viernes, 2 de diciembre de 2016
BASELGAS V, 2016
Una vez más, y ya es la quinta, que nos hemos reunido gran
parte del grupo, “Promoción Corias 1959/1966”, en Baselgas concejo de Grado, para
festejar y perpetuar una amistad forjada entre todos nosotros ya hace más de
cincuenta años. A propósito de este bonito rincón moscón y de la
buena acogida que tiene año tras año, este grupo de amigos y antiguos compañeros de
internado de colegio, por parte del hacendado anfitrión Fidel, me viene a la memoria algo remoto de cuando yo
era niño que creo puede venir a cuento
en este caso.
En mi pueblo, Posada de Rengos, y supongo que en muchísimas
más aldeas, tanto del concejo cangués como de los concejos limítrofes, después de la guerra incivil y hasta bien
entrados los años setenta, existía un derecho adquirido popular, de trasmisión oral, del tipo de los
que regían en los pactos entre ganaderos cuando iban a cerrar el trato, que eran simples palabras y a la hora de dar validez al
compromiso adquirido entre las partes convenidas, eran tan válidas o más que
una fe de notario.
Todas estas normas o
reglas que pasaban de padres a hijos en
los pueblos, no eran publicadas en el BOE pero eran aceptadas, practicadas y
respetadas por todos de forma casi unánime. En el caso que voy a contar la ordenanza conminaba, sin llegar a obligar
bajo sanción, a los vecinos de los
pueblos a dar cobijo a cualquier mendigo,
transeúnte o pordiosero, que apareciese por el pueblo siempre y cuando faltasen pocas horas para que llegase la
noche, no dándole tiempo para que el desamparado pudiera desplazarse por su pie y con luz natural, hasta la población más cercana.
Cuando esto sucedía el pordiosero en cuestión, nada más que
llegaba al pueblo, siempre que estuviera a punto de caer la noche, antes de apostarse en
cualquier sitio público, lo primero que
hacía era preguntar por la casa del
alcalde, vistor o, en su ausencia o defecto, cualquier vecino del pueblo que
hubiese asumido la responsabilidad y el control de estas tareas de caridad y solidaridad hacia cualquier paria
que apareciese por la aldea. Para controlar
esta prestación la persona encargada llevaba un control riguroso con el orden de acogida para las diferentes casas
del vecindario. De ahí que en cuanto se personaba el desdichado de turno en casa del alcalde
pidiendo cobijo, éste consultaba su
listado de acogida y por estricto orden de cumplimiento designaba al vecino que le correspondía prestar ese servicio de caridad.
El alcalde solía acompañar al transeúnte hasta la casa de acogida y lo
presentaba a los recién nominados benefactores para darle más empaque y validez
al acto. Normalmente, ningún vecino se solía negar a hacer tal favor, pero como pasa con todo en la vida, había personas que recibían al huésped de muy buen
agrado, incluso se
esforzaban lo que podían por complacerle
en todo lo relacionado con la alimentación y con el descanso, así como de facilitarle ropa usada limpia,
pero había otros que no eran tan
receptivos y voluntariosos para socorrer al transeúnte, porque les parecían que
eran todos unos mangantes y unos vagos.
Había casos en los que podría estar justificado el intento de
escaqueo pues, la vivienda no reunía condiciones y espacio suficiente como para
albergar a desconocidos junto con los miembros de la familia. Llegado el
caso en el que el vecino intentaba zafarse,
el alcalde no solía permitirlo y de forma inflexible decía que se arreglaran
como pudiesen, porque él no podía saltarse el turno y el indigente tampoco podía pernoctar al raso. Digo esto con conocimiento de causa
porque ese era nuestro caso. La casa de mis padres es pequeña y con
los miembros de la familia que en ella convivíamos, prácticamente, ya estaba al completo. Aún así, un buen día se
personó la autoridad competente en casa junto a un pobre de los del saco, para decirnos que nos tocaba darle alojamiento esa noche a aquel pobre víctima de la vida.
Recuerdo que era un
hombre de mediana edad, bajo y
rechoncho, sonriente y de buen carácter, con tales barbas que, estando sentado, le llegaban a la altura del ombligo. El
alcalde de turno sabía la falta de espacio de nuestra vivienda pero él tampoco podía saltarse el orden establecido. Mi madre
no se oponía a darle de comer las veces que hiciese falta al mendigo, pero el
tener que proporcionarle cama, eso a
ella sí le suponía un problema y le decía al regidor que había muchas casas más amplias
que la nuestra, en las que habilitar una
habitación no les supondría ningún
trastorno, pero el juez en este caso, no
cedía e insistía en que cuando toca, toca.
