domingo, 16 de diciembre de 2012
EL APROBADO O EL SUSPENSO DE ALGUNAS FLORES
Desde hace unos años a esta parte, vengo observando una
curiosidad muy peculiar, relacionada con
el comportamiento de determinadas plantas de interior bastante comunes, como las que existen en muchas de nuestras casas y que,
al menos en la nuestra, bien se podrían considerar
como auténticos indicadores o medidores del buen o mal ambiente que haya habido
entre los habitantes de la casa durante el año. El hecho en sí puede parecer un tanto pueril y hasta enigmático de momento,
pero una vez observado durante varios ciclos vegetativos, como ha sido y es en
mi caso, yo pienso que puede ser real y hasta creíble. Eso vendría a
corroborar lo que dicen muchos entendidos de que las plantas, como seres vivos
que son, también sienten y padecen, aunque sea a su manera, y que, su comportamiento puede ser un reflejo del buen
o mal ambiente en el que vivan.
Este bonito cactus que vemos en la foto, que es conocido popularmente como “La Lluvia ”, lleva en nuestra casa, junto a otros
dos exactamente iguales, más de diez años y, si todo va normal durante el año, su
floración suele producirse, casi con precisión, en vísperas de la Navidad. Pero debo
decir que estos curiosos cactus, a mí me tienen un tanto mosca y hace varios años
que los vengo observando. Como he dicho, estas curiosas plantitas pueden
llegar a ser un perfecto indicador de
cómo se desarrollan los acontecimientos en la familia durante todo el año,
mostrándonos con su comportamiento la
aprobación o el descontento con el ambiente en el que se desarrollan si éste ha
sido más o menos propiciatorio. Si en la casa donde vegetan ha ido todo bien durante
el año y no hubo contratiempos de ningún
tipo, ni elementos o motivos perturbadores
de la paz hogareña, las plantas dan la sensación que se encuentran
felices y a gusto, y en agradecimiento por el buen ambiente percibido, con cierta precisión y hasta puntualidad, a
mediados de diciembre ya nos están anunciando la Navidad , y lo hacen cubriéndose
de preciosas y numerosas flores de color fucsia intenso. Sin embargo,
los años que por diferentes motivos surgen inconvenientes perturbadores del
buen ambiente familiar no lo hacen y da la impresión que estas plantas acusan de forma muy directa los problemas y nos manifiestan su descontento no floreciendo, o
haciéndolo a destiempo. Hay veces que lo hacen, totalmente fuera de época, en
abril o en agosto, en vez de hacerlo en diciembre cuando debieran y les
corresponde.
Es curioso el caso. Si
se para uno a pensar sobre ello se llega a la conclusión de que es cierto que las
plantas sí perciben y participan de las buenas vibraciones de las personas con
las que conviven; o al menos eso parece.
Como vemos por la
foto, este año las nuestras están estupendas y cargaditas de estas preciosas pequeñas
“pagodas” de color tan llamativo. Algunas ya están abiertas y otras están a la espera a punto de hacerlo de forma
muy gradual, para que la floración dure hasta
pasada la Navidad. Hay
años en que el periodo de floración les dura más y se alarga hasta mediados de
enero, por lo menos.
Me gustaría saber si hay alguien más entre la gente del Blog
que haya apreciado este peculiar comportamiento de estas bonitas plantas en este sentido, o de otros similares.
B. G. G. bloguero
“Prior”
viernes, 14 de diciembre de 2012
RECETA 14-XII-2012
JAMÒN FRESCO A MI GUSTO.
Compramos un trozo de jamón fresco (no curado) que el
carnicero nos lo haga filetes de un espesor de un centímetro.
PREPARACIÓN.- Tomamos unas patatas las laminamos de un
centímetro de espesor y las salamos.
En la bandeja del horno untamos con aceite toda la base y colocamos una base de
patatas, picamos un diente de ajo y un poquitín de pimienta negra y lo echamos
por encima. Tomamos el jamón y colocamos encima de las patatas; también le
echamos un poquitín de ajo picadito y pimienta negra. Encima colocamos otra
base de patatas, como las anteriores, preparamos una salsa de tomate y cubrimos
la bandeja y metemos al horno, previamente tenemos el horno caliente ya a 180
grados. Ah, se me olvidaba, el jamón
antes de ponerlo encima de las patatas, pasarlo por la sartén y
sellarlo ligeramente.
