PRESENTACIÓN

Anualmente cuando nos reunimos los antiguos alumnos de Corias, bien sea en grupos minoritarios por promociones en diferentes lugares del Principado y alrededores, o de forma general en el encuentro de Corias a finales de cada mes de septiembre, siempre solíamos comentar al sentir la alegría de juntarnos de nuevo que, era una pena el que hubieran pasado tantos años sin comunicarnos y sin saber unos de otros.

Afortunadamente, en estos tiempos eso está subsanado gracias a los medios informáticos disponibles que tenemos a nuestro alcance. Aprovechando la oportunidad que nos brinda BLOGGER para poder crear un espacio cibernético común, en la nube, donde se pueda participar y expresar los recuerdos que cada uno de nosotros guardamos celosamente de aquellos años, es cuando surge el Blog de los antiguos alumnos de Corias.

Esta elemental presentación lo único que pretende y persigue es reavivar la amistad y la armonía que hemos trabado entre todos nosotros durante los años de convivencia en el Instituto Laboral San Juan Bautista de Corias y, que a pesar del tiempo transcurrido, aún perviven frescas en nuestro recuerdo.

Otro de los objetivos del blog es recordar y compartir las peripecias vividas por aquellos jóvenes que coincidimos bajo las mismas enseñanzas, disciplinas, aulas, comedores, dormitorios, juegos, etc., durante varios años en el convento de Corias y que aún las tenemos muy presentes.

La mejor forma que tenemos para rememorarlo es ir contando en este blog todos los pasajes que cada uno de nosotros recuerde, expresados con la forma y estilo propios de cada uno pero, siempre supeditados a los principios del buen gusto, el respeto y a la correcta educación que nos han inculcado los padres dominicos. El temario en principio aún siendo libre, sí debiéramos procurar en general, que tengan preferencia los temas relacionados con el colegio y su entorno, ya que es el vínculo y denominador común entre todos nosotros.

Como es lógico, cada colaborador es el único responsable de sus opiniones vertidas aquí en el blog; las cuales pueden ser expresadas libremente sin condicionantes ni cortapisa alguna por parte de la dirección; tan solo debemos atenernos todos, a las premisas mencionadas anteriormente del respeto y el buen gusto.

Una vez hecha esta breve presentación, se pide la colaboración y aportación de todos los antiguos alumnos pues, seguro que todos tenemos algo ameno e interesante que contar. Unas veces serán relatos agradables y divertidos, y otras no tanto; pero así es la realidad de la vida.

Al blog le dan vida una serie de antiguos alumnos que colaboran de forma fehaciente y entusiasta con Benjamín Galán que es el bloguero administrador. A este galante caballero el cargo de administrador no le fue asignado por méritos propios, más bien por defecto, de forma automática; simplemente, por ser el titular del blog. Pero podría delegar el cargo en cualquier otro colaborador que así lo deseara.

De antemano, muchas gracias a todos los participantes y colaboradores. Tanto a los antiguos alumnos y profesores que deseen intervenir, como a todos nuestros amigos lectores.

¡A colaborar y a disfrutarlo!

(21 de noviembre de 2009)

B. G. G. (BLOGUERO PRIOR)

sábado, 15 de noviembre de 2014

¡FUEGO!


“Al  español, cuando escasea el pan, lo primero que se le ocurre es pegar fuego a las panaderías. En España de cada diez cabezas, una piensa y los otras nueve embisten”. “Es español, el que, para su desgracia no puede ser otra cosa”.

La primera de las frases pertenece a Ortega y Gasset y fue escrita hace casi un siglo. Nadie duda, de que Ortega ha sido el intelectual más prestigioso que ha dado España en los últimos doscientos años. Libros como “La Rebelión de las masas” han sido traducidos a casi todos los idiomas del mundo. Ortega no era precisamente un hombre indocumentado y tampoco era un fanático de nada.
Yo admito que las frases citadas, son una caricatura, solo una caricatura, pero una caricatura al fin y al cabo. La caricatura siempre refleja los rasgos fundamentales de la realidad. Quiero decir que esa querencia al incendio seguramente es consustancial con nuestra idiosincrasia, con nuestros genes, con nuestro ADN.

Desde el año 1836 al 1936, España fue una continua hoguera: tuvimos cuatro guerras civiles, cuatro jefes del gobierno asesinados, un intento de asesinar al Rey, dos repúblicas, varias intentonas de golpe militar, más analfabetos en 1900 que en 1800 etc,  etc…

Yo, inocente de mi, creí que, definitivamente, toda esta triste realidad era algo del pasado. Pero no. Lo llevamos en la sangre, no hay modo de evitarlo. Desde el advenimiento de la democracia hasta hoy, creíamos vivir la realidad de lo que significan las palabras: libertad, democracia, partidos políticos, sindicalismo, progreso, etc…

Las palabras, todas estas palabras, no significan nada concreto, es puro nominalismo. Esas palabras son vividas en su plenitud y llenas de su mejor definición o son un puro engaño. Justicia, división de poderes, estado de derecho, etc,  pueden ser una simple burla o algo a un tiempo maravilloso e imprescindible en un país.

Confieso mi decepción, que comparten conmigo multitud de españoles, tristemente una dolorosa realidad.

Debe de ser que los hispanos, para su desgracia, tienen una irremediable vocación de incendiarios. La historia de España y la historia de los países Iberoamericanos es un continuo desfile de despropósitos, de alucinaciones, de adhesión a utopías baratas.

La utopía es por definición, algo irrefutable. Lo malo que tienen las utopías es que, como las pistolas, las carga el diablo (comunismo y nazismo).

¿Cuándo si es que, alguna vez lo conseguimos nos percatemos los españoles de que todas esas realidades que antes citaba se consiguen siempre día a día, mes a mes, año a año y nunca son perfectas?

¿Cuándo dejaremos de seguir en actitud borreguil e irreflexiva al primer salvapatrias de mercadillo que se nos presente cuando las cosas van mal?

Definitivamente soy pesimista. Y ya sabéis que un pesimista, es un optimista bien informado.
Bien. Hala amigos, corramos tras el último utópico y el último salvapatrias, cojamos la antorcha para empezar a pegar fuego a la patria.


Pepe Morán. Dominico-ex

viernes, 14 de noviembre de 2014

Una vuelta por El Pardo


El otoño, fiel a la cita de todos los años, sesteaba sobre Madrid. Como un etéreo gigante alargaba indolente sus manos; con una sujetaba lánguidamente el calor del estío mientras la otra ofrecía tenue resistencia a la llegada del invierno frío. Nada que ver con la otra estación del año rival suya en la disputa de las siempre efímeras bellezas. La primavera en Madrid es una alocada doncella que, pletórica de vida y flores, parte rauda desde el gélido frío para entregar sus encantos, pronto marchitos,  al abrasador sol de verano. Todo ello en el tiempo que dura un suspiro.
La pugna se repite año tras año; la primavera, lujuriosa, alarga los días, el otoño, recatado, los recoge

Aunque ambas estaciones resultan igual de gratas, tal vez sienta predilección por esta última, magnífica para disfrutar de cualquier lugar en el que uno se encuentre. Las retinas conservan prendidas imágenes de paisajes cuyo recuerdo siempre invita a volver.

