Cuando el pasado junio os presenté a mi cuarto "hijo" bajo el título "¿Quién dijo que los hombres no parían?", Galán y Gion dejaron en el aire unas cuestiones que retomo ahora, coincidiendo con que ese trabajo se muestra en Zafra en la sala de exposiciones Santa Marina de Caja Badajoz.
Decía Galán (8-6-11): "Lo que aprecio en la muestra de las fotografías que adjuntas, es como si solamente captaras con tu cámara el lado más doliente y decaído del árbol".
En términos muy parecidos se expresaba Gion: "...con la frondosidad de vegetación que por aquí tenemos, sacaste unos sarmientos tristes, sin riego, envejecidos..."
Os diré, en primer lugar, que vuestro sentir no es único, pues así se han expresado otras personas bien de palabra o escribiéndolo en el Libro de Visitas. En una contestación rápida y hasta simple, manifestar que si no fuese por eso no estaríamos ahora hablando de ello. Por tanto, primer objetivo (que la gente se pregunté por qué) cumplido. Yendo un poco más allá, añadiría que entre las muchas dicotomías que existen en la vida (amor-odio, valor-cobardía, templanza-ira, etc.), yo he escogido para este trabajo la de la vida-muerte. La vida la encarnan los microtextos de autores clásicos y contemporáneos que describen al árbol, hablan de sus bondades (fruto, sombra, leña, atalaya y cobijo de pájaros...) o de su significado histórico (al ser algunos ejemplares testigo de pactos o acuerdos, pensemos en el árbol de Guernica o en el Carbayón de Oviedo). En contraposición, se presentan fotos de árboles arrancados, cortados, quemados, árboles secos... En fin, árboles sin vida. ¿Qué busco con ello? Que la gente se diga: "Hay que ver lo que perdemos por no tener o no cuidar los árboles". Así lo vio un visitante cuando la mostré en Los Santos de Maimona (1-15 junio), quien escribió en el Libro de Visitas: "Después de ver esta exposición me entran ganas de salir corriendo a plantar un árbol".
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Otro asunto, este de más calado, lo planteaste tú, Gion, al escribir en el mismo comentario lo siguiente: "En cuanto al cariño a los árboles... yo daría más importancia al cariño entre los seres humanos que buena falta nos hace, esto no quiere decir que la naturaleza la tenga olvidada ni mucho menos, pero considero mucho más importante la buena relación humana, la armonía, el afecto, valores que si no los cuidamos se pierden y como se pierda esto... al carajo de cabeza".
Es interesante la apreciación que haces y da mucho juego para el debate. Lo mismo que apuntas tú lo he oído cuando alguien se preocupa, por ejemplo, por los animales, como le sucede a una hija mía que tiene un sensibilidad especial para ellos (tanto que hizo veterinaria) y no sería más feliz que recogiendo a todos aquellos gatos y perros que se ve abandonados por ahí. Pero antes de seguir con disquisiciones, Gion, escucha este relato.
El hombre que plantaba árboles*
Se llamaba Elzeard Bouffier y vivía en una viejísima zona de los Alpes que penetra en Provenza. Páramos secos y monótonos, desolados, con caseríos en ruinas y abandonados, donde sólo crecía el espliego.
Elzeard Bouffier era pastor. No vivía en una cabaña, sino en una verdadera casa de piedra que halló en ruinas al llegar y reconstruyó con sus propias manos. Era un hombre de pocas palabras como todos los solitarios, pero se le veía seguro de sí mismo. Había tenido una finca en los llanos donde hizo su vida. Allí perdió a su único hijo y después a su mujer.
Todos los días sacaba su rebaño a pastar. A modo de bastón llevaba una barra de hierro y en el zurrón un saquito con cien bellotas de roble que plantaba en unas tierras que no eran suyas ni sabía a quien pertenecían.
Durante 37 años siguió sin desmayo fiel a su idea de plantar árboles.
Merced a su constancia, a la grandeza de su alma y a tan ardiente generosidad, crecían miles de árboles, todo un bosque; en aquellos páramos, ahora, en vez de borrascas rudas y secas soplaba una brisa suave y llena de perfumes con un rumor parecido al agua: era el viento en los bosques. Se reconstruyeron cinco casas, rodeadas de huertos, donde vivían cinco parejas jóvenes, llegadas de los llanos. Hicieron una fuente y plantaron cerca un tilo, símbolo innegable de resurrección.
Elzeard Bouffier murió apaciblemente en 1947 a la edad de 87 años en el hospicio de Banon. Al final de su vida había perdido la costumbre de hablar... o es que a lo mejor no lo necesitaba.
Sobre su tumba, en la tierra, alguien colocó este epitafio: LOS HOMBRES PUEDEN A VECES SER TAN EFICACES COMO DIOS.
Jean Giono, escritor francés (1895-1970)
*Este relato, que aquí aparece extractado, fue adaptado como película de animación por el canadiense Fréderick Back en 1987.
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Hablando de actos de las personas, yo los clasificaría en malos (o negativos), de supervivencia (o neutros) y buenos (o positivos).
En los actos malos (de fondo negativo), creo que todos estamos de acuerdo: son aquellos que perjudican al otro o a la humanidad, caso del tráfico de drogas, la trata de blancas o explotación sexual, también la explotación laboral, el crimen organizado, etc. Destruyen.
Los actos de supervivencia (con un componente neutro) son los que practicamos la mayoría en nuestro vivir cotidiano. Vamos a nuestro trabajo y lo desempeñamos bien, con lo cual contribuimos a la creación de riqueza y a que la sociedad funcione, pero lo hacemos de una forma interesada, porque nos pagan dinero. Cuidamos y queremos a nuestra familia porque nos tira la sangre, por amor a ellos, pero no lo hacemos de la del vecino y menos de la de un desconocido. O sea, nos mueve el interés, económico o afectivo.
Ya por último tenemos los actos BUENOS, y lo pongo con mayúsculas, porque son esas acciones altruistas que hacen algunos en beneficio de los demás, sin esperar nada material a cambio, sólo por amor al prójimo. (La inmensa mayoría sólo damos pinceladas en ese aspecto y no todos). Ahí yo situaría a la madre Teresa de Calcuta, al Padre Vicente Ferrer, al Padre Ángel ("La Cruz de los Ángeles"), al Padre Carmelo al frente de su ONG IEPALA, a aquellas personas anónimas que presiden asociaciones culturales, deportivas (si son amateur, porque si son profesionales... ahí tenéis al que fuera presidente del C.F. Barcelona, el señor Laporta, ahora catapultado a la política), los que dedican un tiempo de su vida en trabajar con Cáritas, con Cruz Roja, en ONGs, en servir comidas en los comedores asistenciales, ahora tan repletos con esto de la crisis. Y ahí, entre las personas que hicieron cosas buenas por los demás, de un modo desinteresado, sin esperar nada a cambio, yo metería también al pastor Elzeard Bouffier, que él solo, pacientemente, plantó un bosque en unas tierras que no eran suyas.
Lo que hace falta, y ya concluyo, es mucha gente que haga cosas buenas por los demás, por la vida, ya sea recogiendo gatos y perros, ya sea plantando árboles, preocupándose y cuidando el patrimonio artístico, recuperando el folklore, sirviendo comidas en horas libres en la Cocina Económica de Oviedo o haciendo labor social en misiones en cualquier zona subdesarrollada del mundo. Todos ellos suman, suman en positivo. Luego, si se quiere, hablamos de qué acción es más importante, pero de momento yo me quedo con esto: gracias a esas personas, la vida adquiere tientes supremos y el materialismo ahí se bate en retirada.










