PRESENTACIÓN

Anualmente cuando nos reunimos los antiguos alumnos de Corias, bien sea en grupos minoritarios por promociones en diferentes lugares del Principado y alrededores, o de forma general en el encuentro de Corias a finales de cada mes de septiembre, siempre solíamos comentar al sentir la alegría de juntarnos de nuevo que, era una pena el que hubieran pasado tantos años sin comunicarnos y sin saber unos de otros.

Afortunadamente, en estos tiempos eso está subsanado gracias a los medios informáticos disponibles que tenemos a nuestro alcance. Aprovechando la oportunidad que nos brinda BLOGGER para poder crear un espacio cibernético común, en la nube, donde se pueda participar y expresar los recuerdos que cada uno de nosotros guardamos celosamente de aquellos años, es cuando surge el Blog de los antiguos alumnos de Corias.

Esta elemental presentación lo único que pretende y persigue es reavivar la amistad y la armonía que hemos trabado entre todos nosotros durante los años de convivencia en el Instituto Laboral San Juan Bautista de Corias y, que a pesar del tiempo transcurrido, aún perviven frescas en nuestro recuerdo.

Otro de los objetivos del blog es recordar y compartir las peripecias vividas por aquellos jóvenes que coincidimos bajo las mismas enseñanzas, disciplinas, aulas, comedores, dormitorios, juegos, etc., durante varios años en el convento de Corias y que aún las tenemos muy presentes.

La mejor forma que tenemos para rememorarlo es ir contando en este blog todos los pasajes que cada uno de nosotros recuerde, expresados con la forma y estilo propios de cada uno pero, siempre supeditados a los principios del buen gusto, el respeto y a la correcta educación que nos han inculcado los padres dominicos. El temario en principio aún siendo libre, sí debiéramos procurar en general, que tengan preferencia los temas relacionados con el colegio y su entorno, ya que es el vínculo y denominador común entre todos nosotros.

Como es lógico, cada colaborador es el único responsable de sus opiniones vertidas aquí en el blog; las cuales pueden ser expresadas libremente sin condicionantes ni cortapisa alguna por parte de la dirección; tan solo debemos atenernos todos, a las premisas mencionadas anteriormente del respeto y el buen gusto.

Una vez hecha esta breve presentación, se pide la colaboración y aportación de todos los antiguos alumnos pues, seguro que todos tenemos algo ameno e interesante que contar. Unas veces serán relatos agradables y divertidos, y otras no tanto; pero así es la realidad de la vida.

Al blog le dan vida una serie de antiguos alumnos que colaboran de forma fehaciente y entusiasta con Benjamín Galán que es el bloguero administrador. A este galante caballero el cargo de administrador no le fue asignado por méritos propios, más bien por defecto, de forma automática; simplemente, por ser el titular del blog. Pero podría delegar el cargo en cualquier otro colaborador que así lo deseara.

De antemano, muchas gracias a todos los participantes y colaboradores. Tanto a los antiguos alumnos y profesores que deseen intervenir, como a todos nuestros amigos lectores.

¡A colaborar y a disfrutarlo!

(21 de noviembre de 2009)

B. G. G. (BLOGUERO PRIOR)

domingo, 16 de diciembre de 2012

EL APROBADO O EL SUSPENSO DE ALGUNAS FLORES


Desde hace unos años a esta parte, vengo observando una curiosidad muy peculiar,  relacionada con el comportamiento de determinadas plantas de interior bastante comunes, como  las que existen en muchas de nuestras casas y que, al menos en la nuestra,  bien se podrían considerar como auténticos indicadores o medidores del buen o mal ambiente que haya habido entre los habitantes de la casa durante el año. El hecho en sí puede parecer  un tanto pueril y hasta enigmático de momento, pero una vez observado durante varios ciclos vegetativos, como ha sido y es en mi caso,  yo pienso que  puede ser real y hasta creíble. Eso vendría a corroborar lo que dicen muchos entendidos de que las plantas, como seres vivos que son, también sienten y padecen, aunque sea a su manera, y que,  su comportamiento puede ser un reflejo del buen o mal ambiente en el que vivan.