Tal que, mi madre viendo
que no se podía zafar del encargo, le dijo al mendigo que en casa había poco sitio
pero si él estaba de acuerdo le podían habilitar como cama un antiguo pesebre
de la vaca bien mullido de yerba, con buenas mantas y que
dormiría allí plácidamente, sin ruidos y bien caliente. El hombre acostumbrado a hacer guardia en peores garitas, intuyó que se
le iba a tratar bien y no lo dudó. Al
instante aceptó la oferta de muy buena gana. Recuerdo lo amena que fue
la cena en la cocina los tres junto al barbas aquel, y cómo nos narró detallada y minuciosamente
las miles de peripecias y calamidades que aquel pobre desgraciado pasaba por el
mundo.
A la hora de llevarle a la suite, el mayor miedo de mi madre
era que fumase ya que había yerba seca amontonada y temía que tuviéramos que salir todos huyendo despavoridos
por las llamas durante la noche. Pero no. Antes de bajarlo a los aposentos
pesebriles le hizo una advertencia muy seria, que por Dios no se le ocurriera
fumar en el “leito” (cajón de madera que hace de cama en la Cabrera leonesa,
donde antiguamente se acostaba la
familia al completo. De ahí los problemas de consanguinidad y raquitismo
endémico) y, aquel desgraciado, a pesar de que no paraba de “aborronar” en todo
momento, fue consecuente con la exhortación del ama y no fumó en toda la noche.
A la mañana siguiente,
sobre las nueve y media, como no respiraba el huésped, mi madre bajó a la suite
a llamarle para desayunar y el hombre desperezándose como los gatos respondió muy alegre y contento diciendo
que en seguida subía. El aseo personal
se le suponía pues en la casa tampoco había agua corriente por entonces, pero
sí pasaba un caudaloso regueiro al lado, donde los nenos jugábamos, bebíamos y
nos lavábamos de vez en cuando.
Una vez el hombre en
la cocina, bien calentito sentado a la mesa, tomamos los cuatro buen tazón cada uno de café con leche migado con pan. Aún recuerdo cómo al hombre se
le quedaba la barba llena de migas y faraguyas
de pan empapadas en leche, debido a la fruición y la rapidez con que aquel
pobre desgraciado sorbía el desayuno. Una vez reconfortado por el calor del café y
también por la divertida conversación, aquel pobre mendicante se deshacía en elogios hacia sus acogedores, aunque solo fuese por una noche, y decía que se sentía feliz de lo bien que había dormido
pues, el pesebre–cama, que se le había improvisado, le había retrotraído a su infancia, ya que
aquella seudocama, especie de cajón de madera, de sección trapezoidal, era exactamente igual a la cuna en la que él y un hermano suyo más
pequeño, habían dormido juntos hasta que
no cupieron en ella.
Una vez contado el
pasaje del pobre, como conclusión diré que nuestro amigo Fidel tiene el gran inconveniente que, a pesar de vivir en otros tiempos más
democráticos que los del pobre de marras, se ve que en Baselgas no son tan respetuosos
como en Posada de Rengos con las tradiciones de corte samaritano. Por lo
tanto, por muchos pretextos que este mozo busque, siempre tendrá que seguir cargando, al menos una vez por año, con la murga de este grupo de mandrias que juran y perjuran por lo
más sagrado que son sus amigos y que
nunca lo abandonarán. De ahí que no le quedará otro remedio que albergarlos y acogerlos.
Amigo Fidel, muchas gracias por todo en nombre del grupo.
B. G. G. bloguero “Prior”
martes, 22 de noviembre de 2016
Va de ángeles
No
me digáis que no sería maravilloso que se inventara algún artilugio para
detener el tiempo. Quiero decir que sería genial poder echar el ancla justo en
el momento en que casi tocamos el cielo con las manos. Prolongar esos minutos,
horas, quizá días que nos sentimos absolutamente felices. No es posible
quedarnos, instalarnos en ese momento mágico. Estamos destinados a recorrer
otros minutos, otros días, unas veces venturados y otros desventurados.
