No sé si, queridos compañeros, guardáis, aún, en la memoria —no la flotante como la de los ordenadores, sino en la perenne— aquella graciosa y fascinante ópera que unos cuantos alumnos tuvimos la inmensa suerte de interpretar en Corias. Sí, sí; en Corias se llegaba a tan altas cotas.
martes, 18 de octubre de 2016
ÓPERA EN CORIAS
No sé si, queridos compañeros, guardáis, aún, en la memoria —no la flotante como la de los ordenadores, sino en la perenne— aquella graciosa y fascinante ópera que unos cuantos alumnos tuvimos la inmensa suerte de interpretar en Corias. Sí, sí; en Corias se llegaba a tan altas cotas.
Habíase elaborado un programa de mano al más puro estilo de los del
Teatro Campoamor: Un folio doblado por la mitad del eje vertical, con un dibujo
en la portada que además del título mostraba una pretendida escena del “drama”
que se representaba. En las planillas interiores, además del argumento, dramático
claro, figuraba el reparto de todo de elenco del bel canto, en busca del mejor resultado del legato, coloratura y
virtuosístico…, brillantez de los agudos de Cachito y de los graves de un
servidor…
Habíanse impreso en aquella
multicopista de origen alemán, Gestetner, postrera primicia de la comunicación,
gracias a la cual se pudieron imprimir los gloriosos ejemplares del
injustamente poco loado periódico Piñolo… También, dicho sea colateralmente, estas
multicopista eran usadas para difundir mensajes antisistema… (Lo aseguro, porque como cantaba Mary Triny, "quién a los quince años no dejó su cuerpo abrazar...".
Pues el título de aquesta insigne pieza musical no era ninguna boutade:
“La Vendetta”, con subtítulo de “Il Ritorno di Fiama”, aunque en el programa
por una cuestión de libre traducción figuraba “El Tiri per la Culata”, mucho más
expresivo, ¿no? Y el reparto…¡ah el reparto!: lo más florido disponible por aquellos
claustros. En él figuraba yo como un tal Giuseppe Manolino Gera, que me habían
adjudicado el papel de Rey… —perdón— que un determinado pasaje del primer acto,
lleno de dudas y sospechas, interrogaba a Tadeo, mi fiel y valiente soldado, con
voz grave como corresponde a un rey, en do sostenuto:
— ¿Di dónde si arriba, Tadeo, el piu bravo guerriere?
— Yo vengo de Tineo,
respondía Cachito con voz de
tenor, vichita molto importante… Seguía
narrando las excelencias de la villa, del parque donde Rubén cazaba (ya
entonces) amores al azar y que tenía algún malhecho
(que Dios tendrá en la gloria por lo buena persona que era) y maltrazaus bastantes. (Uno de los cuales
era yo).
Habíamos ensayado durante un mes bajo la atenta escucha del Padre Castaño,
acompañado de la exquisita y refinada musicalidad del lenguaje sinfónico del
Padre Luciano y con una atrevida puesta en escena que tanto gustaba a las
mocinas de Cangas, de sobra avezadas a estos cultos actos.
El resultado, como dicen que dijo —yo no lo oí—, Nietzsche, desde
entonces no sólo me resulta imposible vivir sin música, sino que la ópera, la
música,…el arte en definitiva, es para siempre y para todos: no sólo para unos
pocos.
Tal es así que pocos años adelante, en una romería de prau por el río
Naviego arriba ¿?, acompañando a, ¡ay
mocinas de Cangas!…, quedé atónico (¡entiende usted?: sin tono) cuando un virtuoso
acordeonista anuncia la siguiente melodía de color diciendo:
— Y ahora, señores y señoras, les voy a intrepetrar un foxtró a toda
ostia… (Tal cual escrito queda).
P.D. 1. Y que esto lo diga uno de Gera…, aunque esto otro que añado entre
comillas, lo dijo otro de Tineo hace algo más de veintiséis quinquenios y dos
años más:
“Esos señores —se refiere a la llegada de la Orden de
Predicadores a Corias, tras 27 de abandono del monasterio— son queridos y
respetados en la comarca por su ilustración y afabilidad con todo al mundo, que
los capta las simpatías de cuantos los conocen, prestando importantes
servicios, y dedicándose a la enseñanza. ¡Lo que va de tiempos a tiempos! Los
que había antes de Felipe II, querían ser respetados por la fuerza de las riquezas;
los de hoy, por la fuerza de la ciencia, la virtud y la modestia”. E. Carrizo.
