cundió la noticia de que era el caballo quien hacía el reparto, él solo sin
ayuda de nadie, la admiración ya no tuvo límites, era motivo de conversación
por todas partes, y la gente sentía una admiración y un afecto espontáneo que
les movía a tratar al caballo como si este fuera un poco patrimonio de todos.
Era el orgullo de la comarca.
La
esposa de Nemesio aceptó de mal grado la nueva situación, y no dejó de temer
que las autoridades lo llamaran al orden, por encomendar a un equino la tarea
de reparto.
De
hecho, la mujer, se presentó en el cuartel de la Guardia Civil, a comunicarles
que era el caballo, él solo el que andaba por las carreteras.
La
Guardia Civil, estaba al cabo de la calle y no pensaban intervenir, porque eran
conscientes de que el riesgo era mínimo, sin embargo, le dijeron a la señora,
que consultarían con autoridades superiores para ver si la situación tenía
algún viso de ilegalidad.
La
dueña no volvió a recibir ninguna información de la Guardia Civil y pensó que,
quién calla otorga, y que aquello era un
silencio administrativo. Así transcurrieron varios meses en las que la empresa cargaba
a hombros de un solo empleado, un chicuelo de unos dieciséis años y sobre el
caballo. En realidad, nadie más era indispensable. La fábrica ocupaba el bajo
de un edificio de dos plantas, con una superficie útil de unos ochenta metros
cuadrados, el método de producción era del más puro Taylorismo, es decir, una
plasmación mínima pero perfecta de las doctrinas del americano Taylor, según
las cuales es necesario coordinar tiempos y espacios para multiplicar la
eficacia del trabajo. Disponían de una cadena sin fin en la que, a la derecha
se alineaban las botellas vacías que en fila de a uno, iban recorriendo la
cadena, hasta llegar a un punto en el que todos hacían cuatro paradas
consecutivas, la primera, para recibir el edulcorante (naranja, limón o simple
azúcar) luego paraban para rellenarlas de agua, más tarde paraban para recibir
el agua y finalmente paraban para el tapón.
Continuaban
luego por la izquierda y volvían al sitio de partida, donde el muchacho, Piru,
colocado estratégicamente atendía a la derecha para colocar botellas vacías y a
la izquierda para recoger las llenas. Con los reflejos propios de su edad,
hacía ambas cosas sin aparente cansancio.
Así
estaban las cosas cuando Nemesio sufrió un agravamiento muy serio de su salud.
Don Alfredo, el médico local, le había diagnosticado una cirrosis hepática,
consecuencia de una larga ingesta de alcohol. En el otoño del 51 su salud se
quebrantó aún más y el médico le comunicó a la esposa de Nemesio que este
estaba en un estado de pre coma etílico, algo irreversible y que desembocaría
en el fallecimiento en no más allá de cuatro o cinco días. Fueron solamente
tres días. Nemesio falleció para consternación de todo los que le conocían por
la fábrica en los atardeceres cuando él estaba presente. Nos llevaba allí la
fascinación que sobre nosotros ejercía aquel artilugio automático y, cómo es
lógico, la secreta esperanza de que Nemesio nos invitara a una botellita de
Orange.
A
partir de la defunción del dueño, la empresa duró escasamente unos meses, la
dueña, mujer entrañable pero sin vocación alguna para ser empresaria y sin
capacidad personal para serlo, decidió cerrar la fábrica. El Piru se colocó
rápidamente en una bodega que importaba vinos leoneses y lo repartía por la
zona. Sindo fue directamente al paro, él ignoraba lo que esto significaba. Se
percató de ello cuando tras días y días de ociosidad llegó a la conclusión de
que ya no era necesario, he aquí el problema, la conciencia de no servir para
nada, de no ser requerido por nadie, empezó
a adueñarse de su cabeza.
Ya sé, ya sé querido lector que estarás pensando
que yo estoy atribuyendo unos caracteres demasiado humanos a un caballo que, al
cabo, es un ser irracional. Pero aquí tropezamos con el grave problema de
discernir qué es eso de racionalidad e irracionalidad. No es tan sencillo si
nos paramos a pensarlo. No hay una línea divisoria demasiado clara entre lo
racional y lo irracional. A quien tenga conciencia de su propia existencia,
cómo ser distinto a los demás lo llamamos persona, dos son las características
que definirían a la persona:
-
La
conciencia de su propia muerte.
-
La
libertad para elegir entre una cosa y su contrario.
No
quiero aburrir al lector con sucias disquisiciones filosóficas pero me tienta
provocarle con algunas cuestiones en las que nunca reparamos. Si la capacidad
de ser libre define al hombre ¿Es persona el qué por enajenación mental o por
cualquier otro motivo carece de libertad para elegir?, y no solo eso, sí no que
me atrevo a otra provocación más arriesgada: cuando una sociedad, un colectivo
humano entra palmariamente en una enajenación mental ¿Estamos ante una sociedad
libre, compuesta de personas o de animales? Ayer, no más, daban la noticia de
que los yihadistas musulmanes, que propugnan el estado islámico, habían
sentenciado a una joven a morir lapidada por no recuerdo que pecado amoroso. La
primera piedra que cayó sobre ella fue la de su padre.