El
tiempo se lleva todo consigo, lo grato y lo ingrato. No cabe dolerse de la
crueldad que significa poner fin a los momentos maravillosos, porque
por contrapartida, el tiempo se lleva también lo adolorido, lo triste. Es más, nos hace la caridad de mantener una
memoria gozosa al recordar lo bueno y nos ayuda, y mucho al ir dejando lo
ingrato entre las nieblas del pasado. Sólo los enfermos mentales logran
instalarse en el pasado doloroso. Y lo llevan como un insoportable fardo a sus
espaldas.
Los
sanos mentales, rebuscamos en el pasado lo momentos felices para seguir
gozándonos con ellos.
Con
frecuencia me viene a la memoria aquella Navidad del ochenta y pico. Trabajaba
yo en aquella época 11 horas al día. A las nueve de la noche terminaba en el
centro donde impartía inglés comercial. A las nueve y cuarto llegaba a casa.
Mis dos niñas, una de cuatro años, Rosa y otra de cinco, Ida, llevaban cinco
minutos acostadas pero no dormidas, pues esperaban a despedirse de papá. Yo
rendido, exhausto, les dedicaba un cuarto de hora entrañable para mí. Las
tomaba de la mano y las llevaba al mundo mágico de los cuentos, donde todo lo
imposible resultaba posible y, en la penumbra de la habitación mi voz
convertida en susurro, las transportaba suavemente al país de los sueños.
Cientos
de cuentos improvisados que lamento no recordar. Eran como un dulce somnífero a
dosis diaria… En alguna ocasión me quedé dormido yo mismo a la par que ellas.
Sólo recuerdo alguno que me veía obligado a repetir una y otra vez. A petición
del público.
En
esas estábamos cuando un incidente de mi salud me llevó al hospital Gregorio
Marañón donde estuve encamado mes y medio.
Se
trataba de una grave dolencia de la vista que me obligó a guardar reposo
durante mes y medio con los ojos vendados y sin poder mover la cabeza ni un
centímetro todo el tiempo. Fue terrible. Me encamé el día de Nochebuena y di
orden de que no llevaran a las niñas a verme, pues la estampa era patética y
demasiado impresionable para su corta edad.
La
única información que recibieron fue: “Papa está malito en el hospital”.
Rosa
de tres años y medio, fue quien primero reaccionó ante mi ausencia. Según me
explicaba mi mujer se pasaba el día diciendo –viniera o no a cuento– “Bueno, yo
como no quería a papá”, “Mamá, yo a papá no le quería”, “Yo no quería a papá”.
Así
mes y medio.
Cuando
retorné a casa ofrecía un aspecto lastimoso. Pálido, con el pelo alborotado,
vacilante, con unas gafas en la que los cristales habían sido sustituidos por
dos cartones negros con un minúsculo orificio en el centro. Llegué y me derrumbé
en una butaca con el cansancio de haber corrido un maratón.
Rosa
no se separaba de mí y me decía: “Papá, qué guapo eres”, “Papá, guapo, te
quiero mucho”.
No
aguanté más allá de diez minutos. El cansancio era tal que tuve que acostarme
en la cama.
Allí
estaba yo, en la penumbra y sin ver… cuando oí que alguien andaba junto a la
cama.
- - ¿Quién
anda por ahí? Pregunté.
- - Papá,
soy yo, Rosa. Contestó una vocecita y prosiguió, Papá ¿Me dejas acostarme un
ratito contigo?
- - Sí,
mi vida, ven y acuéstate. Respondí.
Pronto
la sentí apretarse contra mí, al tiempo que me decía:
- - Qué guapo eres Papá.
- - Ya
hija, lo sé, gracias.
Un
silencio.
- - ¿Papá?
- - ¿Qué
cariño?
- - ¿Quieres
que te cante algo o te cuente un cuento?
La
oferta me deslumbró. Quería darme lo mejor, según sus valores, una canción o un
cuento. Sentí una emoción inenarrable. En oscuridad mis quebrados ojos se me
llenaron de lágrimas. Apenas si pude susurrar.
- - Un
cuento cariño. Dije.
- - Una
vez, una ardilla que vivía…
Fui
consciente de que ni antes ni después de aquello iba a vivir algo tan bello,
tan maravilloso como aquello.
