PRESENTACIÓN

Anualmente cuando nos reunimos los antiguos alumnos de Corias, bien sea en grupos minoritarios por promociones en diferentes lugares del Principado y alrededores, o de forma general en el encuentro de Corias a finales de cada mes de septiembre, siempre solíamos comentar al sentir la alegría de juntarnos de nuevo que, era una pena el que hubieran pasado tantos años sin comunicarnos y sin saber unos de otros.

Afortunadamente, en estos tiempos eso está subsanado gracias a los medios informáticos disponibles que tenemos a nuestro alcance. Aprovechando la oportunidad que nos brinda BLOGGER para poder crear un espacio cibernético común, en la nube, donde se pueda participar y expresar los recuerdos que cada uno de nosotros guardamos celosamente de aquellos años, es cuando surge el Blog de los antiguos alumnos de Corias.

Esta elemental presentación lo único que pretende y persigue es reavivar la amistad y la armonía que hemos trabado entre todos nosotros durante los años de convivencia en el Instituto Laboral San Juan Bautista de Corias y, que a pesar del tiempo transcurrido, aún perviven frescas en nuestro recuerdo.

Otro de los objetivos del blog es recordar y compartir las peripecias vividas por aquellos jóvenes que coincidimos bajo las mismas enseñanzas, disciplinas, aulas, comedores, dormitorios, juegos, etc., durante varios años en el convento de Corias y que aún las tenemos muy presentes.

La mejor forma que tenemos para rememorarlo es ir contando en este blog todos los pasajes que cada uno de nosotros recuerde, expresados con la forma y estilo propios de cada uno pero, siempre supeditados a los principios del buen gusto, el respeto y a la correcta educación que nos han inculcado los padres dominicos. El temario en principio aún siendo libre, sí debiéramos procurar en general, que tengan preferencia los temas relacionados con el colegio y su entorno, ya que es el vínculo y denominador común entre todos nosotros.

Como es lógico, cada colaborador es el único responsable de sus opiniones vertidas aquí en el blog; las cuales pueden ser expresadas libremente sin condicionantes ni cortapisa alguna por parte de la dirección; tan solo debemos atenernos todos, a las premisas mencionadas anteriormente del respeto y el buen gusto.

Una vez hecha esta breve presentación, se pide la colaboración y aportación de todos los antiguos alumnos pues, seguro que todos tenemos algo ameno e interesante que contar. Unas veces serán relatos agradables y divertidos, y otras no tanto; pero así es la realidad de la vida.

Al blog le dan vida una serie de antiguos alumnos que colaboran de forma fehaciente y entusiasta con Benjamín Galán que es el bloguero administrador. A este galante caballero el cargo de administrador no le fue asignado por méritos propios, más bien por defecto, de forma automática; simplemente, por ser el titular del blog. Pero podría delegar el cargo en cualquier otro colaborador que así lo deseara.

De antemano, muchas gracias a todos los participantes y colaboradores. Tanto a los antiguos alumnos y profesores que deseen intervenir, como a todos nuestros amigos lectores.

¡A colaborar y a disfrutarlo!

(21 de noviembre de 2009)

B. G. G. (BLOGUERO PRIOR)

martes, 18 de junio de 2013

DE VIAJE AL SALENTO (III)

E BARI A LECCE

Bari, incluida su área metropolitana, ronda el millón de habitantes y resulta enrevesado entrar y salir de la ciudad. De no existir buenas razones, en nuestro caso dormir en el hotel donde teníamos la reserva y visitar tres o cuatro lugares de interés, lo preferible es evitarla.
Llegamos a mediodía y una vez instalados en el hotel con ayuda de una guía buscamos lugar para comer. Aunque la guía, según la contraportada, estaba actualizada en 2012 los dos primeros restaurantes elegidos, por conveniencia de carta y precio, ya habían desaparecido, tal vez por efecto de la crisis. Optamos por un tercero, La Pignata, anunciado como más caro que, aunque vacío, estaba abierto. Un comedor elegante con personal muy amable; nos ofrecieron de primero un plato típico de la zona, una antigua receta campesina: cicoria selvática ligeramente hervida con puré de habas secas, regado por un generoso chorro de aceite crudo extra virgen de la tierra, delicioso. De segundo “triglie al cartoccio”, filetes de salmonetes con aceitunas, alcaparras, hierbas aromáticas y unas gotas de aceite, envueltos en papel de aluminio y asados al horno, riquísimos. Todo acompañado por buen blanco de la Puglia, unos dulces obsequio de la casa y una factura nada gravosa ayudaron a eliminar la primera mala impresión causada por la ciudad.
Dedicamos la tarde a visitar el castillo edificado en el siglo XIII por Federico II de Suabia sobre anteriores edificaciones bizantinas y normandas, al que posteriormente añadieron la gran muralla y los robustos bastiones. Más tarde nos dirigimos al Duomo de San Sabino y a la más interesante Basílica de San Nicola. En el lateral izquierdo de esta basílica se encuentra la preciosa Puerta de los Leones datada en el siglo XII. Este santo es muy venerado en Bari, prueba de ello es la cantidad de nacidos en esta ciudad que tienen por nombre Nicola.
 A las puertas de esta basílica nos encontramos con un nutrido grupo de otros devotos luciendo llamativas enseñas, las del padre Pío. Este controvertido personaje es prueba evidente de las distintas varas de medir que puede tener la iglesia. Documentos fidedignos aseguran que cuando la fama milagrera de Pío da Petralcina (nombre completo del padre Pio) se extendió por estas regiones, el entonces Papa Juan XXIII, sospechando que podía haber gato encerrado, ordenó una investigación sobre él. La investigación concluyó descubriendo la impostura del religioso al determinar que los estigmas perpetuos presentes en sus manos eran provocados por él mismo, al tiempo de constatar la frecuencia regular con que llevaba a las devotas más fieles a su lecho. Otro papa posterior, Juan Pablo II (quizá mirando más al clamor de los seguidores,
 cuyo epicentro se encuentra al norte de Bari, en San Giovanni Rotondo, donde el personaje en cuestión vivió y murió hace cerca de medio siglo, y al negocio de la iglesia) lo elevó a los altares.