Este bonito cactus que vemos en la foto, que es  conocido popularmente como La Lluvia, lleva en nuestra casa, junto a otros dos exactamente iguales, más de diez años y, si todo va normal durante el año, su floración suele producirse, casi con precisión, en vísperas de la Navidad. Pero debo decir que estos  curiosos cactus,  a mí me tienen un tanto mosca y hace varios años que los vengo observando. Como he dicho, estas curiosas plantitas pueden llegar  a ser un perfecto indicador de cómo se desarrollan los acontecimientos en la familia durante todo el año, mostrándonos  con su comportamiento la aprobación  o el descontento con el  ambiente en el que se desarrollan si éste ha sido más o menos propiciatorio. Si en la casa donde vegetan ha ido todo bien durante el año y no hubo  contratiempos de ningún tipo, ni elementos  o motivos perturbadores de la paz hogareña,   las plantas dan la sensación que se encuentran felices y a gusto, y en agradecimiento por el buen ambiente percibido,  con cierta precisión y hasta puntualidad, a mediados de diciembre ya nos están anunciando la Navidad, y lo hacen cubriéndose de  preciosas y numerosas  flores de color fucsia intenso. Sin embargo, los años que por diferentes motivos surgen inconvenientes perturbadores del buen ambiente familiar no lo hacen y da la impresión que estas plantas  acusan de forma muy directa los problemas  y nos   manifiestan su descontento no floreciendo, o haciéndolo a destiempo. Hay veces que lo hacen, totalmente fuera de época, en abril o en agosto, en vez de hacerlo en diciembre cuando debieran y les corresponde.

 Es curioso el caso. Si se para uno a pensar sobre ello se llega a la conclusión de que es cierto que las plantas sí perciben y participan de las buenas vibraciones de las personas con las que conviven; o al menos eso parece.

 Como vemos por la foto, este año las nuestras están estupendas y cargaditas de estas preciosas pequeñas “pagodas” de color tan llamativo. Algunas ya están abiertas y otras  están a la espera a punto de hacerlo de forma muy  gradual, para que la floración dure hasta pasada la Navidad. Hay años en que el periodo de floración les dura más y se alarga hasta mediados de enero, por lo menos.

Me gustaría saber si hay alguien más entre la gente del Blog que haya apreciado este peculiar comportamiento de estas bonitas plantas en este sentido, o de otros similares.

B. G. G. bloguero “Prior”

viernes, 14 de diciembre de 2012

RECETA 14-XII-2012


JAMÒN FRESCO A MI GUSTO.
Compramos un trozo de jamón fresco (no curado) que el carnicero nos lo haga filetes de un espesor de un centímetro.
PREPARACIÓN.- Tomamos unas patatas las laminamos de un centímetro de espesor y  las  salamos. En la bandeja del horno untamos con aceite toda la base y colocamos una base de patatas, picamos un diente de ajo y un poquitín de pimienta negra y lo echamos por encima. Tomamos el jamón y colocamos encima de las patatas; también le echamos un poquitín de ajo picadito y pimienta negra. Encima colocamos otra base de patatas, como las anteriores, preparamos una salsa de tomate y cubrimos la bandeja y metemos al horno, previamente tenemos el horno caliente ya a 180 grados. Ah,  se me olvidaba, el jamón antes de ponerlo encima de las patatas, pasarlo por la sartén  y sellarlo ligeramente.

                                            ¡BUEN PROVECHO!

Miguel ángel Vázquez

jueves, 13 de diciembre de 2012

EL FRAILE MISTERIOSO

La fotografía que ilustra la entrada, corresponde a una procesión en su honor. El dominico de hoy era hijo de un hidalgo español de la orden de Alcántara, natural de Burgos. Recibió la confirmación de   manos del arzobispo Santo Toribio de Mogrovejo.  Fue aprendiz de boticario, barbero entre otros oficios. En 1.594 con 15 años y con la invitación de un famoso teólogo dominico, entró en la orden bajo la categoría de donado. En 1.606 se convirtió en fraile. De su personalidad destacó la humildad y que fue santo en vida. Falleció a la edad de 60 años mientras sus compañeros rezaban el credo.-

                                ¿DE QUÉ DOMINICO HABLAMOS?

Miguel Ángel Vázquez

domingo, 9 de diciembre de 2012

EL BAÚL DE EMILIA

Hoy, he estado viendo algunas fotos de los objetos que tenían mis padres en su casa  y me he parado un rato mirando para el baúl que vemos en la foto y que a mí siempre me llamó mucho la atención. Este voluminoso arcón, que hizo de armario portátil durante muchos años y aunque está un tanto deteriorado por los testarazos de los vaivenes sufridos durante los viajes, me gusta conservarlo así, porque tiene su historia personal añadida, a pesar de ser un objeto que hoy día en las casas,  su uso está muy limitado por no decir que ha quedado obsoleto y casi  fuera de servicio.