En los alrededores de Madrid, por los cuatro puntos cardinales, abundan los rincones llamando a perderse en ellos. Además de los propios madrileños, no por tantas veces desconocidos menos impactantes, están al alcance de la mano los campos castellanos. Campos pálidos de rastrojos ociosos en espera de simiente para hacer germinar el trigo haciendo vivo contraste con los tonos ocres de las tierras recién desveladas por la reja de un arado. Por las riveras, en otoño, llamaradas amarillas devoran el verdor de las alamedas.

Sin embargo, debo admitir, existe un lugar a las mismas puertas de Madrid que nunca, en ninguna de las estaciones, fue santo de mí devoción. Escasas fueron, en los cincuenta años que llevo viviendo en esta ciudad, las veces que estuve allí. Me refiero a El Pardo.

Cierto que recién llegado de Asturias solía, en verano, ir algunos fines de semana a sus inmediaciones, a las piscinas del Parque Sindical- también llamado entonces en castiza resistencia al Régimen “el charco del obrero”- para darme un chapuzón, o, en contadas ocasiones, a las más elitistas, en aquellos años, piscinas de Somontes con el mismo fin. Este último complejo deportivo comparte acceso desde la carretera de El Pardo con del Palacio de la Zarzuela, residencia oficial de los Reyes. Solo el primer tramo de acceso es compartido, después el Manzanares y muchas cosas más los separan.


 Con posterioridad a aquellas andanzas acuáticas solo me aventuré por El Pardo para dar algún paseo por las zonas libres del Monte, o por compromiso con compañeros de trabajo, a comer o tomar algo, casi siempre en la terraza de El Cristo. Por cierto quienes la llevaban, no sé si ahora la llevan, eran asturianos, de la zona de Cangas y parientes de familiares míos.
En esas contadas ocasiones  siempre procuraba pasar de largo ante Palacio,como mucho mirando hacia él solo de reojo. Incluso años después de la muerte y posterior desalojo de los allegados del infausto inquilino.

Hasta este otoño en el que, al fin, despojado de escrúpulos y  con ánimo dispuesto decidí visitar el Palacio de El Pardo. Un lugar que durante largos años concitó oleadas de temor o veneración.

Era un radiante día de mitad de semana el elegido. Buena ocasión para cerrar una de las más inquietantes puertas de un ya imposible retorno al pasado.

  El  pueblo de El Pardo, - se suele llamar así aunque desde hace muchos años forma parte de Madrid - a pesar de las horas transcurridas desde que la noche había sido rasgada por el día, permanecía bajo el quedo silencio de pueblo dormido, y, al acceder al recinto, se recibía una primera y agradable impresión por la limpieza y cuidado de accesos y jardines, algo inusual en los últimos tiempos por Madrid y sus alrededores, incluida la zona abierta al público del cercano Monte de El Pardo. Brigadas de trabajadores recortaban setos, podaban y recogían hojas y ramas.
 No parece, sin embargo, resultar muy atractivo este Palacio para turistas y madrileños en general; éramos solo cuatro los que esperamos para entrar y cuatro fuimos los visitantes.

Las visitas, previo pago de la correspondiente entrada - 9€ la normal y 4 la reducida- son acompañadas. En nuestro caso  por una guía eficaz y sobria que relataba las vicisitudes del lugar ciñéndose a la historia y huyendo de anécdotas folclóricas, tan usuales en otros lugares visitados.

 El Palacio de El Pardo, aunque sea más conocido por haber alojado a Franco durante 35 años, atesora más de seis siglos de historia. Su origen estuvo en un pabellón de caza mandado construir por el rey Enrique III a comienzos del siglo XV. Sobre ese pabellón, a mediados del XVI, Carlos I y su hijo Felipe II  hicieron levantar el llamado Palacio de los Austrias, a él corresponde el primer patio. Posteriormente por mandato de Carlos III - en su empeño por trasladar reflejos de Versalles a sus Reinos, testigo es Caserta y otras múltiples edificaciones - se edificó el Palacio de los Borbones, en él tiene cabida un segundo patio. Ambas construcciones, formando un mismo cuerpo, es lo que se conoce por el Palacio de El Pardo.

La visita comienza en el patio de los Austrias. Los dos espaciosos patios fueron cubiertos no hace muchos años por una burbuja de cristal térmico y en la actualidad son utilizados para celebrar banquetes de alto nivel. Por regla general el de los Austrias es utilizado para la recepción de invitados y en el de los Borbones se instalan las mesas dónde  sirven el ágape. Uno de los banquetes más sonados de los últimos años tuvo lugar con motivo de la petición de mano de la futura reina Leticia por el entonces príncipe Felipe. Según la prensa dada la numerosa afluencia de invitados fue necesario montar mesas en los dos patios. Eran los dulces años de bonanza económica y  barra libre.

Se asciende a la planta superior de los Austrias por una amplia escalinata. Del mobiliario y obras de arte originales quedan escasos vestigios. En el año 1604  un pavoroso incendio destruyó todo el interior. Sí se conservan, en uno de los techos, valiosos frescos, obra de Gaspar Becerra. También se salvó la pintura de Tiziano “La Venus de El Pardo” Cuentan que Felipe III al ser informado de esto había exclamado: Si se salvó ese cuadro lo demás no importa.

Este valioso cuadro tiene una tortuosa y ajetreada historia que podría ser la trama de una novela histórica. Años después del incendio Felipe IV lo regaló a Carlos I de Inglaterra. Después de que este rey inglés fuera ejecutado se hizo con la pintura el cardenal Mazarino. A la muerte de éste sus herederos se la regalaron a Luis XIV. Desde entonces, Revolución Francesa por medio, pertenece a las colecciones francesas. Hasta hace pocos años -fue retirado para someterlo a una compleja restauración - compartía sala en el Louvre con La Mona Lisa de Leonardo. Está previsto que vuelva a ser expuesto a lo largo de este año.


Las salas de los Austrias están lujosamente equipadas con mobiliario de los siglos XVIII y XIX, sus vitrinas albergan  vajillas manufacturadas por las firmas más prestigiosas de Europa, también de  La Real Fábrica del Buen Retiro. De La Granja son las lámparas, espectaculares y armoniosas cascadas de cristal, que cuelgan de los techos. Relojes, muchos relojes de época, según parece a Carlos III le apasionaban aquellos ornamentados medidores de tiempo. Valiosas pinturas de autores españoles y flamencos y magníficos tapices colgados en las paredes. En ellas lucen espléndidos, sin nada que envidiar a los tan afamados flamencos que allí también existen, cinco series de tapices elaborados por La Real Fábrica de Madrid sobre cartones de Goya. Cartones que en la actualidad se encuentran en El Prado. Goya vivió en El Pardo, no en Palacio, buena parte de su vida.

Está prohibido hacer fotos dentro del Palacio, éstas fueron tomadas de la Red

Por las estancias de los Austrias nada recuerda al franquismo. Su rastro solo aparece al llegar a la zona más sombría de los Borbones. Si bien tampoco de forma muy visible. La Ley de Memoria Histórica ha sido aplicada con rigor, con la ayuda previa me temo  de su inquilina, tan conocida como mujer del dictador como por su atracción hacia los objetos de valor. Con acierto no se muestran fotografías, tampoco objetos personales, que pudieran incitar a un ya minoritario culto.