Di
gracias a Dios por facilitarme una prueba palpable de que, en efecto, existen
los ángeles. Y uno estaba allí a mi lado. Luego, reconozco que le pedí a Dios
un imposible; que detuviera el tiempo, que no terminasen aquellos minutos de
ensueño.
Y
no terminaron. Casi cuarenta años después, sigue el ángel a mi lado. La niña
creció, se hizo mayor, hizo dos carreras universitarias, aprobó dos
oposiciones, se casó y actualmente vive en Bruselas donde trabaja en la
European School 4.
El
roxín de la foto es su hijo, que, haciendo honor a su prosapia angelical es
otra prueba ineludible de que existen ángeles.
Mirad
la foto, y comprobaréis que es un ángel. Es un ángel trilingüe, ya sabe cómo se
dice: cuento, canción, soñar y cariño en tres lenguas, en francés, inglés y en
la lengua de los ángeles, o sea, el español.
Quizás
todo esto ha sido un regalo que me dio la Providencia por bautizar a mi hija
Rosa con sidra.
Sí,
sí, con sidra.
Pedí
permiso al cura de Pola, donde nació la niña para que me permitiera echar unas
gotas de sidra en el agua bautismal. Ya que la niña había nacido en Asturias y
aquí se cristianaba yo quería que saliera una criatura explosiva, exuberante,
chispeante, rubia, alborotada y alegre como la sidra que cae sobre el vaso. Y
así salió.
Pepe Morán. Dominico-ex
viernes, 18 de noviembre de 2016
Ambas son necesarias...
En la cariñosa y cercana homilía, contaba ayer uno de
los sacerdotes oficiantes en el Funeral de la madre de unos amigos, una
anécdota que os voy a compartir:
“Preguntaban en una entrevista de un popular programa
de televisión a una doctora forense que se declaraba profundamente católica,
¿qué eran para ella la enfermedad y la muerte, tan avezada como estaba a tratar
con ellas? Después de un rato en silencio con los párpados ocultando la
expresividad propia de los ojos, levantó la cara y dijo:
—Es verdad que con ambas trato diariamente, mas con
ninguna de las dos me acostumbro; pero… —tras otra pausa y ante el asombro del
presentador, añadió— ambas son necesarias… Cuál sería el sentido de nuestras
vidas, cuál es, sobre todo el sentido de las vidas de todos los vivientes…“.
Y siguió la homilía con eruditos y siempre cariñosos pensamientos
refiriéndose a la difunta, Socorro y a los familiares que durante años, años...,
la cuidaron… con la dedicación y cariño que alguno sabíamos…
Pues, queridos amigos: Una madre es un tesoro y cuando
la perdemos lo valoramos aún más y puedo asegurar que aún pasados 50 años se
sigue echando en falta. Hacemos nuestro el dolor que SAMUEL, JAVIER, ambos
alumnos de Corias y su hermana ANA, así como el resto de su familia sienten por
la pérdida de su amada madre. Por eso hemos acudido a su funeral, ayer en
Navelgas (Tineo) y hemos rogado a Dios que os conceda la fortaleza necesaria
para afrontar este irreparable designio.
Y les expresamos nuestras muestras de solidaridad, amistad, estima y respeto.
Y les expresamos nuestras muestras de solidaridad, amistad, estima y respeto.
Lo que traslado al Blog, por lo que en él es considerado
y querido Samuel.
¡Salud! Gera
domingo, 13 de noviembre de 2016
¿DÓNDE ESTÁIS QUE NOS OS VEO?
Tras otro paréntesis, (el “veroño” se presta a fútiles
escapadas) iba a decir sin levantar la persiana —pero más bien es desplegarla—
de este blog, veo que aún permanece mí última entrada esperando que otra, u
otras, la “emburriaran” al baúl de los recuerdos. Y eso que la mía ya había
sido instilada porque me parecía necesaria por ausencia de otras más conspicuas
y/o más acertadas. Bueno pues insisto, con el ánimo de ser más levadura, que
masa.