Primeramente, para hacerse una idea,  voy a decir sus dimensiones: largo 110 cm,  ancho 53 cm y el alto ronda los 65 cm. En total tiene una capacidad de 0,38 m3 o 380 litros, que es un volumen más que  respetable, como para ser capaz de arrojar su contenido, entre  ropas y otras cosas de mayor densidad,  un peso de ciento y pico kilos. Cuánto más, si pensásemos que  hubiera que llevarlo con uno como equipaje en un largo viaje. A simple vista ya resulta  enorme, y mucho más, si uno piensa que este maletón en su día, fue como la “Samsonite” sin ruedas de la época para su dueña, donde guardaba todo lo que iba adquiriendo y que, pasados los años, llegado el momento de tener que retornar  a España, hubo que transportarlo como la joya más valiosa que almacenaba todo el capital acumulado por una joven trabajadora durante su prolongada estancia en América.

El susodicho baúl, que acompañó de forma casi inseparable a su ama durante mucho tiempo, que fue una asturiana aguerrida emigrada a América allá por los años veinte y  cuando ella regresó desde la capital bonaerense hasta el puerto de Vigo, teniendo que hacer escala por unos días en Lisboa, también la acompañó el dichoso baúl, aunque supongo que en lugar diferente de la pasajera,  pues el baúl vendría depositado en las bodegas del majestuoso vapor, Cabo de  Hornos, por un periodo de un mes largo por lo menos,  que era el tiempo que empleaba aquel fascinante y famoso trasatlántico, en  hacer la travesía  entre Argentina y España. Este gran vapor cuando el recorrido era en sentido inverso, normalmente,  lo hacía cargado con cientos de jóvenes españoles de ambos sexos, sobre todo norteños, que buscaban en las lejanas tierras argentinas: bonaerenses, pamperas o rioplatenses un horizonte mejor que el que dejaban aquí en su empobrecido país. Al cabo de muchos años, algunos de los emigrados, una vez “hechas las Américas”,  decidieron retornar a la madre patria, casi siempre a petición de los ancianos padres para hacerse cargo de las depauperadas haciendas, casas de labranza,  como fue el caso de esta joven propietaria del baúl, que se fue hacer las Américas con escasos 20  años y regresó rebasados los  38.

Esta valiente asturiana con muchas agallas, que por muerte temprana de padre y hermano se quedó su casa con solo mujeres, sin hombres que trajeran un jornal para poder pagar las deudas contraídas  con el señor Conde, a cambio del uso de sus fincas, no tuvo otro remedio que, aún  siendo muy joven, ofrecerse  a emigrar al cabo del mundo, con el objetivo de que hubiera alguien en la familia que enviara el dinero necesario para poder hacer frente a los desmedidos precios que exigía el usurero del  Conde de Toreno por las fincas que venían cultivando, cuando éste decidió vendérselas a los mismos  aparceros que las llevaban de renta.

Esta arrojada mujer llamada Emilia, que posteriormente me trajo a mí al mundo, se pasó diecisiete largos años trabajando duramente, siempre en labores domésticas en la Argentina, y como en aquellos años las mujeres según se iban haciendo mozas y mientras permanecían solteras, ya se iban preparando poco a poco el ajuar, con miras al matrimonio. Emilia, nada más llegar a Buenos Aires,  una vez acomodada y encontrado el primer trabajo, lo más prioritario para ella fue  comprar con los primeros pesos que ganó un hermoso y cumplido baúl, para que en sus ratos libres, que no serían muchos, poder ir elaborando ciertas ropas propias del hogar como: sábanas, manteles, servilletas, toallas, tapetes…etc; así como prendas  y vestidos de la misma persona para otro día tener algo suyo en propiedad  y poder formar su propio hogar. Todas estas labores que se iba confeccionando poco a poco durante los ratos de ocio, como eran hechas con mucha  ilusión y con antelación más que sobrada,  procuraba elaborarlas despacio y muy bien;  de forma que resultasen vistosas y lucidas,  es decir: a base de esmero y delicadeza, y todas ellas llevaban complicados  y artísticos  bordados, hechos completamente a mano, que aún hoy son admirados por todo persona que los ve y que nosotros  conservamos con gran afecto y en  perfecto estado.

Cada una de estas valiosas piezas que hacía la joven Emilia, según las remataba las iba guardando en su cofre, el cual era para ella como un tesoro, pues en él guardaba  todas sus ilusiones de juventud, sus fracasos, sus triunfos,  su esfuerzo y  todos  los  ahorros que eran  fruto del trabajo y sacrificio empleados para poder hacerse con un pequeño porvenir;  siempre  a base de  invertir muchísimas horas, las cuales había que quitar de su  tiempo de diversión, descanso  y esparcimiento. El principal motivo que alentaba a esta mujer a este duro sacrificio, era  la ilusión de que en un futuro  pudiera darles el cometido para el que ella las había confeccionado.