P.D.2.
…me alegra que fuera uno, uno más, de Tineo quien así hablara…
P.D.3.
No es por jactancia no citar a otros actores sino que desde aquel entonces
habrán pasado casi, casi sesenta años y los míos…ya suman diez…; así que la
memoria orada hasta donde las circunstancias…y es que la ciencia llega hasta
donde llega la ciencia. Después, después está Dios.
¡Salud!
viernes, 7 de octubre de 2016
De la lima basta, al brownie de chocolate
Estaréis de acuerdo conmigo en
que existen lugares que tienen un atractivo especial, bien sea por su ubicación dentro del conjunto
arquitectónico al que pertenecen, o porque reúnen de por sí determinadas
condiciones telúricas o tectónicas que no se dan en el resto de compartimentos
del edificio y por lo tanto, siempre
resulta agradable y reconfortante el permanecer bajo su techo, independientemente
de la utilización a la que se les dedique. Tal es el caso del recinto que vemos
en la foto repleto de mesas y de comensales en plena degustación del Pote cangués,
y qué casualidad, que muchas de estas mismas
personas junto a muchísimas más, en otros tiempos ya lejanos, ocuparon
diariamente durante una o dos horas este mismo espacio, pero no como lugar de
deleite gastronómico, sino como aula de formación práctica de la asignatura de
Tecnología que era el Taller de Metal.
Hoy se le denomina a este aposento sala Monte Muniellos, en honor a la Reserva Natural de la Biosfera, distante de aquí tan solo unos 25 km y que es cuna del oso y del urogallo, con una riqueza forestal de roble, haya y abedul de las mejores conservadas de Europa.
Hoy se le denomina a este aposento sala Monte Muniellos, en honor a la Reserva Natural de la Biosfera, distante de aquí tan solo unos 25 km y que es cuna del oso y del urogallo, con una riqueza forestal de roble, haya y abedul de las mejores conservadas de Europa.
En la actualidad, lo que era el
antiguo Taller de Metal y después de su reconversión, está claro que sigue siendo
un lugar complaciente, pues basta ver la
animada comida que están celebrando los antiguos alumnos de Corias y sus familias, con motivo del Encuentro anual que tiene
lugar el último sábado de septiembre de cada año. Pero si nos remontamos a los tiempos del instituto laboral las horas
que aquí pasamos los alumnos siempre fueron amenas y entretenidas. Si después nos fueron más o menos útiles como formación académica para el
camino que tomó cada uno, eso no lo sé, pero perjudiciales seguro que tampoco.
Las clases prácticas de talleres, tanto
en el de Madera como en el de Metal o en el de Electricidad, y posteriormente
en el de Cerámica, siempre eran como un aflojamiento en la jornada diaria después
de la rigidez, dificultad y
concentración que requerían las asignaturas troncales, aunque entonces no se
llamaban así: decíamos las importantes.
El profesor del taller, el señor
Lisardo, era hombre serio y un experto tornero que cumplía perfectamente su misión docente de enseñarnos a manejar toda aquella maquinaria de la que
disponíamos, para luego llegar a saber mecanizar todo tipo de piezas de metal,
tanto de soldadura en sus dos versiones: oxiacetilénica y eléctrica, como de ajuste y de torno. Todos recordamos aquel enigmático
armario metálico, cerrado a cal y canto,
donde el profesor Lisardo guardaba como oro en paño el cuadernillo de las
notas, las soluciones de las diferentes combinaciones de los números de dientes
de las ruedas conductora y conducida que se colocaban en la lira del torno para
obtener una determinada rosca, por ejemplo, de un paso de 8 hilos por pulgada si era rosca Whitworth, o de 2,5 m/m si ese trataba de rosca Métrica. Detrás de
estos tesoros de papel estaba a buen
recaudo la botella de orujo, que de vez en cuando y siempre fuera de las
horas de clase, y amparado por su mozo
de estoques, Jose de La Chata, tenía la ocurrencia de dar a probar al pardillo de turno que cayera
por allí, aquel Bálsamo de Fierabrás haciéndolo pasar por agua del grifo.
hoy día saboreamos un delicioso "Brownie" de chocolate.
B. G. G. bloguero “Prior”
martes, 4 de octubre de 2016
De nada hombre, de nada…
Hace
poco aludía yo en este blog a la trascendencia que puede tener en una vida la
toma de decisiones que sobrevienen en un momento determinado e irrepetible.
