martes, 18 de junio de 2013
DE VIAJE AL SALENTO (III)
E BARI A LECCE
Bari, incluida su área metropolitana, ronda el millón de
habitantes y resulta enrevesado entrar y salir de la ciudad. De no existir
buenas razones, en nuestro caso dormir en el hotel donde teníamos la reserva y
visitar tres o cuatro lugares de interés, lo preferible es evitarla.
Llegamos a mediodía y una vez instalados en el hotel con
ayuda de una guía buscamos lugar para comer. Aunque la guía, según la
contraportada, estaba actualizada en 2012 los dos primeros restaurantes
elegidos, por conveniencia de carta y precio, ya habían desaparecido, tal vez
por efecto de la crisis. Optamos por un tercero, La Pignata ,
anunciado como más caro que, aunque vacío, estaba abierto. Un comedor elegante
con personal muy amable; nos ofrecieron de primero un plato típico de la zona,
una antigua receta campesina: cicoria selvática ligeramente
hervida con puré de habas secas, regado por un generoso chorro de aceite crudo
extra virgen de la tierra, delicioso. De segundo “triglie al cartoccio”,
filetes de salmonetes con aceitunas, alcaparras, hierbas aromáticas y unas
gotas de aceite, envueltos en papel de aluminio y asados al horno, riquísimos.
Todo acompañado por buen blanco de la
Puglia , unos dulces obsequio de la casa y una factura nada
gravosa ayudaron a eliminar la primera mala impresión causada por la ciudad.
Dedicamos la tarde a visitar el castillo edificado en el
siglo XIII por Federico II de Suabia sobre anteriores edificaciones
bizantinas y normandas, al que posteriormente añadieron la gran muralla y los
robustos bastiones. Más tarde nos dirigimos al Duomo de San Sabino y a la más
interesante Basílica de San Nicola. En el lateral
izquierdo de esta basílica se encuentra la preciosa Puerta de los Leones datada en el siglo XII. Este santo es muy
venerado en Bari, prueba de ello es la cantidad de nacidos en esta ciudad que
tienen por nombre Nicola.
A las puertas de esta
basílica nos encontramos con un nutrido grupo de otros devotos luciendo
llamativas enseñas, las del padre Pío. Este controvertido
personaje es prueba evidente de las distintas varas de medir que puede tener la
iglesia. Documentos fidedignos aseguran que cuando la fama milagrera de Pío
da Petralcina (nombre completo del padre Pio) se extendió por
estas regiones, el entonces Papa Juan XXIII, sospechando que
podía haber gato encerrado, ordenó una investigación sobre él. La investigación
concluyó descubriendo la impostura del religioso al determinar que los estigmas
perpetuos presentes en sus manos eran provocados por él mismo, al tiempo de
constatar la frecuencia regular con que llevaba a las devotas más fieles a su
lecho. Otro papa posterior, Juan Pablo II (quizá mirando más al
clamor de los seguidores,
cuyo epicentro se
encuentra al norte de Bari, en San Giovanni Rotondo, donde el
personaje en cuestión vivió y murió hace cerca de medio siglo, y al negocio de
la iglesia) lo elevó a los altares.
Alberobello
Al siguiente día tomamos una carretera comarcal poco
transitada que discurre por el valle de Itria y que debía llevarnos hasta un
lugar marcado con asterisco desde que planeamos este viaje, Alberobello.
De camino dejamos de
lado las Cuevas de Castellana, de las que nos habían hablado, y nosotros
leído, maravillas. Unas kilométricas cuevas, antiguo cauce de un río
subterráneo, con multicolores estalactitas, estalagmitas y cristales de calcita
que, aseguran, forman un mundo mágico. Pero para la visita necesitaríamos de
más tiempo y espíritu explorador del que disponíamos en aquel momento.
Antes de llegar a
Alberobello los campos de olivos, higueras y viñedos ya
aparecían salpicados de las peculiares construcciones que nos habían empujado
hasta allí.
Trulli, así llaman a esas
curiosas edificaciones ancestrales conservadas en la zona. Su origen no está
muy claro, pero es innegable su inspiración oriental.
De gruesa pared
circular, casi siempre pintada de blanco, y con puntiagudo tejado cónico de
piedra gris. Están rematados por un pináculo, pintado, al igual que el signo
que se ve en los tejados, de blanco. Los signos identifican al propietario y le
protegen, según dicen, de las fuerzas del mal.
En Alberobello forman un extenso
barrio, anteriormente viviendas, algunas aún lo son. En la actualidad una parte
de ellas son tiendas de artesanía y de productos de la zona o alojamientos turísticos.
Prueba de su originalidad y atracción son los numerosos turistas de lejanos
países que paseábamos por sus calles un día a mitad de semana y principios de
abril. No quiero imaginar cómo estará el lugar en época vacacional. Todo está
tan bien conservado, tan cuidado, que tiene un cierto halo de artificial.
Ostuni
Para comer nos dirigimos a Ostuni, también llamada
la “ciudad blanca”. Sus estrechas y pendientes calles, flanqueadas de casas blancas,
serpentean las colinas y solo una franja llana la separa del mar. Guarda
bastante parecido con los pueblos blancos de Andalucía; para recorrerlo se
necesitan buenas piernas, también para llegar al lugar elegido para comer, la Osteria del
Tempo Perso, excavada en roca debajo de la catedral. El esfuerzo de la
subida mereció la pena, no solo por la originalidad del lugar; entre otros
platos de la zona nos prepararon un “carré de agnello”, costillar de
cordero al horno perfumado por abundantes hierbas, con una hoja de laurel entre
cada costilla, que estaba espléndido. El tinto de la zona, Salice Salentino,
elaborado con uvas negroamaro y malvasía negra, suele tener elevada graduación,
unos 14,5º, pero tiene paladar sedoso y está muy bueno.