Al cabo de los años y una vez que esta moza estaba perfectamente acomodada y amoldada al adelantado nivel de vida que disfrutaban los argentinos para aquellos tiempos, llegó el momento de tener que decidir si quedarse allí para siempre, o volver a su casa natal donde su anciana madre la reclamaba insistentemente. Esta joven, muy a su pesar, no le quedó otro remedio que renunciar a todo su bienestar y retornar a España, al cabo de diecisiete años de permanencia en tierras sudamericanas, para hacerse cargo de la casa materna. Cosa que al final no aceptó y prefirió que lo hiciese una  hermana suya. Pero una vez retornada a su casa natal, comprobó el error tan grande que había cometido al decidir regresar de nuevo a la miseria y a la pobreza de antaño, que  por suerte ya tenía olvidadas. Desde el primer día de su regreso se le cayó el alma a los pies al tener que volver a padecer el atraso existente en aquellos años en todo el país,  y en una aldea aislada como era  la suya, aún  se hacía mucho más patente. Fue tal la decepción sufrida que, de inmediato, quiso volverse a la  Argentina. Pero el destino quiso que en ese medio tiempo se cruzara en su camino,  un joven mozo vecino suyo de Posada de Rengos, sastre para más señas y  llamado Benjamín, con el que en poco tiempo contrajo matrimonio. A esta mujer, una vez casada y en cuanto vine yo al mundo, los deseos  de volver a emigrar ya se le fueron debilitando y esfumando; no obstante, durante muchos años aún mantuvo la ilusión de algún día poder volver a su querida Argentina.

Bueno, sigamos con el baúl que, sin pretenderlo, me he distanciado un poco del tema. Como venía diciendo, todo el fruto de los diecisiete años de trabajo de esta moza estaba allí dentro de aquel  baúl y  debía llevarlo con ella como fuese, pues en él se encerraban todos sus recuerdos y pertenencias acumuladas durante los largos años que Emilia estuvo como trabajadora inmigrante en tierras americanas.

Yo me imagino el sacrificio que supondría para esta mujer en los años treinta-cuarenta, aparte del largo trayecto que debía de hacer sola, el tener que viajar y a la vez estar muy pendiente de cómo podría cargar, descargar y  transportar un objeto tan voluminoso y pesado  como era el baúl. Sobre todo,  para  acceder a los diferentes embarques y desembarques que fueron necesarios para traerlo desde Argentina hasta España. Simplemente, ya sería problemático el tener que sacarlo de casa y llevarlo hasta el puerto para su embarque. Para eso ya haría falta disponer de un furgón o similar para trasladarlo. Con lo cual, el engorro ya comenzaba desde el primer instante en que la persona se ponía en marcha, simplemente, para poder bajar de casa a la calle  un alamar de este calibre y peso,  pues es de prever  que no cabría en aquellos ascensores de cables y camarín de hueco muy reducido, que en Buenos Aires en aquellos años, ya sí los había en la mayoría de los edificios. Supongo que tendría que contratar a dos mozos de cuerda para que se lo bajaran de la casa a la calle por las escaleras y después se lo cargaran y descargaran en el vehículo que lo transportaría hasta el puerto para su embarque.

Es de esperar que, una vez subido a bordo el telar,  la propietaria ya podría descansar un poco más aliviada, aunque  sin perderlo de vista, y le permitiría despreocuparse un tanto de él;   al menos,  por  mes y medio que era el tiempo aproximado que permanecería en las bodegas del Cabo de Hornos, mientras este buque surcaba el mar Atlántico desde el puerto bonaerense hasta el de Vigo. Una vez atracado el barco en  puerto español ya cambiaba bastante el panorama, pero así y  todo, aún había que llevarlo desde Vigo hasta Gijón. Supongo que también sería por mar,  y desde aquí por fin, ya en coche por carretera  hasta Cangas del Narcea, para  finalmente depositarlo en Posada de Rengos que sería  su destino definitivo.

La verdad es que, este viajero baúl, necesitaría que lo cogiera por banda un buen restaurador que seguro lo dejaría como nuevo y bien merecido que lo tiene; pero, teniendo en cuenta las vicisitudes por las que pasó el dichoso maletón, se puede decir que no está en muy malas condiciones del todo. Por lo tanto, para mí como tiene un gran valor sentimental, así tal cual como está,  procuraré conservarlo todo el tiempo que pueda, aún por mucho espacio que nos robe en la casa. Simplemente, como homenaje a mi madre por haber sido una mujer  tan valiente y decidida.

B. G. G. bloguero “Prior”

RECETA 9/XII/2012


SETAS RELLENAS CON GUARNICIÓN DE CHAMPIÑONES

En  esta ocasión se trata de un plato sencillo y económico, Sr. Martínez. Para ello compramos  setas de buen tamaño, cuanto mayores sean mejor.