Citaba el caso de un alumno al que orienté y reorienté su vida dos veces… Por
lo original del caso me decido a contarla a sabiendas de que en forma alguna
será identificado por nadie. Es un secreto que sólo yo he tenido para mí, como
muchos otros.
Allá
por los 60, el ingreso en Corias lo determinaba un examen que no hacíamos
nosotros si no funcionarios del Estado, una vez al año en Julio y en Oviedo.
Se
llamaba el P. I. O (Principio de Igualdad de Oportunidades). Una vez aprobado
el examen, las familias decidían donde enviar a sus hijos. A Corias iban unos
100 cada año. Los que por no hacer el examen en Oviedo, no tenían beca, tenían
que ir por libre, o sea, pagando el internado y previa superación de un examen
que les hacía Pepe Morán, que era el secretario.
Un
año, se me presentó un hombre con su hijo, para tal prueba. Se conoce que no
habían tenido noticias del P. I. O y venían por libre. El muchacho era un tipo
fuertote y con cara de buena persona. El padre me indicó que tanto el cura como
el maestro estaban empeñados en que estudiara pues le veían sumamente capaz. De
paso debo indicar, que aquel hombre era muy mayor, con ciertas evidentes
minusvalías físicas y además, viudo. Era campesino. A mí me llamó la atención
que tuviera la grandeza de espíritu de renunciar a la ayuda del chaval por el
bien de éste. Le hice una prueba y quedé impresionado. El chaval sabía todo y
no había forma de cogerle en un fallo. El tema, por ese lado, estaba resuelto.
Pero todo se torció cuando, al ir a tomar
los datos personales del chaval, me percaté de que ya tenía los 14 años
cumplidos. ¿Y qué…? Pues que el consejo de profesores había decidido en el Junio anterior, no admitir a ningún
chico que tuviera los 14 cumplidos. Ello era debido a que nos pareció que en el
primer curso había una disparidad de edad que iba de los 10 a los 16 y tratamos
de corregirlo.
Cuando
le dije al hombre que no podía admitirle se me
derrumbó. Casi lloraba del disgusto.
Yo
me conmoví ante aquel extraño fenómeno de desprendimiento paterno en un hombre
de campo y minusválido. Yo no podía pedir una reunión urgente del Consejo de
Profesores para explicar el caso. Entonces
tomé la decisión de pasar por encima de la ley. Yo ya sabía entonces (no
todo lo aprendí en la Biblioteca Nacional) que existía algo llamado epikeya,
inventado por Aristóteles siglos antes de Cristo. Es decir, que hay que aplicar
la ley siempre, pero no se debe de aplicar si su aplicación va a producir un
perjuicio o un mal irreparable.
Era
evidente que por la edad era imposible subsanar el caso al año siguiente. Luego
estaba en mis manos decidir si estudiaba o volvía a l pueblo a cuidar vacas. Y,
claro, le dije que yo le admitía. ¿Cuánto costaba al mes un interno? Creo
recordar que eran unas 1300 pesetas. El hombre que lo oye se viene abajo de
nuevo. No disponía de ese dinero mensual. Y, el que conocía esa realidad, sabía
que era normal que no dispusiera del dinero. Ese mismo verano, un amigo mío
bastante adinerado me había dicho que si veía algún caso de un chico capaz pero
pobre, él se ofrecía a pagarle los estudios. Con una sola condición, que nadie
supiera jamás quien lo pagaba. Que era
un asunto entre los dos.
A
estas alturas de la reunión yo ya estaba lanzado. Le dije al hombre:
- - No
se preocupe, que venga sin pagar.
- - ¿Quién
lo paga? Quiso saber.
- - Señor,
eso no puedo decirlo. Lo he prometido.
- - Entonces
no puedo aceptarlo.
- Bien,
es usted libre de aceptarlo o no, pero no puede pedirme que falte a mi palabra
de no revelar su nombre.
- - Bueno,
venga, lo acepto.
Así
ingresó el chaval en Corias. Fue durante siete años y extraordinario alumno.
Al
terminar Corias pidió una beca salarial para estudiar en Madrid. Se la
concedieron. El importe no sé cual era, pero si sé que el Doctor Avanzas, tenía
una beca para estudiar medicina en Salamanca de una cuantía mensual mayor que
el sueldo de su padre.