Esta es una tierra en la que, aunque minoritarias, se
conservan milenarias tradiciones. En algunos lugares mantienen el habla griega
desde los tiempos de la Magna Grecia ,
y un curioso ritual para la pedida de mano consistente en que el novio regala a
la novia un cesto lleno de fruta, símbolo de la fertilidad y un silbato (“fischietto”)
de terracota con forma de gallo entre la fruta, símbolo de virilidad.
Mediada la tarde llegamos a Brindisi, también llamada
“puerta de oriente”. Aquí terminaba la Vía
Appia , y aún se conserva una de las columnas de
mármol, de unos 20 m
de altura, coronada por adornado capitel, que señalaba el final de esa vía de
unión entre esta ciudad y Roma. De su puerto partían las expediciones a Oriente
en tiempos del imperio romano, y posteriormente también alguna cruzada. En la
actualidad es punto de partida de transbordadores hacia Grecia y otros puertos
del Mediterráneo oriental.
Brindisi, mucho más pequeña que Bari, nos sorprendió por los
cuidados edificios y la limpieza de las calles, muchas peatonales. Aunque la
antigua catedral fue destruida por un terremoto y reedificada en el siglo XVIII,
Bríndisi atesora importantes edificios
históricos como San Giovanni al Sepolcro construido por los Templarios o la Loggia Balsamo. Resulta
agradable pasear por las tranquilas calles al caer la noche y tomar una buena
pizza en una antigua villa restaurada, restaurante Il Giardino, un pequeño
paraíso con jardín.
Pocos kilómetros de buena autopista nos separaban de Lecce
a la mañana siguiente, que se presentaba magnífica y soleada. Los últimos estertores
lluviosos los habíamos dejado el día anterior en Ostuni, cuando después de
comer nos dirigimos a una terraza y al resguardo de un amplio arco tomamos un Averna,
para mí el mejor de los amaros, viendo caer la lluvia a ambos lados de la mesa
mientras calle abajo corría un arroyo
saltarín.
Lecce
Lecce es una bella y cuidada ciudad barroca. Definida, de
forma no afortunada, en mi opinión, por muchas guías como la Florencia del sur, y no
por demérito de Lecce sino por la difícil comparación entre renacimiento y
barroco. Posee numerosos edificios, levantados con piedra caliza local de color
rosado, fácil, aseguran, de trabajar,
que son auténticas joyas
representativas de esa expresión artística.
El hotel reservado
aquí (no suelo hablar de hoteles porque sabido es que en Italia la relación
calidad –precio es mucho más desfavorable que en España), el Grand Hotel Di Lecce, aunque situado
cerca de la estación, resultó muy cuidado, tranquilo, con espaciosas y
luminosas habitaciones, buen desayuno y precio mejor del acostumbrado. Solo el
dosel de la cama, un tanto pretencioso, sobraba.
La visita a la ciudad resulta cómoda por ser peatonales las
más importantes calles céntricas, y además llanas, sin una sola cuesta. Para
una primera orientación y situarse, además de usar la guía, se puede tomar,
como hicimos, el trenecito de turistas que la recorre, para después retornar a
pie por los sitios más interesantes descubiertos.
Hace tiempo leí, no
recuerdo dónde, que la construcción de este campanario-torre había
desencadenado un duro enfrentamiento entre el obispo y el gobernador de
entonces. Pensaba el gobernador que el interés del obispo por un campanario tan
alto era para poder controlar, y fisgonear, la ciudad desde las alturas y se
oponía a que la obra continuase subiendo. Viendo el campanario actual resulta
claro que la disputa, si la hubo, la ganó el obispo.
Además de arte, no cito más de tantas que se lo merecen,
existen estupendas tiendas de productos gastronómicos locales, imposibles de
evitar permaneciendo dos días por allí, aunque uno de los días estuviera
reservado para recorrer los lugares más extremos del tacón de la bota.
Ulpiano Rodríguez Calvo
lunes, 17 de junio de 2013
¿POR QUÉ DECIMOS…? PARTE. I.
à Aquí hay gato encerrado: En la España Medieval, el campo estaba infectado
de salteadores de caminos, que ocultos en la maleza, asaltaban a los viandantes
y diligencias para robarles cuanto llevaban.
Se daba el caso de que los ladrones lo que
buscaban fundamentalmente, era dinero. Pero el dinero no aparecía, en aquella
época los monederos, estaban confeccionados con piel de gato, en el depositaban
sus monedas: maravedíes, doblones, blancos, etc…
Cuando los ladrones no encontraban el
monedero-gato exclamaban “Pues no puede ser, aquí tiene que haber gato
encerrado”.
à ¡Viva la Virgen!: En tiempos de la Reconquista, la recuperación del
terreno era muy lenta, y sufría vaivenes de toma y daca, tan pronto un
territorio pertenecía a los cristianos, como a los moros. Entonces se generó el
problema de tener que vigilar el horizonte para evitar ser sorprendidos por el
ataque moro. A tal efecto se talaban inmensas extensiones de arbolado para así,
ver al ejército contrario, entonces se creó una vigilancia que o bien en las
torres de la Iglesia o bien en las cimas del algún otero, había perpetuos
vigilantes escrutando el horizonte y cuando divisaban un contraataque, gritaban
desde lo alto una frase que servía de aviso “VIVA LA VIRGEN”.