Alberobello
Al siguiente día tomamos una carretera comarcal poco transitada que discurre por el valle de Itria y que debía llevarnos hasta un lugar marcado con asterisco desde que planeamos este viaje, Alberobello.
 De camino dejamos de lado las Cuevas de Castellana, de las que nos habían hablado, y nosotros leído, maravillas. Unas kilométricas cuevas, antiguo cauce de un río subterráneo, con multicolores estalactitas, estalagmitas y cristales de calcita que, aseguran, forman un mundo mágico. Pero para la visita necesitaríamos de más tiempo y espíritu explorador del que disponíamos en aquel momento.
Antes de llegar a  Alberobello   los campos de olivos, higueras y viñedos ya aparecían salpicados de las peculiares construcciones que nos habían empujado hasta allí.
 Trulli, así llaman a esas curiosas edificaciones ancestrales conservadas en la zona. Su origen no está muy claro, pero es innegable su inspiración oriental.
 De gruesa pared circular, casi siempre pintada de blanco, y con puntiagudo tejado cónico de piedra gris. Están rematados por un pináculo, pintado, al igual que el signo que se ve en los tejados, de blanco. Los signos identifican al propietario y le protegen, según dicen, de las fuerzas del mal.
 En Alberobello forman un extenso barrio, anteriormente viviendas, algunas aún lo son. En la actualidad una parte de ellas son tiendas de artesanía y de productos de la zona o alojamientos turísticos. Prueba de su originalidad y atracción son los numerosos turistas de lejanos países que paseábamos por sus calles un día a mitad de semana y principios de abril. No quiero imaginar cómo estará el lugar en época vacacional. Todo está tan bien conservado, tan cuidado, que tiene un cierto halo de artificial.



Ostuni
Para comer nos dirigimos a Ostuni, también llamada la “ciudad blanca”. Sus estrechas y pendientes calles, flanqueadas de casas blancas, serpentean las colinas y solo una franja llana la separa del mar. Guarda bastante parecido con los pueblos blancos de Andalucía; para recorrerlo se necesitan buenas piernas, también para llegar al lugar elegido para comer, la Osteria del Tempo Perso, excavada en roca debajo de la catedral. El esfuerzo de la subida mereció la pena, no solo por la originalidad del lugar; entre otros platos de la zona nos prepararon un “carré de agnello”, costillar de cordero al horno perfumado por abundantes hierbas, con una hoja de laurel entre cada costilla, que estaba espléndido. El tinto de la zona, Salice Salentino, elaborado con uvas negroamaro y malvasía negra, suele tener elevada graduación, unos 14,5º, pero tiene paladar sedoso y está muy bueno.

Esta es una tierra en la que, aunque minoritarias, se conservan milenarias tradiciones. En algunos lugares mantienen el habla griega desde los tiempos de la Magna Grecia, y un curioso ritual para la pedida de mano consistente en que el novio regala a la novia un cesto lleno de fruta, símbolo de la fertilidad y un silbato (“fischietto”) de terracota con forma de gallo entre la fruta, símbolo de virilidad.



Mediada la tarde llegamos a Brindisi, también llamada “puerta de oriente”. Aquí terminaba la Vía Appia, y aún se conserva una de las columnas de mármol, de unos 20 m de altura, coronada por adornado capitel, que señalaba el final de esa vía de unión entre esta ciudad y Roma. De su puerto partían las expediciones a Oriente en tiempos del imperio romano, y posteriormente también alguna cruzada. En la actualidad es punto de partida de transbordadores hacia Grecia y otros puertos del Mediterráneo oriental.
Brindisi, mucho más pequeña que Bari, nos sorprendió por los cuidados edificios y la limpieza de las calles, muchas peatonales. Aunque la antigua catedral fue destruida por un terremoto y reedificada en el siglo XVIII, Bríndisi atesora  importantes edificios históricos como San Giovanni al Sepolcro construido por los Templarios o la Loggia Balsamo. Resulta agradable pasear por las tranquilas calles al caer la noche y tomar una buena pizza en una antigua villa restaurada, restaurante Il Giardino, un pequeño paraíso con jardín.

Pocos kilómetros de buena autopista nos separaban de Lecce a la mañana siguiente, que se presentaba  magnífica y soleada. Los últimos estertores lluviosos los habíamos dejado el día anterior en Ostuni, cuando después de comer nos dirigimos a una terraza y al resguardo de un amplio arco tomamos un Averna, para mí el mejor de los amaros, viendo caer la lluvia a ambos lados de la mesa mientras calle abajo corría un  arroyo saltarín.



