martes, 17 de mayo de 2016
JORDANIA ( I ) (18 - 26 SEPTIEMBRE 2.004)
“QUE EL CAMINO SEA
LARGO Y EL REGRESO, LEJANO”
El
blog está mortecino. Espera la llegada de las
aguerridas huestes formadas por ex-alumnos y ex- profesores para rescatarle de
su letargo. Mientras, huérfano de lejanos recuerdos
acontecidos entre los recios muros del que fue convento, instituto y hoy
parador, hurgo en papeles más recientes en busca de algún alimento
que dar a las páginas de este blog. Y aparecen ¡sorpresa! apuntes perfectamente detallados de
un viaje realizado a Jordania hace unos 12 años. Solo a falta darles forma para poder ser publicados.
Desde
los libros escolares nos resuenan míticos lugares, Mar Muerto, Tiberiades, Nebo, Petra…también Palmira. Salvo esta última que se encuentra en Siria y ha estado tristemente de actualidad
por la barbarie perpetrada contra ella, el resto, y otros lugares, aparecerán en el transcurso de este viaje.
Un
viaje que no se antojaba fácil cuando fue realizado en
2004. Viajar a ese conflictivo mosaico
de intereses religiosos, étnicos, petroleros y resto de
intereses geopolíticos que se entrecruzan y
enfrentan con inusitada violencia no resulta fácil desde hace ya muchos años. Bien es cierto que Jordania, practicando una política pragmática que se podría definir como la de “nadar y guardar la ropa”, y a pesar de la enorme presión ocasionada por los gigantescos flujos de
refugiados que acoge, antes palestinos y ahora sirios, no sufre la caótica situación de los países vecinos. Cuando se realizó este viaje en el vecino Irak estaban latentes los rescoldos causados
por las bombas arrojadas siguiendo las órdenes del Trío de la Azores con la excusa de
unas supuestas armas de destrucción masiva. Unos rescoldos que se iban transformando en llamas. Una de
esas lenguas había golpeado salvajemente Madrid
pocos meses antes. Otras, en años sucesivos, incendiarían Siria, y dejarían su huella mortal en Londres,
París Bruselas, Túnez y
en un sinfín de lugares. A pesar de ese
entorno caótico, Israel amparado por el
paraguas del amigo americano continúa golpeando con puño de hierro al pueblo palestino
mientras Líbano se lame las heridas de una
guerra que amenazaba con ser interminable, Jordania es una isla de relativa
calma que invitaba, aún invita, a visitar las
maravillas que atesora.
Las
personas emprendemos sucesivos viajes, muchos o pocos, a lo largo de la vida.
El principal el que nos lleva del nacimiento a la muerte. Por el camino
realizamos otros, profesionales, amorosos… o
para conocer desconocidos lugares. Éstos también son importantes, nos permiten descubrir
nuevas gentes, culturas y ampliar horizontes. Cuanto más largos sean esos viajes más amplios serán los horizontes. Así nos lo dejó escrito Cavafis: “Cuando salgas en el viaje, hacia Itaca, desea
que el camino sea largo, pleno de aventuras, pleno de conocimientos…pide que el camino sea largo. Que sean muchas
las mañanas de verano en que llegues ¡con qué placer
y alegría! a puertos antes nunca vistos”
Bajo
estas premisas se emprendió este viaje a Jordania.
18 de
Septiembre – 1º día – Madrid – Ammán.
Los viajeros llegan escalonadamente
al Aeropuerto de Barajas. Tras los trámites de facturación embarcan a
las 8 de la tarde. Desgraciadamente, en esta ocasión nada podemos
ver desde el aire pues es noche cerrada. Hacia las 12.30 de la noche una zona
intensamente iluminada quiebra la densa oscuridad: volamos sobre Israel. Una
hora más tarde tomamos
tierra en el Aeropuerto de Ammán.
Tras la recogida de equipajes,
algunos con evidentes signos de deterioro, y la lenta y dificultosa lectura de
la lista de pasajeros del grupo español por un guía exclusivamente angloparlante, subimos al
autobús y al cabo de
unos 30 minutos llegamos al hotel Days Inn, en la zona N.O. de Ammán. Nuestra
sorpresa es mayúscula cuando el
que será en adelante
nuestro guía nos anuncia
cambio de planes: mañana, domingo, no realizaremos viaje ni visita alguna y
todas las actividades se posponen hasta el lunes. Hay voces de protesta que el
guía ignora. Y son más de las tres
de la madrugada, hora intempestiva para emprender batallas de antemano
perdidas. Mañana visitaremos Ammán y ocuparemos el día del mejor
modo posible.
Las habitaciones son confortables y
llegamos a ellas rendidos. La sorpresa del cronista, que nunca ha visitado un
país árabe, es mayúscula cuando, a
las 4 de la madrugada el “sagrado lamento” del muecín quiebra el
silencio de la noche. Desde la terraza de la habitación ve la cercana
mezquita con su minarete iluminado en verde, el color del Islam. A riesgo de
parecer exagerado el cronista piensa que merece la pena el cansancio y la hora
solo por oír esa voz
sobrehumana.
