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sábado, 29 de junio de 2019
ENCUENTRO PROMOCIÓN 2019. LA CRUZ DE LENA II
B. G. G. bloguero
"Prior"
viernes, 16 de junio de 2017
CANÍCULA Y CEREZAS
Continuando
con las diversiones propias de nuestra infancia, durante los calurosos meses de julio y
agosto, los que fuimos criados en pueblos con río cercano, hay que reconocer
que tuvimos mucha fortuna pues, ya siendo pequeños, como dicen los argentinos, apenas
unos soretes, llegados los calores caniculares nuestra mayor distracción a la hora de la
siesta era ir al río y meternos en los pozos más remansados para, a base de
insistencia y de algún que otro trago involuntario de agua, y de sufrir mofas y
repetidas “aguadichas” por parte de los “xabardus” (brutos) mayores, lográbamos aprender a nadar.
Otro
entretenimiento, muy valorado por todos nosotros en estas fechas, consistía en
por las noches ir a visitar los cerezos vecinos que había en el pueblo y si
estaban bien cargados de fruto les aligerábamos un tanto de peso. Esta diversión conllevaba cierto
riesgo físico pues, a veces, a pesar de cobijarnos la oscuridad de la noche, no resultaba nada
fácil el esquivar los cantazos que
llegaban a la “caramiecha” (cima) de los árboles, estando como estábamos, sin nosotros saberlo, bajo la atenta vigilancia y puntería de los astutos
y recelosos dueños de los cerezos.
Volviendo a la
primera diversión, conviene resaltar que en aquella etapa de nuestra adolescencia,
el adquirir la capacidad de poder
comportarse como un “bilaxu” (trucha pequeña) en el agua,
durante al menos unos momentos, suponía todo un reto y era una de las formas de poder compartir de igual
a igual con los mayores las sesiones de
baño, ya que
ellos eran más veteranos en esas lides y se manejaban con cierta soltura,
tal como el lanzarse de cabeza al agua desde un risco elevado de la orilla y bucear hasta tocar con
la punta de los dedos el fondo del pozo.
Para los más novatos el poder llegar a
hacer esas mismas proezas que hacían los mayores, era como alcanzar un rango, un estatus superior
dentro de la jerarquía de la pandilla pues, entrañaba una de las mejores formas
de divertirse y de que los mayores te respetaran y te tuvieran en cuenta. Sin
embargo, las muchachas era más raro que fueran al río a bañarse junto con
nosotros. De ir, iban algunas veces, pero ellas solas y medio escondidas, para procurar
que los rapaces no las viésemos en traje de baño, ya que para ellas aquella pudorosa y generosa vestimenta
resultaba poco menos que estar en paños menores.
No hace mucho
he hecho un comentario en Facebook relacionado con los baños en la playa, que
por cierto, como apreciación diré que a pesar de haber tantas piscinas al aire
libre y climatizadas en todas las ciudades, todavía se ve bastante gente que no sabe
nadar. En dicho comentario reconocía y
agradecía el haberme criado en un pueblo ribereño con río cercano pues, gracias
a eso, a partir de los 10 o 12 años, aproximadamente, ya sabíamos nadar lo que
nos facilitó a lo largo de la vida el poder disfrutar de los relajantes baños veraniegos
en los ríos y ocasionales en el mar.
Recuerdo
siendo niño que de vez en cuando, en
verano, se organizaba en el pueblo alguna que otra excursión a Luarca, gracias
a los servicios de ALSA, pues, era la
única forma de que los de interior pudiésemos disfrutar, al menos por un día, de los reconocidos efectos beneficiosos que la
brisa marina y el agua del mar producen
en el cuerpo humano. Era curioso comprobar que la mayoría de nuestros
progenitores, a pesar de ser ribereños, no sabían nadar; pero una vez en la playa, se remangaban la ropa como podían, tanto hombres
como mujeres, y se metían en el agua hasta que les cubría por la rodilla para disfrutar de las caricias del oleaje y también
para que el salitre marino les aliviase los frecuentes dolores musculares y
reumáticos que les solían acompañar.