Lecce
Lecce es una bella y cuidada ciudad barroca. Definida, de forma no afortunada, en mi opinión, por muchas guías como la Florencia del sur, y no por demérito de Lecce sino por la difícil comparación entre renacimiento y barroco. Posee numerosos edificios, levantados con piedra caliza local de color rosado, fácil, aseguran, de trabajar,
 que son auténticas joyas representativas de esa expresión artística.
 El hotel reservado aquí (no suelo hablar de hoteles porque sabido es que en Italia la relación calidad –precio es mucho más desfavorable que en España), el  Grand Hotel Di Lecce, aunque situado cerca de la estación, resultó muy cuidado, tranquilo, con espaciosas y luminosas habitaciones, buen desayuno y precio mejor del acostumbrado. Solo el dosel de la cama, un tanto pretencioso, sobraba.
La visita a la ciudad resulta cómoda por ser peatonales las más importantes calles céntricas, y además llanas, sin una sola cuesta. Para una primera orientación y situarse, además de usar la guía, se puede tomar, como hicimos, el trenecito de turistas que la recorre, para después retornar a pie por los sitios más interesantes descubiertos.
La Plaza Sant’Oronzo es el corazón de la ciudad. En ella se alza la columna gemela de la vista en Brindisi  marcando el término de la Vía Appia, y sobre ella  la estatua del patrón de la ciudad que da nombre a la plaza. En este mismo y bullicioso lugar (Lecce es un importante destino turístico como pudimos comprobar) se encuentran las ruinas del anfiteatro romano, además de otros edificios históricos.
La Plaza del Duomo, rodeada por el obispado, el seminario y la catedral con esbelto campanario de 68 m de altura, es un espectacular conjunto barroco.
 Hace tiempo leí, no recuerdo dónde, que la construcción de este campanario-torre había desencadenado un duro enfrentamiento entre el obispo y el gobernador de entonces. Pensaba el gobernador que el interés del obispo por un campanario tan alto era para poder controlar, y fisgonear, la ciudad desde las alturas y se oponía a que la obra continuase subiendo. Viendo el campanario actual resulta claro que la disputa, si la hubo, la ganó el obispo.
Además de arte, no cito más de tantas que se lo merecen, existen estupendas tiendas de productos gastronómicos locales, imposibles de evitar permaneciendo dos días por allí, aunque uno de los días estuviera reservado para recorrer los lugares más extremos del tacón de la bota.      

Ulpiano Rodríguez Calvo

lunes, 17 de junio de 2013

¿POR QUÉ DECIMOS…? PARTE. I.


à Aquí hay gato encerrado: En la España Medieval, el campo estaba infectado de salteadores de caminos, que ocultos en la maleza, asaltaban a los viandantes y diligencias para robarles cuanto llevaban.
Se daba el caso de que los ladrones lo que buscaban fundamentalmente, era dinero. Pero el dinero no aparecía, en aquella época los monederos, estaban confeccionados con piel de gato, en el depositaban sus monedas: maravedíes, doblones, blancos, etc…
Cuando los ladrones no encontraban el monedero-gato exclamaban “Pues no puede ser, aquí tiene que haber gato encerrado”.

à ¡Viva la Virgen!: En tiempos de la Reconquista, la recuperación del terreno era muy lenta, y sufría vaivenes de toma y daca, tan pronto un territorio pertenecía a los cristianos, como a los moros. Entonces se generó el problema de tener que vigilar el horizonte para evitar ser sorprendidos por el ataque moro. A tal efecto se talaban inmensas extensiones de arbolado para así, ver al ejército contrario, entonces se creó una vigilancia que o bien en las torres de la Iglesia o bien en las cimas del algún otero, había perpetuos vigilantes escrutando el horizonte y cuando divisaban un contraataque, gritaban desde lo alto una frase que servía de aviso “VIVA LA VIRGEN”.
Todo el pueblo repetía a gritos la frase, se avisaba a los que estaban en zonas próximas al pueblo y todos se refugiaban en algún castillo o en la Iglesia.
Podía ocurrir que los vigilantes estuvieran hasta dos años sin dar la voz de alarma, en cuyo caso se pegaban la vida padre.
La gente empezó a decir que “Fulano” que llevaba una vida tan relajada y regalada era un “Viva la virgen”.

à Ir de tiros largos: No hace tanto en España no había vehículos a motor y cuando una pareja iba a la iglesia a contraer matrimonio, iban, si eran pobres a pie. Si eran más pudientes, en un carruaje que podría ser tirado por dos, seis o cuatro caballos. Los ricos, obviamente iban en un carruaje de seis caballos y como todos ustedes saben, la correa que va desde el bocado del caballo hasta las manos del conductor, se llama “tiro”. Así pues, sí alguien iba con seis caballos, iba de tiros largos y si iba con dos, iba de tiros cortos. De ahí a que ahora cuando una persona se engalana y exhibe sus mejores galas le decimos ¿Dónde vas de tiros largos?

 Pepe Morán Fernández. Dominico-ex. 

sábado, 15 de junio de 2013

Santi, El Falangista.

Pocas veces conocí a un hombre de semejante contextura física y moral. Eran los unos noventa y pico kilos de buen humor, de peso físico, de humanidad, de simpatía desbordante. Hablo de primeros de los setenta, en la Biblioteca Nacional. Cuando se integró fueron bastantes los que, a priori le recibieron con recelo y cierta animadversión.

Poco duró esta actitud. Su bondad, su bonhomía, su alegría contagiosa, su entrega sincera, a cualquiera que tuviese un problema, conquistaron a toda la biblioteca. Por lo pronto, adoptó la costumbre, de bien temprano, antes de que entrásemos los casi mil que allí trabajábamos ya Santi había colocado una flor encima de la mesa de quién ese día cumplía años.

No podías citar en su presencia que andabas a la búsqueda de algo y preguntando dónde lo venderían. Al día siguiente lo tenías encima de la mesa. Nadie ignoraba que quien lo había puesto era Santi. En los ratos libres se pasaba por los diversos departamentos saludando cordialmente, interesándose de los problemas que había.

Era falangista y había sido cuatro años Gobernador Civil de Huelva con Franco. Pero eso  - que para alguno era un pecado  - ya nadie lo recordaba ante tal avalancha de buen humor, alegría y amabilidad.

Bueno, el personaje está presentado. Ahora vamos a la anécdota que me aleccionó para el resto de mi vida.

La biblioteca, que por fuera está como el día que la construyeron, por dentro es como un edificio del futuro. Todo está informatizado y si no eras de la casa y tenías una tarjeta especial no podías andar más de veinte metros, era de una seguridad ultramoderna.