19 de
Septiembre – 2º día – Ammán.
Dado que tenemos el día libre, después de un
excelente desayuno, tomamos unos taxis y tras no pocas dificultades de
comunicación conseguimos
hacernos llevar al centro de la ciudad, donde se encuentra el teatro Romano
(sg. II d C.) que sigue siendo el corazón de la capital.
Ammán, la antigua
Philadelphia grecorromana, es una ciudad impresionante no por su belleza sino
por su singularidad. Se asienta sobre varias colinas, 7 en origen, como Roma o
Lisboa, y hoy sobre 20, por las cuales trepan sus monócromos
edificios cúbicos de 4
plantas. Quizá lo más sorprendente
de Ammán sea su falta
de color. Todo es del tono crema pálido de la piedra caliza, materia prima de todas las construcciones.
El polvillo que esta roca desprende lo cubre todo: casas, coches, los escasos árboles y
plantas, e incluso parece teñir los rostros y ropas de los viandantes. También debemos
recordar que Ammán está cercada por el
desierto. En la capital no hay una sola calle llana. Todo son cuestas, algunas
muy pronunciadas y las casas se apiñan y trepan por ellas hasta los lugares más inaccesibles.
La calle principal está atestada de
comercios que exhiben sus mercancías en las aceras. La variedad de tipos humanos es muy interesante.
Muchos hombres visten a la europea pero son más los que lucen largas túnicas blancas o
pardas y la tradicional “kufía”, gran pañuelo,
blanco y rojo para los jordanos, blanco y negro para los palestinos, que se
sujeta a la cabeza con un grueso cordón negro y que todos se colocan de infinitas formas con notable
desenvoltura y maestría. Hombres de
edad avanzada visten túnica y gorro
blancos que junto a su larga y poblada barba les confiere un aspecto imponente.
Más sorprendente
es la indumentaria de las mujeres. La mayoría viste larga túnica de color pardo o negro, pantalones bajo
ella y todas con el tradicional pañuelo bien ajustado en torno al rostro. Las
de más edad suelen
vestir de negro riguroso y hemos visto a varias con la cara totalmente cubierta
e ¡incluso con
guantes! Nos cuesta imaginar cómo deben sentirse estas mujeres sepultadas bajo
tales ropajes con este calor. Las que se visten así, llamadas “jaimas o ninjas” por los niños
jordanos, suelen ser de origen saudí.
Caminamos largo
rato por las calles viendo el bullicio de la gente y el abigarramiento de las
tiendas. Nos llama especialmente la atención el mercado de frutas y verduras y la calle de los sastres que por sí solas merecen
una visita a la capital. Contemplamos las empinadas y estrechísimas escaleras
que suben desde la calle principal hacia lo alto de las colinas y sospechamos
las dificultades que la orografía de la ciudad
debe plantear a los servicios públicos de agua,
comunicaciones, alcantarillado…
Después hemos sabido
que muchas de estas casas aún conservan sus
pozos negros.
Visitamos el
Teatro Romano, en excelente estado de conservación, con sus tres tramos de gradas capaces de
acoger a 6.000 espectadores. Aún conserva elementos
decorativos en la scena y la orchestra y su situación en la ladera
de la colina lo hace parecer el centro neurálgico de la ciudad. Y lo es. En el siguen celebrándose, sobre
todo en verano, concierto, representaciones y festivales de todas clases.
El calor es
sofocante. Nos refugiamos en la terraza de un restaurante próximo al Teatro
donde nos ofrecen un dulcísimo zumo de
mango como aperitivo de la comida a base de kebabs y ensalada, excesiva en
cantidad para algunos estómagos solo
deseosos de agua helada. Después de un rato de
tertulia decidimos volver al hotel. Solo los más valientes nos atrevemos a seguir
caminando bajo las altas temperaturas de media tarde.
Cuando el sol
se pone tras las colinas de Ammán
el cronista intenta entrar en la cercana mezquita. Inútil. Va acompañado
por una mujer y ni una sola mujer se ve por los alrededores. Un anciano, amable
pero enérgicamente, les
impide acercarse a la puerta. Deben conformarse con oír el “sagrado lamento” desde la
escalera, al pie del minarete.
Después de la cena
recibimos en el hotel la visita de una española residente en Ammán, prima de una
viajera. Con infinita paciencia contesta a todas nuestras preguntas y nos hace
observaciones que solo su experiencia de extranjera en tan diferente país podría hacer. La
conversación no puede ser más interesante y
le hacemos prometer que repetirá
su visita mientras dure nuestra estancia en la ciudad.