En aquel tiempo… habían puesto (¿el padre Eutimio?) una
película de Mario Moreno “Cantinflas”, sí aquel que rehusó ser presidente de
Méjico, ¿lo sabías? Sí, aquel de uno de los tres bigotes más célebres. También el que era mucho más que un cómico;
que fue reflejo de una sociedad donde los ricos humillan a los pobres,…, donde
los caciques, políticos y banqueros… Aquel cuyas películas carecían de sentido al ser
dobladas a otros idiomas porque perdían el encanto de su ingenio… Aquél, en
aquella película, entre otros oficios en aquel film (o como decía uno de mi
pueblo: «Yo siempre pensé que se decía plícula y resulta que ahora se dice
flim…), el paticorto ese que hasta la R.E.A. de la Lengua, en 1.992 le mostró
su respeto al admitir el verbo cantinflear y los vocablos cantinflas y
cantinfleada, el bis-bigote ese, digo, trabajaba de dependiente en una tienda
de modas.
En una escena en que entra una señorita a comprarse una
prenda el jefe del establecimiento le azuza para que la atienda y que no se le
escape sin venderle algo, a lo que, solícito, servicial y desconocedor de la
ubicación de los bañadores, le dice:
— Pues ándele que sí. Tenemos un modelo nuevo —mientras
revolvía en diversos estantes— que se llama ANDESTASQUENOTEVEO…
Me da pie para repetir esa palabra, ya formalmente
separada para preguntar al blog, tanto la zona activa como pasiva, ¿DÓNDE ESTÁIS
QUE NOS OS VEO?
Comprendo que hay programas de tv, partidos de esto y de
lo otro; que las otras redes tal y pascual…, pero esto de Corias, “ye algo muy
serio” y a veces muy ameno. ¿ANDE ANDARÉIS?
Vivimos en tiempos de relativismo e incluso de nihilismo,
en lo que todo vale, ya que los límites infranqueables, ya no lo son, pero,
¡caray!, los valores y la cultura que en Corias, los básicos, no la liturgia,
no las bambalinas,…, nos han imprimido carácter…
Personalmente, os echo en falta y no mires para otro lado
que a ti, a ti también.
Ánimo a quien escribe y a quien lee, que funciones el
menú desplegable porque sino el eje de la rutina, se oxida.
ANDESTASQUENOTEVEO. Reflexión: ¿Por qué TODO JUNTO se
escribe separado y SEPARADO todo junto?
Salud, Gera
martes, 18 de octubre de 2016
ÓPERA EN CORIAS
No sé si, queridos compañeros, guardáis, aún, en la memoria —no la flotante como la de los ordenadores, sino en la perenne— aquella graciosa y fascinante ópera que unos cuantos alumnos tuvimos la inmensa suerte de interpretar en Corias. Sí, sí; en Corias se llegaba a tan altas cotas.
Habíase elaborado un programa de mano al más puro estilo de los del
Teatro Campoamor: Un folio doblado por la mitad del eje vertical, con un dibujo
en la portada que además del título mostraba una pretendida escena del “drama”
que se representaba. En las planillas interiores, además del argumento, dramático
claro, figuraba el reparto de todo de elenco del bel canto, en busca del mejor resultado del legato, coloratura y
virtuosístico…, brillantez de los agudos de Cachito y de los graves de un
servidor…
Habíanse impreso en aquella
multicopista de origen alemán, Gestetner, postrera primicia de la comunicación,
gracias a la cual se pudieron imprimir los gloriosos ejemplares del
injustamente poco loado periódico Piñolo… También, dicho sea colateralmente, estas
multicopista eran usadas para difundir mensajes antisistema… (Lo aseguro, porque como cantaba Mary Triny, "quién a los quince años no dejó su cuerpo abrazar...".
Pues el título de aquesta insigne pieza musical no era ninguna boutade:
“La Vendetta”, con subtítulo de “Il Ritorno di Fiama”, aunque en el programa
por una cuestión de libre traducción figuraba “El Tiri per la Culata”, mucho más
expresivo, ¿no? Y el reparto…¡ah el reparto!: lo más florido disponible por aquellos
claustros. En él figuraba yo como un tal Giuseppe Manolino Gera, que me habían
adjudicado el papel de Rey… —perdón— que un determinado pasaje del primer acto,
lleno de dudas y sospechas, interrogaba a Tadeo, mi fiel y valiente soldado, con
voz grave como corresponde a un rey, en do sostenuto:
— ¿Di dónde si arriba, Tadeo, el piu bravo guerriere?
— Yo vengo de Tineo,
respondía Cachito con voz de
tenor, vichita molto importante… Seguía
narrando las excelencias de la villa, del parque donde Rubén cazaba (ya
entonces) amores al azar y que tenía algún malhecho
(que Dios tendrá en la gloria por lo buena persona que era) y maltrazaus bastantes. (Uno de los cuales
era yo).