Había en la zona sur del edificio una sala que servía de distribución hacía cuatro o cinco departamentos y hacía un ascensor. Para remediar la desnudez de semejante espacio habían colocado varias butacas tapizadas en verde. Si te sentabas allí, en cinco minutos presenciabas una gran afluencia de gente. Uno de tantos días me encontré con Santi en aquella sala. Me saludó como si llevara tres años sin verme. Nos sentamos en sendas butacas y empezamos a charlar, vete a recordar qué…

En ello estábamos cuando del ascensor salió una chica joven, más bien bajita y en absoluto llamativa. Yo me había cruzado con ella mil veces en pasillos y ascensores. Se llamaba Paloma Fernández de Avilés y tenía una costumbre terriblemente odiosa. Jamás contestaba al saludo protocolario. “Buenos días” “Hola” “Qué tal”. Yo, y conmigo la mayoría decidimos no saludarla vista su actitud altiva y maleducada. Por eso me resultó extraño que Santi la saludara en tono jovial y cariñoso “Hola Palomita”. Como era de esperar ella siguió en su camino y ni contestó.

Esperé a que se fuera y le dije a Santi en tono de reproche: “Pero bueno, Santi, tú ¿Por qué la saludas, si sabes que no te contesta jamás?
Y Santi me contestó: “Precisamente por eso ¿A ti quién te parece que queda mal, ella o yo?”. “Sin duda, ella” dije. Pues escucha esto:
“Al año siguiente de terminar la Guerra Civil Americana, hacía 1863, el General Jackson iba de paseo por Louseville acompañado de un comandante antiguamente a sus órdenes. Iban de paisano. En esto que un negro viene caminando en dirección contraria y era inevitable el encuentro. Cuando se cruzaban, el negro dijo muy alegremente “Buenos días mi general”. A lo que éste, contestó con la misma jovialidad “Buenos días, hombre”. El comandante no pudo soportar aquella escena, y con respeto, le reconvino al general “Usted perdone que se lo diga, mi general, pero ¿Cómo se rebaja a saludar a un negro?”. El general explicó: “Pues mira, por lo menos para que quede claro que soy tan educado como él”.

“Mira Pepe, si me cruzo cinco veces al día con esta chica, cinco veces ocurre lo mismo, que yo soy un caballero educado, y ella una zafia, así que, cinco veces la llamo zafia, guarra, mal educada. Otra cosa es que ella no lo entienda, pero reconocerás que si no la saludo me pongo a su ínfimo nivel”. Gracias Santi, me has enseñado algo que no había aprendido en cincuenta años. La manera de insultar a un imbécil con un cordial saludo.

Desde entonces más de una vez, una, recientemente -  hará tres años – tuve que recurrir a esta fórmula para llamar tonto cuatro veces al día a un individuo que se empeñaba en ningunearme, creyendo que yo lo tomaba por ofensivo. A todas horas aunque nos cruzáramos por la acera del otro lado de la calle, yo exclamaba a gritos: “Adiós, Juanchi”. Terminó por responderme a su vez.

Recomiendo este truco, a mi amigo Vitorín Gión, que me contó que tenía un vecino que no le correspondía al saludo. Tú insiste, Vitor. Que terminará por darse cuenta de que es un guarro y contestará.
Es el único modo de convertir un saludo en un insulto.

Pepe Morán Fernández. Dominico-ex. 

LOS RESTOS DE LA .......


SIN ELLA NO HABRÍA SIDO POSIBLE ACORDARSE DE TODO 
 
No se puede hablar por teléfono en los trenes o Metro. Está prohibido.
La limpieza es total. No encuentras una  papelera en toda la ciudad.  Si comes un caramelo, el envoltorio te lo llevas a casa.

Está prohibido caminar fumando. Hay señales de prohibición pintadas en las aceras. Existen zonas para hacer un descanso y fumar un pitín y donde tienen los correspondientes ceniceros.

Se circula por la izquierda tanto coches como peatones. En los pasos con o sin semáforo siempre caminas por tu izquierda para no tropezar con el que viene de frente.

                                         

El Jefe dando las últimas ordenes
Como la ciudad en general es muy llana, la Policía de Distrito patrulla a lomos de bicicleta, aunque algunas unidades móviles ya van necesitando la aplicación de un plan RENOVE.  Pero se evita polución y de paso se mantiene al personal siempre en forma.
Cuando accedes a una estación pasas por los tornos la tarjeta monedero que previamente has comprado, pero no te descuenta el importe del viaje. Lo hace cuando salgas de la estación de destino. Según dónde hayas ido te resta del saldo el importe.
En los trenes se deja salir antes de comenzar a subir, llegando incluso a salir gente del vagón con el fin de facilitar la salida de otros pasajeros. Se colocan en fila en el andén y cuando todos hayan bajado vuelven a subir, generalmente antes de los que estaban esperando. La estampa típica que se ve en ocasiones del empleado de la estación empujando a los pasajeros es pura leyenda urbana. Y si no puedes entrar en 3 o 4 minutos llega otro tren.

Tendido eléctrico de una calle de Tokio

Tendido eléctrico en la Bahía de Yokohama
Llama la atención la conducción eléctrica. Salvo en alguna calle muy comercial del centro de la ciudad, todos los cables van a la vista  fijados a postes de hormigón. Con los frecuentes movimientos sísmicos si el cableado fuera soterrado la localización de las averías sería mucho más difícil y costosa su reparación. Los japoneses están en todo.
Los taxistas van todos trajeados con gorra de plato y guantes blancos (casi como aquí) y los coches siempre están relucientes.
Cuando vas a un restaurante, lo primero que hacen los camareros es darte unas bolsas como los pañuelos de papel humedecidos, o unas pequeñas toallas calientes, para que uno se lave las manos antes de comer. Lo de la limpieza lo llevan muy a rajatabla.  Luego antes de tomarte nota te sirven agua, que van reponiendo a medida que se va vaciando el vaso. Nunca te sirves tú.

viernes, 14 de junio de 2013

DE VIAJE AL SALENTO (2)