A esta parte del Palacio se accede a través de un salón ricamente decorado, antiguo comedor real. Pinturas, espejos y lámparas de la Fábrica de la Granja adornan techos y paredes. Una larga mesa rodeada de sillones tapizados en rojo es ahora recuerdo mudo de los Consejos de Ministros de Franco. Era en torno a esa mesa donde se celebraban. A quienes tenemos más de sesenta años nos basta cerrar los ojos para ver las caras, fantasmas del pasado, de muchos de los que allí se sentaron.
 Se visitan otras dos estancias, aledañas a este salón, dedicadas a la actividad oficial de aquel Régimen. Una, también lujosamente decorada, estaba destinada para sala de espera de los ministros que acudían a Consejo y demás prebostes  que aguardaban audiencia. La otra, más pequeña, era el despacho de Franco. Mirando al sillón situado tras el imponente escritorio no resultaba difícil imaginar la figura menuda y decrépita, a menos de dos meses de su muerte, empuñando la pluma con mano temblorosa para estampar su firma y confirmar así otras cinco penas de muerte.

Solo dos de las habitaciones privadas de la familia Franco, además de un vestidor con algunos uniformes del extinto general, se ofrecen a la visita; el comedor y el dormitorio. La decoración en éstas no es tan recargada, resulta evidente que todo lo  de valor atesorado durante el largo periodo de estancia se lo llevaron. Es perceptible la mano de la, durante aquellos años,  señora de El Pardo, a sus gustos parecen  corresponder las paredes forradas de seda verdosa, las camas o el baño.
El dormitorio usado por el matrimonio Franco-Polo dispone de dos camas gemelas - camas de orden, para dormir, no es imaginable, menos en su edad tardía, que en ellas se celebrase algún tipo de juego amoroso - y un amplio baño recubierto, suelo y paredes, de piedra noble color marrón- rojizo según me parece recordar. Tanto  dormitorio como baño tienen aspecto de casa burguesa años sesenta del pasado siglo con ribetes de pretendida nobleza.
El dormitorio no tiene ventana o balcón a los jardines exteriores, se asoma a un patio interior, el de los Borbones, y le confiere una atmósfera un tanto sombría.
 Todo el recorrido de la visita se realiza en medio de una penumbra mitigada por luz artificial, las contraventanas permanecen entornadas permitiendo solo el paso a un fino rayo de luz natural. La explicación es preservar el color de los tapices. Sin embargo esta circunstancia me recuerda algo  leído en alguna parte; la extrañeza expresada por el embajador británico después de ser recibido, la primera vez, por Franco en este palacio después de la guerra. No comprendía que la audiencia se hubiese celebrado con postigos cerrados y luz encendida en un luminoso día soleado. Al embajador siempre le quedó la duda de si esa circunstancia se debía al deseo de proteger los tapices o al temor del anfitrión a algún otro peligro exterior. Claro que mantener los ventanales cerrados puede obedecer a una tradición antigua. Al ser éste lugar ideal para que los reyes retozaran con sus amantes, como parece que así era, en la medida en que fueran un poco discretos, no siempre lo eran, tomarían unas mínimas precauciones.

 Algunos de los objetos o muebles usados por el matrimonio, no rapiñados por la familia o vendidos a un chamarilero,que permanecen en el dormitorio llaman la atención; un televisor, tal vez en blanco y negro, instalado dentro de un mueble con puertas y ruedas, un aparato de radio, al parecer de largo alcance y fabricación soviética, y, sobre todo, un mueble relicario adosado a una de las paredes dónde guardaban el brazo incorrupto de Santa Teresa.
Ante la hornacina de la reliquia, por fortuna ya vacía, vienen a la memoria los acosos y abusos sufridos por esa inteligente e ilustrada mujer. Adelantada a su tiempo en opinión de documentados historiadores. Acoso y abuso perpetrado por el mismo poder eclesiástico que después la elevó a los altares. Acoso en vida por parte de altos dignatarios de la Iglesia persiguiéndola con la Inquisición y tachándola de “fémina inquieta y andariega” , entre otras peores cosas. Abuso  tras su muerte, cuando descuartizaron su cadáver para repartir las partes del cuerpo por conventos de España y del extranjero, en un ritual mucho más cercano al atavismo supersticioso que a una práctica religiosa civilizada. Sin pretender entrar en camisas de once varas, y desde el respeto a las creencias de cada cual, intuyo compleja la tarea de lograr hacer consustancial la veneración practicada hacia un ser supremo, sobrenatural y la dispensada a un inerte resto humano.

Contigua a ese dormitorio se encuentra una pequeña capilla. Es la habitación donde murió Alfonso XII y que su mujer, María Cristina, transformó en oratorio. Cuentan que Franco la utilizaba con asiduidad.
Próximo también el Teatro de Corte de influencia napolitana. Conserva éste gran parte de sus decorados y  el palco real. Franco lo hizo habilitar para sala de cine, dicen que solía ver dos sesiones semanales, la última a finales de octubre de 1975, a menos de un mes de su muerte. La película, ironías de la vida, llevaba por título el Veredicto.De sus gustos como cinéfilo circularon abundantes, algunas jugosas, anécdotas.

Buena parte de la zona de los Borbones  está en la actualidad dedicada a residencia de Jefes de Estado extranjeros en visita oficial a España. Pocos días después de nuestra visita se alojó allí la presidenta Bachelet. De ese área solo se visita un espacioso salón- recibidor. Tiene apariencia un tanto suntuosa, como un cinco estrellas al que se nota  la huella del tiempo y ya va requiriendo una remodelación para continuar dándole ese uso.

Salimos después de echar una ojeada a la Iglesia que se encuentra en el acceso al Palacio. Solo estaba permitido contemplar su interior desde la entrada.
El día otoñal continuaba espléndido. Invitaba, tras la obligada visita a La Casita del Príncipe, a adentrarse por la zona abierta al público del Monte de El Pardo para atisbar, aunque fuera de lejos, la riqueza de flora y fauna que atesora, también a sentarse  y tomar el aperitivo en una de las soleadas terrazas del pueblo  mientras se decidía un lugar adecuado para reponer fuerzas con la comida de mediodía.

Pero contar todo eso tendrá que esperar, hasta aquí ya me alargué demasiado.

… ¿CONTINUARÁ?

Ulpiano Rodríguez Calvo 

martes, 11 de noviembre de 2014

VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA * (Con la venia de J. Verne)



                    
                                                   Por  jrFRANCOS  **

NOTA (preliminar).-Pudiera haber escrito este reportaje desde un punto de vista más objetivo, más distante y técnico. Pero tanto como informar he querido haceros partícipes de mi filosofía sobre los viajes y también dejar asomar sensaciones y emociones. Por eso es personalista, porque me he metido dentro.

      Era una de los viajes que tenía pendientes desde hace años. Y por fin  el sábado 8-11-14 lo realicé. ¿A donde? A las Cuevas de Fuentes de León, 56 kilómetros, hacia el suroeste de Badajoz.
     