ELABORACIÓN.- Hervir ligeramente las setas, coger dos setas del mismo tamaño, cortarles el trozo de cola para queden más planas. Colocar  una de las setas encima de una  loncha fina de jamón  y encima una loncha de queso, tranchete, sin que nos salga de la seta;  cortar  un palillo en dos, colocar la otra seta encima y sujetar con los palillos. Rebozar en harina y huevo y freír.

GUARNICIÓN.- Pasar por la sartén ajo y cebolla bien picada, con aceite, añadir un chorro de vino blanco, previamente habríamos añadido pimientos verde y rojo en trocitos, un poquito de agua, poca, añadir los champiñones y guisantes, dejar que se hagan, lógicamente añadir sal y un  poquitín   de  pimienta negra.

PRESENTACIÓN.- En   plato llano dos o tres setas, según tamaño, acompañado de la guarnición A la guarnición se le pueden añadir unos taquinos de jamòn.

                                                       ¡BUEN PROVECHO!

Miguel Ángel Vázquez

sábado, 8 de diciembre de 2012

EL AMOR DE UNA IRLANDESA

Acostumbrados a mis artículos siempre jocosos os voy a sorprender con una historia personal, patética y casi de guión cinematográfico.
A finales de junio del año 68 aterricé en Cork (Irlanda) dispuesto a pasar los tres meses de verano en lo que ya era casi mi pueblo. Era el cuarto o quinto verano que me pasaría allí y ya conocía una multitud de gente. Es de notar que un irlandés no tarda más de 24 horas en hacerse amigo tuyo y, desde luego, en invitarte a cenar o a beber con él o ella una “pinta” de cerveza. Además yo tenía un contrato con la Universidad de Cork para dar clases de ayuda – como profesor invitado – a los estudiantes que hubieran fallado en junio la asignatura de Literatura  Hispánica. Que por cierto no eran pocos. Yo me albergaba en el convento de los dominicos de la ciudad y era el único español que pasaba el verano en Cork.
El día que aterricé a media tarde, no llevaría más de media hora en el convento cuando me avisan que se me requiere en la sala de visitas. Un chico español preguntaba por mí. La cosa era insólita. Bajé y me saludó muy atento un chico joven que estaba advertido de mi llegada por alguien de mis numerosas amistades.
Me contó que se encontraba muy solo y sin nadie con quien hablar de su problema. Al parecer un gran problema pues se le veía desolado.
Veamos. Él tenía una novia de Cork a la que iba a visitar desde Madrid una vez cada 15 días y a la que pagaba el billete Cork – Madrid el resto de las quincenas. Era ingeniero de caminos y de familia muy adinerada.
Todo transcurría entre la pareja de forma normal con una afectuosidad ostensible. Él era feliz. Pero he aquí que esta última visita a Cork la tal Coolin, su novia, se negó a recibirle, le devolvió el anillo de compromiso y se negó a dar ninguna explicación. Él rondaba su casa a todas horas, la llamaba sin éxito. Y ya no sabía a qué recurrir para saber a qué atenerse. Por fin, una amiga de Coolin le aclaró el misterio. La tal Coolin no quería verle porque estaba embarazada y no sabía si lo estaba de él (Carlos) o de otro chico de Cork. Carlos le transmitió a través de la amiga que él la quería con embarazo y sin él. Que no le importaba casarse con ella fuera de quien fuera la criatura.
-“Y tú, ¿qué me aconsejas”, me pidió.
-“¿A qué hora sale hoy mismo el primer vuelo para Londres? “
-“Creo que hacia las 8.30” replicó.
-“Bueno, pues yo te acompaño al aeropuerto a tomar ese vuelo. Desde el mismo aeropuerto le escribes una postal a la chica diciéndole que le quieres mucho, por encima de todo y que ya sabe dónde vives y cuál es tu teléfono. Y te vas. Aquí ya no pintas nada y cada día es una nueva humillación que no te mereces. Vete de aquí. No lo dudes. Y dile donde te puede ver si lo desea”.