¡BUEN
PROVECHO!
Miguel ángel Vázquez
jueves, 13 de diciembre de 2012
EL FRAILE MISTERIOSO
La fotografía que ilustra la entrada, corresponde a una
procesión en su honor. El dominico de hoy era hijo de un hidalgo español de la
orden de Alcántara, natural de Burgos. Recibió la confirmación de manos
del arzobispo Santo Toribio de Mogrovejo. Fue aprendiz de boticario,
barbero entre otros oficios. En 1.594 con 15 años y con la invitación de un
famoso teólogo dominico, entró en la orden bajo la categoría de donado. En
1.606 se convirtió en fraile. De su personalidad destacó la humildad y que fue
santo en vida. Falleció a la edad de 60 años mientras sus compañeros rezaban
el credo.-
¿DE
QUÉ DOMINICO HABLAMOS?
Miguel Ángel Vázquez
domingo, 9 de diciembre de 2012
EL BAÚL DE EMILIA
Hoy, he estado viendo algunas fotos
de los objetos que tenían mis padres en su casa
y me he parado un rato mirando para el baúl que vemos en la foto y que a
mí siempre me llamó mucho la atención. Este voluminoso arcón, que hizo de armario
portátil durante muchos años y aunque está un tanto deteriorado por los testarazos
de los vaivenes sufridos durante los viajes, me gusta conservarlo así, porque tiene
su historia personal añadida, a pesar de ser un objeto que hoy día en las casas, su uso está muy limitado por no decir que ha
quedado obsoleto y casi fuera de
servicio.
Primeramente, para hacerse una
idea, voy a decir sus dimensiones: largo
110 cm, ancho 53 cm y el alto ronda los
65 cm. En total tiene una capacidad de 0,38 m3 o 380 litros, que es
un volumen más que respetable, como para
ser capaz de arrojar su contenido, entre ropas y otras cosas de mayor densidad, un peso de ciento y pico kilos. Cuánto más, si
pensásemos que hubiera que llevarlo con
uno como equipaje en un largo viaje. A simple vista ya resulta enorme, y mucho más, si uno piensa que este
maletón en su día, fue como la “Samsonite” sin ruedas de la época para su
dueña, donde guardaba todo lo que iba adquiriendo y que, pasados los años,
llegado el momento de tener que retornar a España, hubo que transportarlo como la joya más
valiosa que almacenaba todo el capital acumulado por una joven trabajadora
durante su prolongada estancia en América.
El susodicho baúl, que acompañó de
forma casi inseparable a su ama durante mucho tiempo, que fue una asturiana aguerrida
emigrada a América allá por los años veinte y cuando ella regresó desde la capital bonaerense
hasta el puerto de Vigo, teniendo que hacer escala por unos días en Lisboa,
también la acompañó el dichoso baúl, aunque supongo que en lugar diferente de
la pasajera, pues el baúl vendría
depositado en las bodegas del majestuoso vapor, Cabo de Hornos, por un
periodo de un mes largo por lo menos, que era el tiempo que empleaba aquel fascinante
y famoso trasatlántico, en hacer la
travesía entre Argentina y España. Este
gran vapor cuando el recorrido era en sentido inverso, normalmente, lo hacía cargado con cientos de jóvenes españoles
de ambos sexos, sobre todo norteños, que buscaban en las lejanas tierras
argentinas: bonaerenses, pamperas o rioplatenses un horizonte mejor que el que dejaban
aquí en su empobrecido país. Al cabo de muchos años, algunos de los emigrados,
una vez “hechas las Américas”, decidieron
retornar a la madre patria, casi siempre a petición de los ancianos padres para
hacerse cargo de las depauperadas haciendas, casas de labranza, como fue el caso de esta joven propietaria del
baúl, que se fue hacer las Américas con escasos 20 años y regresó rebasados los 38.
Esta valiente asturiana con muchas
agallas, que por muerte temprana de padre y hermano se quedó su casa con solo
mujeres, sin hombres que trajeran un jornal para poder pagar las deudas contraídas
con el señor Conde, a cambio del uso de
sus fincas, no tuvo otro remedio que, aún siendo muy joven, ofrecerse a emigrar al cabo del mundo, con el objetivo de
que hubiera alguien en la familia que enviara el dinero necesario para poder hacer
frente a los desmedidos precios que exigía el usurero del Conde de Toreno por las fincas que venían cultivando,
cuando éste decidió vendérselas a los mismos aparceros que las llevaban de renta.