     Hay gente que se hace grandes viajes a lugares exóticos a base de muchas horas de vuelo e incluso transbordos. Y también  de cartera . Unas veces organizados por agencias y otras de programación propia. No voy a negar que tal vez me gustaría hacerlos,   pero   como no los hice  -cuando era joven y derrochaba deseo de aventura por todos y cada uno de los poros de mi piel-  (un solo sueldo y cuatro niños que "comían" como limas tienen algo que ver en ello), ni los hago (porque como decía aquel: "ahora que sé hacer el amor no tengo con quien", léase, ganas de viajar, aunque puedo), por eso digo "tal vez". (De hecho pude ir a Las Vegas, a gastos pagos sin límite de tiempo, donde mi hija trabajó durante tres años, y no fui). He ido, eso sí,  dos veces a Marruecos por varios días, otras dos  a Gibraltar y mucho a Portugal, país que me gusta, habiendo entrado por vez primera en en 1989 por el río Guadiana a borde de una piragua y cámara en ristre con ojo avizor. Una singularidad de la que no todos pueden presumir.

     Más de una vez me he preguntado por qué esa inercia mía de salir al extranjero. Tal vez si una compañía me hiciese un poco de lazarillo, empezando por decirme cuántos calzoncillos, camisas y pantalones debo meter en la maleta y no arrastrar auténticos baúles de los que la mitad no te  pones, como me sucede, y se metiese en internet para sacar los billetes de avión con antelación para coger las mejores ofertas y se encargase de conducirme por ese maremagnun que se da en todos los aeropuertos, donde muchedumbre y pantallas luminosas me emborrachan, así como de buscar hoteles y demás, pues no voy a decir que tirase del carro, pero sí que no pondría palos en la rueda. De hecho soy una persona curiosa con el saber, y viajando se aprende mucho; soy una especie de esponja que me gusta preguntar y enterarme, tanto que más de una vez me tomaron por periodista realizando algún trabajo de campo o policía investigando.

     Por si alguien piensa que soy un "zuño" apegado a su madriguera, se equivoca. Mi familia, mujer y cuatro hijos,  fue de las primeras, por no decir que la primera -a juicio de mis hijas que sabían lo que hacían los padres de sus amigas, gente de posición saneada- en salir de camping, incluso con niños en cuna, hace más de treinta años. Así recorrimos, los seis más un perro (Neva, recogida de la calle) el del Puerto de Santa María, Caños de Meca y el de Chipiona (Cádiz) el camping Cata-Pun en el Andévalo (Huelva), el de Proserpina en Mérida (Badajoz) y los campings de El Brao en Llanes y el Costa Verde en Lastres (ambos en Asturias). Y varias veces uno que está a cinco kilómetros de Melides (Portugal), entre un pinar y cuyo nombre no recuerdo. Todos en la costa, menos el de Proserpina que está junto a un lago artificial. Turismo barato, sí,  pero de gran calidad ambiental, de grandes posibilidades de relaciones humanas con los otros campistas,  y aventurero y viajero. Es decir, que entrenado estoy, a lo que añado que viajé mucho por España en auto-stop. Pero al extranjero, no. Bueno está. 

     Los viajes que sí me gustan son aquellos de pocos días a rincones de la Iberia, fuera de los circuitos turísticos y que me suponen un desembolso mínimo. Me revienta el hígado que me estafen cobrándome tres euros por una caña y veinte por un plato de jamón ibérico, cuando en mi entorno habitual sacio mi sed y hambre con la tercera parte: una caña un euro, plato de jamón ibérico, ocho.
    Es que eres de la cofradía del puño. El dinero es redondo para darle curso, para rodarlo. No, no;  no te confundas. Precisamente los que tienen es porque no lo derrochan, saben administrarlo y no caen en las garras del préstamo.

    De Picasso, al decir de un enmarcador de cuadros, conocido por haber trabajado para pintores de renombre,  en un artículo sobre cuestiones que hay que tener en cuenta a la hora de escoger un marco para una pintura, era de los que "miraba mucho por la peseta", yéndose siempre a los más económicos. Y el multimillonario... (¡ay, me patina la memoria!)..., instaló en su mansión teléfonos de meter moneda, para que sus múltiples amistades y visitas no le engordaran la factura del teléfono. Ambos vivieron bien (Picasso en lo carnal incluso fue de unos brazos de mujer en otros) y al morir dejaron una fortuna.

     Pues en esa línea de viajes que a mí me gustan y que en términos militares habría que decir que no son los propios de soldado de batallas que duran días,  sino miembro de un comando que da golpes de mano tipo relámpago (entiéndase el símil),  estaban algunos de los que publiqué aquí en el Blog, como Turismo y gastronomía por la Raya (la frontera con Portugal), Por las Rutas del bajo Guadiana (Mértola-Ayamonte) , Alcantilados, Cuevas y Turismo de alpargata en Portimao, Parada y Fonda en Pola de Allande (que recuerdo tuvo muchos comentarios), y algún otro que se me escapa, viajes de dos, tres, cuatro días a lo sumo.

     Hoy voy a hablaros del viaje cultural que un grupo de gente de Zafra, al que me sumé, hizo a las Cuevas de Fuentes de León, población de unos 2.500 habitantes fundada por la Orden de Santiago.
     El aglutinante y la iniciativa partió de José Antonio Amador Redondo, un inquieto investigador y "pateador de la naturaleza", como él mismo se define, con varios libros escritos, de los cuales tengo dos dedicados. Nos conocemos desde que enseñó a nadar a mi hijo... que ya pasa con creces de los treinta años. Miembro fundador del G CAEM de Zafra (Grupo Cultural de Arqueología, Espeleología y Montaña), en 1985, quienes desde entonces y durante cinco años exploraron, fotografiaron, filmaron y estudiaron estas cuevas cuando tenían que ir con machete en mano y canoa inflable y cuerdas para descolgarse, pues estaban solo localizadas, no acondicionadas como ahora para recibir a los visitantes.

     Este hombre se conoce todas las cuevas de España, incluida la que descubrió ahí en Asturias nuestro compañero cauriense Tito Bustillo y que lleva su mismo nombre. Y la de Valporquero en León. Y la de... Sentí un poco de vergüenza porque esas son dos que tengo ganas de visitar y que no he hecho pese a tenerlas a mano (la primera está a pocos kilómetros de Oviedo, donde me quedo, y la otra la veo anunciada en una desviación de media hora cuando subo a Asturias). Solo cuento en mi haber de visitas a la de Nerja (Málaga) y a la llamada "gruta de las Maravillas" o Gruta de Aracena (Huelva). Bueno también entré en la Cueva de Montesinos, en Ruidera (Ciudad Real), hace más de treinta años, nombrada en el Quijote. Y si una mina de carbón es una cueva, que lo es, durante un año, de lunes a viernes, bajé hasta la cuarta planta de la mina "Tres Hermanos" en Armayán, concejo de Tineo (Asturias).