Fue
en esa época cuando yo cambié para la vida seglar y me fui a Madrid, una amiga
mía de Ujo entró un día a un bar y oyó al camarero hablar con un cliente.
Hablaban de Corias. Esperó un momento y le preguntó al camarero:
- - ¿Has
estudiado en Corias?
- - Sí,
todo el bachillerato.
- - Entonces
conocerás a un tal Pepe Morán.
¡ - ¡Ay! No me diga que le conoce y que sabe dónde encontrarlo.
- - Pues
sí -dijo mi amiga– le diré que estás
aquí y que venga a verte.
- - Fui.
No faltaba más.
Me
contó que al terminar el primer año de la carrera sacó una nota media de 6,6 y
para conservar la beca pedían un 7 de media. Entonces ante la alternativa de
volver avergonzado al pueblo o ponerse a trabajar optó por esto último. No
encontró nada mejor. Trabajaba doce horas al día, dormía en un camastro en la
trastienda y rezaba todas las noches para que su suerte le cambiara.
Pues
mira, ya te ha cambiado.
Ese
mismo día llamé a un amigo mío que presidía la delegación de una empresa en
Madrid:
- - Oye,
tengo un chaval que tú necesitas.
- - Pepe,
y no necesito a nadie ahora.
- - Escucha,
te lo ofrezco a ti por amistad.
- - Que
no necesito a nadie.
B - Bueno,
mira, mañana irá a verte a tu despacho. Y te digo más, no pasará ni una semana
sin que me llames para darme las gracias.
- - Pepe,
por Dios, que yo…
- - Nada,
nada. Mañana irá a verte.
No
se cumplió la semana, pero sí mi pronóstico de que me llamaría para darme las
gracias.
De
nada hombre. Si necesitas media docena más, te los mando. De Corias,
naturalmente.
Una
vez encarrilado me desentendí de él. Sé por mi amigo, que se matriculó en
derecho, que hizo la carrera, que ganó unas oposiciones y que llegó a un alto
cargo en la Administración Pública.
Y
nada más. Nunca recibí noticias suyas. Ni una llamada, ni un Christmas, ni
recuerdo de…
Confieso
que me afectó. Tanto que me prometí no volver a hacer favores así. Pero, claro,
no lo cumplí. Hice muchos. Es inevitable.
Cómo
estoy convencido de que nadie puede identificarlo aquí.
Y
como consejo: Haz el bien y que no se entere tu mano izquierda de lo que haces
con la derecha.
Pepe Morán. Dominico-ex
lunes, 26 de septiembre de 2016
A VUELTAS CON LOS IMPUESTOS
Por todos es sabido que pagar los impuestos
es uno de los primeros deberes cívicos. Los impuestos son pilares básicos que sustentan la sociedad, permiten su funcionamiento y
articulan el llamado estado social a través de una redistribución de la riqueza.
Al menos, sucintamente, esta es la teoría. Sin embargo es un tema que suscita infinidad de controversias.
La base de esos desacuerdos, independiente de la mayor o menor voluntad de cada
ciudadano a la hora de rascarse el bolsillo, radica en las leyes injustas que
regulan el pago de impuestos. No es de recibo que mientras los asalariados
sujetos a nómina y pensionistas son fiscalizados y pagan hasta el último céntimo las grandes fortunas y las grandes
corporaciones dispongan de mecanismos, ingeniería financiera
llaman, para eludir o reducir al mínimo esos pagos.
No resulta casual que durante el último lustro, mientras se reducían los
salarios y las pensiones permanecían en la práctica
congeladas, se incrementaran de forma exponencial las grandes fortunas y el número de nuevos ricos gracias a la política económica y fiscal del gobierno ahora en funciones.
Ante esta injusta situación un grupo de amigos ha comenzado a reflexionar y me han hecho
llegar algunas primeras conclusiones que piensan hacer llegar hasta Bruselas.
Si éstas son tenidas en cuenta y el próximo
gobierno no cambia la legislación para hacer tributar de forma más justa a las grandes fortunas y corporaciones que operan en España las arcas del Estado sufrirán un agujero
enorme.
Hace muchos años que
abandonamos Corias y la inmensa mayoría de
aquellos antiguos alumnos somos ya pensionistas. Ese es el motivo de publicar
en el blog las conclusiones de esta reflexión.
En mi opinión no se
trata de un “sálvese quien pueda”. Sí de un régimen tributario más justo.
ulpiano rodríguez calvo.