Todo el pueblo repetía a gritos la frase, se
avisaba a los que estaban en zonas próximas al pueblo y todos se refugiaban en
algún castillo o en la Iglesia.
Podía ocurrir que los vigilantes estuvieran hasta
dos años sin dar la voz de alarma, en cuyo caso se pegaban la vida padre.
La gente empezó a decir que “Fulano” que llevaba
una vida tan relajada y regalada era un “Viva la virgen”.
à Ir de tiros largos: No hace tanto en España
no había vehículos a motor y cuando una pareja iba a la iglesia a contraer
matrimonio, iban, si eran pobres a pie. Si eran más pudientes, en un carruaje
que podría ser tirado por dos, seis o cuatro caballos. Los ricos, obviamente
iban en un carruaje de seis caballos y como todos ustedes saben, la correa que
va desde el bocado del caballo hasta las manos del conductor, se llama “tiro”.
Así pues, sí alguien iba con seis caballos, iba de tiros largos y si iba con
dos, iba de tiros cortos. De ahí a que ahora cuando una persona se engalana y
exhibe sus mejores galas le decimos ¿Dónde vas de tiros largos?
Pepe Morán
Fernández. Dominico-ex.
sábado, 15 de junio de 2013
Santi, El Falangista.
Pocas veces
conocí a un hombre de semejante contextura física y moral. Eran los unos
noventa y pico kilos de buen humor, de peso físico, de humanidad, de simpatía
desbordante. Hablo de primeros de los setenta, en la Biblioteca Nacional.
Cuando se integró fueron bastantes los que, a priori le recibieron con recelo y
cierta animadversión.
Poco duró esta
actitud. Su bondad, su bonhomía, su alegría contagiosa, su entrega sincera, a
cualquiera que tuviese un problema, conquistaron a toda la biblioteca. Por lo
pronto, adoptó la costumbre, de bien temprano, antes de que entrásemos los casi
mil que allí trabajábamos ya Santi había colocado una flor encima de la mesa de
quién ese día cumplía años.
No podías citar
en su presencia que andabas a la búsqueda de algo y preguntando dónde lo
venderían. Al día siguiente lo tenías encima de la mesa. Nadie ignoraba que
quien lo había puesto era Santi. En los ratos libres se pasaba por los diversos
departamentos saludando cordialmente, interesándose de los problemas que había.
Era falangista y
había sido cuatro años Gobernador Civil de Huelva con Franco. Pero eso - que para alguno era un pecado - ya nadie lo recordaba ante tal avalancha de
buen humor, alegría y amabilidad.
Bueno, el
personaje está presentado. Ahora vamos a la anécdota que me aleccionó para el
resto de mi vida.
La biblioteca,
que por fuera está como el día que la construyeron, por dentro es como un
edificio del futuro. Todo está informatizado y si no eras de la casa y tenías
una tarjeta especial no podías andar más de veinte metros, era de una seguridad
ultramoderna.
Había en la zona
sur del edificio una sala que servía de distribución hacía cuatro o cinco
departamentos y hacía un ascensor. Para remediar la
desnudez de semejante espacio habían colocado varias butacas tapizadas en
verde. Si te sentabas allí, en cinco minutos presenciabas una gran afluencia de
gente. Uno de tantos días me encontré con Santi en aquella sala. Me saludó como
si llevara tres años sin verme. Nos sentamos en sendas butacas y empezamos a
charlar, vete a recordar qué…
En ello estábamos
cuando del ascensor salió una chica joven, más bien bajita y en absoluto
llamativa. Yo me había cruzado con ella mil veces en pasillos y ascensores. Se
llamaba Paloma Fernández de Avilés y tenía una costumbre terriblemente odiosa.
Jamás contestaba al saludo protocolario. “Buenos días” “Hola” “Qué tal”. Yo, y
conmigo la mayoría decidimos no saludarla vista su actitud altiva y maleducada.
Por eso me resultó extraño que Santi la saludara en tono jovial y cariñoso
“Hola Palomita”. Como era de esperar ella siguió en su camino y ni contestó.
Esperé a que se
fuera y le dije a Santi en tono de reproche: “Pero bueno, Santi, tú ¿Por qué la
saludas, si sabes que no te contesta jamás?
Y Santi me
contestó: “Precisamente por eso ¿A ti quién te parece que queda mal, ella o
yo?”. “Sin duda, ella” dije. Pues escucha esto:
“Al año siguiente
de terminar la Guerra Civil Americana, hacía 1863, el General Jackson iba de
paseo por Louseville acompañado de un comandante antiguamente a sus órdenes.
Iban de paisano. En esto que un negro viene caminando en dirección contraria y
era inevitable el encuentro. Cuando se cruzaban, el negro dijo muy alegremente
“Buenos días mi general”. A lo que éste, contestó con la misma jovialidad
“Buenos días, hombre”. El comandante no pudo soportar aquella escena, y con
respeto, le reconvino al general “Usted perdone que se lo diga, mi general,
pero ¿Cómo se rebaja a saludar a un negro?”. El general explicó: “Pues mira,
por lo menos para que quede claro que soy tan educado como él”.
“Mira Pepe, si me
cruzo cinco veces al día con esta chica, cinco veces ocurre lo mismo, que yo
soy un caballero educado, y ella una zafia, así que, cinco veces la llamo
zafia, guarra, mal educada. Otra cosa es que ella no lo entienda, pero
reconocerás que si no la saludo me pongo a su ínfimo nivel”. Gracias Santi, me
has enseñado algo que no había aprendido en cincuenta años. La manera de
insultar a un imbécil con un cordial saludo.