Habíamos ensayado durante un mes bajo la atenta escucha del Padre Castaño,
acompañado de la exquisita y refinada musicalidad del lenguaje sinfónico del
Padre Luciano y con una atrevida puesta en escena que tanto gustaba a las
mocinas de Cangas, de sobra avezadas a estos cultos actos.
El resultado, como dicen que dijo —yo no lo oí—, Nietzsche, desde
entonces no sólo me resulta imposible vivir sin música, sino que la ópera, la
música,…el arte en definitiva, es para siempre y para todos: no sólo para unos
pocos.
Tal es así que pocos años adelante, en una romería de prau por el río
Naviego arriba ¿?, acompañando a, ¡ay
mocinas de Cangas!…, quedé atónico (¡entiende usted?: sin tono) cuando un virtuoso
acordeonista anuncia la siguiente melodía de color diciendo:
— Y ahora, señores y señoras, les voy a intrepetrar un foxtró a toda
ostia… (Tal cual escrito queda).
P.D. 1. Y que esto lo diga uno de Gera…, aunque esto otro que añado entre
comillas, lo dijo otro de Tineo hace algo más de veintiséis quinquenios y dos
años más:
“Esos señores —se refiere a la llegada de la Orden de
Predicadores a Corias, tras 27 de abandono del monasterio— son queridos y
respetados en la comarca por su ilustración y afabilidad con todo al mundo, que
los capta las simpatías de cuantos los conocen, prestando importantes
servicios, y dedicándose a la enseñanza. ¡Lo que va de tiempos a tiempos! Los
que había antes de Felipe II, querían ser respetados por la fuerza de las riquezas;
los de hoy, por la fuerza de la ciencia, la virtud y la modestia”. E. Carrizo.
P.D.2.
…me alegra que fuera uno, uno más, de Tineo quien así hablara…
P.D.3.
No es por jactancia no citar a otros actores sino que desde aquel entonces
habrán pasado casi, casi sesenta años y los míos…ya suman diez…; así que la
memoria orada hasta donde las circunstancias…y es que la ciencia llega hasta
donde llega la ciencia. Después, después está Dios.
¡Salud!
viernes, 7 de octubre de 2016
De la lima basta, al brownie de chocolate
Estaréis de acuerdo conmigo en
que existen lugares que tienen un atractivo especial, bien sea por su ubicación dentro del conjunto
arquitectónico al que pertenecen, o porque reúnen de por sí determinadas
condiciones telúricas o tectónicas que no se dan en el resto de compartimentos
del edificio y por lo tanto, siempre
resulta agradable y reconfortante el permanecer bajo su techo, independientemente
de la utilización a la que se les dedique. Tal es el caso del recinto que vemos
en la foto repleto de mesas y de comensales en plena degustación del Pote cangués,
y qué casualidad, que muchas de estas mismas
personas junto a muchísimas más, en otros tiempos ya lejanos, ocuparon
diariamente durante una o dos horas este mismo espacio, pero no como lugar de
deleite gastronómico, sino como aula de formación práctica de la asignatura de
Tecnología que era el Taller de Metal.
Hoy se le denomina a este aposento sala Monte Muniellos, en honor a la Reserva Natural de la Biosfera, distante de aquí tan solo unos 25 km y que es cuna del oso y del urogallo, con una riqueza forestal de roble, haya y abedul de las mejores conservadas de Europa.
Hoy se le denomina a este aposento sala Monte Muniellos, en honor a la Reserva Natural de la Biosfera, distante de aquí tan solo unos 25 km y que es cuna del oso y del urogallo, con una riqueza forestal de roble, haya y abedul de las mejores conservadas de Europa.
En la actualidad, lo que era el
antiguo Taller de Metal y después de su reconversión, está claro que sigue siendo
un lugar complaciente, pues basta ver la
animada comida que están celebrando los antiguos alumnos de Corias y sus familias, con motivo del Encuentro anual que tiene
lugar el último sábado de septiembre de cada año. Pero si nos remontamos a los tiempos del instituto laboral las horas
que aquí pasamos los alumnos siempre fueron amenas y entretenidas. Si después nos fueron más o menos útiles como formación académica para el
camino que tomó cada uno, eso no lo sé, pero perjudiciales seguro que tampoco.