Esta arrojada mujer llamada Emilia, que posteriormente me trajo a
mí al mundo, se pasó diecisiete largos años trabajando duramente, siempre en
labores domésticas en la
Argentina , y como en aquellos años las mujeres según se iban
haciendo mozas y mientras permanecían solteras, ya se iban preparando poco a
poco el ajuar, con miras al matrimonio. Emilia,
nada más llegar a Buenos Aires, una vez acomodada
y encontrado el primer trabajo, lo más prioritario para ella fue comprar con los primeros pesos que ganó un hermoso
y cumplido baúl, para que en sus ratos libres, que no serían muchos, poder ir elaborando
ciertas ropas propias del hogar como: sábanas, manteles, servilletas, toallas,
tapetes…etc; así como prendas y vestidos
de la misma persona para otro día tener algo suyo en propiedad y poder formar su propio hogar. Todas estas labores
que se iba confeccionando poco a poco durante los ratos de ocio, como eran
hechas con mucha ilusión y con antelación
más que sobrada, procuraba elaborarlas despacio
y muy bien; de forma que resultasen vistosas
y lucidas, es decir: a base de esmero y
delicadeza, y todas ellas llevaban complicados
y artísticos bordados, hechos completamente
a mano, que aún hoy son admirados por todo persona que los ve y que nosotros conservamos con gran afecto y en perfecto estado.
Cada una de estas valiosas piezas
que hacía la joven Emilia, según las
remataba las iba guardando en su cofre, el cual era para ella como un tesoro, pues
en él guardaba todas sus ilusiones de
juventud, sus fracasos, sus triunfos, su
esfuerzo y todos los
ahorros que eran fruto del trabajo
y sacrificio empleados para poder hacerse con un pequeño porvenir; siempre a base de invertir muchísimas horas, las cuales había
que quitar de su tiempo de diversión,
descanso y esparcimiento. El principal motivo
que alentaba a esta mujer a este duro sacrificio, era la ilusión de que en un futuro pudiera darles el cometido para el que ella
las había confeccionado.
Al cabo de los años y una vez que
esta moza estaba perfectamente acomodada y amoldada al adelantado nivel de vida
que disfrutaban los argentinos para aquellos tiempos, llegó el momento de tener
que decidir si quedarse allí para siempre, o volver a su casa natal donde su anciana
madre la reclamaba insistentemente. Esta joven, muy a su pesar, no le quedó
otro remedio que renunciar a todo su bienestar y retornar a España, al cabo de
diecisiete años de permanencia en tierras sudamericanas, para hacerse cargo de
la casa materna. Cosa que al final no aceptó y prefirió que lo hiciese una hermana suya. Pero una vez retornada a su casa
natal, comprobó el error tan grande que había cometido al decidir regresar de
nuevo a la miseria y a la pobreza de antaño, que por suerte ya tenía olvidadas. Desde el primer
día de su regreso se le cayó el alma a los pies al tener que volver a padecer el
atraso existente en aquellos años en todo el país, y en una aldea aislada como era la suya, aún se hacía mucho más patente. Fue tal la
decepción sufrida que, de inmediato, quiso volverse a la Argentina. Pero
el destino quiso que en ese medio tiempo se cruzara en su camino, un joven mozo vecino suyo de Posada de Rengos,
sastre para más señas y llamado Benjamín,
con el que en poco tiempo contrajo matrimonio. A esta mujer, una vez casada y
en cuanto vine yo al mundo, los deseos de volver a emigrar ya se le fueron debilitando
y esfumando; no obstante, durante muchos años aún mantuvo la ilusión de algún
día poder volver a su querida Argentina.
Bueno, sigamos con el baúl que,
sin pretenderlo, me he distanciado un poco del tema. Como venía diciendo, todo
el fruto de los diecisiete años de trabajo de esta moza estaba allí dentro de
aquel baúl y debía llevarlo con ella como fuese, pues en él
se encerraban todos sus recuerdos y pertenencias acumuladas durante los largos años
que Emilia estuvo como trabajadora inmigrante en tierras americanas.