Y así fue. A las 8 le acompañé y nos despedimos con un abrazo. Yo le di mis señas y teléfono de Corias.
No volví a saber más de él. Me metí en la vorágine de mis clases, de mis “pintas”, de mis parties, de mis lecturas. Fue el verano en que leí “The portrait of the artist as a young man”, de James Joyce que contrariamente a lo que pretendía el autor no hizo sino confirmar mi fe católica.
Vuelta a Corias en octubre. Unos días antes de Nochebuena (18 o 19 de diciembre) estaba comiendo en Corias cuando me llaman al teléfono:
-“Pepe, soy Carlos”.
-“Perdón, Carlos… ¿qué Carlos?”.
-“¿No te acuerdas de mí en Cork?”.
-“Claro, amigo mío. ¿Qué es de tu vida?”.
-“Estoy muy mal y necesito verte”.
Yo quedé sin saber qué decir: Vernos… ¿dónde? ¿Cuándo? Y prosiguió:
-“Si no te importa, el viernes me voy a Cangas a verte”.
¿Cómo podía yo rechazar tal auto-invitación?
-“Bueno, vale, aunque te advierto que son 500 km y aquí hace un tiempo infernal”.
-“No me importa, el viernes a última hora llegaré a tu convento”.
No había nada que hacer.
El viernes a las 11 de la noche ya durmió en el Convento de Corias. Charlamos hasta las tantas. Todo su problema, su angustia, era que no sabía dónde estaba Coolin y pensó que quizá yo – a través de mis amigos de Cork – podría averiguar el paradero de la chica. Pasamos el sábado en mi celda. Gracias a las telefonistas de Cangas que eran amigas mías (Leo y Rufi) pudimos hacer media docena de llamadas a Cork. Resultado nulo. Nadie tenía idea del paradero de la muchacha. También fuimos a dar una vuelta por Cangas. En El Corral me preguntó qué era aquel edificio. El asilo, le dije.
-“Bueno, vamos a darles una limosna”.
25.000 pesetas. ¡Del año 68!
El domingo optó por volver a Madrid pues ya estaba trabajando en AGROMAN y a sus padres les había contado que se iba a Cercedilla donde tenía un chalet. A mi me parecía una locura. Le dije que fuese en tren y facturase el coche. Que no. Que se iba en coche. Llamé a tráfico y me dijeron que el Puerto de Pajares estaba abierto. Pude haberle dicho que estaba cerrado pero… me fallaron los reflejos. No obstante, como tenía que pasar por mi pueblo le dije que se detuviera a saludar a mis padres y se quedara a cenar. Avisé a éstos que le esperaran y que hicieran lo posible por retenerle a dormir. No hubo manera.
A las 6.15 de la madrugada al cruzar un pueblo de Segovia llamado Montuenga, al cruzarse con un camión, se le reventó a éste la rueda delantera izquierda y el camión se precipitó sobre el coche y Carlos murió entre la chatarra. Sus padres se enteraron de que venía de Asturias de verme a mí. Me llamaron y me rogaron que si iba a Madrid fuese a visitarles. Fui en febrero. Vivían en un chalet majestuoso en Somosaguas. Fuimos al cementerio y luego a comer en casa con toda la familia. Antes de comer su padre me rogó que fuésemos a una salita privada él, su mujer y yo. Y que les leyera un capítulo de un libro de Giovanni Papini titulado “La paternidad”. Fue terrible. Pero aguantamos los tres sin llorar. Yo nunca había estado en una casa tan majestuosa y nunca me habían servido doncellas de uniforme y con cofia. Por un día, no comí las berzas de Corias.
¡Ah! El día del entierro el primero en regresar a casa fue el hermano mayor de Carlos, Enrique. No hizo sino entrar en casa cuando sonó el teléfono. Una voz femenina dijo: “Soy Coolin. Acabo de dar a luz a un niño en Londres. Es el vivo retrato de Carlos. Por favor, quiero que venga a conocer a su hijo”.
Enrique no contestó. Colgó el teléfono y se puso a llorar como un niño.