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     Las Cuevas de Fuentes de León son varias, y serán aún más cuando se acondicionen para ser visitadas. Nosotros lo hicimos a tres. La primera, Cueva del Agua, así llamada por el lago que tiene al fondo, tiene interés  espeleológico, arqueológico (por los restos encontrados) y Zoológico, en concreto en la rama denominada Quiroptorología, por la colonia de miles de murciélagos que alberga.                 
     La segunda, denominada Cueva de los Postes, por las columnas que a veces en forma de portería presenta, tiene interés arqueológico. A parte de huesos largos que se ven asomando en el tajo de las excavaciones, tiene un cuenco romano del siglo I calcificado.  
     
     Con los  estratos y restos hallados en estas dos cuevas,  los investigadores trazan el mapa de la flora y fauna de hasta nueve mil años a. de C., así como de los seres humanos que las habitaban. Por ejemplo, se han encontrado restos de pino piñonero negro, propio de zonas frías, lo que lleva a deducir que la Iberia de entonces estaba sometida a un clima riguroso. Por eso sus gentes y en concreto los de estas cuevas, ante la dificultad de encontrar alimentos con la generosidad que se darían en un clima más benigno, no perdían puntada, practicando la antropofagia, es decir, se comían a sus muertos. (El canibalismo, y conviene establecer la diferencia,  es la acción de matar a un semejante, y enemigo, es de suponer, porque sino, malo, para comérselo).
     Algo curioso encontrado y que sirvió para determinar aspectos de su cultura médica, fue un cráneo bastante deformado, con la frente huida y un agujero. Convinieron los investigadores que ante alguna enfermedad, esa persona llevaba  como una especie de turbante de piel (tenía que ser piel de los animales que cazaban, ya que aún no se había inventado la tela) comprimiendo el frontal contra en occipital. (A una de mis hijas, la melli, que nació con la cabeza ahuevada, le pusieron una especie de gorro durante unos peses para redondeársela). Y para que saliesen los malos espíritus, tal vez, le habían hecho una trepanación, pues presenta un agujero. ¿Y los chillos de dolor, hasta donde se oían?, pregunté yo. Y José Antonio Amador, me dice: "Los anestesiaban dándoles a comer o beber brebajes de plantas alucinógenas, como por ejemplo...". Vaya, me vuelve a patinar  la memoria y no la recuerdo en español, pero  en portugués si: la Figueira do Inferno, que habréis leído en la prensa que hace poco salió la sentencia contra unos jóvenes que dieron de beber a otros ese mismo brebaje y se pusieron a morir.
     También se han encontrado restos de animales que aún existen hoy en día y de otros que están extinguidos.
     En fin, que estas cuevas, que reutilizaron romanos y gente más recientemente, donde hicieron fogatas que ennegrecieron el techo, constituyen un laboratorio para los investigadores del pasado de la especie humana.

     Cada vez que estoy en un lugar con peso de pasado, como unas cuevas de éstas, un castillo, el lugar donde tuvo lugar una batalla, etc. me gustaría tener un caleidoscopio para viajar en el túnel del tiempo y sentado en una atalaya contemplar como era la vida o la acción de aquellas gentes o hechos. ¿Quién no pagaría por ver cómo fue la batalla de Covadonga, el gesto del rey visigodo Guzmán el Bueno arrojando el cuchillo para que matasen a su hijo, cautivo de los invasores musulmanes, si no entregaba Tarifa... o el grito de Fabila, hijo del rey Pelayo, cuando se lanzó cuchillo en mano contra aquel gran oso que lo terminó matando? 
     Igual deseo me asalta cuando alguien interesante me cuenta algo de su vida y sospechas que se calla otra mucha. Me gustaría también ahí tener el ojo de Gran Hermano proyectado a su pasado y husmear en su vida. Pero eso entraría dentro de la invasión de la privacidad de la persona. O sea, puro morbo, puro alcahueteo. Pero, ¿quién no pagaría, y probablemente la cotización estuviese más alta, por ver cómo fue la noche de bodas de Aznar y Ana Botella, el momento en que Rodrigo Rato se gastaba unos milejos de euros comprando no sé qué con la tarjeta oculta de Bankia o las miradas de soslayo de Franco, cuando Evita Perón visitó España y de quien, según una amiga mía argentina, se enamoró?
     
      Para el final, la guía, una chica muy linda que hablaba con una finura que no es propia del extremeño (su padre, me dijo, era... de no recuerdo qué país, donde se crió y pasó muchos años), y a quien me empeñé en llamar Sidney hasta que me corrigió, con invitación amable de que visitase al otorrino, pues ella había dicho que se llamaba Sindy, nos llevó a la cueva de matrícula de honor, denominada Cueva de Masero. La supercueva,  que no envidia en nada a las dos que dije conocía. Es más, en algunos aspectos las supera. A parte de las estalagtitas y estalamitas y las columnas y las banderolas dentadas, los gour, marmitas y pisolitos (las llamadas perlas de las cuevas), tiene formaciones y en cantidad que yo no había visto nunca ni siquiera sabía que existían, como banderolas dentadas y alas de mariposa que penden del techo. Y también tiene una geoda, que es como una hornacina donde están presentes todas esas formaciones artísticas y caprichosas que he mencionado. Es el bonsai de la cueva. 
     Una maravilla, en suma, que incrementa su encanto cuando la guía de nombre parecido al de la ciudad australiana apaga la mayor parte del alumbrado y lo deja reducido al mínimo para poder contemplar cómo,  todas aquellas estalagtitas y estalagmitas y demás en forma de flecha o de punta de lanza o de verga de toro o de pene o de cabeza pelada o de dedo o de gato negro (proyección de una sombra) o de ... qué se yo: la imaginación se puede echar a volar y encontrar mil parecidos. Pues cuando Sindy alias "Sidney" hace un medio apagón, esas esculturas calcáreas de la naturaleza y los milenios se dejan ver cual luciérnangas. Son fosforecentes. Ganas dan de ponerse de rodillas y con las manos en postura beatífica hacer aquello que no haces por mucho que desde púlpitos te prediquen: orar.

     Tras más de tres horas viajando al centro de la tierra, en el bar que hay allí mismo -donde una caña vale un euro, un café un euro, una copa de vino de marca un euro, parece el bar del todo a un euro -, compramos la bebida y en las mesas del merendero que tiene bajo encinas tiramos de mochila: bocadillos -cada uno el suyo-,  pero a partir de ahí, el chocolate, los higos pasos, las nueces, el turrón... todo para todos. Ya sé que hijosdeputa los hay hasta en los confesionarios, pero la experiencia me enseña que la gente que anda en bicicleta por la ciudad, villa o pueblo (pudiendo hacerlo en el autobús), hace senderismo (pudiendo ir en coche), acampada (pudiendo dormir en hotel);  la gente que anda por la naturaleza (pudiendo andar por las calles mirando escaparates), pues esa gente suele ser gente sana de espíritu, que es tanto como decir noble y compañera. O cuando menos es una gente que tiene otra concepción y filosofía de la vida, lo cual la hace muy interesante.

     Para remate visitamos el castillo de Segura de León, allí cerca, en perfecto estado, por cuyos muros almenados hicimos la ronda del vigilante disfrutando de unas estupendas vistas.