Hacia las 12 de
la noche, cansados y satisfechos, nos retiramos.
ulpiano
rodríguez calvo
jueves, 12 de mayo de 2016
TETAS DE LA SACRISTANA
Foto: Viñedos Bodega Fuente Victoria
Las tetas no están proscritas
en el blog. Adquirieron carta de naturaleza, entraron por la puerta grande, con
la inolvidable entrada del profesor Morán al
recordar la ingeniosa y arriesgada pregunta de Juan Carmelo, entonces compañero suyo de estudios eclesiásticos y
después también profesor nuestro, a su profesor de
Moral cuando éste trataba de dilucidar un límite; la
parte de los senos que una mujer podía mostrar en público sin
caer en pecado mortal. Ese relato, independiente del débito personal que cada uno podamos tener con este blog, es una
joya que por sí solo justificaría su existencia. Solo alguien con el valor y la agudeza mental de
Carmelo podía ser capaz de formular una pregunta así en un
seminario español de los años 50. En mi opinión ese relato de Morán debería colocarse
en un lugar destacado para poder releerlo, y regocijarnos con él, sin tener que rebuscar entre los cientos de entradas que ya
configuran el patrimonio de este blog.
Sin embargo a nada de eso me quiero referir
ahora. Un vino almeriense, Tetas de la Sacristana, es el que hoy invita a
escribir.
En Almería, aunque
fuera de la provincia sean unos perfectos desconocidos, también hay vinos. Les ocurre un poco como a los de Cangas que lejos del
suroccidente asturiano les cuesta abrirse mercado. Solo en eso se parecen, el
resto son lógicas diferencias. El vino de Cangas es fruto de abundante agua y
escaso sol. Esto obliga a deshojar las cepas para que los rayos de sol incidan
directamente en los racimos y a retrasar al máximo la
vendimia, hasta finales de octubre incluso, prolongando la maduración para lograr así un aceptable grado de alcohol. En Almería la uva es producto de la extrema escasez de agua y de un sol
abrasador. Aquí
las hojas de la vid son valiosos parasoles que protegen los racimos de los
implacables rayos solares. La vendimia se adelanta al mes de agosto y se
realiza de noche, cuando la temperatura se suaviza ligeramente para evitar que
se dispare el grado de alcohol.
En Almería, igual que
en Cangas, el empeño de unos bodegueros que han convertido el vino en su pasión ha obtenido recompensa logrando vinos de reconocida calidad,
aunque no tengan tropecientos puntos en las guías de Parker
o Peñín. Uno de estos vinos es Tetas de la Sacristana. Vino con la graduación embridada en los 14,6º, y elaborado con una mezcla (coupage
dicen ahora los entendidos) de tempranillo, merlot y cabernet sauvignon. La
cata, esa engolada retahíla de palabras comunes tan al gusto de
algunos catadores, comienza diciendo, “De color
rojo cereza, con ribetes amoratados…etc etc”
que yo resumiría en un buen
vino para acompañar los platos tradicionales de la Alpujarra de Almería, sobre todos los invernales: gurullos, migas, trigo, conejo y
choto(cabrito) al ajillo o variadas carnes a la brasa. Tampoco desentona con
los gazpachos y salmorejos veraniegos.
El
nombre suele recibir algunas críticas por su dudoso gusto, pero es fiel
al nombre de las parcelas por las que se extienden los viñedos en los que tiene su origen. Existen varias versiones del
motivo por el que recibieron ese nombre y parece que la explicación más razonable es la siguiente: Los hombres solemos guardar recuerdos
y deseos en una burbuja secreta. Solo alguna vez les permitimos aflorar a la
luz. Así el recuerdo y el deseo afloraron en un hombre hace muchos años, quizá recién la
Reconquista, al contemplar desde un alto las prominentes lomas que tanto le
recordaban las turgencias de la mujer del sacristán y ama del
cura, y su mirada, cargada de ese recuerdo y ese deseo, se posó en las parcelas de dura tierra rosada bautizándolas con el nombre de Tetas de la Sacristana. No se debiera ser
riguroso por la inconveniencia de tal nombre. Nombres peores etiquetan
productos a lo largo y ancho de España. Algunos resultan insultantes como se
puede comprobar en no pocos escaparates de Asturias que exhiben un determinado
aguardiente.
Ningún propósito tenía de hacer propaganda de este vino, podía haber elegido otro cualquiera, incluso alguno de los buenos
blancos que se elaboran con la uva macabeo abundante en la zona.
Tetas de la Sacristana, más allá
de su nombre y calidad, solo es una excusa para dar
un breve paseo por ese desconocido rincón de Andalucía que son las alpujarras almerienses. No tan conocidas ni con el
tirón turístico de las granadinas; grandioso balcón abierto al
mar a los pies del Mulhacén, surcado, sobre todo en primavera, por
torrentes que se despeñan desde Sierra Nevada hasta las vegas de
Granada o Motril.