Pepe Morán. Dominico ex.

jueves, 6 de diciembre de 2012

INGRESO CON SOL Y SOMBRA


Con doce años, próximo a cumplir trece, fui a Corias para hacer el examen de ingreso en  primer curso, años 1959-60.
 Atrás quedaban dos años de resistencia, de mi madre y hermanas, a la presión de parientes vinculados a la Iglesia. Ellas dudaban  que mi destino fuese un seminario de Navarra. De cura o fraile yo no tenía nada, pero la perspectiva de abandonar los limitados, casi siempre aburridos, horizontes de Limés en busca de otros más amplios,  imaginados o soñados a través de revistas y novelas, era un imán invitando a  subir al primer vehículo que llegara. Al final se impuso la opción Corias.

En la escuela de Limés había tenido dos maestros: D. Francisco y D. Ginés. D. Francisco vivía en Cangas y siempre venía en bicicleta, salvo cuando nevaba, entonces no venía. Aquellos eran los más maravillosos días. Comenzaban cuando el  sonido hueco del silencio provocaba el temprano despertar. Sigiloso, cualquier tenue crujido de las viejas maderas restallaba atronador, y anhelante, abría la contraventana, para descubrir  prados, montes y tejados vestidos por la nieve; resplandeciendo blanca poesía. ¡Qué felicidad volver, por poco tiempo, a las tibias sábanas! Por delante quedaba un ajetreado día. Burlar la vigilancia y escapar de casa, buscar a los amigos, subir al monte y hoyar el virginal manto siguiendo el rastro de perdices, liebres, zorros y otros  animales. Poner trampas a los pájaros con unos granos de maíz o trigo en los pequeños espacios liberados  de nieve; enterrarnos en ella, tirar bolas….Hasta quedar empapados, con las manos atenazadas por el intenso dolor de frío y fuego. Luego vendrían la regañina y los sabañones. Pero aún quedaba la tarde, los cálidos juegos de guajes y guajas  entre la hierba del parreiro. Si continuaba nevando, la dicha, y la fiesta, se extendía. Si cesaba  y, convertida en agua, la nieve daba paso al odiado barro, la nostalgia y la tristeza de nuevo acosaban. Al día siguiente, aparecería D. Francisco con su bicicleta, y la rutina de siempre.

D. Francisco, además de dar clase, encendía y atizaba la estufa de carbón. A veces, la estufa no tiraba; por impericia, decían algunos, por el tiempo (presión atmosférica, supe después), pensábamos otros, hartos de ver revolotear el humo en la tsariega de casa determinados días. El caso es que cuando esto ocurría, entre toses abandonábamos la escuela y tiritábamos en mitad  del camino hasta que ventilara.  El carbón lo subíamos nosotros a cuestas desde la carretera, donde, delante de la escuela de las niñas, era descargado por el camión que lo bajaba de la mina. D. Francisco también preparaba, en una perola grande, sobre esa estufa de carbón, la leche en polvo donada por los americanos. Tomar aquella leche grumosa, no digo yo que el maestro no se esforzara, generaba batallas diarias. Muchos de nosotros, hastiados de la  leche de las vacas de casa, intentábamos resistirnos a tomarla, con los consiguientes castigos. Rechazarla era, casi, una ofensa a la patria y al imperio americano. El queso amarillento/ anaranjado - solo años después descubrí su verdadero nombre- de las latas redondas y doradas me gustaba más, pero ese llegaba escaso.

Después de duros inviernos sobre la bicicleta, D. Francisco obtuvo recompensa; le dieron plaza en Cangas, y entonces llegó D. Ginés.

D. Ginés era joven y entusiasta vocacional. Con él, al finalizar la clase, quedaba solo en la escuela. Así aprendí álgebra, buscando la “x”, como jugando a una adivinanza. Si aparecía pronto, la meta era buscar la “y”.También nos internábamos por la trigonometría, abriendo y cerrando abanicos con sus senos y cosenos. Años después, cuando me tocó dar estas materias en Corias, me parece que en tercero, estaban ya casi olvidadas. Con la atención, quizá, centrada en otras cosas, la mente era como un encerado borrado, donde  resultaba más difícil volver a escribir.

No solo las matemáticas nos ocupaban. La historia, a pesar de su importancia, importancia que descubrí bastantes años después, la pasábamos un poco de puntillas. Aquella historia árida, enterrada entre nombres y fechas, adornada con el añorado “Imperio” y “La Unión de Destinos en lo Universal,” tengo la impresión, ahora, de que tampoco atraía mucho a D. Ginés, y no era cuestión, entonces pensaría él, de ponerse a parlamentar de historia veraz, con un guaje de once o doce años.
 Dedicábamos muchas horas a viajar, sin salir de los viejos mapas, de color ocre por el humo y tachonados con diminutas cagadas de moscas, colgados de las paredes. Por toda España, por todos los continentes, pero sobre todo por África. Su hálito, misterioso y  aventurero, entre todos los demás me atraía. Teníamos un problema, aquellos viejos mapas para nada recogían la bulliciosa modificación a que aquel periodo de descolonización les sometía. Buscábamos la solución en los periódicos que D. Ginés traía. Con esa información trazábamos nuevas fronteras, asignando a cada nuevo país el exótico nombre que le correspondía. Todo era cambiante, un mundo nuevo ante nosotros se abría. Por eso, cuando la mañana del 1 de enero de 1959 fui a buscar, como de costumbre, a mi amigo Eduardo el de Rondo - hermano mayor de Toño el de la librería Treito de Cangas- y me anunció - en su casa tenían uno de aquellos aparatos de radio de caja enorme-  que un grupo de barbudos había tomado La Habana, nuestra imaginación, alimentada por tantas lecturas de aventuras, comenzó a volar. Nos veíamos de guerrilleros por El Acebo o por la Sierra del Pando. Años después - ya estaba en Corias y tendría quince o dieciséis años-, circuló un bulo asegurando que se estaban reclutando voluntarios para ir a la zafra de la caña de azúcar en Cuba. Crédulo, me presenté en el ayuntamiento para inscribirme. D. Gil Arce, funcionario del ayuntamiento y profesor durante los primeros cursos en Corias de FEN y Gimnasia, me recibió. Después de escuchar mi pretensión, entre perplejo y airado, dijo algo así: Venga ya, chaval, vete a….