     Un buen día, donde lo único en contra fue el sol, que se dejó ver poco. Y todo por cuatro euros para gasolina al que ponía el coche, más uno de una caña y otro de un café al del bar. Y otro más para poder acceder al castillo. Total, siete euros. Rajoy, no nos cuentes milongas sobre la salida de la crisis y los brotes verdes. Con nosotros, ni en tres legislaturas. 
     Me encantan estos cortes de manga al consumismo.

     De lo que acabo de decir sobre la gente que vive de otra manera, es elocuente este intercambio de guasas que tuve con una amiga, ya de noche en casa, y que después del viaje fue a visitar a un familiar muy directo que permanece en cama aquejado de una enfermedad incurable.  Yo le pregunto qué tal después de la visita, si le afectaba mucho el ver a un ser querido enfermo. Y me contesta: "Pues ya menos, hasta al dolor se termina acostumbrando una y lo voy llevando. Además he pasado un día muy agradable. Me habéis parecido unas personas maravillosas y espero no perderme ninguna excursión".

     Pues nada, amiga, nos vemos ya mismo en  el Torcal de Antequera (Málaga), que aunque lo conozco, sus caprichosas y fantasmagóricas rocas calizas del Cámbrico en forma de torrecillas con abundantes fósiles marinos incrustados; como un museo al aire libre de catedrales a cual más artística, donde las cabras monteses te comen casi de mano, como sucede también en la Peña de Francia. Pues aunque lo/la conozco, merecen una segunda visita. Y al retorno,     Estepa ( Sevilla), la capital del polvorón y otros dulces navideños, para aprovisionarse. Que la Navidad ya está ahí. Y si no nos habíamos dado cuenta, pasear por Badajoz, que ya luce desde hace días alumbrado. Gastad, gastad malditos, que diría Sidney Polack en versión baile en su famosa película.


* Este reportaje aparecerá también en el periódico digital ww.lagacetaindependiente.es en el plazo de una-dos semanas.

** José Rodríguez Francos "jrFRANCOS"  fue profesional de la enseñanza (E.F. y Dibujo). Fotógrafo de la Naturaleza, con cuatro exposiciones itinerantes en su haber, trabaja la fotoliteratura. La escritura es una de sus aficiones. Nacido en Asturias, vive desde 1974 en Los Santos de Maimona (Badajoz).

domingo, 9 de noviembre de 2014

Los dibujos de Longinos: "El 9N"


SINDO, MEMORIAS DE UN CABALLO (I)


1950. Cuando el dueño de la fábrica de gaseosas se sumergió definitivamente en las tinieblas del alcohol, su caballo de reparto, Sindo, comprendió que había llegado el momento de que él se hiciera cargo de la empresa.  En realidad, Sindo llevaba una temporada constatando que su dueño estaba lejos de poder controlar el negocio, inevitablemente se dormía y el pobre caballo nunca sabía en qué bar del camino tenía que parar para dejar mercancía y en qué bar no.

Sindo había tenido un empleo anterior a este, con seis años estuvo trabajando ya en una mina acarreando vagonetas con material para llevarlas a una escombrera que estaba a trescientos metros. No era un trabajo que le gustara, más bien todo lo contrario, pues era tratado con una detestable rudeza, a gritos, blasfemias y latigazos innecesarios. No era feliz en ese empleo, cuando en la mina lo pusieron a la venta, nadie reparaba en él, porque hay que reconocerlo, su aspecto era de lo menos atractivo que cabía esperarse de un caballo. Tenía una oreja caía, la derecha, de tal manera que parecía no tener más que una oreja. El belfo era más, lo que daba a la cabeza unas proporciones casi ridículas. Le habían recortado el rabo. Su color andaba entre el blanco niebla y el blanco humo. Varios chafarrinones negros cambiaban el blanco por el negro en forma caprichosa en su piel.

¿Por qué Nemesio, el duelo de la fábrica de gaseosas se fijó en él? Nemesio era un hombre joven, jovial, bien humorado, afectuoso y cabe pensar que por una secreta empatía intuyó que aquel esperpento de caballo habría de tener, por fuerza, algún valor que compensase su extravagante figura. Y no se equivocó. Sindo aprendió en tres o cuatro días cual era su nuevo oficio. Cada mañana cargaba en carromato, tipo oeste, varias cajas de gaseosas y solía recorrer un día hacía el norte, al día siguiente hacía el sur, al siguiente hacía el oeste, quedando así la tarde del sábado para repartir dentro del pueblo. Aunque el tráfico rodado era casi inexistente Sindo comprendió que él debería circular siempre, sin excepción, pegadito a la derecha, sin meter la rueda en la cuneta. Paraban en los bares que habían hecho un pedido. El dueño del bar salía con una caja de botellas vacías y la cambiaba por otra caja de botellas llenas.

De un gancho que había a la derecha, en el interior del carromato sacaba un albarán que, tras firmarlo, incrustaba en un gancho paralelo que había a la izquierda. La mayor parte de las veces Nemesio no controlaba el trueque, pues dormía plácidamente.

Cuando a las diez de cada mañana se iniciaba la ruta de reparto, Nemesio ya había ingerido el suficiente alcohol que, sumado al del día anterior, le inutilizaban para cualquier labor.

Sindo empezó a ganarse la admiración de la gente. Todo el mundo empezó a percatarse de que en realidad era él solo quien hacía el reparto, era él quien tras cada parada recibía un manotazo cariñoso en su anca, aceptaba un pedazo de pan y oía decir “Tira Sindo” y Sindo seguía hasta el siguiente bar y luego hasta el siguiente y hacía todo el recorrido hasta que por no haber más bares a la derecha daba la vuelta y empezaba a despachar a los bares que antes había dejado a su izquierda.

La fama del caballo fue progresivamente extendiéndose por toda la comarca, él recibía orgulloso, pero sin pizca de vanidad, los saludos cariñosos de todo el mundo “Hola, Sindo”, “Muy buena, Sindo”, “Así se hace, Sindo” “Tú sí que sabes, Sindo”.

Esto colmaba su felicidad, pues, aparte de lo poco oneroso de su trabajo, hizo que se reafirmara en su autocomplacencia y en la tranquilidad de verse en un trabajo en el cual se ganaba cómodamente la vida.

Por las tardes y noches le tenían en una pomarada al borde del pueblo, que tenía un tendejón, donde Sindo se recluía si llovía mucho. Era sin duda alguna un caballo feliz.

Cuando cundió la noticia de que era el caballo quien hacía el reparto, él solo sin ayuda de nadie, la admiración ya no tuvo límites, era motivo de conversación por todas partes, y la gente sentía una admiración y un afecto espontáneo que les movía a tratar al caballo como si este fuera un poco patrimonio de todos. Era el orgullo de la comarca.

La esposa de Nemesio aceptó de mal grado la nueva situación, y no dejó de temer que las autoridades lo llamaran al orden, por encomendar a un equino la tarea de reparto.

De hecho, la mujer, se presentó en el cuartel de la Guardia Civil, a comunicarles que era el caballo, él solo el que andaba por las carreteras.