Yo me imagino el sacrificio que supondría
para esta mujer en los años treinta-cuarenta, aparte del largo trayecto que
debía de hacer sola, el tener que viajar y a la vez estar muy pendiente de cómo
podría cargar, descargar y transportar un
objeto tan voluminoso y pesado como era el
baúl. Sobre todo, para acceder a los diferentes embarques y
desembarques que fueron necesarios para traerlo desde Argentina hasta España. Simplemente,
ya sería problemático el tener que sacarlo de casa y llevarlo hasta el puerto
para su embarque. Para eso ya haría falta disponer de un furgón o similar para
trasladarlo. Con lo cual, el engorro ya comenzaba desde el primer instante en
que la persona se ponía en marcha, simplemente, para poder bajar de casa a la
calle un alamar de este calibre y peso, pues es de prever que no cabría en aquellos ascensores de cables
y camarín de hueco muy reducido, que en Buenos Aires en aquellos años, ya sí
los había en la mayoría de los edificios. Supongo que tendría que contratar a
dos mozos de cuerda para que se lo bajaran de la casa a la calle por las
escaleras y después se lo cargaran y descargaran en el vehículo que lo
transportaría hasta el puerto para su embarque.
Es de esperar que, una vez subido
a bordo el telar, la propietaria ya podría
descansar un poco más aliviada, aunque
sin perderlo de vista, y le permitiría despreocuparse un tanto de él; al menos, por mes
y medio que era el tiempo aproximado que permanecería en las bodegas del Cabo de
Hornos, mientras este buque surcaba el mar Atlántico desde el puerto bonaerense
hasta el de Vigo. Una vez atracado el barco en
puerto español ya cambiaba bastante el panorama, pero así y todo, aún había que llevarlo desde Vigo hasta
Gijón. Supongo que también sería por mar, y desde aquí por fin, ya en coche por carretera
hasta Cangas del Narcea, para finalmente depositarlo en Posada de Rengos que
sería su destino definitivo.
La verdad es que, este viajero
baúl, necesitaría que lo cogiera por banda un buen restaurador que seguro lo
dejaría como nuevo y bien merecido que lo tiene; pero, teniendo en cuenta las
vicisitudes por las que pasó el dichoso maletón, se puede decir que no está en
muy malas condiciones del todo. Por lo tanto, para mí como tiene un gran valor sentimental,
así tal cual como está, procuraré
conservarlo todo el tiempo que pueda, aún por mucho espacio que nos robe en la casa.
Simplemente, como homenaje a mi madre por haber sido una mujer tan valiente y decidida.
B. G. G. bloguero “Prior”
RECETA 9/XII/2012
SETAS RELLENAS CON GUARNICIÓN DE CHAMPIÑONES
En esta ocasión se trata de un plato sencillo y
económico, Sr. Martínez. Para ello compramos setas de buen tamaño,
cuanto mayores sean mejor.
ELABORACIÓN.- Hervir ligeramente las setas, coger dos setas
del mismo tamaño, cortarles el trozo de cola para queden más planas. Colocar una
de las setas encima de una loncha fina de jamón y encima
una loncha de queso, tranchete, sin que nos salga de la seta; cortar un palillo en dos, colocar
la otra seta encima y sujetar con los palillos. Rebozar en harina y huevo y
freír.
GUARNICIÓN.- Pasar por la sartén ajo y cebolla
bien picada, con aceite, añadir un chorro de vino blanco, previamente habríamos
añadido pimientos verde y rojo en trocitos, un poquito de agua, poca, añadir
los champiñones y guisantes, dejar que se hagan, lógicamente añadir sal y un poquitín de pimienta
negra.
PRESENTACIÓN.- En plato llano dos o tres
setas, según tamaño, acompañado de la guarnición A la guarnición se le pueden
añadir unos taquinos de jamòn.
¡BUEN
PROVECHO!
Miguel Ángel Vázquez
sábado, 8 de diciembre de 2012
EL AMOR DE UNA IRLANDESA
Acostumbrados a mis artículos siempre jocosos os voy a
sorprender con una historia personal, patética y casi de guión cinematográfico.
A finales de junio del año 68 aterricé en Cork (Irlanda)
dispuesto a pasar los tres meses de verano en lo que ya era casi mi pueblo. Era
el cuarto o quinto verano que me pasaría allí y ya conocía una multitud de
gente. Es de notar que un irlandés no tarda más de 24 horas en hacerse amigo
tuyo y, desde luego, en invitarte a cenar o a beber con él o ella una “pinta”
de cerveza. Además yo tenía un contrato con la Universidad de Cork
para dar clases de ayuda – como profesor invitado – a los estudiantes que
hubieran fallado en junio la asignatura de Literatura Hispánica. Que por cierto no eran pocos. Yo
me albergaba en el convento de los dominicos de la ciudad y era el único
español que pasaba el verano en Cork.