Desde entonces
más de una vez, una, recientemente -
hará tres años – tuve que recurrir a esta fórmula para llamar tonto
cuatro veces al día a un individuo que se empeñaba en ningunearme, creyendo que
yo lo tomaba por ofensivo. A todas horas aunque nos cruzáramos por la acera del
otro lado de la calle, yo exclamaba a gritos: “Adiós, Juanchi”. Terminó por
responderme a su vez.
Recomiendo este
truco, a mi amigo Vitorín Gión, que me contó que tenía un vecino que no le
correspondía al saludo. Tú insiste, Vitor. Que terminará por darse cuenta de
que es un guarro y contestará.
Es el único modo
de convertir un saludo en un insulto.
LOS RESTOS DE LA .......
SIN ELLA NO HABRÍA SIDO POSIBLE ACORDARSE DE TODO
No se puede hablar por teléfono en los trenes o Metro. Está prohibido.La limpieza es total. No encuentras una papelera en toda la ciudad. Si comes un caramelo, el envoltorio te lo llevas a casa.
Está prohibido caminar fumando. Hay señales de prohibición
pintadas en las aceras. Existen zonas para hacer un descanso y fumar un pitín y
donde tienen los correspondientes ceniceros.
Se circula por la izquierda tanto coches como peatones. En
los pasos con o sin semáforo siempre caminas por tu izquierda para no tropezar
con el que viene de frente.
El Jefe dando las últimas ordenes
Como la ciudad en general es muy llana, la Policía de
Distrito patrulla a lomos de bicicleta, aunque algunas unidades móviles ya van
necesitando la aplicación de un plan RENOVE.
Pero se evita polución y de paso se mantiene al personal siempre en
forma.
Cuando accedes a una estación pasas por los tornos la
tarjeta monedero que previamente has comprado, pero no te descuenta el importe
del viaje. Lo hace cuando salgas de la estación de destino. Según dónde hayas
ido te resta del saldo el importe.
En los trenes se deja salir antes de comenzar a subir,
llegando incluso a salir gente del vagón con el fin de facilitar la salida de
otros pasajeros. Se colocan en fila en el andén y cuando todos hayan bajado
vuelven a subir, generalmente antes de los que estaban esperando. La estampa
típica que se ve en ocasiones del empleado de la estación empujando a los
pasajeros es pura leyenda urbana. Y si no puedes entrar en 3 o 4 minutos llega
otro tren.
Tendido eléctrico de una calle de Tokio
Tendido eléctrico en la Bahía de Yokohama
Llama la atención la conducción eléctrica. Salvo en alguna
calle muy comercial del centro de la ciudad, todos los cables van a la
vista fijados a postes de hormigón. Con
los frecuentes movimientos sísmicos si el cableado fuera soterrado la
localización de las averías sería mucho más difícil y costosa su reparación.
Los japoneses están en todo.
Los taxistas van todos trajeados con gorra de plato y
guantes blancos (casi como aquí) y los coches siempre están relucientes.
Cuando vas a un restaurante, lo primero que hacen los camareros es
darte unas bolsas como los pañuelos de papel humedecidos, o unas pequeñas
toallas calientes, para que uno se lave las manos antes de comer. Lo de la limpieza lo llevan muy a rajatabla. Luego antes
de tomarte nota te sirven agua, que van reponiendo a medida que se va vaciando
el vaso. Nunca te sirves tú.
viernes, 14 de junio de 2013
DE VIAJE AL SALENTO (2)
- DE
UMBRIA A BARI-
Bomarzo
Iniciamos este viaje al sur desde las proximidades de Bomarzo,
unos cien kilómetros al norte de Roma. Bomarzo es un inquietante parque de gigantescas
y monstruosas figuras labradas en la piedra, una parte de ellas cubiertas por
el musgo. Situado bajo el palacio del príncipe medieval al que debe su
existencia y de la ciudad que le da nombre, sobrevive desde hace cinco siglos
en medio de un frondoso bosque, aparentando dormir hipnotizado por el susurro
del arroyo que discurre a sus pies. Construido por empeño de Pier
Francesco (Vicino) Orsini, se supone que intentando trasladar a la
piedra sus terroríficos sueños, es un lugar al que siempre me apetece volver.
Quizá en la atracción por el lugar haya influido la lectura de la novela que
lleva por título Bomarzo, escrita por
Mújica
Lainez, recomendable fresco para
entender una parte de la historia de lo que ahora es Italia. Bien documentada,
relata la tormentosa vida de aquel contrahecho personaje y de las familias
poderosas de entonces, Orsini, Farnese y otras,
acostumbradas a nombrar papas entre sus vástagos, también a eliminarlos, según
la correlación de fuerzas entre familias, y decidir sobre vidas y bienes del
resto de los mortales. Cuenta también la injerencia externa en el tablero de ajedrez
político que era la península Itálica, sin faltar, claro, los españoles bajo el
mando del todopoderoso emperador Carlos V…Pretendía emprender este viaje hacia
el sur y quedé enredado en un parque. Procuraré retomar el camino.
Era temprano aquella mañana de la perezosa primavera tocada
en suerte este año cuando enfilamos la autopista dirección sur. El frío
invernal, aún al acecho, hacía que los árboles, salvo unos pocos valientes, se
mantuvieran recelosos, sin desplegar de sus reventonas yemas las nuevas hojas
que por abril ya les correspondía vestir.
Viajábamos en un brioso Golf recién sacado del horno, con
menos de mil en el cuentakilómetros, suministrado en Fiumicino por la empresa
de alquiler Locauto (cito el nombre por ser poco conocida y por el correcto
servicio prestado). Buen acompañante para dos personas - el resto de la familia
se quedaba atendiendo sus ocupaciones laborales y escolares-, con más de dos
mil kilómetros de recorrido por delante.