Invito
al lector a que provoque a sus amigos a una discusión abierta sobre si es más
digno un individuo de estos o un caballo de nobles sentimientos.
Aquel
anuncio de aquel perro abandonado en una gasolinera, con aspecto desolado y una
voz en off que decía “EL NUNCA LO HARÍA” mueve a uno a reflexionar sobre la
dudosa frontera que hay entre el ser racional y el ser irracional.
Transcurridos
dos meses de forzosa ociosidad, la vida de Sindo cambió de signo. La viuda de
Nemesio, había hecho colocar un anuncio que decía
Se vende caballo
(Sindo)
Y carruaje
Interesados preguntar en casa Luis.
Teléfono: 27 de
Carisia.
El
protocolo para la venta fue el concurso por plicas, comenzando con 4 000
pesetas. Transcurrida una semana, se fueron sabiendo ofertas recibidas y
caballo y carruaje pasaron a ser propiedad de un exminero, vecino de una
aldeíta cercana. Un tal Ramón, que todavía joven y con el segundo grado de
silicosis se retiró de la mina para dedicarse a una hacienda que, con la paga
que le quedaba y soltero como era, le permitía un buen estar. De ese modo,
ambos, caballo y carruaje, fueron a parar a un prado contiguo a la casa de
Ramón, Sindo, no quiero atribuirle una memoria humana, seguía añorando los
tiempos en los que se ganaba la vida honradamente y, además gozaba de un
prestigio en la zona.
Ramón
lo utilizaba a lo sumo una vez a la semana, los domingos por la tarde cuando se
acercaba a Carisia a pasar un rato de tertulia con José Antonio, el maestro y
Julio, el cartero. Sindo, amarrado a su carro, esperaba cerca del bar a que su
amo apurase la conversación.
Un
día, allá por San Genaro, a principios de marzo.
- El cartero Julio les preguntó ¿No leísteis en
la Voz de Asturias que para entrar en París, los domingos por la tarde la gente
tiene que aguardar en su coche treinta kilómetros de cola?
- Pues
aquí, contestó Ramón para volver a Carisia haría cola el único coche que
tenemos en el pueblo.
- Desde luego, Julio nos llevan muchos años de
adelanto.
- Y digo yo, continuó Ramón ¿Toda esa gente que
regresa a París ¿A qué salieron?
- Pues a visitar cosas, contestó José Antonio, a
visitar amigos, de turismo.
- ¿Cómo
dices? Inquirió Ramón, de turismo, repitió José Antonio, ir por ahí,
simplemente a ver cosas distintas.
- Eso
sí que está bueno apostilló Ramón, ya me gustaría a mí poder ir por ahí de
viaje simplemente para ver cosas distintas.
- Pues
chico, arguyó Julio, tú lo tienes muy fácil.
- ¿Ah,
sí? Preguntó Ramón ¿Y dónde tengo yo un coche?
- No
lo tienes, pero sí un caballo y un carro, aclaró Julio ¿Qué te impide a ti
montar en el carro e irte de aquí, despacito a visitar otras tierras?
- Tienes
razón corroboró José Antonio, viajar de forma inteligente, tiene que ser ir de
aquí a Madrid, despacio, despacio, metiendo por los ojos del alma, todo cuanto
de distintos e interesante haya en el trayecto.
Pronto
la conversación marchó por otros derroteros, pero la idea había quedado en el subconsciente
de los tres y, a la semana siguiente José Antonio, preguntó ¿Qué Ramón,
pensaste lo de ser turista? Ramón tuvo que confesar sin reparo ninguno, que
había estado dándole vueltas al asunto durante toda la semana “Tendría que
encontrar a alguien que me atienda el ganao”. Pero eso, dijo Julio, lo
solucionarías muy fácil con alguno que esté retirado de la mina como tú. Ya
lanzados por ese camino, entraron a matizar
cual podía ser, la hipotética ruta, el viaje que Ramón podría hacer.
José Antonio sugirió ir a Madrid, pero Julio desechó la idea porque no veía
fácil qué hacer con un caballo y un
carro dentro de Madrid. Además, a Madrid puedes ir cuando quieras en un tren y
pasar allí dos o tres días.
Pues
ya me diréis donde puedo ir, dijo Ramón. José Antonio, como buen conocedor de
la geografía española por su oficio, sugirió que la ruta por Castilla hasta
Extremadura, podría ser interesante.
Quedaron
en madurar más el tema, no solo de la ruta a elegir si no de la logística que
requeriría hacer semejante viaje: dónde y qué comer, dónde dormir, dónde y qué
visitar, etc…
Todos
estos detalles los fueron perfilando en días sucesivos, en los que se les unió
el cura, entusiasmado con la idea. Podría colgar en el techo del carro un jamón
y unos chorizos, e ir comiendo de ello cada día, podría comprar pan y vino a lo
largo de la ruta, podría dormir en la trasera del carro poniendo una adecuada
colchoneta, podría en fin, proveerse de cuanto fuera necesario, llevándolo en
el doble fondo, o bajera del carro. Yo creo que es buena idea dijo Julio, y
como Sindo sabe andar muy bien por las carreteras, podrías llevar un montón de
novelas del oeste e ir leyéndolas de camino.