El día que aterricé a media tarde, no llevaría más de media
hora en el convento cuando me avisan que se me requiere en la sala de visitas.
Un chico español preguntaba por mí. La cosa era insólita. Bajé y me saludó muy
atento un chico joven que estaba advertido de mi llegada por alguien de mis
numerosas amistades.
Me contó que se encontraba muy solo y sin nadie con quien
hablar de su problema. Al parecer un gran problema pues se le veía desolado.
Veamos. Él tenía una novia de Cork a la que iba a visitar
desde Madrid una vez cada 15 días y a la que pagaba el billete Cork – Madrid el
resto de las quincenas. Era ingeniero de caminos y de familia muy adinerada.
Todo transcurría entre la pareja de forma normal con una
afectuosidad ostensible. Él era feliz. Pero he aquí que esta última visita a
Cork la tal Coolin, su novia, se negó a recibirle, le devolvió el anillo de
compromiso y se negó a dar ninguna explicación. Él rondaba su casa a todas
horas, la llamaba sin éxito. Y ya no sabía a qué recurrir para saber a qué
atenerse. Por fin, una amiga de Coolin le aclaró el misterio. La tal Coolin no
quería verle porque estaba embarazada y no sabía si lo estaba de él (Carlos) o
de otro chico de Cork. Carlos le transmitió a través de la amiga que él la
quería con embarazo y sin él. Que no le importaba casarse con ella fuera de
quien fuera la criatura.
-“Y tú, ¿qué me aconsejas”, me pidió.
-“¿A qué hora sale hoy mismo el primer vuelo para Londres? “
-“Creo que hacia las 8.30” replicó.
-“Bueno, pues yo te acompaño al aeropuerto a tomar ese
vuelo. Desde el mismo aeropuerto le escribes una postal a la chica diciéndole
que le quieres mucho, por encima de todo y que ya sabe dónde vives y cuál es tu
teléfono. Y te vas. Aquí ya no pintas nada y cada día es una nueva humillación
que no te mereces. Vete de aquí. No lo dudes. Y dile donde te puede ver si lo
desea”.
Y así fue. A las 8 le acompañé y nos despedimos con un abrazo.
Yo le di mis señas y teléfono de Corias.
No volví a saber más de él. Me metí en la vorágine de mis
clases, de mis “pintas”, de mis parties, de mis lecturas. Fue el verano en que
leí “The portrait of the artist as a young man”, de James Joyce que contrariamente
a lo que pretendía el autor no hizo sino confirmar mi fe católica.
Vuelta a Corias en octubre. Unos días antes de Nochebuena
(18 o 19 de diciembre) estaba comiendo en Corias cuando me llaman al teléfono:
-“Pepe, soy Carlos”.
-“Perdón, Carlos… ¿qué Carlos?”.
-“¿No te acuerdas de mí en Cork?”.
-“Claro, amigo mío. ¿Qué es de tu vida?”.
-“Estoy muy mal y necesito verte”.
Yo quedé sin saber qué decir: Vernos… ¿dónde? ¿Cuándo? Y
prosiguió:
-“Si no te importa, el viernes me voy a Cangas a verte”.
¿Cómo podía yo rechazar tal auto-invitación?
-“Bueno, vale, aunque te advierto que son 500 km y aquí hace
un tiempo infernal”.
-“No me importa, el viernes a última hora llegaré a tu
convento”.
No había nada que hacer.
El viernes a las 11 de la noche ya durmió en el Convento de
Corias. Charlamos hasta las tantas. Todo su problema, su angustia, era que no
sabía dónde estaba Coolin y pensó que quizá yo – a través de mis amigos de Cork
– podría averiguar el paradero de la chica. Pasamos el sábado en mi celda. Gracias
a las telefonistas de Cangas que eran amigas mías (Leo y Rufi) pudimos hacer
media docena de llamadas a Cork. Resultado nulo. Nadie tenía idea del paradero
de la muchacha. También fuimos a dar una vuelta por Cangas. En El Corral me
preguntó qué era aquel edificio. El asilo, le dije.
-“Bueno, vamos a darles una limosna”.
25.000 pesetas. ¡Del año 68!