Unas decenas de kilómetros al norte de Roma tomamos la Bretella , como llaman los
romanos a esa tangente que, por el este, evita la ciudad, comunicando por
autopista norte y sur. Entre esta vía rápida y Roma se levantan los Castelli,
una cadena montañosa, poblada y boscosa. Un lugar de esparcimiento, incluso
morada habitual, de quienes viven o trabajan en Roma. En esas montañas se
encuentran preciosos lagos volcánicos. En la cresta de la elevada ladera que circunda
el lago Albano se asienta Castel Gandolfo, dónde, como es
conocido, en un palacio asomado sobre las azules aguas tienen los papas su
acostumbrado refugio estival. El lago de Nemi en el fondo de un profundo
cráter es sobrevolado por el pintoresco pueblo que tiene su mismo nombre, famoso por su belleza y las pequeñas y golosas
fresas silvestres o cultivadas de su entorno.
Imágenes y recuerdos de la zona se agolpan al discurrir por la autopista, ventajas
de ir de copiloto, imposibles de relatar aquí. Solo me permitiré, ahora, cuando
escribo esto, dos recuerdos fugaces: uno, un tramo de carretera situado por
aquellos lugares donde era costumbre llevar a los recién llegados a Roma. Allí,
por un efecto óptico, el coche, motor parado, sin freno y ninguna fuerza que lo
empujara, rodaba, aparentemente, cuesta arriba ante la estupefacción del recién
llegado. Dos, en Grottaferrata se encuentra la monumental Abadía de San Nilo,
fundada por monjes griegos a principios del siglo XI y en la actualidad ocupada
por religiosos de rito oriental. Éstos, ignoro si lo continúan haciendo,
elaboraban y vendían su vino en la bodega situada en los bajos de la abadía. La
venta la efectuaban los fines de semana y a granel por lo que se necesitaba ir provisto de garrafa. No recuerdo la calidad
del vino, pero la escena - dos filas de
severos monjes, ataviados con skufia y
largas ropas negras, cada uno sentado, inmóvil, ante una cuba en un
tayuelo, prestos para abrir la llave y llenar la garrafa que se le tendía,
antes de efectuar el pago a otro monje a la salida- era digna de Berlanga y
Rafael Azcona.
Sumergido en estas y otras divagaciones, ya sobrepasábamos
las tierras de Latina. Esa zona pantanosa y palúdica ordenada desecar y
repoblar por el Duce. Los repobladores, agradecidos, han otorgado mayoritariamente,
hasta ayer mismo, el voto al partido fascista. Pero ahora prefiero no hablar
aquí de política; también en España continúan existiendo otros Llanos del
Caudillo.
Poco más adelante un desvío que ignoramos, y no por falta de
ganas, conduce a San Felice Circeo, un parque nacional en el que se encuentra un
maravilloso bosque a la orilla del mar declarado reserva de la biosfera. Sobre este
bosque se eleva el Monte Circeo con espectaculares vistas pontinas. Es el lugar
mitológico donde, según Homero, la maga
Circe mantuvo cautivos a Ulises y sus compañeros mientras en la lejana Ítaca
Penélope tejía y destejía.
Intentaba mirar solo al lado derecho de la autopista según
avanzábamos al sur, la conductora controlaba la autopista y el lado izquierdo
quedaba para el regreso si se presentaba la ocasión. Así podía imaginar y
recordar andanzas de hace más de veinte años. Sperlonga, esa colmena de
casas blancas colgada sobre el mar, con la gruta de Tiberio y los restos de lo que fue su grandiosa villa,
desgastados por las olas, a sus pies. También Terracina, de donde
parten los barcos hacia el archipiélago Pontino; en él se encuentra Ponza,
una abrupta joya convertida en isla, cuajada de flores, casas y barcos de pesca
multicolores, y una playa, llamada Claro de Luna según creo recordar,
cercada por un acantilado, a la que solo se accede, además de por mar, por un
túnel excavado bajo la montaña hace más de dos mil años.
Sin tiempo para demorarse en Gaeta y su Montagna
Spaccata, un impresionante tajo en el acantilado abierto al mar, vestigio, según leyenda, de
cuando la tierra se rasgó a la muerte de Cristo, entramos en Campania.
En esta región, como en todas las del sur de Italia, tiene
arraigo una organización criminal y de extorsión. Aquí llamada camorra, en Sicilia mafia, en Calabria ‘ndrangheta
o sacra corona unita en Puglia, donde
nos dirigíamos. Aunque continúen operativas no parecen ser tan virulentas como
hace algunos años, además no suelen causar problemas a quienes solo vamos de
paso.
Nuestra intención era evitar Nápoles (esa imprescindible
y enorme ciudad que, solo ella, para visitarla, requiere un viaje de días)
siguiendo la autopista que la sortea. Sin embargo, confiados en el GPS, con el
mapa en la guantera no ejercí de buen copiloto y el navegador nos ordenó
abandonar la autopista antes de llegar a Nápoles, a la altura de Caserta
(imposible nombrar esta ciudad sin citar los espléndidos jardines y el palacio
mandado construir por Carlos III, no olvidemos que los Borbones reinaron por
estas tierras durante largo periodo, esa huella, incluso en usos y costumbres,
aún resulta visible hoy en día por toda la Italia del sur).