La Alpujarra almeriense recorre profundas
quebradas orientadas al sureste y podría decirse
que el río Andarax es su eje vertebrador. Nace este río muy cerca de Láujar, cerca también de los viñedos que dan nombre a esta entrada, en un
paraje natural entre Sierra de Gádor y Sierra Nevada. Un lugar idílico, así lo percibí cuando
estuve allí por primera vez hace unos treinta años, poblado
de pinos, chopos y sauces. En la actualidad intenta resistir a la degradación a que es sometido por los visitantes domingueros que asaltan su
frágil ecosistema con vehículos convertidos en modernos caballos de
Atila.
El
Andarax es un río que podríamos llamar clandestino. Poco después de su nacimiento se hunde bajo la tierra y solo de cuando en
cuando muestra uno de sus ojos plateados enmarcado por las pestañas verdes de un frondoso cañaveral. El
resto de su cauce parece estar cubierto por terrones de azúcar moreno. No puede resultar extraño ese
comportamiento, durante todo su curso sufre el acoso de profundos pozos
perforados para robarle su único bien, el agua. Solo con ella pueden
rendir cosecha aquellas sedientas y áridas tierras. Discurre entre
pronunciadas laderas de tierras resecas y polvorientas. De cuando en cuando se
ven pequeñas parcelas arañadas por un rústico arado
donde unas semillas reposan en los precarios surcos esperando unas gotas de
lluvia para que una magra cosecha de cereal recompense tanto esfuerzo y sudor.
Los espaciados pueblos blancos muestran visibles huellas de su pasado árabe.
En Láujar de Andarax fue confinado de por vida Boabdil, el rey que
lloraba según nuestros libros escolares al ser expulsado de su Alhambra y su
Granada. Por estas tierras se libraron durante casi un siglo revueltas
moriscas, muestras del carácter indómito de
aquellas gentes. Las huellas de su paso, de su asentamiento durante varios
siglos, están presentes en edificaciones, algunas históricas, cerca de Almócita está el llamado
Cortijo de Paces donde hacia 1570 D. Juan de Austria firmó un acuerdo de paz con los líderes de los
sublevados. Por las escarpadas laderas se pueden ver con asombro los ingentes
trabajos realizados por aquellos hombres y mujeres para arrancar su sustento a
tan hostil naturaleza. Acequias realizadas con ingenio para el aprovechamiento
hídrico, bancales para el cultivo sobre kilométricos muros de piedra construidos pacientemente piedra a piedra
dan idea del carácter laborioso de aquellas gentes. Mayor quizá que el de los conquistadores cristianos llegados desde el norte.
Siguiendo el curso de este clandestino río, a comienzos de febrero el blanco de los almendros se confunde con
el blanco de las nieves en las cumbres, se encuentran pueblos como Fondón con secaderos de jamón y una hermosa fuente construida en 1720. Padules, igual que Láujar y Albodoluy es importante centro cosechero de vino y uva de
mesa. Por toda la zona media del Andarax abundan olivos, naranjos y almendros.
En Canjáyar, kilómetros más abajo
dirección al mar, se puede comprar directamente en su almazara un
excelente aceite virgen extra de arbequina y también en los
portales de algunas casas, durante los meses de enero y febrero cuando más dulces y jugosas están, se pueden comprar naranjas recién cogidas del huerto por un precio que ronda los 5 euros la caja
de 10 kilos.
Pasado Canjáyar, en lo
alto de una ladera, casi a 1000 metros de altitud, se encuentra Ohanes, uno de
los pueblos más bonitos de toda la zona. Visto desde abajo parece una sábana blanca tendida al sol. Es famoso por la calidad de su uva de
mesa, una variedad toma su nombre. Durante el siglo XIX y parte del XX sus uvas
eran envasadas en barriles de madera y exportadas a países europeos, Inglaterra y Alemania eran sus mejores clientes,
también Estados Unidos.
Se abandona la Alpujarra para sumergirse
entre el llamado mar de plástico almeriense y esa piel reseca,
arrugada, cuarteada por el sol, de cautivadora belleza, que es el Desierto de
Tabernas. Antes se pasa por Alhama de Almería, pueblo
natal de D. Nicolás Salmerón, Presidente de la I República. Según decían sus
convecinos cuando regresaba al pueblo para pasar unas vacaciones detenía todos los relojes de su casa para no ver como se consumía el tiempo que le obligaría a volver a
la vorágine política de Madrid. Un rasgo que definió su carácter y la firmeza de principios
es el de haber renunciado a su cargo de presidente para no verse
obligado a firmar unas penas de muerte. Su casa se conserva en perfecto estado,
también su recuerdo en el pueblo. De esto puedo dar fe por haber
asistido, casualmente, a la conmemoración del
centenario de su muerte y haber visto todo el pueblo, edificios y gentes engalanados
en homenaje a quien fuera su ilustre paisano.