El domingo optó por volver a Madrid pues ya estaba
trabajando en AGROMAN y a sus padres les había contado que se iba a Cercedilla
donde tenía un chalet. A mi me parecía una locura. Le dije que fuese en tren y
facturase el coche. Que no. Que se iba en coche. Llamé a tráfico y me dijeron
que el Puerto de Pajares estaba abierto. Pude haberle dicho que estaba cerrado
pero… me fallaron los reflejos. No obstante, como tenía que pasar por mi pueblo
le dije que se detuviera a saludar a mis padres y se quedara a cenar. Avisé a
éstos que le esperaran y que hicieran lo posible por retenerle a dormir. No
hubo manera.
A las 6.15 de la madrugada al cruzar un pueblo de Segovia
llamado Montuenga, al cruzarse con un camión, se le reventó a éste la rueda
delantera izquierda y el camión se precipitó sobre el coche y Carlos murió
entre la chatarra. Sus padres se enteraron de que venía de Asturias de verme a
mí. Me llamaron y me rogaron que si iba a Madrid fuese a visitarles. Fui en
febrero. Vivían en un chalet majestuoso en Somosaguas. Fuimos al cementerio y
luego a comer en casa con toda la familia. Antes de comer su padre me rogó que
fuésemos a una salita privada él, su mujer y yo. Y que les leyera un capítulo
de un libro de Giovanni Papini titulado “La paternidad”. Fue terrible. Pero
aguantamos los tres sin llorar. Yo nunca había estado en una casa tan
majestuosa y nunca me habían servido doncellas de uniforme y con cofia. Por un
día, no comí las berzas de Corias.
¡Ah! El día del entierro el primero en regresar a casa fue
el hermano mayor de Carlos, Enrique. No hizo sino entrar en casa cuando sonó el
teléfono. Una voz femenina dijo: “Soy Coolin. Acabo de dar a luz a un niño en
Londres. Es el vivo retrato de Carlos. Por favor, quiero que venga a conocer a
su hijo”.
Enrique no contestó. Colgó el teléfono y se puso a llorar
como un niño.
Pepe
Morán. Dominico ex.
jueves, 6 de diciembre de 2012
INGRESO CON SOL Y SOMBRA
Con doce años, próximo a cumplir trece, fui a Corias para
hacer el examen de ingreso en primer curso,
años 1959-60.
Atrás quedaban dos
años de resistencia, de mi madre y hermanas, a la presión de parientes
vinculados a la
Iglesia. Ellas dudaban que mi destino fuese un seminario de Navarra.
De cura o fraile yo no tenía nada, pero la perspectiva de abandonar los limitados,
casi siempre aburridos, horizontes de Limés en busca de otros más amplios, imaginados o soñados a través de revistas y
novelas, era un imán invitando a subir
al primer vehículo que llegara. Al final se impuso la opción Corias.
En la escuela de Limés había tenido dos maestros: D.
Francisco y D. Ginés. D. Francisco vivía en Cangas y siempre venía en
bicicleta, salvo cuando nevaba, entonces no venía. Aquellos eran los más
maravillosos días. Comenzaban cuando el sonido hueco del silencio provocaba el
temprano despertar. Sigiloso, cualquier tenue crujido de las viejas maderas
restallaba atronador, y anhelante, abría la contraventana, para descubrir prados, montes y tejados vestidos por la nieve;
resplandeciendo blanca poesía. ¡Qué felicidad volver, por poco tiempo, a las
tibias sábanas! Por delante quedaba un ajetreado día. Burlar la vigilancia y
escapar de casa, buscar a los amigos, subir al monte y hoyar el virginal manto
siguiendo el rastro de perdices, liebres, zorros y otros animales. Poner trampas a los pájaros con unos
granos de maíz o trigo en los pequeños espacios liberados de nieve; enterrarnos en ella, tirar bolas….Hasta
quedar empapados, con las manos atenazadas por el intenso dolor de frío y
fuego. Luego vendrían la regañina y los sabañones. Pero aún quedaba la tarde,
los cálidos juegos de guajes y guajas entre la hierba del parreiro. Si continuaba
nevando, la dicha, y la fiesta, se extendía. Si cesaba y, convertida en agua, la nieve daba paso al
odiado barro, la nostalgia y la tristeza de nuevo acosaban. Al día siguiente,
aparecería D. Francisco con su bicicleta, y la rutina de siempre.