La desacertada indicación del navegador nos arrojó a una
carretera de doble dirección densamente transitada, utilizada por el tráfico
local y por quienes quieren evitar el pago del peaje. Fue una inmersión, por si
lo habíamos olvidado, en el modo de conducir italiano. La señalización
horizontal, esas rayas continuas, o dobles rayas, que separan el carril de ida
del de vuelta prohibiendo el adelantamiento resultan invisibles para la inmensa
mayoría de conductores. Estos colocan el morro de su vehículo a un palmo de la
trasera del que va delante y a la menor ocasión adelantan sin importarles el
tipo de pintura del suelo. Con frecuencia otro coche circula en sentido
contrario, a pocas decenas de metros, obligándole a echarse al arcén y segar
con las ruedas la exuberante hierba
primaveral de la cuneta. No surge ninguna protesta, ni luces, ni claxon, ni
gestos, por parte del conductor arrojado al arcén, que sabe que poco después él
hará lo mismo. Este comportamiento trae el recuerdo de una antigua película, en
la que el protagonista, al comienzo de una de esas típicas carreras fuera de la
ley, ante la sorpresa de la chica americana que le acompañaba, arranca y arroja
lejos el retrovisor al tiempo que le dice: “los italianos, cuando conducimos,
jamás miramos para atrás”. Posiblemente esto solo sea un estereotipo, pero se
acerca bastante a la realidad.
Pasado Benevento volvimos a la autopista y a
una relativa tranquilidad. Viajar por calzadas de varios carriles por sentido y
frecuentes radares/ tramo de velocidad, en este país llamados Tutor, que
castigan con severidad a quienes sobrepasan el límite establecido en 130 k/h,
es más relajante, permitiendo, en mi caso, no en el de la conductora, solazarme
contemplando las colinas cultivadas por
entero de cereales. Se ven verdes y pujantes por el agua recibida en abundancia
durante los últimos meses. Prueba de las copiosas lluvias eran los profundos surcos
que culebreaban por las laderas del inabarcable mar esmeralda.
Esta autopista une el
Tirreno
con el Adriático, y poco antes de alcanzar el mar gira hacia el sur,
para, unas decenas de kilómetros después, dejarnos en la prefería de esa gran
urbe, la segunda del sur de Italia después de Nápoles, que es Bari.
Ulpìano Rodrígurez Calvo
Artistas por un día
Texto y fotos: jrFRANCOS
En uno
de los dos comentarios que hice a la entrada de Ulpiano sobre su viaje, donde
hablaba del milagro de Bolsena como origen de la fiesta religiosa del Corpus Christi,
dije que iba a colgar unas fotos del engalanamiento de calles que aquí, como en
otros lugares, hacen los vecinos de cada una por donde pasa la procesión.
Denominaba yo a sus autores como artistas de lo efímero o de lo fungible o
también artistas por un día. Personas anónimas que hacen una obra para la
ocasión (ésta de la que estamos hablando, una carroza, un disfraz de carnaval y
su correspondiente pasacalle o actuación, también mencionaba a los que hacen
esculturas en la playa con arena, en hielo o los muñecos de nieve que alguna
vez todos hemos hecho), con notable gusto y arte e ingenio, pues suelen valerse
de materiales de bajo costo.
Las
fotografías que sin más comentarios paso a mostraros las tomé hace ahora un
año, en el Corpus Christi de 2012 y pertenecen al trabajo "LOS
SANTOS DE MAIMONA, entre artistas y escritores (sin olvidar las
asociaciones)", que consta de noventa entrevistas/reseñas, de las que
llevo hechas setenta y tres, y por donde desfilan actores, escritores,
bailarines, cantantes, escultores, grupos musicales, toreros, pintores, etc,
además de las asociaciones culturales. (Aquí publiqué las veintiséis primeras,
entonces bajo el título provisional de "Los Santos de Maimona, cuna de
artistas", dejando de hacerlo al haberme dicho un día alguien de esta
"familia": "¿Pero tú crees que eso puede interesar a nadie del
Blog?". Aún así, me emplazo a traer a estas páginas a Francisco González
"Cotrina", cuya obra habréis visto algunos en televisión, pues
salió en varias, así como en el Mundo digital y está en un libro de la editorial
Siruela que recoge las cincuenta casas más llamativas de España. La suya es una
obra, con cierto aire gaudiano, en la que lleva veinte años trabajando, que es
digna de ver).
domingo, 9 de junio de 2013
DE VIAJE AL SALENTO (1)
A medida que la vida
avanza solemos mirar más hacia el pasado que al futuro, y, liberados de un
horario laboral, es mayor el tiempo disponible para recordar. Para rememorar,
espíritu de autodefensa, pasajes gratos. Sabido es que los otros, los no gratos,
cobran vida propia y nos asaltan ellos solos, sin necesidad de invocación.
Posiblemente esa
autodefensa sea el motivo que me empujó, aunque resulte un tema reiterativo, a
escribir algo sobre un reciente viaje.
Un viaje que, aunque
realizado y escrito al regresar el pasado mes de abril, ha dormido en el
ordenador durante más de un mes.
Unas semanas muy bien cubiertas, en el capítulo
viajes de este blog, con las cumplidas y documentadas entregas de Alfredo, de su recorrido por el lejano Japón; y la crónica
rimada de José Manuel, ingenioso y ameno flash de las tierras de los guanches.
Ahora se lo envío a
Galán, dividido en VI capítulos o etapas, seguro de que, con su buen hacer de
siempre, les irá dando entrada.
Si sirve para pasar un rato, a mí ya me sirvió
para entretener unas cuantas horas, y alguna de las informaciones que contiene
resulta útil para un viaje futuro de alguien, habré cumplido con creces el
objetivo con el que lo inicié.
Envío esto no exento
de pesar al recordar a un antiguo compañero de Corias,
fecundo impulsor del blog. Me gustaría que lo leyese y ya no lo puede leer.