Perdón… pretendía hablar del ingreso en Corias y terminé por los cerros de Cangas, intentaré volver por donde quería.

D. Ginés me acompañó a Corias para hacer el examen de ingreso. El viaje lo hicimos a pie, recorriendo los seis kilómetros de distancia desde Limés. Aún no montaba en bicicleta; me quedaba, durante el verano, un duro aprendizaje visitando bardeos  alcantarillas y cunetas, antes de mantener el equilibrio sobre ella. La mañana era maravillosa, como suelen ser por Cangas en esa época del año. Junio, puerta de los calores de estío, provoca en el concejo de Cangas la explosión de todos los colores verdes, de pájaros, y de flores, cumpliendo estas con el rito de extender por todas partes sus infinitos olores. El agua, aún abundante, susurra por los regueiros, buscando fundirse, en lo más profundo del valle, con el gran hipnotizador, aún amenazador río. La alta hierba de los prados, esperando la guadaña, comienza a mostrar su crin dorada y hasta el transparente aire, pintado por mariposas, es de colores. Es cuando el tibio viento de la noche trae enredado, desde lo más profundo del monte, el misterioso canto del cuco, cadencioso, con la precisión del mejor reloj suizo. Junio, en Cangas, es el apogeo de las zreizales ofreciendo sus frutos, rojos pendientes de enamoradas.

Del examen, salvo los nervios, no recuerdo ninguna dificultad. Sí retengo la primera impresión del magnífico claustro con la esbelta, evocadora de tierras lejanas, araucaria; además de la causada por los frailes. Aquellos hombres vestidos con hábitos de blanco impoluto unos, de blanco y negro otros, y bien afeitados, daban la imagen de cuidadosamente aseados. Más, incluso, que la mayoría de curas conocidos, por mi  condición anterior de monaguillo que me llevó a ayudar, durante años, a bastantes de ellos a vestir sus ropajes litúrgicos. Posiblemente las negras sotanas ayudaban mejor a disimular las manchas, si no eran vistas muy de cerca. Pero más me sorprendió ver frailes muy jóvenes, alguno, incluso, me pareció ciertamente guapo, al menos según mi apreciación de entonces. No comprendía por qué estaban en aquel caserón, vistiendo aquellos hábitos, en lugar de estar en Holywood ejerciendo de galán; máxima aspiración  que, creía en aquella época, podía tener un hombre.

Finalizado el examen regresamos a Cangas. Allí nos encontramos con algunos habituales tertulianos (nada que ver con los que ahora desbarran, interesadamente, en algunas emisoras) de D. Ginés. Estos eran hombres serios, incluso severos, profundos, siempre parecía que callaban más de lo que decían, al menos delante de mí. Eran bastante mayores que D. Ginés, la mayoría perdedores de la aún reciente guerra; entre los brazos de alguno de ellos, a los que acudía en ocasiones, siempre había encontrado un refugio sosegado y antiguas historias de España, Argentina y otros lugares lejanos. Independientemente de su posición social, portaban con hidalguía las sempiternas madreñas, el traje y chaleco de pana, la camisa blanca o de rayas, y la boina sin capar. Aquel día la conversación giró sobre mi ingreso en el Instituto del convento, se sucedieron felicitaciones y propusieron celebrarlo en la terraza del Café Chacón. Comenzaron a pedir bebidas con nombres raros que, poco acostumbrado a visitar tan elegantes lugares, jamás había escuchado (una de ellas, creo recordar, era Blanco y Negro). Yo pensaba que eran bebidas fuertes, para hombres recios. Cuando llegó mi turno, con muchas dudas, pedí un Sol y Sombra quizá pensando que era más adecuado, aunque aquel día me sentía mayor, para el bosquejo adolescente que aún era (para ser sincero ya había tomado unos cuantos, a escondidas con mis primos en distintas celebraciones familiares). Al pedirlo noté que se entrecruzaban miradas y algún gesto de sorpresa, mas no dijeron nada, y ordenaron las consumiciones - entonces no existía ninguna prohibición de servir alcohol a menores de 18 años- Cuando trajeron las bebidas todas eran distintas combinaciones de café, con leche, con crema, con nata etc. La única, delatadora copa, una mezcla de anís y coñac era la mía. Ellos continuaron la tertulia mientras, yo, un tanto abochornado, daba cuenta del edulcorado brebaje.

Así fue como celebré el ingreso en el Instituto Laboral San Juan Bautista de Corias.  

Ulpiano Rodríguez Calvo