ATENCIÓN
PENSIONISTAS. La indignación ante una injusta realidad ha ido
creciendo: El cobro de la pensión debe ser
excluido del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF) por las siguientes razones:
1º - No es un rendimiento del trabajo.
2º
- Estas pensiones actuales se fueron generando
durante la vida laboral y con el cobro de los salarios mensuales/anuales ya
fueron sometidas al I.R.P.F Es decir ya
tributaron por el impuesto.
3º - Por lo tanto al ser sometidas en la actualidad al I.R.P.F están siendo gravadas nuevamente por el mismo impuesto cayendo
claramente en la figura de “doble imposición”. Situación que se debe corregir
haciendo que la pensión quede excluida del I.R.P.F
4º – En todo caso la pensión podría tener cabida como rendimiento de capital mobiliario, con una
fiscalidad mucho menor que va
disminuyendo progresivamente de manera notable con la edad del jubilado.
5º – Tendría sentido esta
figura toda vez que el jubilado fue acumulando ese capital a lo largo de su
vida laboral y pagando el correspondiente I.R.P.F para cobrar al final de ella
la pensión.
6º – Esta figura está contemplada en la Ley de la cual se benefician las entidades
financieras privadas con el producto de Renta Vitalicia Inmediata aplicada a un
capital del cliente (que en nuestro caso
sería el capital acumulado por nosotros durante la vida laboral) para
eso una renta vitalicia inmediata (asimilable al concepto de nuestra pensión).
7º – Concluyendo: nuestra pensión NO ES UN
RENDIMIENTO DEL TRABAJO Y YA FUE SOMETIDA AL IMPUESTO DURANTE NUESTRA VIDA
LABORAL, POR LO QUE SE HACE NECESARIO CORREGIR ESA INJUSTICIA. Pero cómo es posible que paguemos dos veces. ¿Por qué a los jubilados, se les retiene el IRPF
de la pensión? ¿No la paga el Estado? Ya pagaron el IRPF
cuando trabajaban, incluso durante más de 40 años, para tener derecho a esa pensión limpia de polvo y paja. A los cargos políticos del gobierno, parlamento, senado etc. etc. no se les aplica
la retención del IRPF y todos ellos también cobran del
Estado.
domingo, 25 de septiembre de 2016
ENCUENTRO EN CORIAS
Como cada año y coincidiendo con el último fin de semana de Septiembre nos hemos reunido en nuestro viejo Convento de Corias, hoy convertido
en un excelente Parador de Turismo según el programa preparado al efecto por la Dirección de ADEACO.
Siguiendo la costumbre a partir de las 12 de la mañana fue llegando el personal a la explanada de la Iglesia para asistir a la Misa anunciada para las 12:30 y que habitualmente oficia el P. Basilio pero que en esta ocasión un compromiso de última hora en su residencia de Caleruega le impidió su asistencia.
Una vez tomadas las correspondientes fotos de familia se pasó a uno de los claustros donde en espera de la comida Paradores nos ofreció el ya tradicional aperitivo. Este año el Potaje de la comida creo que merece una buena calificación. Confiemos en que se mantenga.
Tras el acto ya obligado de la charla del Sr. presidente que está ocasión dio la impresión de querer abandonar el barco en espera de que otro Capitán asuma el mando del mismo, se pasó al no menos importante sorteo de obsequios aunque también debo decir que cada vez hay menos regalos. ¿Para cuando se le pide a la dirección del Parador para que ofrezca una noche para poder comparar entre la "confortabilidad" de aquellas literas de antaño y las estupendas habitaciones que ahora ocupan lo que fue nuestro querido Instituto.
No sé cómo saldrá esto ya que anoche me fue imposible por no tener conexión de internet y ahora lo estoy haciendo con el IPad pero resulta un poco complicado hacerlo. Esperemos que al menos pueda colocar alguna foto. La mejor reseña será la que nos ofrezca el Prior cuando regrese a León.