La Guardia Civil, estaba al cabo de la calle y no pensaban intervenir, porque eran conscientes de que el riesgo era mínimo, sin embargo, le dijeron a la señora, que consultarían con autoridades superiores para ver si la situación tenía algún viso de ilegalidad.

La dueña no volvió a recibir ninguna información de la Guardia Civil y pensó que, quién calla otorga,  y que aquello era un silencio administrativo. Así transcurrieron varios meses en las que la empresa cargaba a hombros de un solo empleado, un chicuelo de unos dieciséis años y sobre el caballo. En realidad, nadie más era indispensable. La fábrica ocupaba el bajo de un edificio de dos plantas, con una superficie útil de unos ochenta metros cuadrados, el método de producción era del más puro Taylorismo, es decir, una plasmación mínima pero perfecta de las doctrinas del americano Taylor, según las cuales es necesario coordinar tiempos y espacios para multiplicar la eficacia del trabajo. Disponían de una cadena sin fin en la que, a la derecha se alineaban las botellas vacías que en fila de a uno, iban recorriendo la cadena, hasta llegar a un punto en el que todos hacían cuatro paradas consecutivas, la primera, para recibir el edulcorante (naranja, limón o simple azúcar) luego paraban para rellenarlas de agua, más tarde paraban para recibir el agua y finalmente paraban para el tapón.

Continuaban luego por la izquierda y volvían al sitio de partida, donde el muchacho, Piru, colocado estratégicamente atendía a la derecha para colocar botellas vacías y a la izquierda para recoger las llenas. Con los reflejos propios de su edad, hacía ambas cosas sin aparente cansancio.

Así estaban las cosas cuando Nemesio sufrió un agravamiento muy serio de su salud. Don Alfredo, el médico local, le había diagnosticado una cirrosis hepática, consecuencia de una larga ingesta de alcohol. En el otoño del 51 su salud se quebrantó aún más y el médico le comunicó a la esposa de Nemesio que este estaba en un estado de pre coma etílico, algo irreversible y que desembocaría en el fallecimiento en no más allá de cuatro o cinco días. Fueron solamente tres días. Nemesio falleció para consternación de todo los que le conocían por la fábrica en los atardeceres cuando él estaba presente. Nos llevaba allí la fascinación que sobre nosotros ejercía aquel artilugio automático y, cómo es lógico, la secreta esperanza de que Nemesio nos invitara a una botellita de Orange.

A partir de la defunción del dueño, la empresa duró escasamente unos meses, la dueña, mujer entrañable pero sin vocación alguna para ser empresaria y sin capacidad personal para serlo, decidió cerrar la fábrica. El Piru se colocó rápidamente en una bodega que importaba vinos leoneses y lo repartía por la zona. Sindo fue directamente al paro, él ignoraba lo que esto significaba. Se percató de ello cuando tras días y días de ociosidad llegó a la conclusión de que ya no era necesario, he aquí el problema, la conciencia de no servir para nada, de no ser requerido por nadie, empezó  a adueñarse de su cabeza.

Ya  sé, ya sé querido lector que estarás pensando que yo estoy atribuyendo unos caracteres demasiado humanos a un caballo que, al cabo, es un ser irracional. Pero aquí tropezamos con el grave problema de discernir qué es eso de racionalidad e irracionalidad. No es tan sencillo si nos paramos a pensarlo. No hay una línea divisoria demasiado clara entre lo racional y lo irracional. A quien tenga conciencia de su propia existencia, cómo ser distinto a los demás lo llamamos persona, dos son las características que definirían a la persona:
         -          La conciencia de su propia muerte.

         -          La libertad para elegir entre una cosa y su contrario.

No quiero aburrir al lector con sucias disquisiciones filosóficas pero me tienta provocarle con algunas cuestiones en las que nunca reparamos. Si la capacidad de ser libre define al hombre ¿Es persona el qué por enajenación mental o por cualquier otro motivo carece de libertad para elegir?, y no solo eso, sí no que me atrevo a otra provocación más arriesgada: cuando una sociedad, un colectivo humano entra palmariamente en una enajenación mental ¿Estamos ante una sociedad libre, compuesta de personas o de animales? Ayer, no más, daban la noticia de que los yihadistas musulmanes, que propugnan el estado islámico, habían sentenciado a una joven a morir lapidada por no recuerdo que pecado amoroso. La primera piedra que cayó sobre ella fue la de su padre.

Invito al lector a que provoque a sus amigos a una discusión abierta sobre si es más digno un individuo de estos o un caballo de nobles sentimientos.

Aquel anuncio de aquel perro abandonado en una gasolinera, con aspecto desolado y una voz en off que decía “EL NUNCA LO HARÍA” mueve a uno a reflexionar sobre la dudosa frontera que hay entre el ser racional y el ser irracional.

Transcurridos dos meses de forzosa ociosidad, la vida de Sindo cambió de signo. La viuda de Nemesio, había hecho colocar un anuncio que decía
                             Se vende caballo (Sindo)
                             Y carruaje 
                             Interesados preguntar en casa Luis.
                             Teléfono: 27 de Carisia.

El protocolo para la venta fue el concurso por plicas, comenzando con 4 000 pesetas. Transcurrida una semana, se fueron sabiendo ofertas recibidas y caballo y carruaje pasaron a ser propiedad de un exminero, vecino de una aldeíta cercana. Un tal Ramón, que todavía joven y con el segundo grado de silicosis se retiró de la mina para dedicarse a una hacienda que, con la paga que le quedaba y soltero como era, le permitía un buen estar. De ese modo, ambos, caballo y carruaje, fueron a parar a un prado contiguo a la casa de Ramón, Sindo, no quiero atribuirle una memoria humana, seguía añorando los tiempos en los que se ganaba la vida honradamente y, además gozaba de un prestigio en la zona.

Ramón lo utilizaba a lo sumo una vez a la semana, los domingos por la tarde cuando se acercaba a Carisia a pasar un rato de tertulia con José Antonio, el maestro y Julio, el cartero. Sindo, amarrado a su carro, esperaba cerca del bar a que su amo apurase la conversación.

Un día, allá por San Genaro, a principios de marzo.

      -         El cartero Julio les preguntó ¿No leísteis en la Voz de Asturias que para entrar en París, los domingos por la tarde la gente tiene que aguardar en su coche treinta kilómetros de cola?
      -        Pues aquí, contestó Ramón para volver a Carisia haría cola el único coche que tenemos en el pueblo.
      -     Desde luego, Julio nos llevan muchos años de adelanto.
      -       Y digo yo, continuó Ramón ¿Toda esa gente que regresa a París ¿A qué salieron?
      -      Pues a visitar cosas, contestó José Antonio, a visitar amigos, de turismo.
      -      ¿Cómo dices? Inquirió Ramón, de turismo, repitió José Antonio, ir por ahí, simplemente a ver cosas distintas.
      -     Eso sí que está bueno apostilló Ramón, ya me gustaría a mí poder ir por ahí de viaje simplemente para ver cosas distintas.
      -   Pues chico, arguyó Julio, tú lo tienes muy fácil.
      -      ¿Ah, sí? Preguntó Ramón ¿Y dónde tengo yo un coche?
      -    No lo tienes, pero sí un caballo y un carro, aclaró Julio ¿Qué te impide a ti montar en el carro e irte de aquí, despacito a visitar otras tierras?
      -     Tienes razón corroboró José Antonio, viajar de forma inteligente, tiene que ser ir de aquí a Madrid, despacio, despacio, metiendo por los ojos del alma, todo cuanto de distintos e interesante haya en el trayecto.