Próximo a
Alhama se encuentra el que dicen es el más antiguo
yacimiento arqueológico de Europa, Los Millares. Datado en la época de transición entre el Neolítico y la
Edad de Bronce, unos 2700 a.C. Permanecen vestigios de fortificaciones, torres
semicirculares, cámaras funerarias y dólmenes. Un lugar ideal, para recrearse en
la contemplación de aquellas desoladas cumbres y laderas en las que solo las
matas de esparto atestiguan que permanece un hálito de
vida. En vivo contraste con las pinceladas del color verde de los naranjales en
lo más hondo del valle. Al ser un lugar poco visitado no es infrecuente
tropezarse con alguna liebre o conejo, incluso con un corzo o un zorro. También se pueden avistar, en lo más alto de
Los Filabres, las cúpulas blancas del observatorio astronómico de
Calar Alto. Su silueta se recorta sobre un cielo de casi perenne color azul.
El Andarax continúa su curso
furtivo, temeroso de la voracidad de los regantes, ahora perpetrados bajo
interminables extensiones de plástico, hasta entregar en secreto su
menguado pero valioso tributo al Mediterráneo.
ulpiano rodríguez calvo
miércoles, 27 de abril de 2016
CORIAS O COURIAS
Con fecha 20 de abril, Alfredo Fernández compartió en Facebook una fotografía del Jardín del Claustro del Parador de Corias, subida por Avelino García Arias, en cuyo pie tanto Avelino como Alfredo, abogaban por el topónimo Corias y descartaban Courias.
Transcurrido un tiempo aparecieron más comentarios al respecto, hechos en el mismo sentido por Celso Albuerne, Galán y Villamil, arropando todos ellos el término Corias, y manifestando que en toda su existencia, no recordaban haber oído la denominación Courias.
No tardando, el amigo Inocencio Fernández, exalumno de Corias anterior al Instituto Laboral, hizo un comentario en el que dijo textualmente lo siguiente: “Yo cuando fuí interno...en Septiembre de 1955....fuí COURIAS....y cuando íbamos a las ferias de Cangas....pasábamos por delante del convento de COURIAS.....
Al igual que yo procedía de SANFLIZ....ahora San Félix....puede ser, que los de la Villa de Cangas dijesen CORIAS....pero en las aldeas del contorno, tanto La Pola, Tineo y Cangas... popularmente COURIAS”.
Ante la discrepancia surgida, Eduardo Villamil ha profundizado más y se ha informado al respecto, y me envía las cuatro copias que acompañan
a este texto, extraídas de la obra del Padre Luis Alfonso de Carvallo, titulada “ANTIGVEDADES Y COSAS MEMORABLES DEL
PRINCIPADO DE ASTVRIAS”, del año 1695, donde se demuestra que en el siglo XVII, el autor de la obra, ya
se refería al convento como Corias y no Courias.
Con este breve texto espero haber recogido lo que pretendía decir
Eduardo Villamil y ojalá haya más aportaciones sobre este discutido término de Corias o Courias.
B. G. G. bloguero “Prior”
***
Información enviada por Eduardo Villamil:
domingo, 17 de abril de 2016
DE REENCUENTROS CON EL PASADO
Al comienzo del relato de Salamanca escribía algo así, “el regreso a
un lugar aviva los recuerdos que residen en él, y cuánto más largo es el tiempo transcurrido mayor suele ser la necesidad de
indagar en ellos”. Y quizá debía haber añadido: el reencuentro, después de una
eternidad, con quienes se comparten esos recuerdos solo puede ser obra de un
milagro. No de un milagro divino, del milagro realizado por la constancia,
generosidad y entrega de las personas que se buscan y se quieren
reencontrar.
Pero también se pueden
reencontrar y recibir con gozo objetos, escritos… que desde
hace mucho se creían perdidos para siempre. Aunque su valor material sea dudoso
permiten recuperar una parte del pasado ya olvidado.
Hace unos días abrí un pequeño maletín que
llevaba muchos años cerrado. Entre los escasos papeles que conservo, unos pocos
relacionados con empresas por las que transcurrió mi vida
laboral, apareció
un cuaderno de desgastadas tapas marrones. De su
existencia no guardaba ningún recuerdo. Al abrirlo descubrí que aún tenía páginas en blanco, otras estaban ocupadas por apuntes técnicos de algún primerizo curso de trabajo y las dos o
tres primeras estaban ocupadas por una redacción de
aquellas que nos encomendaba el P. Jesús Martín, cuando él era Rector en Corias. Él fue quién alentó en mí la importancia de escribir, incluso escribió una carta a mis padres para que hicieran todo lo posible y pudiera
cursar una carrera de letras. Después mi vida, como resulta evidente, tomó unos derroteros alejados de las letras, al menos de la escritura.
La primera vez, cincuenta años después de abandonar Corias, que asistí a un Encuentro de Ex-alumnos también asistió él. Durante el saludo le recordé los
consejos que me había dado sobre la escritura, me preguntó si los había seguido y tuve que responder que no. Pero no le expliqué los motivos, no era el momento ni el lugar. Por eso, aunque él no lo vaya a leer, me tomo la licencia de contarle aquí algunos de los motivos por los que no seguí sus consejos y me alejé de la escritura.