- Desde Umbría-
Comienza la de primavera en Umbria
Sitúo el inicio del viaje en ese corazón verde del centro de
Italia, incrustado entre Lazio y Toscana, que es la región
de Umbría.
Allí pasamos unos días antes de emprender ruta hacia el sur.
Unos días que, además de disfrutar de mi familia más cercana,
nos permitieron visitar o revisitar alguno de los atractivos lugares existentes
en la zona.
Visitar unos donde nunca habíamos estado, como Amelia,
ciudad escondida entre colinas boscosas, capital de la comarca del mismo
nombre, con interesante centro histórico medieval recostado sobre una pendiente
ladera. Desde lo más alto se aprecian maravillosas vistas. Amelia es famosa por
su producción de higos secos, los elaboran rellenos de chocolate y de otros
frutos secos.
Colgados de las colinas que se asoman al valle del Tevere se
encuentran pintorescos pueblos medievales como Mugnano, Penna in Teverina o
Giove.
En este último se alza, íntegro, un impresionante castillo con varios siglos de
historia. Adquirido, hace años, por un americano que no ha vuelto por allí, caprichos
de millonario. En la actualidad, al no acometer las imprescindibles obras de
conservación, amenaza ruina ante la impotencia del comune para poder actuar.
En Lugnano
se celebra, el primer fin de semana de abril, un interesante y colorido
campeonato de poda de olivos. Decenas de participantes hacen gala de su habilidad
para despojar al olivo de las ramas superfluas. Al final, el broche lo pone una
animada fiesta con degustación de productos locales, sobresaliendo, como no,
deliciosos aceites. La poda practicada a los olivos en esa zona de Italia es
mucho más severa que la observada en España.
Además, en una humilde pizzería de Lugnano elaboran
estupendas pizzas, de finísima pasta y crujientes bordes arrebatados por las
brasas (en Italia es inconcebible una pizzería sin horno de leña
chisporroteando; los hornos eléctricos quedan para las franquicias de pseudo
pizzas, tan abundantes en España) con honestos ingredientes y auténtica
mozzarella.
Por las laderas de las colinas abundan los viñedos, y
resultan llamativas las plantaciones de habas que crecen entre las hileras de
vides. Me recordó Limés, allí también
recogían, mi madre los sembraba, buenas cosechas de guisantes entre las viñas.
En Corias, cuando era Bachillerato Agrícola, nos enseñaban a combinar o ¿binar?,
en Italia dicen abbinare, distintos
cultivos en un mismo terreno.
Relativamente cerca, en una hondonada, se encuentra el
bosque fósil de Dunarobba, donde grandes troncos de árboles, ahora fosilizados,
permanecieron sepultados unos dos millones de años. Fueron sacados a la luz
hace pocas decenas al extraer para una industria de cerámica cercana, la
arcilla que los cubría.
Carsulae
Solitario, próximo a San
Gemini, en medio de espesos bosques y un mar de flores, se encuentra el
yacimiento arqueológico de Carsulae. Antigua ciudad romana, fue importante área de parada y descanso
en la vía Flaminia que la atraviesa. Aún se puede recorrer un buen tramo
de esa vía adoquinada con grandes piedras
hendidas por profundos surcos, huellas de rodadura de los carruajes que las
transitaron durante siglos. De la ciudad solo quedan algunos restos; al ser
abandonada sus edificios fueron saqueados y los materiales utilizados para
nuevas construcciones en ciudades cercanas. Es un remanso de paz, en especial
en esta época del año, comienzos de primavera, cuando los visitantes aún son
escasos y se puede caminar, pisando la mullida pradera bajo el tibio sol, entre
milenarias piedras trabajadas por picapedreros remotos, en un silencio solo
roto por el canto de miríadas de pájaros que anuncian su alegría por la cercana
reproducción.
Es un buen lugar,
como pude comprobar en carne propia, para librar batallas galácticas con mis
incansables nietos.
Aquellos fugaces días también nos permitieron volver a
visitar algunos, menos de los deseados, lugares de Umbría y norte del Lazio de
los que conservábamos gratos recuerdos:
Bagnoregio
Civita di Bagnoregio, esta ciudad de origen etrusco se asienta
sobre un elevado montículo circular de laderas cortadas a pico por la erosión y
el deslizamiento de la tierra. Vista desde fuera ofrece gran impacto visual,
podría decirse que se asemeja a un puño levantado, erguido en mitad de la
depresión terrena circundante, en el que se arraciman las actuales
edificaciones, algunas en difícil equilibrio sobre el abismo. No es casual que
sea denominada algo así como “la ciudad que va a morir.” Periódicamente, a
pesar de los esfuerzos de apuntalamiento, un nuevo desprendimiento arrastra al
vacío otro borde de la ciudad.
La única posibilidad
de acceso es un puente o pasarela peatonal. Solo está permitido, para los
residentes, el uso de motocicletas, generalmente montadas sobre unas curiosas
orugas. Éstas les permiten salvar, portando carga, los espaciados escalones del
último tramo.