Creo no me deja meter fotos así que espero que la buena maña de Benjamín solucione en parte este desaguisado.
miércoles, 14 de septiembre de 2016
DOMINICOS
En
plena escalada de la edad cuando uno ya ha dejado atrás casi todo, resulta
inevitable, y a veces divertido hacerse una reflexión retrospectiva. Como todos
estamos hechos del mismo barro, no seré yo el único que se interpele a sí mismo
con esta pregunta: Y ¿Qué hubiera sido de mi sin…? ¿Sin qué? Por ejemplo sin
tal persona que -para bien o para mal– ha sido decisiva en mi biografía, si tal
libro cuya lectura fue la simiente de una vocación posterior, tal encuentro
fortuito que vino a orientar o reorientar toda mi vida, tal oportunidad que se
me ofreció justo en el momento decisivo, tal decisión que marcó toda mi vida
con un antes y un después de haberla tomado. El hecho de que, en mi pasado, se hayan producido determinados
acontecimientos y otros han conducido a que hoy seamos lo que y como somos.
En
mi caso concreto (para qué voy a buscar otro ejemplo estando yo aquí y ahora)
tengo por seguro que soy lo que soy por el efecto de cuatro cosas: mi madre, mi
maestro, la Orden Dominicana y la Biblioteca Nacional.
Lo
de mi madre fue un regalo del destino.
El
primer día que asistí a la escuela en Campomanes, el maestro me pegó en la
cabeza con una vara metálica. Eché mano al pelo y saqué la mano llena de sangre.
No lo pensé dos veces. Cogí el tintero que había sobre la mesa y se lo arrojé a
la cara. Acto seguido recogí mis bártulos y me fui para casa. Mi madre, después
de oírme sentenció: “A partir de mañana vas a la escuela de la Frecha”. Así fue
como caí en las manos de un maestro extraordinario.
En
el año 72 se me planteó una difícil disyuntiva cuando acudí a mi amigo Máximo
Aza, diplomático en Asuntos Exteriores para que me buscara una plaza de
profesor de español en Canadá.
- -¿Lo
dices en serio?
- -Sí,
te lo digo en serio.
- -Antes
de una semana me llamó:
- -Pepe,
tienes una plaza de profesor en Vancouver.
No
lo acepté. Me incliné por la Biblioteca Nacional.
Si
lo hubiera aceptado… hoy sería un anciano canadiense, jubilado en una casita al
lado de un lago en un bosque de abedules de tronco plateado, con tres nietos
canadienses jugando por allí, tendría cierta amistad con un oso pardo que
frecuentaría mi trato. Me vería libre de la estúpida pesadilla de acudir a
contestar por tercera vez en un año quien quiero yo que gobierne.
Os
invito a que hagáis un ejercicio mental similar al mío. Quitad de vuestra
biografía uno o varios factores que fueron decisivos e imaginad sabe Dios qué
delirantes vidas habríais vivido. Los que lo miramos desde una de las últimas
curvas que restan para meta, ya sabemos que somos lo que somos y cómo somos
porque fuimos lo que fuimos.
Al
final del año 71 entré un día en un bar de mala muerte en el Madrid de los
Austrias. Allí me encontré, por casualidad, con un camarero que había sido
alumno mío en Corias y al que la mala suerte le había llevado a una situación
precaria. Una semana más tarde entró a trabajar en una empresa de reconocido
prestigio. Ello le permitió hacer la carrera de derecho y terminar en un alto
puesto de la administración.
Cuando
este chico ingresó en Corias tuve que hacer una trampa para matricularle, pues
tenía 14 años cumplidos y además de la trampa, le facilité el ingresar en
Corias sin pagar ni un céntimo el primer año.
El
resto ya fue cosa suya.
Por
cierto, nunca volví a tener noticias suyas desde entonces. Ni una humilde llamada.
Si
le veis por ahí -que seguramente le veréis-
decidle que estoy esperando que me invite a un café. Descafeinado.
Hay
teorías que defienden que lo esencial de la persona, aquello que constituye la
base y fundamento que lo configura para siempre, sucede en lo que vivimos entre
los 0 y los 12 años. Que a partir de los doce, solo vamos adaptando lo que
somos al paso del tiempo y sus vicisitudes. Es decir que yo sería irreconocible
sin esos 12 años primeros pero también seria inexplicable sin los sucesos que
luego terminaron por diseñarme tal como soy.
La
famosa teoría que define la filosofía de Ortega, es decir: “Yo soy yo y mis
circunstancias”. Sería la explicación condensada en cinco palabras, de la
complejidad de nuestra vida.
El
tiempo y avatares de la vida, han sido el artista que fue cincelando lo que
soy. ¿Es posible explicar nuestro presente sin conocer nuestro pasado?
Rotundamente, no. Para bien o para mal somos así porque fuimos así.