Es
cierto que durante unos años, últimos de
Corias y primeros en Madrid, de forma errática y
discontinua escribí
algo en prosa, también verso.
Pero al carecer de formación adecuada (el intento de acercamiento a
una carrera de letras pronto quedó abortado por dificultades con el latín y la dedicación a otras actividades que me resultaban más atractivas) tengo serias dudas que alguno de aquellos escritos
tuviera la mínima calidad para ser conservado. Además, influido
por mi militancia política, los textos fueron derivando de la
temática bucólica de Corias a la de protesta contra el
Régimen de entonces. Los nuevos escritos iban a parar, junto a
variadas publicaciones clandestinas, a una caja de cartón que guardaba bajo la cama. En esa caja también estaban unas pocas de las más antiguas
redacciones hechas en Corias que había salvado de la quema de Limés.
Libros, cuadernos y demás material utilizado en el instituto lo dejé en el desván de la casa antigua de mis padres.
Cuando años después vendieron la casa para mudarse a otra
mi madre me preguntó
que hacía con todo aquello que ya estaba en
estado calamitoso por la voracidad de polillas y ratones. Le dije que lo
utilizara para encender la chariega, ella se negaba, le parecía un sacrilegio, pero ante mi insistencia ese fue su destino. Por
eso pensaba que, salvo una o dos fotografías, también están en el blog, no guardaba nada material de los tiempos de
estudiante en Corias. Hasta que apareció este
cuaderno de tapas marrones.
Su aparición me llevó a recordar tiempos de Corias, también los hechos
que motivaron mi ruptura con la literatura, no con su lectura, sí con cualquier veleidad de elaboración literaria.
Hechos que tienen su origen a principios de
enero de 1971 cuando una noche varios policías de la Político-Social se presentaron en el domicilio donde vivía. Después de registrar la habitación que ocupaba me llevaron
detenido a la DGS, a Sol. También llevaron la caja en la que guardaba
esos escritos, publicaciones y otras pertenencias personales. Allí me informaron que estaba detenido por “ser, en mi
calidad de secretario del Jurado de Empresa, instigador y participante en
huelgas y otras movilizaciones que se venían llevando
a cabo en la empresa donde trabajaba, que, aunque tratábamos de darles carácter de reivindicación social, tenían fines subversivos; además dijeron disponer de una denuncia anónima acusándome de ser miembro activo del ilegal PCE” Y que, al estar suspendido el artículo 18 del
entonces llamado “Fuero de los españoles”, permanecería allí incomunicado y detenido indefinidamente hasta que les dijera los
nombres de las personas que formaban parte de la organización y les informara de las
acciones “subversivas” que estábamos
planeando. Al final fueron doce interminables días, aislado,
inquieto por desconocer la suerte de otros compañeros. Las
noches, normalmente de doce a cinco de la madrugada, estaban dedicadas a los
interrogatorios, en ellos alternaban las preguntas persuasivas, amables, con
inesperados puñetazos en el estómago o patadas en los riñones. Cuando se cansaban de interrogar revolvían en la caja que contenía mis cosas,
sacaban un papel y leían entre risas parte de lo que tenía escrito. Se divertían mofándose, sobre
todo, de mis poesías. Recuerdo esto sin ningún tipo de
odio, tampoco afán de revancha, si lo he recordado en alguna ocasión es para que situaciones
como esas jamás se vuelvan a repetir en España, y lo hago
hoy por tener relación directa con mi renuncia a cualquier
veleidad con la escritura.
Al ser trasladado a la cárcel de Carabanchel (no fui de los peor parados, otros compañeros con más responsabilidades en la organización soportaron esa situación durante más de 30 días) respiré tranquilo.
Más que camino de una cárcel me parecía ir camino
de la libertad. Además allí podría reencontrarme con compañeros
detenidos igual que yo y de los que nada sabía. Sin
embargo, cuando me trasladaban en el furgón, ya tomé una determinación, nunca volvería a escribir
nada, ni en prosa ni en verso. No servía para nada,
solo para hacer reír a la policía.
Aunque esto fuera un contrasentido, uno más de los que suelen jalonar la vida. Tiempo después alguien me preguntó cómo podíamos soportar esas situaciones sin derrumbarnos, sin delatar a los
compañeros Le respondí, por sentirlo así, que, al menos en mi caso, no había sido yo
quién había resistido, habían sido unos versos de Miguel Hernández los me habían ayudado, obligado, a resistir, versos
recitados mentalmente, mil veces, durante aquellos días.
Si me
muero, que me muera
con
la cabeza muy alta.
Muerto
y veinte veces muerto,
la
boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y
decidida la barba.