     - DE UMBRIA A BARI-



Bomarzo

Iniciamos este viaje al sur desde las proximidades de Bomarzo, unos cien kilómetros al norte de Roma. Bomarzo es un inquietante parque de gigantescas y monstruosas figuras labradas en la piedra, una parte de ellas cubiertas por el musgo. Situado bajo el palacio del príncipe medieval al que debe su existencia y de la ciudad que le da nombre, sobrevive desde hace cinco siglos en medio de un frondoso bosque, aparentando dormir hipnotizado por el susurro del arroyo que discurre a sus pies. Construido por empeño de Pier Francesco (Vicino) Orsini, se supone que intentando trasladar a la piedra sus terroríficos sueños, es un lugar al que siempre me apetece volver. Quizá en la atracción por el lugar haya influido la lectura de la novela que lleva por título Bomarzo, escrita por Mújica Lainez,  recomendable fresco para entender una parte de la historia de lo que ahora es Italia. Bien documentada, relata la tormentosa vida de aquel contrahecho personaje y de las familias poderosas de entonces, Orsini, Farnese y otras, acostumbradas a nombrar papas entre sus vástagos, también a eliminarlos, según la correlación de fuerzas entre familias, y decidir sobre vidas y bienes del resto de los mortales. Cuenta también la injerencia externa en el tablero de ajedrez político que era la península Itálica, sin faltar, claro, los españoles bajo el mando del todopoderoso emperador Carlos V…Pretendía emprender este viaje hacia el sur y quedé enredado en un parque. Procuraré retomar el camino.

Era temprano aquella mañana de la perezosa primavera tocada en suerte este año cuando enfilamos la autopista dirección sur. El frío invernal, aún al acecho, hacía que los árboles, salvo unos pocos valientes, se mantuvieran recelosos, sin desplegar de sus reventonas yemas las nuevas hojas que por abril ya les correspondía  vestir.

Viajábamos en un brioso Golf recién sacado del horno, con menos de mil en el cuentakilómetros, suministrado en Fiumicino por la empresa de alquiler Locauto (cito el nombre por ser poco conocida y por el correcto servicio prestado). Buen acompañante para dos personas - el resto de la familia se quedaba atendiendo sus ocupaciones laborales y escolares-, con más de dos mil kilómetros de recorrido por delante.

Unas decenas de kilómetros al norte de Roma tomamos la Bretella, como llaman los romanos a esa tangente que, por el este, evita la ciudad, comunicando por autopista norte y sur. Entre esta vía rápida y Roma se levantan los Castelli, una cadena montañosa, poblada y boscosa. Un lugar de esparcimiento, incluso morada habitual, de quienes viven o trabajan en Roma. En esas montañas se encuentran preciosos lagos volcánicos.  En la cresta de la elevada ladera que circunda el lago Albano se asienta Castel Gandolfo, dónde, como es conocido, en un palacio asomado sobre las azules aguas tienen los papas su acostumbrado refugio estival. El lago de Nemi en el fondo de un profundo cráter es sobrevolado por el pintoresco pueblo que tiene su mismo nombre,  famoso por su belleza y las pequeñas y golosas fresas silvestres o cultivadas de su entorno.
 Imágenes y  recuerdos de la zona se  agolpan al discurrir por la autopista, ventajas de ir de copiloto, imposibles de relatar aquí. Solo me permitiré, ahora, cuando escribo esto, dos recuerdos fugaces: uno, un tramo de carretera situado por aquellos lugares donde era costumbre llevar a los recién llegados a Roma. Allí, por un efecto óptico, el coche, motor parado, sin freno y ninguna fuerza que lo empujara, rodaba, aparentemente, cuesta arriba ante la estupefacción del recién llegado. Dos, en Grottaferrata se encuentra la monumental Abadía de San Nilo, fundada por monjes griegos a principios del siglo XI y en la actualidad ocupada por religiosos de rito oriental. Éstos, ignoro si lo continúan haciendo, elaboraban y vendían su vino en la bodega situada en los bajos de la abadía. La venta la efectuaban los fines de semana y a granel por lo que se necesitaba  ir provisto de garrafa. No recuerdo la calidad del vino, pero la escena -  dos filas de severos monjes, ataviados con skufia y  largas ropas negras, cada uno sentado, inmóvil, ante una cuba en un tayuelo, prestos para abrir la llave y llenar la garrafa que se le tendía, antes de efectuar el pago a otro monje a la salida- era digna de Berlanga y Rafael Azcona.

Sumergido en estas y otras divagaciones, ya sobrepasábamos las tierras de Latina. Esa zona pantanosa y palúdica ordenada desecar y repoblar por el Duce. Los repobladores, agradecidos, han otorgado mayoritariamente, hasta ayer mismo, el voto al partido fascista. Pero ahora prefiero no hablar aquí de política; también en España continúan existiendo otros Llanos del Caudillo.
Poco más adelante un desvío que ignoramos, y no por falta de ganas, conduce a San Felice Circeo, un parque nacional en el que se encuentra un maravilloso bosque a la orilla del mar  declarado reserva de la biosfera. Sobre este bosque se eleva el Monte Circeo con espectaculares vistas pontinas. Es el lugar mitológico donde, según Homero,  la maga Circe mantuvo cautivos a Ulises y sus compañeros mientras en la lejana Ítaca Penélope tejía y destejía.
Intentaba mirar solo al lado derecho de la autopista según avanzábamos al sur, la conductora controlaba la autopista y el lado izquierdo quedaba para el regreso si se presentaba la ocasión. Así podía imaginar y recordar andanzas de hace más de veinte años. Sperlonga, esa colmena de casas blancas colgada sobre el mar, con la gruta de Tiberio y  los restos de lo que fue su grandiosa villa, desgastados por las olas, a sus pies. También Terracina, de donde parten los barcos hacia el archipiélago Pontino; en él se encuentra Ponza, una abrupta joya convertida en isla, cuajada de flores, casas y barcos de pesca multicolores, y una playa, llamada Claro de Luna según creo recordar, cercada por un acantilado, a la que solo se accede, además de por mar, por un túnel excavado bajo la montaña hace más de dos mil años.
Sin tiempo para demorarse en Gaeta y su Montagna Spaccata, un impresionante tajo en el acantilado  abierto al mar, vestigio, según leyenda, de cuando la tierra se rasgó a la muerte de Cristo, entramos en Campania.