Yo
no sería tal cual soy sin uno de los episodios más básicos de mi vida: la
pertenencia a la Orden Dominicana. Me satisface reconocer que sin la orden, hoy
sería otro. Reconozco agradecido lo que para mi supuso la pertenencia a la
orden. Fue, lisa y llanamente, una segunda madre.
Y
ahora mamá cumple 800 años. Eso es lo que celebramos hace días en Oviedo un
ingente número de dominicos ex e in. La comunidad de Oviedo nos invitó a todos
a una reunión fraternal. Primero rezamos juntos y luego nos invitaron a comer
en el convento.
Acompaño
las dos fotos que allí me hice. En una estoy con el padre Ricardo, prior del
convento. En la otra con el padre Galán, director del colegio.
Debo
aclarar algo que sería insólito en la vida civil. Los dominicos de la comunidad
de Oviedo nos sirvieron a la mesa.
Con
el prior a la cabeza. Que el anfitrión sea también el camarero es algo que solo
se puede dar y comprender en una institución tan antigua, venerable, virtuosa y
noble como es la orden.
Quedamos
citados para el 900 centenario.
Pepe Morán. Dominico-ex
domingo, 4 de septiembre de 2016
CINCUENTA Y CINCO AÑOS DESPUÉS
Con este septiembre un nuevo verano se va
por el sumidero del tiempo. Antes de despedirse me deja antiguas imágenes aún vivas, no
importa que sobre ellas hayan transitado, y dejado sus huellas, otros cincuenta
y cinco veranos.
En junio las notas en Corias llegaban con
olor a hierba recién cortada. Mientras las guadañas con su
característico sonido, mitad silbido mitad rugido, atacaban por los prados
la alta hierba que se tornaba dorada, nuestros profesores afilaban los lápices para fijar las notas de fin de curso y, también a veces, los convertían en guadañas. Los lápices no segaban hierba, sí las cabezas
de algunos alumnos, al menos su futuro de estudiante. Los decapitados, al no
poder disponer ya de beca, casi siempre eran arrojados extramuros del
Instituto. Solo un hálito de esperanza, una especie de
purgatorio a penar durante todo el verano, quedaba depositado en los exámenes de septiembre. Si entonces los lápices
continuaban siendo inclementes las puertas del Instituto se cerraban para
siempre y su futuro, en muchos casos, decidido; cuidar unas pocas vacas y
trabajar unas tierras, si las había, o
entrar por el agujero negro de la bocamina.
No debía resultar fácil (Morán se ha referido a ello repetidas veces),
para aquellos profesores ejercer de juez y verdugo. De su lápiz –guadaña- podía depender el futuro de un alumno. Hoy podemos imaginar sus dudas
y desasosiego entre el fatídico cuatro y el salvador cinco. Algunos
profesores, aunque la responsabilidad no fuera en buena parte suya, ante el
desastroso examen que estaban corrigiendo se culparían de su
fracaso como docentes. Otros se regodearían (palabra
muy de moda en el
instituto-convento) calificando con un
cuatro o nota menor y tomar así una alambicada venganza contra aquel
proyecto de individuo incapaz de atender a las explicaciones, elemento
perturbador y graciosillo incluso, durante las interminables horas lectivas del
curso. De estos últimos existían dos tipos con muy diferente suerte:
Los que hacían gracia, y su cuatro se podía
transformar en cinco, y los que no, condenados a convivir durante el verano con
el estigma del cuatro.
Poco podíamos
disfrutar entonces, con aquellos lápices convertidos en guadañas sobre nuestras cabezas, de la maravillosa eclosión de vida multicolor, con predominio de todas las tonalidades del
verde, que se enseñoreaba de uno a otro confín del
concejo de Cangas. Escaso era el tiempo para, extasiados, contemplar cómo el agua y el sol vestían con hilos de plata las laderas de desnuda roca. O ver la folguera surgir de la tierra como un fino
violín antes de desplegar su voluta sobre el grácil mástil para
formar la fronda. Miles de frondas. Bajo ellas se cobijarían los animales más pequeños del
monte.