Sé que hoy, a estas alturas de la vida,
todo esto suena melodramático. Esto no impide, aunque me alejara
de ella durante cuarenta años, mi eterno agradecimiento a la
literatura, también a la primera persona que me habló de su
importancia, el P. Jesús Martín.
Pocos meses después salí de Carabanchel, sobreseído por no encontrar la policía ni el juez de Orden Público
pruebas suficientes que me incriminaran. La caja con mis cosas nunca más apareció, supongo que los papeles más comprometidos terminaron adjuntados a mi ficha policial y el
resto en un contenedor de basura. La decisión de no
volver a escribir permaneció firme hasta convertirse en hábito.
Perdonad tanta divagación y rodeo a cuenta de un viejo cuaderno, solo pretendía explicar, explicarme, algunos de los motivos por los que durante
cuarenta años me mantuve alejado de la escritura. Si bien, por fortuna, no
tanto de la lectura, aunque fuera con escasa asiduidad.
Solo recomencé a escribir
algo cuando Samuel, después de localizarme, insistió para que escribiera en este blog. Algo que llevo haciendo, de
forma discontinua y a salto de mata, desde hace cinco años. A él tengo que agradecer, además de otras, el haber recuperado, al menos en parte, aquella afición escolar de escribir.
Consciente de la extensión inusual de esta entrada retorno al viejo cuaderno. Que hoy
exista solo se puede justificar por haberlo traído de
Asturias al estar casi sin usar y permanecer en un cajón de la mesa en el trabajo y no en la caja que se llevó la policía.
Inicialmente pensé que no era
mío, pero en la tapa tiene mi nombre. No reconocía la letra, en la actualidad, por circunstancias, la tengo muy
diferente. Tampoco me reconocía en lo que está escrito. La
redacción, además de su aire ingenuo (naïf dicen ahora) tiene un cierto halo religioso que ahora me resulta
extraño. Toda creencia religiosa me abandonó hace muchos
años para emprender un viaje sin retorno. Incluso creía que ese abandono se había producido
antes de la edad que tenía, unos catorce años, cuando escribí esta redacción. Pero,
adentrándome en el desván de la memoria, no me queda duda que es
una de las redacciones de tema libre que nos encomendaban en Corias. Por algún motivo no la entregué, no la pedirían, y
permaneció en el cuaderno.
En recuerdo de nuestro antiguo Rector,
supongo que sería él quién la encargó, la copio tal cual, título incluido, solo entrecomillando las palabras que el corrector
de texto señala como falta ortográfica.
Ahí va una
redacción sobre un Acebo que tal vez ya no existe.
Un despertar en Asturias
El subconsciente percibe la llegada del día, los párpados se abren lentamente, se agitan
unos instantes, bajo ellos se libra dura batalla entre la luz y las tinieblas.
Liberada al fin, la mirada lanza rauda su saeta visual que “despues” de
atravesar el cristal de la ventana se
estrella contra la ladera de enfrente.
El sol ya tiñe de rojo las “nuves" y dora la cresta de la montaña, también dora el monte de castaños donde ya amarillean sus erizos preparándose para liberar pronto sus frutos, las dulces castañas.
Mientras, por los “praos" del valle, corren las últimas sombras. Huyen del sol y
buscan refugio en un lugar
ignorado.
Pronto un extraño hormigueo de felicidad recorre las venas del chaval recién despertado al recordar que hoy es la festividad de Nuestra Señora del Acebo, la mejor romería de toda la
comarca.
Los últimos
vestigios de sueño desaparecen como por encanto, la mente
se lúcida, despejada. Frena el intento de saltar de la cama y se recrea
imaginando el feliz día que le aguarda. El mismo que recuerda
desde que tiene uso de razón. En unos escasos minutos desfilan ante
sus ojos las “imagenes" de todo un día.
Los grupos de mozas y mozos, las familias
enteras, desde el abuelo ayudándose con sus muletas hasta el “pequenin" en hombros, forman interminables hileras por todos
los escarpados caminos que ascienden hasta el santuario. Suben los jóvenes a paso rápido, con las botas de vino colgando. De
cuando en cuando se paran, las elevan sobre sus cabezas y les dan un tiento.
Los de edad madura suben más lentamente, hablando de leyendas del
santuario y de otras mil cosas. Pero todos, igual jóvenes que ancianos, tienen una cosa en común, el brillo de la alegría en sus
ojos.
Después de mucho
subir, al llegar a un cerro llamado “Penablanca” desde el que se divisa la majestuosa silueta de piedra gris del santuario
recortada sobre el cielo azul celeste, los devotos se detienen y rezan una
oración. Es una costumbre tan antigua como el vetusto santuario que,
generación tras generación, conservan quienes habitan en la zona.
Después reanudan la marcha y la gente que va llegando se sienta
alrededor a una cruz de piedra que se alza sobre un montículo. Desde “alli” se divisa
todo el campo del santuario. Recuperados de la fatiga de la costosa subida se
dirigen a la iglesia para cumplir sus promesas, asistir a misa y a la procesión alrededor de la iglesia.