En esta región, como en todas las del sur de Italia, tiene arraigo una organización criminal y de extorsión. Aquí llamada camorra, en Sicilia mafia, en Calabria ‘ndrangheta o sacra corona unita en Puglia, donde nos dirigíamos. Aunque continúen operativas no parecen ser tan virulentas como hace algunos años, además no suelen causar problemas a quienes solo vamos de paso.

Nuestra intención era evitar Nápoles (esa imprescindible y enorme ciudad que, solo ella, para visitarla, requiere un viaje de días) siguiendo la autopista que la sortea. Sin embargo, confiados en el GPS, con el mapa en la guantera no ejercí de buen copiloto y el navegador nos ordenó abandonar la autopista antes de llegar a Nápoles, a la altura de Caserta (imposible nombrar esta ciudad sin citar los espléndidos jardines y el palacio mandado construir por Carlos III, no olvidemos que los Borbones reinaron por estas tierras durante largo periodo, esa huella, incluso en usos y costumbres, aún resulta visible hoy en día por toda la Italia del sur).
La desacertada indicación del navegador nos arrojó a una carretera de doble dirección densamente transitada, utilizada por el tráfico local y por quienes quieren evitar el pago del peaje. Fue una inmersión, por si lo habíamos olvidado, en el modo de conducir italiano. La señalización horizontal, esas rayas continuas, o dobles rayas, que separan el carril de ida del de vuelta prohibiendo el adelantamiento resultan invisibles para la inmensa mayoría de conductores. Estos colocan el morro de su vehículo a un palmo de la trasera del que va delante y a la menor ocasión adelantan sin importarles el tipo de pintura del suelo. Con frecuencia otro coche circula en sentido contrario, a pocas decenas de metros, obligándole a echarse al arcén y segar con las ruedas la exuberante  hierba primaveral de la cuneta. No surge ninguna protesta, ni luces, ni claxon, ni gestos, por parte del conductor arrojado al arcén, que sabe que poco después él hará lo mismo. Este comportamiento trae el recuerdo de una antigua película, en la que el protagonista, al comienzo de una de esas típicas carreras fuera de la ley, ante la sorpresa de la chica americana que le acompañaba, arranca y arroja lejos el retrovisor al tiempo que le dice: “los italianos, cuando conducimos, jamás miramos para atrás”. Posiblemente esto solo sea un estereotipo, pero se acerca bastante a la realidad.
Pasado Benevento volvimos a la autopista y a una relativa tranquilidad. Viajar por calzadas de varios carriles por sentido y frecuentes radares/ tramo de velocidad, en este país llamados Tutor, que castigan con severidad a quienes sobrepasan el límite establecido en 130 k/h, es más relajante, permitiendo, en mi caso, no en el de la conductora, solazarme contemplando las  colinas cultivadas por entero de cereales. Se ven verdes y pujantes por el agua recibida en abundancia durante los últimos meses. Prueba de las copiosas lluvias eran los profundos surcos que culebreaban por las laderas del inabarcable mar esmeralda.
 Esta autopista une el Tirreno con el Adriático, y poco antes de alcanzar el mar gira hacia el sur, para, unas decenas de kilómetros después, dejarnos en la prefería de esa gran urbe, la segunda del sur de Italia después de Nápoles, que es Bari.





Ulpìano Rodrígurez Calvo

Artistas por un día

                                                                              Texto y fotos: jrFRANCOS

      En uno de los dos comentarios que hice a la entrada de Ulpiano sobre su viaje, donde hablaba del milagro de Bolsena como origen de la fiesta religiosa del Corpus Christi, dije que iba a colgar unas fotos del engalanamiento de calles que aquí, como en otros lugares, hacen los vecinos de cada una por donde pasa la procesión. Denominaba yo a sus autores como artistas de lo efímero o de lo fungible o también artistas por un día. Personas anónimas que hacen una obra para la ocasión (ésta de la que estamos hablando, una carroza, un disfraz de carnaval y su correspondiente pasacalle o actuación, también mencionaba a los que hacen esculturas en la playa con arena, en hielo o los muñecos de nieve que alguna vez todos hemos hecho), con notable gusto y arte e ingenio, pues suelen valerse de materiales de bajo costo.

     Las fotografías que sin más comentarios paso a mostraros las tomé hace ahora un año, en el Corpus Christi  de 2012 y pertenecen al trabajo "LOS SANTOS DE MAIMONA, entre artistas y escritores (sin olvidar las asociaciones)", que consta de noventa entrevistas/reseñas, de las que llevo hechas setenta y tres, y por donde desfilan actores, escritores,  bailarines, cantantes, escultores, grupos musicales, toreros, pintores, etc, además de las asociaciones culturales. (Aquí publiqué las veintiséis primeras, entonces bajo el título provisional de "Los Santos de Maimona, cuna de artistas", dejando de hacerlo al haberme dicho un día alguien de esta "familia": "¿Pero tú crees que eso puede interesar a nadie del Blog?". Aún así, me emplazo a traer a estas páginas a Francisco González "Cotrina", cuya obra  habréis visto algunos en televisión, pues salió en varias, así como en el Mundo digital y está en un libro de la editorial Siruela que recoge las cincuenta casas más llamativas de España. La suya es una obra, con cierto aire gaudiano, en la que lleva veinte años trabajando, que es digna de ver).  