Las clases prácticas de talleres, tanto
en el de Madera como en el de Metal o en el de Electricidad, y posteriormente
en el de Cerámica, siempre eran como un aflojamiento en la jornada diaria después
de la rigidez, dificultad y
concentración que requerían las asignaturas troncales, aunque entonces no se
llamaban así: decíamos las importantes.
El profesor del taller, el señor
Lisardo, era hombre serio y un experto tornero que cumplía perfectamente su misión docente de enseñarnos a manejar toda aquella maquinaria de la que
disponíamos, para luego llegar a saber mecanizar todo tipo de piezas de metal,
tanto de soldadura en sus dos versiones: oxiacetilénica y eléctrica, como de ajuste y de torno. Todos recordamos aquel enigmático
armario metálico, cerrado a cal y canto,
donde el profesor Lisardo guardaba como oro en paño el cuadernillo de las
notas, las soluciones de las diferentes combinaciones de los números de dientes
de las ruedas conductora y conducida que se colocaban en la lira del torno para
obtener una determinada rosca, por ejemplo, de un paso de 8 hilos por pulgada si era rosca Whitworth, o de 2,5 m/m si ese trataba de rosca Métrica. Detrás de
estos tesoros de papel estaba a buen
recaudo la botella de orujo, que de vez en cuando y siempre fuera de las
horas de clase, y amparado por su mozo
de estoques, Jose de La Chata, tenía la ocurrencia de dar a probar al pardillo de turno que cayera
por allí, aquel Bálsamo de Fierabrás haciéndolo pasar por agua del grifo.
hoy día saboreamos un delicioso "Brownie" de chocolate.
B. G. G. bloguero “Prior”
martes, 4 de octubre de 2016
De nada hombre, de nada…
Hace
poco aludía yo en este blog a la trascendencia que puede tener en una vida la
toma de decisiones que sobrevienen en un momento determinado e irrepetible.
Citaba el caso de un alumno al que orienté y reorienté su vida dos veces… Por
lo original del caso me decido a contarla a sabiendas de que en forma alguna
será identificado por nadie. Es un secreto que sólo yo he tenido para mí, como
muchos otros.
Allá
por los 60, el ingreso en Corias lo determinaba un examen que no hacíamos
nosotros si no funcionarios del Estado, una vez al año en Julio y en Oviedo.
Se
llamaba el P. I. O (Principio de Igualdad de Oportunidades). Una vez aprobado
el examen, las familias decidían donde enviar a sus hijos. A Corias iban unos
100 cada año. Los que por no hacer el examen en Oviedo, no tenían beca, tenían
que ir por libre, o sea, pagando el internado y previa superación de un examen
que les hacía Pepe Morán, que era el secretario.
Un
año, se me presentó un hombre con su hijo, para tal prueba. Se conoce que no
habían tenido noticias del P. I. O y venían por libre. El muchacho era un tipo
fuertote y con cara de buena persona. El padre me indicó que tanto el cura como
el maestro estaban empeñados en que estudiara pues le veían sumamente capaz. De
paso debo indicar, que aquel hombre era muy mayor, con ciertas evidentes
minusvalías físicas y además, viudo. Era campesino. A mí me llamó la atención
que tuviera la grandeza de espíritu de renunciar a la ayuda del chaval por el
bien de éste. Le hice una prueba y quedé impresionado. El chaval sabía todo y
no había forma de cogerle en un fallo. El tema, por ese lado, estaba resuelto.
Pero todo se torció cuando, al ir a tomar
los datos personales del chaval, me percaté de que ya tenía los 14 años
cumplidos. ¿Y qué…? Pues que el consejo de profesores había decidido en el Junio anterior, no admitir a ningún
chico que tuviera los 14 cumplidos. Ello era debido a que nos pareció que en el
primer curso había una disparidad de edad que iba de los 10 a los 16 y tratamos
de corregirlo.
Cuando
le dije al hombre que no podía admitirle se me
derrumbó. Casi lloraba del disgusto.
Yo
me conmoví ante aquel extraño fenómeno de desprendimiento paterno en un hombre
de campo y minusválido. Yo no podía pedir una reunión urgente del Consejo de
Profesores para explicar el caso. Entonces
tomé la decisión de pasar por encima de la ley. Yo ya sabía entonces (no
todo lo aprendí en la Biblioteca Nacional) que existía algo llamado epikeya,
inventado por Aristóteles siglos antes de Cristo. Es decir, que hay que aplicar
la ley siempre, pero no se debe de aplicar si su aplicación va a producir un
perjuicio o un mal irreparable.