D. Francisco, además de dar clase, encendía y atizaba la
estufa de carbón. A veces, la estufa no tiraba; por impericia, decían algunos,
por el tiempo (presión atmosférica, supe después), pensábamos otros, hartos de
ver revolotear el humo en la tsariega de casa determinados días. El caso es que
cuando esto ocurría, entre toses abandonábamos la escuela y tiritábamos en
mitad del camino hasta que ventilara. El carbón lo subíamos nosotros a cuestas desde
la carretera, donde, delante de la escuela de las niñas, era descargado por el
camión que lo bajaba de la mina. D. Francisco también preparaba, en una perola
grande, sobre esa estufa de carbón, la leche en polvo donada por los
americanos. Tomar aquella leche grumosa, no digo yo que el maestro no se
esforzara, generaba batallas diarias. Muchos de nosotros, hastiados de la leche de las vacas de casa, intentábamos
resistirnos a tomarla, con los consiguientes castigos. Rechazarla era, casi, una
ofensa a la patria y al imperio americano. El queso amarillento/ anaranjado -
solo años después descubrí su verdadero nombre- de las latas redondas y doradas
me gustaba más, pero ese llegaba escaso.
Después de duros inviernos sobre la bicicleta, D. Francisco
obtuvo recompensa; le dieron plaza en Cangas, y entonces llegó D. Ginés.
D. Ginés era joven y entusiasta vocacional. Con él, al
finalizar la clase, quedaba solo en la escuela. Así aprendí álgebra, buscando
la “x”, como jugando a una adivinanza. Si aparecía pronto, la meta era buscar
la “y”.También nos internábamos por la trigonometría, abriendo y cerrando
abanicos con sus senos y cosenos. Años después, cuando me tocó dar estas
materias en Corias, me parece que en tercero, estaban ya casi olvidadas. Con la
atención, quizá, centrada en otras cosas, la mente era como un encerado borrado,
donde resultaba más difícil volver a
escribir.
No solo las matemáticas nos ocupaban. La historia, a pesar
de su importancia, importancia que descubrí bastantes años después, la
pasábamos un poco de puntillas. Aquella historia árida, enterrada entre nombres
y fechas, adornada con el añorado “Imperio” y “La Unión de Destinos en lo
Universal,” tengo la impresión, ahora, de que tampoco atraía mucho a D. Ginés,
y no era cuestión, entonces pensaría él, de ponerse a parlamentar de historia
veraz, con un guaje de once o doce años.
Dedicábamos muchas
horas a viajar, sin salir de los viejos mapas, de color ocre por el humo y
tachonados con diminutas cagadas de moscas, colgados de las paredes. Por toda
España, por todos los continentes, pero sobre todo por África. Su hálito,
misterioso y aventurero, entre todos los
demás me atraía. Teníamos un problema, aquellos viejos mapas para nada recogían
la bulliciosa modificación a que aquel periodo de descolonización les sometía.
Buscábamos la solución en los periódicos que D. Ginés traía. Con esa
información trazábamos nuevas fronteras, asignando a cada nuevo país el exótico
nombre que le correspondía. Todo era cambiante, un mundo nuevo ante nosotros se
abría. Por eso, cuando la mañana del 1 de enero de 1959 fui a buscar, como de
costumbre, a mi amigo Eduardo el de Rondo - hermano mayor de Toño el de la
librería Treito de Cangas- y me anunció - en su casa tenían uno de aquellos
aparatos de radio de caja enorme- que un
grupo de barbudos había tomado La
Habana , nuestra imaginación, alimentada por tantas lecturas
de aventuras, comenzó a volar. Nos veíamos de guerrilleros por El Acebo o por la Sierra del Pando. Años
después - ya estaba en Corias y tendría quince o dieciséis años-, circuló un
bulo asegurando que se estaban reclutando voluntarios para ir a la zafra de la
caña de azúcar en Cuba. Crédulo, me presenté en el ayuntamiento para
inscribirme. D. Gil Arce, funcionario del ayuntamiento y profesor durante los
primeros cursos en Corias de FEN y Gimnasia, me recibió. Después de escuchar mi
pretensión, entre perplejo y airado, dijo algo así: Venga ya, chaval, vete a….
Perdón… pretendía hablar del ingreso en Corias y terminé por
los cerros de Cangas, intentaré volver por donde quería.