     







domingo, 9 de junio de 2013

DE VIAJE AL SALENTO (1)

A medida que la vida avanza solemos mirar más hacia el pasado que al futuro, y, liberados de un horario laboral, es mayor el tiempo disponible para recordar. Para rememorar, espíritu de autodefensa, pasajes gratos. Sabido es que los otros, los no gratos, cobran vida propia y nos asaltan ellos solos, sin necesidad de invocación.
Posiblemente esa autodefensa sea el motivo que me empujó, aunque resulte un tema reiterativo, a escribir algo sobre un reciente viaje.
Un viaje que, aunque realizado y escrito al regresar el pasado mes de abril, ha dormido en el ordenador durante más de un mes.
 Unas semanas muy bien cubiertas, en el capítulo viajes de este blog, con las cumplidas y documentadas entregas de Alfredo, de  su recorrido por el lejano Japón; y la crónica rimada de José Manuel, ingenioso y ameno flash de las tierras de los guanches.
Ahora se lo envío a Galán, dividido en VI capítulos o etapas, seguro de que, con su buen hacer de siempre, les irá dando entrada.
 Si sirve para pasar un rato, a mí ya me sirvió para entretener unas cuantas horas, y alguna de las informaciones que contiene resulta útil para un viaje futuro de alguien, habré cumplido con creces el objetivo con el que lo inicié.
Envío esto no exento de  pesar al  recordar a un antiguo compañero de Corias, fecundo impulsor del blog. Me gustaría que lo leyese y  ya no lo puede leer.

- Desde Umbría-

Comienza la de primavera en Umbria

Sitúo el inicio del viaje en ese corazón verde del centro de Italia, incrustado entre Lazio y Toscana, que es la región de Umbría. Allí pasamos unos días antes de emprender ruta hacia el sur.
Unos días que, además de disfrutar de mi familia más cercana, nos permitieron visitar o revisitar alguno de los atractivos lugares existentes en la zona.

Visitar unos donde nunca habíamos estado, como Amelia, ciudad escondida entre colinas boscosas, capital de la comarca del mismo nombre, con interesante centro histórico medieval recostado sobre una pendiente ladera. Desde lo más alto se aprecian maravillosas vistas. Amelia es famosa por su producción de higos secos, los elaboran rellenos de chocolate y de otros frutos secos.

Colgados de las colinas que se asoman al valle del Tevere se encuentran pintorescos pueblos   medievales como Mugnano, Penna in Teverina o Giove. En este último se alza, íntegro, un impresionante castillo con varios siglos de historia. Adquirido, hace años, por un americano que no ha vuelto por allí, caprichos de millonario. En la actualidad, al no acometer las imprescindibles obras de conservación, amenaza ruina ante la impotencia del comune para poder actuar.
 En Lugnano se celebra, el primer fin de semana de abril, un interesante y colorido campeonato de poda de olivos. Decenas de participantes hacen gala de su habilidad para despojar al olivo de las ramas superfluas. Al final, el broche lo pone una animada fiesta con degustación de productos locales, sobresaliendo, como no, deliciosos aceites. La poda practicada a los olivos en esa zona de Italia es mucho más severa que la observada en España.
Además, en una humilde pizzería de Lugnano elaboran estupendas pizzas, de finísima pasta y crujientes bordes arrebatados por las brasas (en Italia es inconcebible una pizzería sin horno de leña chisporroteando; los hornos eléctricos quedan para las franquicias de pseudo pizzas, tan abundantes en España) con honestos ingredientes y auténtica mozzarella.
Por las laderas de las colinas abundan los viñedos, y resultan llamativas las plantaciones de habas que crecen entre las hileras de vides. Me recordó  Limés, allí también recogían, mi madre los sembraba, buenas cosechas de guisantes entre las viñas. En Corias, cuando era Bachillerato Agrícola, nos enseñaban a combinar o ¿binar?, en Italia dicen abbinare, distintos cultivos en un mismo terreno.

Relativamente cerca, en una hondonada, se encuentra el bosque fósil de Dunarobba, donde grandes troncos de árboles, ahora fosilizados, permanecieron sepultados unos dos millones de años. Fueron sacados a la luz hace pocas decenas al extraer para una industria de cerámica cercana, la arcilla que los cubría.

Carsulae

 Solitario, próximo a San Gemini, en medio de espesos bosques y un mar de flores, se encuentra el yacimiento arqueológico de Carsulae. Antigua ciudad romana, fue importante área de parada y descanso en la vía Flaminia que la atraviesa. Aún se puede recorrer un buen tramo de esa vía adoquinada con  grandes piedras hendidas por profundos surcos, huellas de rodadura de los carruajes que las transitaron durante siglos. De la ciudad solo quedan algunos restos; al ser abandonada sus edificios fueron saqueados y los materiales utilizados para nuevas construcciones en ciudades cercanas. Es un remanso de paz, en especial en esta época del año, comienzos de primavera, cuando los visitantes aún son escasos y se puede caminar, pisando la mullida pradera bajo el tibio sol, entre milenarias piedras trabajadas por picapedreros remotos, en un silencio solo roto por el canto de miríadas de pájaros que anuncian su alegría por la cercana reproducción.
 Es un buen lugar, como pude comprobar en carne propia, para librar batallas galácticas con mis incansables nietos.

Aquellos fugaces días también nos permitieron volver a visitar algunos, menos de los deseados, lugares de Umbría y norte del Lazio de los que conservábamos gratos recuerdos:

Bagnoregio

Civita di Bagnoregio, esta ciudad de origen etrusco se asienta sobre un elevado montículo circular de laderas cortadas a pico por la erosión y el deslizamiento de la tierra. Vista desde fuera ofrece gran impacto visual, podría decirse que se asemeja a un puño levantado, erguido en mitad de la depresión terrena circundante, en el que se arraciman las actuales edificaciones, algunas en difícil equilibrio sobre el abismo. No es casual que sea denominada algo así como “la ciudad que va a morir.” Periódicamente, a pesar de los esfuerzos de apuntalamiento, un nuevo desprendimiento arrastra al vacío otro borde de la ciudad.
 La única posibilidad de acceso es un puente o pasarela peatonal. Solo está permitido, para los residentes, el uso de motocicletas, generalmente montadas sobre unas curiosas orugas. Éstas les permiten salvar, portando carga, los espaciados escalones del último tramo.
Son escasos los vestigios etruscos, pero los edificios medievales y renacentistas irradian fuerte plasticidad y es muy agradable, si no está invadido por el gentío como suele ocurrir, pasear por sus calles  disfrutando de maravillosas vistas. En la actualidad el nido de cigüeñas, o de águilas si suena más literario, que aparenta ser esta ciudad está habitado por unas pocas decenas de personas, la mayoría artesanos, intelectuales, artistas…cuando marchamos los invasores debe ser buen lugar para la creación. Abundan los restaurantes, algunos tentadores, de agradables terrazas y contenidos precios, pero ateniéndonos a la intuición y a una contrastada guía descendimos hasta el inicio del puente. Allí, en la terraza de  Hostaria dal Ponte, con unas vistas para enmarcar del lugar que acabábamos de visitar nos ofrecieron una excelente comida. Boletus y trufas para condimentar la pasta, junto a la caza, sobre todo jabalí, son buques insignia de la cocina de la zona. Yo me decidí por un “abbacchio alla cacciatora” (cordero) con patatas al horno que todavía recuerdo. Un regalo de aromas y sabores silvestres impregnaba la jugosa carne.
 El vino, de Umbría, bueno. Pero de este vino y sus efectos intentaré escribir algo después.

El lago de Bolsena, el mayor lago del centro de Italia, se encuentra a pocos kilómetros de Bagnoregio. Buen sitio, tranquilo en esta época del año, para pasar una agradable tarde. Acertamos, nos recibió con las aguas reverberando la plata depositada por el sol primaveral y sus dos islas, ahora verdes naves, ancladas en el centro.
Mientras Paolo y Alessandro, mis nietos, intentaban capturar lagartijas entre las piedras de la orilla, el resto nos acomodamos en una terraza a la  que el lago lamía los pies. Recordé algo leído hace tiempo. En aquel lugar, en la ciudad en la que nos hallábamos al borde del lago, se había producido, según testimonios religiosos de la época, un milagro llamado de Bolsena. Con la aquiescencia del Papa de turno dio origen a una de las más señaladas fiestas católicas, el Corpus Christi.
Más pegada a la tierra, al menos para los no dotados en lo sobrenatural, es otra historia o leyenda, o ambas cosas a la vez, situada en la misma época, es decir, hace unos ocho siglos, acaecida en la ciudad que se ofrecía a la vista, desafiante en la cresta de la colina que cierra esa parte del lago, Montefiascone, dónde, hace unos veinte años, visitamos, atraídos por el vino y la historia, la sepultura de un religioso germano.
Según cuenta la historia, y existen testimonios de ella, este religioso era obispo y viajaba a Roma en el séquito del emperador para una audiencia con el Papa. El obispo era amante del vino y solo quería degustar buenos caldos, con este fin enviaba por delante, de catador, a un fiel criado con instrucciones precisas para que, en los lugares donde el vino fuese bueno, escribiese, bien visible a la entrada del poblado, la palabra “Est” Así hicieron hasta llegar a Montefiascone donde el criado quedó prendado de sus vinos y se apresuró a señalar a su señor Est! Est! Est! con punto de exclamación y todo. Al llegar el prelado verificó la bondad de los vinos, empinó demasiado el codo y pasándose de frenada murió poco después. Fue  enterrado bajo una lápida que entre otras cosas más o menos aún se lee: “Por demasiado Est aquí yace muerto mi señor Johannes Defuk” El clérigo debía ser irreductible: cuenta la leyenda que antes de morir donó al pueblo parte de sus bienes para que todos los años derramasen una garrafa de vino sobre su sepultura. Tradición mantenida a lo largo de los siglos hasta la actualidad. El vino etiquetado Est! Est! Est! se comercializa en gran parte de Italia.
Esta historia recuerda la de  un famoso escritor inglés de viaje por España que antes de sentarse en un restaurante preguntaba si tenían Marqués de Murrieta, si la respuesta era negativa buscaba otro lugar donde lo tuvieran para comer. Pero ya está bien con el vino, al menos por ahora.



Duomo de Orvieto

Días después visitamos Orvieto donde hacía años ya habíamos estado. Para mi gusto es la ciudad más bonita de Umbría en dura competencia con Assis o Perugia, y una de las más atractivas de Italia.
Orvieto está enclavada sobre un macizo de tufo -como llaman los italianos a esa roca fácil de horadar pero que se endurece en contacto con el aire-, y tiene el plus de su extraordinario Duomo (Catedral). Una auténtica joya románico-gótica con fachada principal recubierta por bellos mosaicos (si se tiene la suerte de estar en la plaza delantera al atardecer, cuando los últimos rayos de sol arrancan a los mosaicos una orgía de color, quedará grabada una visión muy difícil de olvidar). La parte inferior de esa fachada está recubierta de mármol tallado con representaciones del antiguo y nuevo testamento, con perfectas y bien conservadas figuras. El resto del perímetro del duomo está edificado en franjas de piedra blanca y negra. Si espléndido es el exterior el interior no le va a la zaga. La capilla de San Bricio y sus frescos iniciados por Beato Angelico y culminados por Luca Signorelli, o la capilla del Corporale con obras de gran riqueza (en esta capilla se conserva la tela con manchas de sangre del llamado milagro de Bolsena, al que me referí antes) son buenos ejemplos.
Otros muchos edificios civiles o religiosos de gran valor histórico y arquitectónico, integrados en calles y plazas, salen al paso caminando por Orvieto. Hasta un curioso pozo, el Pozo de San Patricio, cuya construcción, en el primer tercio del siglo XVI, fue un encargo del Papa. Tiene 62 metros de profundidad y dos escaleras helicoidales superpuestas con 248 peldaños. Si se tienen buenas piernas se puede visitar.
Un lugar recomendable, céntrico y de buena relación calidad-precio, para comer en Orvieto es el restaurante Del Moro-Aronne.

Ulpiano Rodríguez Calvo