Así,
el día de San Alipio, 28 de Abril, a las siete de la mañana, salieron hacia
Castilla, Ramón, su caballo y su perro Jass. Ramón llevaba cuatro cartas de
recomendación por si eran necesarias: Una del maestro, otra del cartero y otra
del cura, y finalmente otra que recabaron de Eutimio, Sargento de la Guardia
Civil. En las cuatro se solicitaba de sus homólogos de otros pueblos que
atendieran a Ramón en lo que pudieran necesitar.
(CONTINUARÁ)
sábado, 8 de noviembre de 2014
DE TODO HAY EN LA VIÑA...
Ésta bien pudiera ser una de esas entradas a las que nos tenía acostumbrados Pepe Morán, primero por el lugar donde se desarrolla la historia y segundo por la afinidad de los protagonistas.
Dice así:
Tras dieciséis años de sacristán, en la iglesia de San Pablo, en Londres, y con más de 40 años de edad, Albert Edward Foreman fue invitado por el pastor a pasar a su despacho para darle una noticia.
Éste se sorprendió al entrar, pues allí estaban dos miembros del consejo a los que no había visto entrar.
Después de saludarse, el pastor se dirigió a Edward y le dijo:”Foreman, tenemos algo desagradable que comunicarte, llevas muchos años aquí y creo que estos señores estarán de acuerdo conmigo en que has cumplido tu trabajo a la perfección, pero el otro día me he enterado de la más desagradable de las circunstancias y es que no sabes ni leer ni escribir”.
Foreman, ni se inmutó.
-Empecé a trabajar en el servicio doméstico y aunque la cocinera lo intentó, no fui capaz de cogerle el tranquillo y no lo consiguió, señor.
-Foreman, lo hemos comentado entre nosotros y no podemos admitir que el sacristán de una iglesia tan importante como ésta no sepa leer ni escribir. Te damos un plazo de tres meses para que aprendas, de lo contrario tendremos que prescindir de tus servicios.
-Lo siento señor, tengo la mollera demasiado dura y con los años, que no son pocos, me temo que no va a ser posible.
-Muy bien Foreman, entonces tendrás que marcharte.
-Si señor, comprendo, por mi no hay inconveniente.
Se fue lentamente hacia la sacristía a colgar los vestidos que tantas veces le habían acompañado en funerales, bodas y bautizos y cerrando la puerta se dirigió a su casa.
Durante el trayecto, a Foreman, se le apeteció un cigarrillo, aunque no fumaba, y se decidió a buscar un local donde comprar una cajetilla.
Calle arriba y calle abajo no encontró donde satisfacer su necesidad.
-No puedo ser el único hombre que fume en esta calle y sería buena idea montar aquí un negocio para la venta de tabaco y golosinas.
Al día siguiente, buscó en la calle un local que se adaptara a su proyecto y montó un negocio de venta de tabaco y papelería.
A Foreman le fueron bien los negocios y pensó en contratar un empleado y montar otra tienda en una calle que tampoco tenía establecimiento de tabacos.
A los diez años ya tenía diez tiendas y el dinero le llovía por todos lados.
Todos los lunes pasaba por las tiendas a recoger la recaudación y llevarlas al banco.
Un lunes, el director de la sucursal, le propuso hacer algunas inversiones para aumentar sus gananacias, a lo que Foreman contestó.
-¿Qué tengo que hacer?.
-Sólo firmar, le dijo el director.
-Y, ¿cómo sabría lo que estoy firmando?.
-Hombre, ¿supongo que sabrá leer?.
-Sé que parece raro pero, no sé leer ni escribir.
-¿Pretende decirme que ha amasado esta fortuna sin saber leer y escribir?. Me pregunto ¿dónde estaría Vd. si supiera leer y escribir?.
-A esto si le puedo contestar señor, dijo Edward Foreman con una sonrisa, seguiría siendo el sacristán de San Pablo.
Desconozco si Foreman seguía acudiendo a la iglesia de San Pablo y si dejaba buenas propinas en el cepillo. Si así era, supongo que el pastor no pondría reparos a las limosnas del buen Foreman.
viernes, 7 de noviembre de 2014
FOTOS DE INOCENCIO FERNÁNDEZ
En la reciente entrada de Inocencio Fernández, titulada “VISITA A CORIAS 22 DE OCTUBRE DE 2014”, Samuel
hizo un comentario en el que se suponía
que parte de los profesores de aquellos cursos, anteriores al Instituto
Laboral, fuesen los mismos que a partir
de 1957 nos dieron clase a nosotros. Nuestro amigo Inocencio nos ha enviado estas dos fotos de aquellos años,
una de las cuales, es precisamente el claustro de profesores. Es una pena que
el pie de la foto esté un tanto recortado pero se puede intuir el texto que falta. Yo al primer golpe de vista ya he reconocido a alguno. Espero que entre
todos reconozcamos a los que nos fueron comunes.
Muchas gracias, Inocencio
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