Son escasos los vestigios etruscos, pero los edificios
medievales y renacentistas irradian fuerte plasticidad y es muy agradable, si
no está invadido por el gentío como suele ocurrir, pasear por sus calles disfrutando de maravillosas vistas. En la
actualidad el nido de cigüeñas, o de águilas si suena más literario, que
aparenta ser esta ciudad está habitado por unas pocas decenas de personas, la
mayoría artesanos, intelectuales, artistas…cuando marchamos los invasores debe
ser buen lugar para la creación. Abundan los restaurantes, algunos tentadores,
de agradables terrazas y contenidos precios, pero ateniéndonos a la intuición y
a una contrastada guía descendimos hasta el inicio del puente. Allí, en la
terraza de Hostaria dal Ponte, con
unas vistas para enmarcar del lugar que acabábamos de visitar nos ofrecieron
una excelente comida. Boletus y trufas para condimentar la pasta, junto a la
caza, sobre todo jabalí, son buques insignia de la cocina de la zona. Yo me
decidí por un “abbacchio alla cacciatora” (cordero) con patatas al horno que
todavía recuerdo. Un regalo de aromas y sabores silvestres impregnaba la jugosa
carne.
El vino, de Umbría,
bueno. Pero de este vino y sus efectos intentaré escribir algo después.
El lago de Bolsena, el mayor lago del centro de
Italia, se encuentra a pocos kilómetros de Bagnoregio. Buen sitio, tranquilo en
esta época del año, para pasar una agradable tarde. Acertamos, nos recibió con
las aguas reverberando la plata depositada por el sol primaveral y sus dos
islas, ahora verdes naves, ancladas en el centro.
Mientras Paolo y Alessandro, mis nietos, intentaban capturar
lagartijas entre las piedras de la orilla, el resto nos acomodamos en una
terraza a la que el lago lamía los pies.
Recordé algo leído hace tiempo. En aquel lugar, en la ciudad en la que nos
hallábamos al borde del lago, se había producido, según testimonios religiosos
de la época, un milagro llamado de Bolsena.
Con la aquiescencia del Papa de turno dio origen a una de las más señaladas
fiestas católicas, el Corpus Christi.
Más pegada a la tierra, al menos para los no dotados en lo
sobrenatural, es otra historia o leyenda, o ambas cosas a la vez, situada en la
misma época, es decir, hace unos ocho siglos, acaecida en la ciudad que se ofrecía
a la vista, desafiante en la cresta de la colina que cierra esa parte del lago,
Montefiascone,
dónde, hace unos veinte años, visitamos, atraídos por el vino y la historia, la
sepultura de un religioso germano.
Según cuenta la historia, y existen testimonios de ella,
este religioso era obispo y viajaba a Roma en el séquito del emperador para una
audiencia con el Papa. El obispo era amante del vino y solo quería degustar
buenos caldos, con este fin enviaba por delante, de catador, a un fiel criado
con instrucciones precisas para que, en los lugares donde el vino fuese bueno,
escribiese, bien visible a la entrada del poblado, la palabra “Est”
Así hicieron hasta llegar a Montefiascone donde el criado quedó prendado de sus
vinos y se apresuró a señalar a su señor Est!
Est! Est! con punto de exclamación y todo. Al llegar el prelado verificó la
bondad de los vinos, empinó demasiado el codo y pasándose de frenada murió poco
después. Fue enterrado bajo una lápida
que entre otras cosas más o menos aún se lee: “Por demasiado Est aquí yace
muerto mi señor Johannes Defuk” El clérigo debía ser irreductible: cuenta la leyenda
que antes de morir donó al pueblo parte de sus bienes para que todos los años
derramasen una garrafa de vino sobre su sepultura. Tradición mantenida a lo
largo de los siglos hasta la actualidad. El vino etiquetado Est! Est! Est! se
comercializa en gran parte de Italia.
Esta historia recuerda la de un famoso escritor inglés de viaje por España
que antes de sentarse en un restaurante preguntaba si tenían Marqués de
Murrieta, si la respuesta era negativa buscaba otro lugar donde lo tuvieran
para comer. Pero ya está bien con el vino, al menos por ahora.
Duomo de Orvieto
Días después visitamos Orvieto donde hacía años ya habíamos
estado. Para mi gusto es la ciudad más bonita de Umbría en dura competencia con
Assis o Perugia, y una de las más atractivas de Italia.
Orvieto está enclavada sobre un macizo de tufo -como llaman
los italianos a esa roca fácil de horadar pero que se endurece en contacto con
el aire-, y tiene el plus de su extraordinario Duomo (Catedral). Una
auténtica joya románico-gótica con fachada principal recubierta por bellos mosaicos
(si se tiene la suerte de estar en la plaza delantera al atardecer, cuando los últimos
rayos de sol arrancan a los mosaicos una orgía de color, quedará grabada una
visión muy difícil de olvidar). La parte inferior de esa fachada está
recubierta de mármol tallado con representaciones del antiguo y nuevo
testamento, con perfectas y bien conservadas figuras. El resto del perímetro
del duomo está edificado en franjas de piedra blanca y negra. Si espléndido es
el exterior el interior no le va a la zaga. La capilla de San Bricio y sus frescos
iniciados por Beato Angelico y culminados por Luca Signorelli, o la
capilla del Corporale con obras de gran riqueza (en esta capilla se
conserva la tela con manchas de sangre del llamado milagro de Bolsena, al que
me referí antes) son buenos ejemplos.
Otros muchos edificios civiles o religiosos de gran valor
histórico y arquitectónico, integrados en calles y plazas, salen al paso
caminando por Orvieto. Hasta un curioso pozo, el Pozo de San Patricio, cuya
construcción, en el primer tercio del siglo XVI, fue un encargo del Papa. Tiene
62 metros
de profundidad y dos escaleras helicoidales superpuestas con 248 peldaños. Si
se tienen buenas piernas se puede visitar.
Un lugar recomendable, céntrico y de buena relación calidad-precio,
para comer en Orvieto es el restaurante Del Moro-Aronne.
Ulpiano Rodríguez Calvo
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





