Era
evidente que por la edad era imposible subsanar el caso al año siguiente. Luego
estaba en mis manos decidir si estudiaba o volvía a l pueblo a cuidar vacas. Y,
claro, le dije que yo le admitía. ¿Cuánto costaba al mes un interno? Creo
recordar que eran unas 1300 pesetas. El hombre que lo oye se viene abajo de
nuevo. No disponía de ese dinero mensual. Y, el que conocía esa realidad, sabía
que era normal que no dispusiera del dinero. Ese mismo verano, un amigo mío
bastante adinerado me había dicho que si veía algún caso de un chico capaz pero
pobre, él se ofrecía a pagarle los estudios. Con una sola condición, que nadie
supiera jamás quien lo pagaba. Que era
un asunto entre los dos.
A
estas alturas de la reunión yo ya estaba lanzado. Le dije al hombre:
- - No
se preocupe, que venga sin pagar.
- - ¿Quién
lo paga? Quiso saber.
- - Señor,
eso no puedo decirlo. Lo he prometido.
- - Entonces
no puedo aceptarlo.
- Bien,
es usted libre de aceptarlo o no, pero no puede pedirme que falte a mi palabra
de no revelar su nombre.
- - Bueno,
venga, lo acepto.
Así
ingresó el chaval en Corias. Fue durante siete años y extraordinario alumno.
Al
terminar Corias pidió una beca salarial para estudiar en Madrid. Se la
concedieron. El importe no sé cual era, pero si sé que el Doctor Avanzas, tenía
una beca para estudiar medicina en Salamanca de una cuantía mensual mayor que
el sueldo de su padre.
Fue
en esa época cuando yo cambié para la vida seglar y me fui a Madrid, una amiga
mía de Ujo entró un día a un bar y oyó al camarero hablar con un cliente.
Hablaban de Corias. Esperó un momento y le preguntó al camarero:
- - ¿Has
estudiado en Corias?
- - Sí,
todo el bachillerato.
- - Entonces
conocerás a un tal Pepe Morán.
¡ - ¡Ay! No me diga que le conoce y que sabe dónde encontrarlo.
- - Pues
sí -dijo mi amiga– le diré que estás
aquí y que venga a verte.
- - Fui.
No faltaba más.
Me
contó que al terminar el primer año de la carrera sacó una nota media de 6,6 y
para conservar la beca pedían un 7 de media. Entonces ante la alternativa de
volver avergonzado al pueblo o ponerse a trabajar optó por esto último. No
encontró nada mejor. Trabajaba doce horas al día, dormía en un camastro en la
trastienda y rezaba todas las noches para que su suerte le cambiara.
Pues
mira, ya te ha cambiado.
Ese
mismo día llamé a un amigo mío que presidía la delegación de una empresa en
Madrid:
- - Oye,
tengo un chaval que tú necesitas.
- - Pepe,
y no necesito a nadie ahora.
- - Escucha,
te lo ofrezco a ti por amistad.
- - Que
no necesito a nadie.
B - Bueno,
mira, mañana irá a verte a tu despacho. Y te digo más, no pasará ni una semana
sin que me llames para darme las gracias.
- - Pepe,
por Dios, que yo…
- - Nada,
nada. Mañana irá a verte.
No
se cumplió la semana, pero sí mi pronóstico de que me llamaría para darme las
gracias.
De
nada hombre. Si necesitas media docena más, te los mando. De Corias,
naturalmente.
Una
vez encarrilado me desentendí de él. Sé por mi amigo, que se matriculó en
derecho, que hizo la carrera, que ganó unas oposiciones y que llegó a un alto
cargo en la Administración Pública.
Y
nada más. Nunca recibí noticias suyas. Ni una llamada, ni un Christmas, ni
recuerdo de…
Confieso
que me afectó. Tanto que me prometí no volver a hacer favores así. Pero, claro,
no lo cumplí. Hice muchos. Es inevitable.
Cómo
estoy convencido de que nadie puede identificarlo aquí.
Y
como consejo: Haz el bien y que no se entere tu mano izquierda de lo que haces
con la derecha.
Pepe Morán. Dominico-ex
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