D. Ginés me acompañó a Corias para hacer el examen de
ingreso. El viaje lo hicimos a pie, recorriendo los seis kilómetros de
distancia desde Limés. Aún no montaba en bicicleta; me quedaba, durante el
verano, un duro aprendizaje visitando bardeos alcantarillas y cunetas, antes de mantener el
equilibrio sobre ella. La mañana era maravillosa, como suelen ser por Cangas en
esa época del año. Junio, puerta de los calores de estío, provoca en el concejo
de Cangas la explosión de todos los colores verdes, de pájaros, y de flores,
cumpliendo estas con el rito de extender por todas partes sus infinitos olores.
El agua, aún abundante, susurra por los regueiros, buscando fundirse, en lo más
profundo del valle, con el gran hipnotizador, aún amenazador río. La alta
hierba de los prados, esperando la guadaña, comienza a mostrar su crin dorada y
hasta el transparente aire, pintado por mariposas, es de colores. Es cuando el
tibio viento de la noche trae enredado, desde lo más profundo del monte, el
misterioso canto del cuco, cadencioso, con la precisión del mejor reloj suizo.
Junio, en Cangas, es el apogeo de las zreizales ofreciendo sus frutos, rojos
pendientes de enamoradas.
Del examen, salvo los nervios, no recuerdo ninguna
dificultad. Sí retengo la primera impresión del magnífico claustro con la
esbelta, evocadora de tierras lejanas, araucaria; además de la causada por los
frailes. Aquellos hombres vestidos con hábitos de blanco impoluto unos, de
blanco y negro otros, y bien afeitados, daban la imagen de cuidadosamente
aseados. Más, incluso, que la mayoría de curas conocidos, por mi condición anterior de monaguillo que me llevó
a ayudar, durante años, a bastantes de ellos a vestir sus ropajes litúrgicos.
Posiblemente las negras sotanas ayudaban mejor a disimular las manchas, si no
eran vistas muy de cerca. Pero más me sorprendió ver frailes muy jóvenes,
alguno, incluso, me pareció ciertamente guapo, al menos según mi apreciación de
entonces. No comprendía por qué estaban en aquel caserón, vistiendo aquellos
hábitos, en lugar de estar en Holywood ejerciendo de galán; máxima aspiración que, creía en aquella época, podía tener un
hombre.
Finalizado el examen regresamos a Cangas. Allí nos
encontramos con algunos habituales tertulianos (nada que ver con los que ahora
desbarran, interesadamente, en algunas emisoras) de D. Ginés. Estos eran
hombres serios, incluso severos, profundos, siempre parecía que callaban más de
lo que decían, al menos delante de mí. Eran bastante mayores que D. Ginés, la
mayoría perdedores de la aún reciente guerra; entre los brazos de alguno de
ellos, a los que acudía en ocasiones, siempre había encontrado un refugio
sosegado y antiguas historias de España, Argentina y otros lugares lejanos.
Independientemente de su posición social, portaban con hidalguía las sempiternas
madreñas, el traje y chaleco de pana, la camisa blanca o de rayas, y la boina
sin capar. Aquel día la conversación giró sobre mi ingreso en el Instituto del
convento, se sucedieron felicitaciones y propusieron celebrarlo en la terraza
del Café Chacón. Comenzaron a pedir bebidas con nombres raros que, poco acostumbrado
a visitar tan elegantes lugares, jamás había escuchado (una de ellas, creo
recordar, era Blanco y Negro). Yo pensaba que eran bebidas fuertes, para
hombres recios. Cuando llegó mi turno, con muchas dudas, pedí un Sol y Sombra
quizá pensando que era más adecuado, aunque aquel día me sentía mayor, para el
bosquejo adolescente que aún era (para ser sincero ya había tomado unos
cuantos, a escondidas con mis primos en distintas celebraciones familiares). Al
pedirlo noté que se entrecruzaban miradas y algún gesto de sorpresa, mas no
dijeron nada, y ordenaron las consumiciones - entonces no existía ninguna
prohibición de servir alcohol a menores de 18 años- Cuando trajeron las bebidas
todas eran distintas combinaciones de café, con leche, con crema, con nata etc.
La única, delatadora copa, una mezcla de anís y coñac era la mía. Ellos
continuaron la tertulia mientras, yo, un tanto abochornado, daba cuenta del
edulcorado brebaje.
Así fue como celebré el ingreso en el Instituto Laboral San
Juan Bautista de Corias.
Ulpiano Rodríguez
Calvo
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