Más tarde las
familias se reúnen formando círculos “entorno” a los
manteles “estendidos" sobre el
mullido campo. De las rebosantes cestas van saliendo tortillas,
empanadas, “choscos", lacones, perniles y un sin fin de ricas cosas. El
vino corre a raudales, nadie, desde el más “pequeno" al más anciano se
queda sin beber. Los corros se van juntando hasta ocupar por entero el campo y
los trozos de carne, tortilla o empanada, igual que la bota de vino va de unos
corros a otros. Comen entre risas ,con
gritos de alegría, de amistad y paz, respirando el aroma
de las mil flores distintas que visten el campo de colores.
Luego suena la música, la gaita o el “acordeon",
los jóvenes se levantan y en los corros solo quedan los más viejos hablando de sus cosas. La
mocedad baila y se divierte hasta que el anochecer se aproxima, entonces todos
se dirigen al santuario a despedirse de la Virgen. Ella queda en su trono,
resplandeciente de ver como confían en Ella
quienes habitan estas vastas montañas.
Poco a poco comienzan a tomar el camino
de bajada, más lentamente que cuando subieron. El día ha concluido y las risas
no se oyen. En el campo solo quedan algunos papeles que “envolvian" las meriendas mecidos por una suave brisa Esperan
el golpe de viento que les lleve lejos para dejar el campo limpio como cuando
amanecía.
Durante la bajada algunas mujeres se
meten entre el “toxio" y la “folguera" a coger arándanos para
meter en aguardiente o flores de manzanilla. Los “nenos" cogen clariones en la cantera que “esta” a la orilla del camino para escribir en
la pizarra de la escuela que pronto va a empezar.
Las sombras ya invaden el valle, en la
cumbre el sol, como si quisiera prolongar el día, aún dora las paredes del cada vez más pequeño y lejano santuario del Acebo.
Al fin el chaval se levanta, está radiante, lleno de ilusión por el día que tiene por delante.
ulpiano rodríguez calvo
domingo, 10 de abril de 2016
LA MANCEBÍA
LA MANCEBÍA
En una de las entradas, hace unos días, el amigo Ulpiano nos daba un paseo por la hermosa ciudad de Salamanca.
Aunque este
relato es conocido, por muchos de los lectores del blog, lo traigo
aquí como curioso y para
aclarar alguno de los refranes de nuestro vocabulario.
DICE ASÍ:
El príncipe Don Juan, hijo de los Reyes Católicos, decide crear en
1.497 una casa conocida como mancebía debido a la numerosa presencia
de mujeres de “vida alegre” en la ciudad de Salamanca.
Ese mismo año el príncipe muere a la edad de 19 años. El dictamen
oficial afirmaba que su muerte se debía a un esfuerzo en su amor
matrimonial por dejar un heredero, pero el pueblo comentaba que la
causa había sido la enfermedad contraída en su alterne con ciertas
mujeres. La mancebía, que fue sometida a concurso mediante pregón,
se situó al lado del Colegio de Fonseca y se establecieron ciertas
normas: la profesión no podía ser ejercida por mujeres casadas, con
padres en esta ciudad, ni mulatas. Antes del anochecer, las mujeres
debían recogerse en esta casa y permanecer en ella toda la noche.
Aquellas que ejerciesen y salieran por la ciudad debían llevar las
puntillas de sus enaguas de color gris parduzco como distintivo, de
ahí el conocido dicho “ir de picos pardos”.
La multa por no llevar la indumentaria ascendía a 300 maravedíes, y
estaba prohibido ejercer en días de fiesta, en Cuaresma y Vigilia.
El “padre putas” era el encargado del orden del barrio y de que
las mujeres pasaran las revisiones
médicas. La función por la que era conocido es la que ha dado lugar
al famoso “lunes de aguas”.El Miércoles de
Cenizas el padre putas reunía a todas estas mujeres para sacarlas de
la ciudad y llevarlas al otro lado del río, donde pasaban los 40
días de Cuaresma.
La octava de Pascua, 8 días después de la Resurrección, los
estudiantes partían a buscar a las mujeres en barcas, ya que éstas
no podían pasar por el puente romano. Las barcas iban adornadas con
abundantes ramas, por lo que acabó llamándose “rameras” a las mujeres que albergaban en la mancebía. Esa tarde
toda la gente de la ciudad se acercaba al río para cotillear y
festejar el alborozo de estudiantes y mujeres de vida alegre. En este día de campo se merendaba el hornazo,
una empanada a base de harina de trigo rellena del mejor jamón,
chorizo y lomo de la casa, acompañado de un buen vino.
Hoy, cada lunes de aguas los salmantinos salen al campo y algunos se
acercan hasta las orillas del Tormes para festejar este día
acompañados del hornazo, que también sirve acompañamiento habitual
en sus meriendas o celebraciones familiares.
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