En contadas ocasiones, entre examen y examen,
un profesor se apiadaba de nosotros y nos llevaba, para desanudar los nervios,
a dar una vuelta por el monte. Si se trataba del P. Castaño era a la parte más alta, a los confines de la finca del
instituto-convento. Allí nos ordenaba rebuscar entre las
xiniestas, ya vestidas de deslumbrantes amarillos o blancos y perfumadas de
penetrante olor, hasta encontrar los más raros
especímenes de la fauna del lugar. Los seleccionados, una vez disecados,
completarían las colecciones del Museo de Ciencias Naturales, gran afición de aquel profesor. Si era el rector, P. Jesús Martín, quien nos pastoreaba solía
permitir acercarnos al bosquecillo de
cerezos situado a media ladera. Las cerezas de mayo son de las primeras frutas
que maduran en Cangas y por ello las más ansiadas.
Admirados contemplábamos cómo los rayos de
sol, al penetrar entre las verdes hojas, arrancaban de aquellos frutos ya rojizos destellos de rubí. Con consentimiento de nuestro guardián o a
hurtadillas tomábamos alguna de aquellas tempranas cerezas que al llegar a la boca
se tornaban en carnosos y dulces labios de novia enamorada.
Terminados los exámenes
llegaba la estampida. El silencio se adueñaba de aulas
y claustros castigando con estruendosos y múltiples ecos
cualquier indicio de vida. Solo algunos días, como nos
contaba el recordado Carlos Lobato, la magnanimidad de un guardián permitía acceder al patio del frontón a los chavales de Corias. Jugaban al fútbol y sus
gritos junto al sonido sordo del balón rompían ese
silencio en mil añicos.
La suerte de los estudiantes ante las
vacaciones era dispar. Unos podían haraganear y divertirse desde el
primer al último día. Otros, sobre todo quienes proveníamos de casas de labranza, teníamos que
arrimar el hombro en las tareas de la casa: ayudar a terminar de pañar la hierba, cuidar vacas y ovejas, echar el agua a los praos
cuando correspondía la vecera, enramar y ayudar a sulfatar y azufrar las viñas, segar el trigo y el centeno además de otras múltiples tareas requeridas por una casa de labranza. Esto, en Limés al menos, no impedía bajar al río después de comer a bañarnos con las chavalas del pueblo.
Tampoco, hasta ahí
podíamos llegar, ir a todas las fiestas que
se celebraban en la zona.
El verdor de los campos adquiría tonos dorados mientras los días de
vacaciones transcurrían raudos, arrastrados por voraz
torbellino. Alcanzábamos finales de agosto embriagados por el olor de la manzanilla
en las cumbres. Entonces la tarea se multiplicaba, había que mayar el trigo y el centeno. No solo el de casa, también ayudar a familiares y amigos. Durante una o dos semanas el
rugido de la máquina, al devorar los manoyos para separar el grano de la paja,
inundaba todo el valle. Al terminar la faena, en cada casa éramos obsequiados con pantagruélicas
comidas regadas con abundante vino. Éste limpiaba bien el gaznate del polvo de
la paja.
Con la llegada de septiembre el final del
verano se precipitaba, la fiesta del Acebo, como un mojón, marcaba su fin. El desfile de autocares rebosantes de
veraneantes rumbo a Madrid se intensificaba hasta que, pocos días después, partía el último. Montañas y valles de Cangas quedaban envueltos
por un profundo silencio disturbado solo por el sonido metálico de la esquila de una vaca. Silenciosos también maduraban los racimos en los viñedos de las
laderas del valle. Llegaba la hora de la vendimia y de nuevo se multiplicaba la
tarea, vendimiar para casa y para familiares y amigos. Se repetían las comilonas y se trasegaba abundante vino.
El
final de las vacaciones, y regreso a Corias, llegaba cuando los castaños abrían sus erizados ojos mostrando miles de iris dorados.
Al llegar nos encontrábamos con antiguos y nuevos compañeros, también con el olor a tinta y cola de los nuevos libros. Hacíamos recuento de los compañeros
ausentes, unos víctimas del lápiz-guadaña de algún profesor, otros por los más diversos
motivos. Si se había intimado con alguno en el curso anterior, independiente de cual
fuera la circunstancia, el pesar por la pérdida no era
menor.
Dentro de unos días antiguos
alumnos volverán a encontrarse en el convento-instituto hoy convertido en
flamante parador. Con pesar, por circunstancias, este año tampoco podré acudir. Pero quienes acudan volverán a hacer recuento de los ausentes, ausencia trágica ahora, para recuperar su memoria y para que esa memoria
acompañe a todos los presentes durante
muchos encuentros más.
ulpiano rodríguez calvo.
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