Pronto la conversación marchó por otros derroteros, pero la idea había quedado en el subconsciente de los tres y, a la semana siguiente José Antonio, preguntó ¿Qué Ramón, pensaste lo de ser turista? Ramón tuvo que confesar sin reparo ninguno, que había estado dándole vueltas al asunto durante toda la semana “Tendría que encontrar a alguien que me atienda el ganao”. Pero eso, dijo Julio, lo solucionarías muy fácil con alguno que esté retirado de la mina como tú. Ya lanzados por ese camino, entraron a matizar  cual podía ser, la hipotética ruta, el viaje que Ramón podría hacer. José Antonio sugirió ir a Madrid, pero Julio desechó la idea porque no veía fácil qué hacer con  un caballo y un carro dentro de Madrid. Además, a Madrid puedes ir cuando quieras en un tren y pasar allí dos o tres días.

Pues ya me diréis donde puedo ir, dijo Ramón. José Antonio, como buen conocedor de la geografía española por su oficio, sugirió que la ruta por Castilla hasta Extremadura, podría ser interesante.

Quedaron en madurar más el tema, no solo de la ruta a elegir si no de la logística que requeriría hacer semejante viaje: dónde y qué comer, dónde dormir, dónde y qué visitar, etc…

Todos estos detalles los fueron perfilando en días sucesivos, en los que se les unió el cura, entusiasmado con la idea. Podría colgar en el techo del carro un jamón y unos chorizos, e ir comiendo de ello cada día, podría comprar pan y vino a lo largo de la ruta, podría dormir en la trasera del carro poniendo una adecuada colchoneta, podría en fin, proveerse de cuanto fuera necesario, llevándolo en el doble fondo, o bajera del carro. Yo creo que es buena idea dijo Julio, y como Sindo sabe andar muy bien por las carreteras, podrías llevar un montón de novelas del oeste e ir leyéndolas de camino.

Así, el día de San Alipio, 28 de Abril, a las siete de la mañana, salieron hacia Castilla, Ramón, su caballo y su perro Jass. Ramón llevaba cuatro cartas de recomendación por si eran necesarias: Una del maestro, otra del cartero y otra del cura, y finalmente otra que recabaron de Eutimio, Sargento de la Guardia Civil. En las cuatro se solicitaba de sus homólogos de otros pueblos que atendieran a Ramón en lo que pudieran necesitar.
                                                    (CONTINUARÁ)

Pepe Morán. Dominico-ex

sábado, 8 de noviembre de 2014

DE TODO HAY EN LA VIÑA...



Ésta bien pudiera ser una de esas entradas a las que nos tenía acostumbrados Pepe Morán, primero por el lugar donde se desarrolla la historia y segundo por la afinidad de los protagonistas.
Dice así:


Tras dieciséis años de sacristán, en la iglesia de San Pablo, en Londres, y con más de 40 años de edad, Albert Edward Foreman fue invitado por el pastor a pasar a su despacho para darle una noticia.

Éste se sorprendió al entrar, pues allí estaban dos miembros del consejo a los que no había visto entrar.

Después de saludarse, el pastor se dirigió a Edward y le dijo:”Foreman, tenemos algo desagradable que comunicarte, llevas muchos años aquí y creo que estos señores estarán de acuerdo conmigo en que has cumplido tu trabajo a la perfección, pero el otro día me he enterado de la más desagradable de las circunstancias y es que no sabes ni leer ni escribir”.

Foreman, ni se inmutó.

-Empecé a trabajar en el servicio doméstico y aunque la cocinera lo intentó, no fui capaz de cogerle el tranquillo y no lo consiguió, señor.

-Foreman, lo hemos comentado entre nosotros y no podemos admitir que el sacristán de una iglesia tan importante como ésta no sepa leer ni escribir. Te damos un plazo de tres meses para que aprendas, de lo contrario tendremos que prescindir de tus servicios.

-Lo siento señor, tengo la mollera demasiado dura y con los años, que no son pocos, me temo que no va a ser posible.

-Muy bien Foreman, entonces tendrás que marcharte.

-Si señor, comprendo, por mi no hay inconveniente.

Se fue lentamente hacia la sacristía a colgar los vestidos que tantas veces le habían acompañado en funerales, bodas y bautizos y cerrando la puerta se dirigió a su casa.

Durante el trayecto, a Foreman, se le apeteció un cigarrillo, aunque no fumaba, y se decidió a buscar un local donde comprar una cajetilla.

Calle arriba y calle abajo no encontró donde satisfacer su necesidad.

-No puedo ser el único hombre que fume en esta calle y sería buena idea montar aquí un negocio para la venta de tabaco y golosinas.

Al día siguiente, buscó en la calle un local que se adaptara a su proyecto y montó un negocio de venta de tabaco y papelería.

A Foreman le fueron bien los negocios y pensó en contratar un empleado y montar otra tienda en una calle que tampoco tenía establecimiento de tabacos.

A los diez años ya tenía diez tiendas y el dinero le llovía por todos lados.

Todos los lunes pasaba por las tiendas a recoger la recaudación y llevarlas al banco.

Un lunes, el director de la sucursal, le propuso hacer algunas inversiones para aumentar sus gananacias, a lo que Foreman contestó.

-¿Qué tengo que hacer?.

-Sólo firmar, le dijo el director.

-Y, ¿cómo sabría lo que estoy firmando?.

-Hombre, ¿supongo que sabrá leer?.

-Sé que parece raro pero, no sé leer ni escribir.

-¿Pretende decirme que ha amasado esta fortuna sin saber leer y escribir?. Me pregunto ¿dónde estaría Vd. si supiera leer y escribir?.

-A esto si le puedo contestar señor, dijo Edward Foreman con una sonrisa, seguiría siendo el sacristán de San Pablo.



Desconozco si Foreman seguía acudiendo a la iglesia de San Pablo y si dejaba buenas propinas en el cepillo.  Si así era, supongo que el pastor no pondría reparos a las limosnas del buen Foreman.

viernes, 7 de noviembre de 2014

FOTOS DE INOCENCIO FERNÁNDEZ


En la reciente entrada de Inocencio Fernández, titulada  “VISITA A CORIAS 22 DE OCTUBRE DE 2014”, Samuel hizo un comentario  en el que se suponía que parte de los profesores de aquellos cursos, anteriores al Instituto Laboral,  fuesen los mismos que a partir de 1957 nos dieron clase a nosotros. Nuestro amigo Inocencio nos  ha enviado estas dos fotos de aquellos años, una de las cuales, es precisamente el claustro de profesores. Es una pena que el pie de la foto esté un tanto recortado pero se puede intuir el texto que falta. Yo al primer golpe de vista ya he reconocido a alguno. Espero que entre todos reconozcamos a los que nos fueron comunes.

Muchas gracias, Inocencio