Por el
contrario, los zagales nada más que
pisábamos arena fina, ya nos despojábamos
a la carrera de la ropa y nos quedábamos
con el calzón de baño, de marca Meyba, el cual, la mayoría de las veces,
no estaba para muchos trotes pues, entre lo descolorido
y desgastado que lo teníamos, era como si lleváramos encima puesto un tul, (más o menos como el que se vio que llevaba
puesto Rodrigo Rato, de color amarillo, estando a bordo de un yate), pero como
tampoco teníamos mucho que tapar, esas minucias a nosotros apenas nos
condicionaban ni nos coartaban a la hora de tener la oportunidad de meternos en
el mar. Al instante, ya nos adentrábamos con cierto recelo en el agua hasta donde hubiese calado suficiente y que
las olas no fuesen muy grandes, para
poder demostrar que nuestras habilidades natatorias adquiridas clandestinamente
en aguas dulces, también eran igual de válidas
para la mar salada.
Nada más
comenzar a nadar nuestros mayores se
quedaban estupefactos al comprobar que no solo nos manteníamos a flote del
agua, sino que sabíamos nadar y bucear
casi tan bien como lo hacen las anguilas. En ese momento se preguntaban entre
ellos: ¿y dónde aprendieron a nadar estos diablecos? La duda no duraba mucho
pues, siempre había alguno del grupo con
cierta incontinencia verbal, que descubría el intríngulis al momento, diciendo
que habíamos aprendido en el Narcea mientras nuestros padres dormían la siesta,
y que la mayoría de nosotros la siesta la pasábamos metidos en el río, y cuando salíamos al prado a secarnos
estábamos ya blancos como la leche, tiritando y dando diente con diente, de lo fría que solía estar el agua.
Recuerdo que algunas
madres y padres de los amigos del pueblo, gracias a las esporádicas excursiones
a Luarca, descubrieron que sus retoños sabían nadar sin su
consentimiento y sin que ellos les hubieran enseñado. De ahí que se mostrasen algo
más tolerantes a la hora de aplicar castigo pues, a pesar de haber burlado las horas impuestas de siesta, tampoco
era como para decir que habían desperdiciado el tiempo pues, mientras los padres se creían que los “diablecos” estaban reposando en la piltra,
para que luego afrontaran los trabajos de la labranza con mayor ímpetu y ganas,
lo que estaban haciendo era chapotear en los pozos del Arca o de Souto como si fueran auténticas “tsóndrigas”
(nutrias).
La verdad es
que no era de extrañar que nos prohibieran el ir solos a bañarnos al río, ya
que, algunos de los pozos que
frecuentábamos encerraban mucho peligro por los remolinos que en ellos se
formaban, sobre todo, en los situados en
profundos recodos o meandros del río Narcea y también de sus tributarios, el
Gillón y el Moal, principalmente, en las inmediaciones de Ventanueva.
Pero no todo
eran parabienes por el sorprendente aprendizaje adquirido, no; a más de uno y
de dos, cuando sus madres descubrieron la
desobediencia y el rechazo de las horas de la siesta, les costó algún que otro disgustillo, como el tener que asumir,
día tras día, el realizar ellos solos, sin la ayuda de nadie, ciertas tareas engorrosas de la ganadería, que
no resultan muy gratas en sí, pero que son obligatorias para la higiene y
desarrollo de los animales estabulados: como era la limpieza y barrido de la
cuadras, sacar el cuito de las cortes de
gochos y vacas, el abastecimiento de mullido para el ganado, etc.
Lo positivo de
todo esto es que, a base de mentir un
poco a los padres, mentiras piadosas, no
sin riesgo de recibir unas buenas “xostradas” (bofetadas) si nos descubrían, y a tener que chapotear incansablemente en el
agua por nuestra propia cuenta, primero solo con las manos, imitando a los
perros, y después ya con brazos y piernas, tipo rana, aprendimos a movernos dentro del río con cierta soltura, sin gastar un duro y sin
necesidad de tener que adquirir excesivos tecnicismos en las formas y en las
poses, ni soportar reproches de monitores, demasiado estrictos y académicos.
B. G. G. bloguero “Prior”
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